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2020, un año de incertidumbres y certezas más allá de Trump vs Biden

Tal vez el demócrata Joe Biden saque la mayor cantidad de votos y electores del colegio, pero Donald Trump ya tiene conformado –con amplia mayoría– el Tribunal Judicial que definirá en última instancia su corporeidad como presidente republicano. La crisis de la potencia americana se impulsará por cuenta de la democracia más antidemocrática que conozca la humanidad.
 

Mi enfoque va por otro vector: la profundidad de la crisis que está atravesando Estados Unidos como potencia mundial, y particularmente cómo se está desmoronando, inexorablemente, desde adentro. Es una crisis con una fuerte tendencia intrauterina.
 

Todos los imperios que han dominado el mundo han sido disímiles y todos han caído también por causas diferentes; los ejemplos para explicar el auge y la caída de los imperios son absurdamente encasillados en modelos, y en este caso no hay tal.
 

El factor externo no es determinante, solo coadyuva


A pesar de las “sabias o correctas teorías” actuales de los politólogos e internacionalistas occidentales, quienes apuestan por la Trampa de Tucídides para explicar que una potencia en crisis no puede aceptar un poder en ascenso que la amenace, en este caso China, pues tiende a desencadenar una guerra preventiva mientras aún dispone de superioridad militar. ¿En este caso irá hasta el enfrentamiento militar?
 

Puedes leer: Trump y la transición en riesgo.
 

Lo que nunca nos han explicado es por qué el hegemón y máximo poder militar del mundo después de la Segunda Guerra Mundial ha perdido todas guerras que ha iniciado para ampliar o salvaguardar su poder imperialista, a pesar de su “invencible” armamento militar y nuclear. Y han sido pueblos pobres y oprimidos como el coreano, el vietnamita o el afgano los que han humillado al poderoso imperio norteamericano.
 

La otra teoría imperiosa en disputa es la de la “Transición de poder” que ofrece la versión contraria: sería China y no Estados Unidos, el que se sentiría más tentado a desatar una guerra. Dicha teoría busca explicar con estadísticas las tendencias que han signado las últimas guerras: la potencia más débil, y no la más fuerte, suele iniciar un conflicto bélico. Un poder en ascenso insatisfecho con el statu quo es el más proclive a iniciar las hostilidades.
 

Todas las teorías occidentales pretenden explicar el mundo según su catecismo. Pero los eruditos están perdidos para comprender la trampa actual, debido a su insistencia en interpretar a China bajo la ciencia política occidental y la “historiografía eurocéntrica”, revestidas del don de la verdad universal. Occidente ha tenido la absoluta certeza de poseer con exclusividad la verdad y el secreto del desarrollo histórico que, supuestamente, le ha sido negado al resto del mundo.
 

Aun así, la superioridad militar estadounidense podría ser neutralizada en gran medida por China; pero no es lo militar lo que define la política, es la política la que define lo militar, según el estratega polaco Carl von Clausewitz. Hace 2.500 años el estratega chino Sun Zi, en el Arte de la guerra, enseñó que: la única guerra que se puede ganar es la que no se libra, la que no se hace o “será el mejor de los mejores el capaz de rendir al enemigo sin combate”. Y en esa resistencia está la China actual que ni puede ni quiere dominar el mundo. Tampoco es la débil Unión Soviética de 1991, que no tiene vocación mesiánica ni ansias de dominar el mundo o imponer su modelo de sociedad. Pero tampoco China se esconde o huye atemorizada ante las amenazas trumpianas.
 

Puedes ver: Donald Trump o Joe Biden: panorama de las elecciones en Estados Unidos.
 

La competencia se profundizó en tiempos de COVID-19 y elecciones, y Trump la quiso mostrar como un duelo entre autoritarismo y democracia, pero no es otra cosa que un gran pulso entre modelos políticos: el socialismo con características chinas y el liberalismo occidental con su accidentada democracia. El nuevo coronavirus se transformó en ocasión propicia para este pulso.
 

