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Afganistán: un año después la cruzada continúa

Entre agosto y septiembre del año pasado EE. UU. retiró todas sus tropas de Afganistán, concluyendo una guerra de 20 años que dejó el siguiente saldo: más de 100.000 víctimas mortales (casi todos civiles) por cuenta de los bombardeos estadounidenses y de las retaliaciones de los talibanes; 2.500 bajas y casi 21.000 heridos dentro de las filas norteamericanas; la muerte de unos 45.000 soldados afganos entrenados por el Ejército de EE. UU., y alrededor de 1.800 contratistas civiles asesinados. 

 

En total, la cruzada emprendida contra el terrorismo luego del 9/11 –que le ha costado a EE. UU. más de 8 billones de dólares– ha cobrado hasta el momento 900.000 vidas y ha hecho que 37 millones de civiles se hayan convertido en refugiados de guerra. Aquí, como en cualquier otra cruzada, el remedio causó más dolor que la propia enfermedad. 

 

Un año después de la retirada estadounidense de Afganistán, el panorama no puede ser más desolador: 23 millones de afganos están en riesgo de inanición; la mitad de la población afgana sufre de desnutrición, y algunas familias están vendiendo hasta por 300 euros a alguno de sus hijos para poder alimentar al resto del hogar. Muchas viudas están casando con premura a sus hijas pequeñas para que al menos ellas coman, lo que ha disparado la tasa de suicidios infantiles femeninos. Los talibanes han prohibido el acceso de las niñas a la escuela secundaria (es decir, 850.000 niñas ya no pueden asistir al colegio) y muy pocas mujeres pudieron conservar sus puestos de trabajo. 

 

Sumado a todo lo anterior, la violencia persiste: la resistencia tayika ha logrado organizarse contra los talibanes en la provincia de Panshir. Los talibanes aún están combatiendo a la insurgencia de una rama local de ISIS (ISIS-Khorasan) que opera principalmente en Yalalabad y que lucha contra el Gobierno por el control de las minas de talco del país. Además, ISIS-Khorasan lanza con frecuencia ataques suicidas en mezquitas donde predican los clérigos talibanes. La disolución de las FF. AA. afganas inundó a Asia Central con armas ilícitas por un monto aproximado de 7.000 millones de dólares; muchas de estas armas de fabricación estadounidense, vendidas por los exmilitares afganos en el mercado negro, han llegado hasta Cachemira. 

 

Por otra parte, más de 30.000 norteamericanos veteranos de la guerra contra el terrorismo se quitaron la vida al regresar a casa, lo que se traduce en cuatro veces más el número de muertos en combate en Irak y Afganistán. En esta epidemia de suicidios han muerto alrededor de 6.000 veteranos al año, con un promedio de 17 suicidios al día. Poco se ha hablado de todos estos hechos en los medios desde que comenzó la guerra en Ucrania.    

  

Ya desde el 2009 los generales de la coalición estaban convencidos de que la guerra en Afganistán estaba perdida. Fueron famosas las palabras pronunciadas por el general Stanley McChrystal, comandante de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad de 2009 a 2010: “Una fuerza militar culturalmente programada para responder de forma convencional (y previsible) a ataques insurgentes es algo similar al toro que repetidamente carga contra el capote del torero: lo único que consigue es cansarse y, al final, ser derrotado por un rival mucho más débil”. Pero, valdría la pena preguntarnos cuál fue ese matador que le clavó al toro la estocada final. ¿Fueron acaso los talibanes? En realidad, EE. UU. fue derrotado en Afganistán más por la ley internacional antidrogas que creó, que por cualquier grupo islamista.

 

Se dice que la de Afganistán es la guerra más larga librada por EE.UU. Falso. EE. UU. empezó una guerra contra las drogas hace más de 100 años y que ha sido, aunque cueste creerlo, mucho más destructiva que el atolladero afgano. El experimento de prohibir las drogas no ha servido sino para multiplicar los usuarios, multiplicar los muertos por sobredosis, multiplicar los puntos de venta y crear el crimen organizado. 

