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¿Un proyecto de ley para generar solitarios conectados 24/7?

Las tecnologías de la información y la comunicación digital se han convertido en parte del entramado social contemporáneo, en un componente integral de la existencia del individuo y en un modelador de las interacciones sociales cotidianas, lo cual se ha exacerbado con la crisis mundial derivada de la pandemia en 2020. Gran parte de las actividades laborales, académicas, sociales, gubernamentales y ciudadanas pasan hoy por los entornos digitales.

El escenario actual demanda del Estado políticas públicas para no solo garantizar el acceso de los ciudadanos, especialmente los más desprotegidos, a los entornos y las actividades que se desarrollan mediante conexión a internet, sino también brindar herramientas y promover procesos comprensivos de la realidad hiperconectada del sujeto de la contemporaneidad. De allí se deriva lo crítico del proyecto de ley que busca garantizar el mínimo vital de internet para estratos 1, 2 y 3 en Colombia, en tanto parece no identificar los principales riesgos que la conexión permanente ha implicado en las representaciones mentales, en el lazo social y en los procesos de subjetivación del individuo contemporáneo.
 

La promulgación de algunas leyes en Colombia –un país hipernormatizado– termina generando desajustes sociales tan profundos que requieren alguna otra ley que la derogue o genere las condiciones necesarias para reparar las problemáticas ocasionadas. Por lo tanto, es necesario pensar en alternativas con mayor visión, inversión y voluntad política desde la corresponsabilidad ciudadana y menos desde una versión exclusiva de asistencialismo estatal.
 

Este sería el caso del proyecto de Ley número 030 de 2020 por medio del cual se pretender crear el mínimo vital de internet, una iniciativa legislativa con un noble y deseable objetivo: reducir la brecha digital en los sectores más vulnerables y desprotegidos de la sociedad, pero que por razones que se expondrán a continuación, es un proyecto de visión parcializada de la realidad, que no comprende ni ha leído la dimensión más contemporánea y vanguardista de la comunicación digital, se queda anclado en propósitos de políticas públicas propias de hace tres décadas y parece desconocer la dimensión e impacto sociocultural que tiene internet para centrarse exclusivamente en su componente técnico y economicista.
 

Cerrar una brecha para abrir otra


Desde la década de los 90 del siglo XX los estados han destinado recursos y formulado políticas públicas para recortar la brecha digital y disminuir el número de ciudadanos desenchufados, como denomina el sociólogo español Manuel Castells a quienes no tienen acceso a internet. En tal sentido cada vez hay más personas con conexión permanente, acceso a dispositivos y dinámicas existenciales incorporadas a los entornos digitales, en especial en países con alto nivel de desarrollo socioeconómico.


Mirar el espejo de lo que sucede en las sociedades con mayor nivel de equidad, oportunidades, ingreso per cápita, acceso a la educación y a la cultura, permite identificar la problemática que experimentan dichas sociedades con la conexión y sujeción de internet en el marco de tecnologías adictivas, desreguladas y altamente riesgosas si no se encuentran contextualizadas con un fuerte componente de alfabetización digital. Una serie de problemáticas que van desde la entrega de la información personal, los virus informáticos, la adicción a redes sociales, la crianza delegada, la manipulación de personas mediante la información falsa y el microtargeting derivado del big data1, el ciberacoso, entre otros.


Es así como la contemporaneidad tiene a millones de individuos en una nueva brecha digital, ya no entre conectados y desenchufados, la nueva brecha digital se constituyó así entre los alfabetizados y los analfabetas digitales: “una persona se considera analfabeta digital cuando tiene un acceso limitado y/o un desarrollo bajo o nulo de las habilidades que le permitan interactuar en la red comunicativa que proporciona el uso de las TIC”2. Dicha definición abre el cuestionamiento sobre cuáles pueden ser las habilidades para que una persona se considere alfabetizada digitalmente, lo que no puede limitarse al uso y conocimiento de dispositivos, plataformas y aplicaciones, sino las competencias desde el pensamiento crítico que requiere la comunicación digital.


Comprender la alfabetización digital implica reconocer el mínimo viable para que un individuo se asuma en el universo de las tecnologías de la información y la comunicación digital:

  • Ser aptos para identificar la calidad de un contenido.
  • Adaptabilidad, al tener la capacidad de desarrollar habilidades necesarias para el uso de las TIC.
  • Ocupacionalmente, al hacer uso de la alfabetización informacional y de las habilidades de adaptabilidad para los negocios, la educación y la vida cotidiana3.


La respuesta frente a las afectaciones que se han generado en el uso y apropiación de lo digital no puede ser un exilio, ni condenar al ostracismo a las tecnologías, dispositivos o artefactos, como tampoco replegar al individuo frente a las condiciones tecnológicas generadas; la respuesta parece ser la de reconocer el potencial creador que le devuelve el poder a la persona por medio de la alfabetización digital, desde una definición expuesta en el III Congreso Online Observatorio para la Cibersociedad (2006):
 

“La alfabetización digital no pretende formar exclusivamente sobre el correcto uso de las distintas tecnologías. Se trata de que proporcionemos competencias dirigidas hacia las habilidades comunicativas, sentido crítico, mayores cuotas de participación, capacidad de análisis de la información a la que accede el individuo, etc. En definitiva, nos referimos a la posibilidad de interpretar la información, valorarla y ser capaz de crear sus propios mensajes”.
 

Pensar un proyecto para crear un mínimo vital de internet para los sectores más desprotegidos del país, sin contemplar un componente de alfabetización digital, impide comprender de forma completa los cambios a generar, no sólo en la infraestructura y las capacidades técnicas sino en las implicaciones socioculturales de tal propósito. Es creer que con la conexión a internet por si sola se generarán las condiciones sociales para incorporar a los procesos productivos y creadores de los ciudadanos, un espejismo que pronto se podrá desvanecer con efectos nocivos de solitarios conectados 24/7.

 


1 Han, B. (2014) Psicopolítica. Madrid: Herder.zawq

2 García, V.  Aquino, S.y Ramírez, N. (2016). Programa de alfabetización digitalen México: 1:1. Análisis comparativo de las competencias digitales entre niños de primaria. Página 9. Recuperado el 27 de octubre de 2016 de: http://www.redalyc.org/pdf/2831/283146484003.pdf.

3 García Ávila, S. (2017) Alfabetización Digital. Razón y Palabra, vol. 21, núm. 98, julio-septiembre, pp. 66-81 Universidad de los Hemisferios Quito, Ecuador.

Perfil

Fernando Andrés Castro Torres.

Historiador, periodista, magíster en comunicaciones y estudiante del Doctorado en Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín

Docente de planta Colegiatura Colombiana