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Reordenando el orden internacional

Sería osado decir que se sabe a ciencia cierta cómo será el mundo después del COVID-19, pero hay una serie de señales, de signos de los tiempos, que nos pueden ayudar a entender cómo y en qué dirección se mueven las fuerzas que rigen el sistema internacional.

Partimos de la base de que los Estados son los principales actores de las relaciones internacionales. Por supuesto también existen organizaciones internacionales, grandes multinacionales, ONG que traspasan fronteras y hasta se reconoce la importancia del papel que desempeñan los individuos y el contacto “persona a persona” en el orden internacional. También que hay pequeños grupos que se dedican a sortear las normas nacionales e internacionales con el fin de ganar más dinero a cualquier precio, pero eso es capítulo aparte. Todos estos son actores relevantes en el sistema internacional, pero los Estados siguen siendo la unidad básica de dicho sistema y por eso es necesario prestar atención a su evolución y a los juegos, alianzas y equilibrios que se establecen entre ellos.
 

A lo largo de la historia los imperios han llegado y desaparecido, siendo sustituidos inmediatamente por otros pues el vacío de poder no existe. El sistema internacional tras la Segunda Guerra Mundial era bipolar (enfrentándose Estados Unidos y la Unión Soviética), tras la Guerra Fría fue unipolar (donde el poder hegemónico lo ejercía solo Estados Unidos), y después del 11-S el mundo comenzó a ser multipolar. No es que nunca hubiera habido un ataque terrorista, ni que Estados Unidos no hubiera sufrido ese zarpazo en su propia carne; la diferencia estriba en que aquel día de 2001 el poder hegemónico fue golpeado en su mismísimo corazón. A partir de ahí, otros dos actores comenzaron a tomar relevancia: Rusia y China, y junto a ellos otros Estados se convirtieron en potencias emergentes: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (los famosos BRICS). El despegue económico de China (con un crecimiento anual medio del 9 % de su PIB entre 2000 y 2020) y el incremento del peso político de Rusia en la arena internacional fue evidente desde los albores del siglo XXI. Habiendo pasado ya casi un cuarto de este siglo, parece claro que China y Estados Unidos ya pueden hablar, por lo menos al mismo nivel.
 

Por lo tanto, la principal característica del mundo que viene –o incluso que ya está aquí– es el indiscutible protagonismo de China. Deng Xiaoping, quien dirigió este país entre 1978 y 1997, propuso la “estrategia de los 24 caracteres”: “observar con calma, asegurar nuestra posición, hacer frente a los asuntos con tranquilidad, ocultar nuestras capacidades y esperar el momento oportuno, ser buenos en mantener un perfil bajo, y nunca liderar la reivindicación”. Dicha estrategia cuenta además con otras dos premisas: “ocultar el potencial y esperar el momento oportuno” y “llevar a cabo actuaciones de carácter modesto”. 
 

Ahora es cuando se empieza a ver el poderío desplegado por la civilización china en todo el planeta. La Nueva Ruta de la Seda, o Belt and Road Initiative (BRI), la estrategia de conexión por tierra y por mar entre China y el mercado europeo, es solo la punta del iceberg. Gracias a este proyecto el gigante asiático ha ido comprando puertos y voluntades en suelo europeo y también en África y América, haciendo caer a algunos países en su “trampa de la deuda” (los chinos construyen infraestructuras, el país anfitrión contrae con ellos una deuda que no pueden pagar en metálico y la pagan cediendo la gestión y el control de dicha infraestructura al país constructor). 
 

No hay que olvidar que la moneda china –el yuan o renminbi– está siendo cada vez más potente y que en las últimas dos décadas la República Popular se ha dedicado a adquirir una buena cantidad de deuda soberana de muchos países, Estados Unidos entre ellos.
 

Los analistas discuten ahora si se trata simplemente de un inocente plan para colocar sus productos en el mercado global, si a lo sumo buscan reforzar su poderío en el entorno regional, o si detrás se esconden intenciones netamente imperialistas. Quizás la intención de China no es conquistar el mundo como Roma hizo con el Mediterráneo; quizás se limitará a promocionar una imagen positiva de su país para que la gente no tema consumir productos fabricados allí. Eso el tiempo lo dirá. 
 

Lo que parece fuera de toda discusión es que China está impulsando un sistema multilateral paralelo al que actualmente tenemos (capitaneado por Estados Unidos), donde el “imperio del centro” sería el líder indiscutible. La ONU, convertida en correa de transmisión de una agenda globalista más que un órgano para resolver los conflictos internacionales, está perdiendo autoridad moral a pasos agigantados y es bastante probable que llegue a convivir con otra organización similar pero controlada por China.
 

Por último, esta crisis del coronavirus nos dejará otra característica que ya se venía anunciando: la brecha digital. Desde hace un tiempo se habla de la transformación digital de la economía, de la Cuarta Revolución Industrial, del imperio de lo virtual… y en estos meses hemos hecho una transición a marchas forzadas hacia una economía cuya herramienta fundamental son los ordenadores y la red de redes, y aquellos que no han podido adaptar su puesto de trabajo a este mundo virtual han quedado, sencillamente, descartados. 
 

Esta brecha digital se ha dado dentro de todos los países, y sobre todo entre países, pues algunos estaban mejor preparados que otros. Por cierto, ¿qué potencia es la que está mejor preparada para afrontar este paso? Baste con aportar solo este dato: el ciudadano chino usa el pago a través del móvil 12 veces más que un ciudadano estadounidense. Esta transición a lo virtual revolucionará el campo de la educación –cosa que no quiere decir que sea para bien— y el del trabajo, pero también el del entretenimiento, el de las relaciones personales e incluso el de la guerra.

Perfil

Antonio Alonso Marcos.

Profesor de Claves de Historia Contemporánea, Universidad CEU San Pablo (Madrid, España)