Mientras China buscó a todo costo controlar la pandemia y demostró su eficiencia y capacidad de respuesta ante el virus y logró controlarlo en 3 meses con un bajo número de muertes; es respuesta contrasta con la desorganización y las inconsistencias evidenciadas por Trump, quien, privilegiando la economía, minimizó el riesgo de la pandemia y erráticamente se opuso tanto a los controles necesarios para enfrentarla como a la Organización Mundial de la Salud (OMS), dejando un saldo trágico de más de 230.000 muertes y un nuevo ciclo de contagio en auge. Días antes de las elecciones presidenciales se reporta un muerto cada minuto por la enfermedad inexistente según Trump.
 

Por su parte, China aparece más previsible y responsable como pilar del orden internacional que Washington.
 

Se puede odiar a China con cualquier teoría, pero no se puede prescindir de ella en el mundo real.


Una crisis no se puede enfrentar si no se reconoce


Lo realmente decisivo en la decadencia norteamericana tiene que ver con su situación interna que acumula toda la gama de problemas posibles, exacerbados con la crisis del COVID-19 en tiempos electorales.

Su economía vive en declive y sin estrategia, su tejido industrial está a la baja con la expectativa de la deslocalización, tiene una deuda superior a su PIB y un dólar frágil por ser artificial; el poder tecnológico debilitado lo tiene a la saga de China respecto al desarrollo de la inteligencia artificial y la implementación de las redes 5G, las claves del futuro.
 

El número de pobres ha sobrepasado la cifra de 50 millones según su censo y la salud vive una prueba de fuego por la pandemia; es un imperio a la larga insostenible como lo ha demostrado Trump sugiriendo el cobro a los países de la OTAN de sus bases militares o el compromiso de financiación de estas en otros países. La invocación al desacoplamiento requiere mínimo de un quinquenio, lo cual pone en duda dicha opción, dada la competitividad de costes entre las economías desarrolladas de Occidente y China. Estados Unidos tiene déficit comercial con 102 economías del mundo, no solo con China.
 

Te puede interesar: Polarización, clave en las elecciones presidenciales de Estados Unidos.
 

Pero el factor de mayor crisis social y política sin solución es la xenofobia y el racismo que han escindido en mil pedazos el tejido social del sueño americano, esa gran quimera. Además de la tradición de violencia y racismo con que se conformó la nación estadounidense y del impacto del cuatrerismo imperial, se suman las fracturas sociales, la polarización y las desigualdades crecientes de las cuales da muestra esa sociedad en las últimas décadas.
 

Los asesinatos de negros y latinos por la policía y los supremacistas blancos son una constante habitual en la sociedad norteamericana. La copa se desbordó por la especial brutalidad con que la policía asesinó por asfixia al afroamericano George Floyd, el 25 de mayo en Minneapolis. Las protestas avanzaron por todos los estados de la unión y en las principales ciudades del mundo. Trump fiel a su estirpe racista y autoritaria militarizó ciudades y reprimió manifestaciones, no sin nunca condenar los asesinatos por parte de la policía.
 

Las circunstancias apuntan a que la decadencia del imperio americano se verá profundizada por estas peculiares elecciones que se desbordarán por la iracundia plebiscitada de Trump, quien no ha dudado en preparar un golpe certero si se pone en duda su cuestionable reelección. Cuando al país lo amenaza un ciclón, la población afectada se prepara con víveres y protección física a sus viviendas. Ante el tsunami electoral la derecha se prepara con armas y municiones y las ciudades se blindan con barreras antidisturbios. Se presiente una semana caótica en ese país que seguramente abrirá otra página mayor a su desenlace imperial.
 

El imperio romano entró en una larga decadencia y cayó, pero no por elección propia. Todas las caídas de los imperios son diferentes. La inteligente democracia norteamericana tiene que escoger entre un bufón y joker conocido y un exvicepresidente que no se reconoce ni así mismo, que grandioso futuro le espera a la unión de los estados para vislumbrar su crisis.

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