 

En efecto, el origen del crimen organizado, de la corrupción de los Estados, de la implicación de la policía y ejército, es una consecuencia directa de la prohibición. ¿Para qué satanizar sustancias que la humanidad ha utilizado desde hace al menos 4.000 años? ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo recordar que la heroína se vendió libremente y sin receta durante cincuenta años en las farmacias estadounidenses sin que hubiera delitos ni problemas de salud pública? Actualmente están muriendo en promedio 70.000 estadounidenses al año por sobredosis. En otras palabras, la guerra contra las drogas prácticamente equivale a un Vietnam cada año, pues cada año mueren más personas que las 58.000 almas que EE. UU. perdió en la guerra de Vietnam.   

 

Esta cruzada contra las drogas, que es exclusivamente una iniciativa teológica, fue la que venció a la superpotencia norteamericana en Afganistán. Afganistán produce el 85 % del suministro mundial de opio y en 2021 el país tuvo por venta de drogas un ingreso de 2.700 millones de dólares, un 14 % del PIB. La droga es de lejos el principal producto de exportación de Afganistán y es superior al PIB de todas sus exportaciones legales (9 %).

 

Desde 2001, con el caos producido por la invasión norteamericana, la producción del opio incrementó: de 180 toneladas en 2001 pasó a 3.000 en 2002 y a 8.000 en 2007, convirtiendo a Afganistán en el proveedor del 93 % del suministro global de heroína. EE. UU. gastó 8.500 millones de dólares tratando de erradicar el narcotráfico, que es la mayor fuente de financiación de los talibanes; pero desde 2017 los campesinos empezaron a irrigar sus cultivos con aguas freáticas, logrando así reverdecer 220.000 hectáreas de desierto y volviendo inútil el esfuerzo estadounidense. Además, las plantaciones de adormidera abundan, pues se extienden por 1/3 del campo afgano, y por eso resulta imposible erradicarlas del todo. 

 

Desde 2001 EE. UU. pone en el poder a criminales y señores de la guerra que son enemigos de los talibanes. De esta manera se crea un gobierno estratosféricamente corrupto que también participa del narcotráfico y se corrompe por completo. Por eso el conflicto poco a poco se fue pareciendo más a un choque entre carteles rivales disputándose las líneas de suministro de droga, que a una lucha entre un gobierno legítimo y un grupo fundamentalista y terrorista. EE. UU. permitió toda esta corrupción generalizada, al punto de que llegó a financiar batallones fantasma que nunca existieron. El presidente Ashraf Ghani huyó del país en un helicóptero cargado con más de 150 millones de dólares en efectivo desde un aeropuerto controlado por los estadounidenses. 

 

La esencia de toda cruzada es el fracaso porque piensa la realidad sin sus matices y complejidades, sin observar nunca el término medio. Como diría Antonio Escohotado a este respecto, no se trata de legalizar las drogas porque esto sería un cataclismo en términos de derechos civiles e implicaría reescribir las Constituciones. Lo que hay que hacer es reestablecer el estado de cosas antes del experimento prohibicionista que salió muy mal, es decir, derogar la prohibición. ¿No es hora de que los cruzados se pregunten hasta qué punto el remedio que inventaron agravó dramáticamente el mal que quisieron solventar? 

 

Esperemos que EE. UU. recuerde algún día las palabras de uno de sus padres fundadores, Thomas Jefferson, para que ponga fin a sus cruzadas y sus gobernantes empiecen a sentir algo de compasión por el género humano:

 

La verdad se defiende sola, apoyada sobre el libre examen, el experimento y la razón, y solo el error necesita el apoyo del gobierno […] Si el gobierno debiera prescribir nuestras medicinas y nuestra dieta, nuestros cuerpos se encontrarían en el estado en el que se hallan ahora las almas (adeptas al absolutismo) […] El efecto de la violencia ha sido hacer estúpida a una mitad del mundo, e hipócrita a la otra, apoyar la bellaquería y el error sobre toda la tierra.

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