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¿Qué tanto hemos aprendido de la pandemia por COVID-19?

Aunque la actual pandemia no ha terminado, desde muy temprano se empezaron a reunir expertos en diferentes campos de conocimiento para valorar los aprendizajes adquiridos en esta, y no son pocos los eventos que se han adelantado para discutir al respecto. De igual manera, cabe decir que hoy en día existe una notoria cantidad de escritos que analizan y reflexionan sobre las lecciones aprendidas durante la presente pandemia.

La diversidad de expertos participantes en las discusiones, la multiplicidad de temas abordados y la variedad de enfoques utilizados, no hacen fácil tener una idea clara de los acuerdos a los que se ha llegado. Y dada la dispersión y simultaneidad de los aportes, ni siquiera es claro si realmente existen fuertes acuerdos entre todos aquellos que abordan la cuestión.

 

Sin embargo, algunos asuntos suelen señalarse con cierta frecuencia y una pregunta común ha empezado a surgir con insistencia: ¿cómo podemos estar mejor preparados para la próxima pandemia?, la cual de por sí ya supone algunos acuerdos. Por lo menos dos saltan a la vista: por un lado, que no estuvimos bien preparados para afrontar la actual pandemia y, por otro lado, que la experiencia vivida debe ayudarnos a proyectar mejores respuestas.

 

Tomando como base estos dos aspectos, recogeré algunas de las ideas que he podido detectar como posibles lecciones de la pandemia de COVID-19, con el doble fin de participar en las discusiones que se adelantan y de motivar a los lectores para que también participen en ellas.

 

Mejorar la preparación de la respuesta futura

 

Sin duda alguna, la experiencia mundial frente a la COVID-19 mostró lo frágiles que pueden resultar los sistemas de salud en el mundo. Por supuesto, hay diferencias entre los países y no todos han sufrido con el mismo rigor los efectos de la pandemia. Sin embargo, todos los sistemas asistenciales estuvieron al límite y la respuesta global fue demasiado desarticulada, pese a la relativa rapidez con que se tomaron algunas medidas.

 

Como lo han señalado varios expertos, y lo ha recalcado Bill Gates en su último libro sobre la pandemia, el mundo no invierte lo suficiente en las herramientas necesarias para afrontar este tipo de problemas. Y se requieren preparativos adecuados y permanentes para asumir el reto.

 

Como lo expresa el título del libro colectivo que en 2020 reunió la reflexión local sobre la situación pandémica, “Nadie se salva solo” y esa parece ser una importante lección de la actual pandemia. Ningún país, por más poderoso, rico, organizado o sensato que sea, puede enfrentar una pandemia pensando solo en sí mismo.

 

La COVID-19 dejó evidente este asunto. Estados Unidos, la potencia mundial, manejó el inicio de la pandemia de una manera desastrosa mientras que países como Australia, Vietnam, Nueva Zelanda, Corea del Sur, Japón e incluso China tuvieron baja mortalidad. Pese a ello, algunos de estos países se vieron bastante afectados en las siguientes olas pandémicas, y todos estamos a la expectativa de lo que ocurra con la emergencia de nuevas variantes virales.

 

Nadie se salva solo y nadie puede aislarse totalmente del mundo, así que lo que les pase a unos países afecta a los otros, y la inequidad en las dinámicas de vacunación así lo reitera. Esto implica la necesidad de establecer acuerdos internacionales más firmes que hagan manifiesta una real solidaridad entre países, además de una institucionalidad mundial más fuerte que la que hoy tiene la Organización Mundial de la Salud (OMS). 

 

Ya se ha señalado, en varios escenarios, que se requiere una renovada organización de la sanidad internacional que vele por la seguridad mundial y que trabaje de manera permanente en la prevención de pandemias. Esto, por supuesto, exige mejorar tanto la detección de los brotes como el manejo de la información, la coordinación de la respuesta conjunta y la evaluación de las acciones, y con seguridad se necesitan nuevas formas de financiamiento.

