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    Alemania dejó de ser el polo de tranquilidad política a la que había acostumbrado al mundo

Las elecciones realizadas en Alemania el 24 de septiembre pasado abrieron un panorama que ha llenado de incertidumbre los meses por venir. Sus resultados confirmaron en las urnas tendencias que se venían bosquejando desde hace algún tiempoy ponen al país ante un Parlamento gigante de 709 congresistas y seis partidos.

En términos políticos resulta muy relevante:

  • La inmensa pérdida de votos de los dos partidos de Centro Democracia Cristiana (CDU/CSU) y Socialdemocracia (SPD), que obtuvieron la más baja votación desde la fundación de la República Federal de Alemania.
  • La preocupante votación lograda por un partido de extrema derecha con claros representantes nacional-chovinistas y xenófobos que entra por primera vez en el Parlamento desde 1949.

Se confirma así la tendencia europea de la pérdida de votos de los partidos de centro y la masiva votación a la derecha, algo que hay que seguir con mucha atención.

El partido de la canciller democristiana Ángela Merkel decía haber logrado dos objetivos con los resultados electorales del pasado septiembre en Alemania: impedir una coalición de izquierda con posibilidades de gobernar, y que su partido siguiera gobernando.

Ciertamente la izquierda no logró una coalición mayoritaria y, de otra parte, cualquier coalición tendría que hacerse con el partido de Merkel que, a pesar de las pérdidas, logró la más alta votación.

Es indudable que, según se lee en la prensa mundial al comentar las elecciones de Alemania, en estas votaciones se jugaban los grandes problemas europeos, como:

  • La cuestión de la renovación de la Unión Europea (UE) después del Brexit.
  • La relación hacia los gobiernos difíciles de la Unión en Budapest y Varsovia.
  • La cuestión de los refugiados.
  • La política hacia Rusia.

Por tanto, una continuidad de Merkel era esperada. Sin embargo los resultados de las elecciones redujeron el marco de negociación alrededor de las posibles coaliciones de gobierno.

Repetir una gran coalición entre SPD y CDU, aunque posible y quizás hasta deseable para muchos en aras de la estabilidad, se convirtió en un suicidio político para la socialdemocracia, por los bajísimos resultados que obtuvo, con pérdida de una gran parte del voto de la clase obrera. Su presidente Martin Schulz entendió rápidamente los resultados y en la misma noche de las elecciones se declaró opositor.

Quedó así abierta solo una posible coalición para iniciar los sondeos: la coalición entre el partido democristiano de la canciller (CDU/CSU), los liberales (FDP) y los verdes (Die Grünen), llamada Jamaica por los colores de su bandera, que reúne los colores de estos tres partidos.

Esta alianza se presentó difícil desde el inicio porque se daba entre partidos con concepciones antagonistas, expresadas en las posiciones divergentes de los liberales en relación con la migración o con la gobernanza de la zona euro, o de los verdes en contra de la participación del Ejército Alemán en zonas calientes como el norte de Irak o Afganistán, o el proyecto alrededor de la salida rápida del uso de energía fósil.

Se estaba ante partidos que no querían perder su impronta identitaria frente a sus electores y que, para el caso del liberalismo, estaba en juego el haber vuelto al ruedo político nacional después de haber salido del Parlamento en las pasadas elecciones.

Los sondeos que comenzaron inmediatamente se frustraron el pasado 20 de noviembre con la salida de los liberales, fracaso que, para el país y para Europa, ha aumentado exponencialmente la incertidumbre que se había abierto ya con los resultados de los comicios.

Tal y como lo ha comentado con preocupación toda la prensa nacional e internacional, Alemania entra en una fase que o bien llevará a una gran coalición con la socialdemocracia, a un gobierno en minoría, o a nuevas elecciones.

Las tres alternativas son difíciles; la presión hacia la socialdemocracia para conformar una gran coalición es enorme, pero el partido se resiste por los costos políticos que supondría formar parte de una gran alianza con los democristianos por tercera vez consecutiva. Estando en la oposición se prometía no desdibujarse del todo.

Un gobierno en minoría, de otra parte, es algo que nunca se ha experimentado en el país, y se mira con mucho escepticismo porque significaría, entre otras cosas, que Ángela Merkel tendría que aprobar en el Parlamento cada decisión que se tomara en la Unión Europea, una base política muy débil para un país central de Europa.

La última alternativa de ir a nuevas elecciones es considerada por muchos de los partidos y personalidades del mundo político como la peor salida. Así, el presidente federal, el socialdemócrata Frank-Walter Steinmeier, está llevando adelante conversaciones con todas las fuerzas políticas presionando para reanudar las negociaciones de Jamaica o para una gran coalición para evitar en lo posible el Gobierno en minoría o llamar a elecciones.

Mientras tanto, Ángela Merkel seguirá gobernando como canciller interina, jefe de un Gobierno interino. Y aunque es verdad que la política alemana tiene mecanismos que aseguran una estabilidad hasta que la situación se aclare, lo cierto es que Alemania está momentáneamente ante un fracaso de los sondeos para una coalición, y buscando conformar un Gobierno que, según todos los partidos, no podrá hacerse ya este año por el difícil camino a recorrer, por las diferencias programáticas y por los desgastes de la reciente campaña electoral.

Esta complicada situación que le espera a Alemania en los próximos meses traerá inestabilidad a la Unión Europea. Las esperanzas de una renovación de Europa alrededor del eje franco-alemán disminuyen con una Francia que tiene un presidente fuerte, que en su discurso del 26 de septiembre en La Sorbona mostró un proyecto muy audaz de reforma europea alrededor de la zona euro, pero con una economía debilitada y una resistencia social interna que ya se está expresando, y una Alemania que tiene la economía más grande de la Unión con una “canciller” debilitada.

La Unión Europea esperaba en este momento un Gobierno estable y fuerte en Alemania, no solo por el hecho de que es el país económicamente con más músculo de la Unión, sino precisamente porque Ángela Merkel había asumido por varios años un papel de dirección que nadie había desempeñado, a pesar de que esto haya empezado a cambiar con Emmanuel Macron.

Lo cierto es que se está ante grandes tensiones europeas como:

  • La crisis económica que continúa con altos costos para el promedio de la población.
  • La presión de los gobiernos de derecha como el de Viktor Orbán en Hungría y Jaroslaw Kaczynski en Polonia.
  • El movimiento independentista catalán.
  • El Brexit.
  • La renovación de la UE.

En el ámbito internacional tiene que responder a la política de Trump, Putin, o Erdogan para enunciar solo tres focos de tensión. Así que, aunque se logre un Gobierno en los próximos meses, Alemania ha dejado de ser el polo de tranquilidad política a la que se había acostumbrado el mundo.

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