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Un futuro promisorio para la izquierda en Colombia

Hablar hoy de un futuro promisorio para la izquierda en Colombia puede parecer una locura, o por lo menos una tarea quijotesca, en especial cuando está totalmente despreciada. Además, en el ámbito internacional el neoliberalismo parece triunfante y la democracia social cede ante el avance de una derecha autoritaria si no explícitamente neofascista

Sin embargo, y sin menospreciar la inmensa tarea de resucitar la izquierda pacifista como fuerza viable en Colombia y en el mundo, creo que hay un futuro promisorio para un proyecto de este tipo, si reconsidera de forma imparcial su propia historia.

Menciono lo anterior desde la perspectiva de un historiador cuya formación fue influenciada de manera decisiva por vivir entre pequeños productores cafeteros colombianos en los años sesenta del siglo pasado.

En el ensayo “La izquierda colombiana: un pasado paradójico, ¿un futuro promisorio?”, publicado este año en el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, revista del Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia, menciono que dicha experiencia ha nutrido toda mi obra como historiador marxista.

Ese artículo engendró una discusión crítica entre especialistas en historia y ahora aprovecho la oportunidad de presentar algunos de sus puntos centrales en UN Periódico Digital con énfasis en las dos enseñanzas de la historia colombiana para una izquierda reformada.

1. Las causas de la debilidad histórica de la izquierda en Colombia

Tanto los militantes de la izquierda que todavía están en armas como los que han pactado la paz y todos los que han simpatizado con las metas socialistas de los insurrectos, deben repensar la interpretación de la historia del país que han esgrimido para justificar la insurgencia armada: que la debilidad histórica de la izquierda se debe a la represión por parte de la clase dominante.

Al respecto habría que destacar que represión sí ha habido, pero su severidad no fue más que la ejercida en otros países latinoamericanos donde se desarrollaron fuertes sindicatos y partidos políticos izquierdistas.

En Colombia, en cambio, el sindicalismo languideció y los dos partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador, procapitalistas, mantuvieron su hegemonía electoral hasta finales del siglo XX. Es verdad que durante el Frente Nacional (1958-1974) solo estos dos partidos podían competir en elecciones, pero ni antes ni después de ese perIodo prosperaron los partidos izquierdistas.

Cuando podemos decidir cómo, cuándo y con quién trabajamos, realizamos nuestra humanidad y este control estimula la creatividad y la productividad. 

La debilidad histórica de la izquierda en Colombia se debe, en primera instancia, a la profundidad de la identificación popular con los dos partidos tradicionales. Esta identificación se forjó durante un siglo de contienda violenta e inconclusa por implementar reformas liberales.

Tales reformas fueron facilitadas en otros países latinoamericanos por una consolidación temprana de una economía de exportación. En Colombia, en cambio, no se consolidó una política económica liberal ni una economía de exportación robusta y duradera hasta bien entrado el siglo XX.

2. El significado de la propiedad y el trabajo para el pequeño productor

La estructura de la economía cafetera colombiana proporciona la segunda razón fundamental para la debilidad histórica de la izquierda. Durante la primera mitad del siglo XX los trabajadores lograron apoderarse del grueso de sus medios de producción.

En sitios excepcionales esa hazaña fue producto de esfuerzos colectivos organizados por izquierdistas. Sin embargo, en gran parte se logró por voluntades de individuos y sus familias obrando en el mercado capitalista.

Mientras en otros países latinoamericanos –como Chile, Venezuela y Cuba– los dueños de los medios de producción para exportar fueron capitalistas extranjeros, en Colombia fueron los pequeños y medianos propietarios nacionales y no los grandes hacendados como en Brasil o Argentina, los que producían el grano para la exportación.

En otros países, trabajadores proletarizados en el sector de la exportación lograron organizarse en sindicatos izquierdistas fuertes y sus avances podían ser vistos como golpes nacionales frente a capitalistas foráneos explotadores de la nación. Sin embargo en Colombia la izquierda no logró organizar a la mayoría de los productores de café y sus esfuerzos solían ser tachados de subversivos y antinacionales. Entre los pequeños productores y aspirantes a una parcela de tierra propia en Colombia la idea de una economía agraria colectivista dirigida por el Estado simplemente no funcionó.

Tanto voceros de los partidos tradicionales como líderes de izquierda se han fijado en la identidad de estos pequeños y medianos productores como propietarios: los primeros celebrándolos como nacientes empresarios y los segundos excoriándolos como pequeños burgueses, ignorando que también son trabajadores. Y es, justo en esta última capacidad, que la izquierda nunca ha logrado entenderlos de manera cabal.

Los izquierdistas colombianos, igual que los dirigentes de las sociedades socialistas que hemos conocido y el maduro Marx nunca comprendieron a fondo lo que significa ser propietario de una parcela de tierra. Además de gozar del producto de su trabajo, ser dueño de los medios de producción implica control sobre el proceso de trabajo.

Como el joven Carlos Marx postulaba, la unidad de la conceptualización de una tarea y su ejecución, la unidad de mente y mano, es lo que nos define como seres humanos. Cuando podemos decidir cómo, cuándo y con quién trabajamos, realizamos nuestra humanidad y este control estimula la creatividad y la productividad. Es por eso que los pequeños y medianos productores de café ganaron terreno frente a los grandes capitalistas cafeteros.

Es claro que este trabajo no alienado no fue el ideal: relaciones patriarcales resultaron en la explotación de mujeres y niños. Y la competencia por la tierra, canalizada por las redes clientelistas y exclusivas de los partidos tradicionales, engendró una violencia endémica. Pero guiados políticamente por valores democráticos socialistas se podrían transcender estas fallas y promover relaciones de trabajo generosas e igualitarias.

El control sobre el proceso de trabajo desaparece con la proletarización, pero el deseo de ejercerlo es universal y anima a todo trabajador, desde los artesanos y los pequeños finqueros hasta los trabajadores proletarizados. Este control es una aspiración candente hoy entre las multitudes de trabajadores informales en las economías capitalistas no desarrolladas y en los temporales en la llamada sharing economy (economía colaborativa) tan de moda en las sociedades capitalistas avanzadas en la actualidad.

Es una ironía que el mismo factor que minó la fuerza histórica de la izquierda en Colombia –la estructura social de la economía cafetera– contenga la llave para construir una izquierda vital en el futuro. En su lucha por crear una democracia real y una sociedad más equitativa, la izquierda debe dedicarse a reivindicar la participación de todo trabajador en controlar el proceso de trabajo. Este es el camino más certero para construir sindicatos y partidos de izquierda vitales para el futuro.

Perfil

Charles Bergquist

El historiador estadounidense es profesor emérito del Departamento de Historia de la Universidad de Washington. Desde la década de los sesenta ha estado vinculado con Colombia, a donde llegó en un primer momento como miembro de los Cuerpos de Paz. Su trabajo se ha centrado en la historia de América moderna en perspectiva comparada y en la historia del movimiento obrero latinoamericano. Entre sus obras más destacadas se encuentran: Café y conflicto en Colombia 1886-1910, Los trabajadores en la historia latinoamericana y Labor and the Course of American Democracy.

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