 

Cerrar la brecha sanitaria

 

Para lograr una mejor preparación frente a futuras pandemias también parece requerirse una mejora en la confianza en los Gobiernos y disminuir la corrupción gubernamental, tal como se suele comentar en las conversaciones de pasillo y lo sugiere un estudio publicado en la revista The Lancet, bajo la autoría conjunta del COVID-19 National Preparedness Collaborators (Colaboradores para la preparación nacional contra COVID-19).

 

En dicho trabajo, que analizó lo ocurrido en la actual pandemia en 117 países, se señala como tercera gran conclusión que los niveles más altos de confianza en el Gobierno (y entre las personas) tuvieron una asociación estadísticamente significativa con la presencia de menos infecciones durante todo el periodo de estudio. 

 

De igual manera, una menor corrupción gubernamental también estuvo asociada con menos infecciones. Como lo señalan los autores del artículo, “ningún otro factor social analizado en el estudio y ninguna otra característica de los sistemas políticos tuvo una asociación estadísticamente significativa con la variación en las tasas de infección entre países”.

 

Cabe decir, además, que otra condición esencial que ha sido señalada por algunos analistas es la necesidad de fortalecer los sistemas de salud, en especial lo referente a la atención primaria, ya que en los países en que estos funcionan relativamente bien es más probable actuar adecuadamente frente a la pandemia. 

 

En últimas, como resulta intuitivo pensar, se asume que en aquellos países que poseen una infraestructura sanitaria con adecuada dotación, con personal suficiente y bien cualificado, cercana a la gente y que cuenta con la confianza del público, se pueden afrontar de mejor manera los retos que implica luchar contra una enfermedad emergente en forma de pandemia.

 

Pero aquí se presenta un gran obstáculo dada la extrema desigualdad entre los países. Por ello, una exigencia importante es cerrar la brecha sanitaria que separa a los países pobres de los países ricos. No es desconocido que la pandemia ha afectado al mundo de manera desigual y que, en términos generales, su impacto ha sido más duro en los países pobres y en la población más vulnerable.

 

Según lo afirma el informe de Oxfam, presentado a comienzos de año con el título “Las desigualdades matan”, la desigualdad de ingresos ha resultado más determinante que la edad a la hora de estimar si alguien morirá a causa de la COVID-19, y una gran cantidad de personas aún estarían vivas si hubieran recibido las vacunas. Pero ellas no tuvieron esa oportunidad por la demora en las entregas, debidas a los problemas en la producción y distribución de los productos biotecnológicos. Mientras tanto, las grandes empresas farmacéuticas siguen conservando el monopolio de estas tecnologías. 

 

Lo ocurrido con las vacunas contra COVID-19 es un asunto que no solo evidencia la notoria desigualdad en el mundo, sino que también pone de manifiesto cómo los intereses económicos de las grandes corporaciones se anteponen a las necesidades de la gente. Ni siquiera crisis sanitarias como la vivida en la actualidad o previamente con el VIH-sida, han detenido la implacable voracidad del capitalismo contemporáneo.

 

Transformar esta situación exige, sin duda, profundos cambios tanto en la forma como funcionan los mercados y los Estados como en la manera en que se organizan las relaciones internacionales. También se requieren cambios en la manera como se producen, distribuyen y comparten los conocimientos científicos y los recursos tecnológicos.

 

La pandemia nos ha enfrentado con la enorme inequidad presente en un mundo inmisericorde e insaciable, regido por los intereses del capital y atravesado por múltiples disputas geopolíticas, raciales, de género, de clase y, aun, generacionales. Pero también nos ha permitido contemplar formas ejemplares de trabajo solidario, esfuerzo mancomunado y cuidado mutuo

 

Por ello, y en medio de los aprendizajes que se postulan y se debaten, una gran lección parece mantenerse en la conciencia de muchas y muchos de nosotros: un mundo diferente debe ser posible, porque realmente es necesario. Queda por saber si esta convicción que se siente en el ambiente es solo un efímero fruto de la angustia del presente o un potente sostén para la construcción de un renovado mañana.

Perfil

Juan Carlos Eslava C.

Profesor asociado. Departamento de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia. Se ha dedicado al estudio de la historia de la medicina, la salud pública y la promoción de la salud.