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Posición de expertos sobre fracking, desconcertante

Hace 27 años se impulsó la cruzada que permitió modificar buena parte de nuestras corrientes naturales; la joya de estos emprendimientos, Hidroituango, con los impactos y afectaciones asociados, ha permitido que la sociedad colombiana repase la situación y se planteen interrogantes sobre la conveniencia y viabilidad de estos megaproyectos, que se sintetizan en la intervención sobre el espacio natural, la generación de réditos para muy pocos y el traslado de pasivos para la mayoría de la población.

Por lo sucedido con Hidroituango hoy volvemos la vista al proceso de transformación de sistemas ecológicos. ¿Será que necesitamos unos macroeventos como este, pero aplicados a la fracturación hidráulica para realmente preocuparnos?

Si se logra el cometido será quizás un escenario que no veremos mi generación ni probablemente la de mis hijos, pero que sí han visto y sentido numerosas poblaciones en nuestro continente y en Europa y que, en el plano lógico, deberían ser nuestras referencias válidas.

¿Qué más requerimos para que como sociedad exijamos, en vez de conciliar, que no se experimente con este tipo de prácticas? Conocida la manera tan hábil como los políticos manejan sus agendas-intereses, y como toda nuestra historia han logrado “vendernos” como auténticos y novedosos los “proyectos faraónicos”, ¿no se estará dando la ocasión para que esta posición ambigua legitime el inaceptable proceder?

Los comentarios relacionados con el diagnóstico de la comisión de expertos sobre la implementación del fracking en Colombia ponen en primer plano de los análisis la ambigüedad y falta de contundencia con que casi siempre actuamos los colombianos.

Después del apagón de 1991 los expertos en desarrollo recomendaron incrementar la generación eléctrica con base en la construcción de embalses y represas, que sin duda afectaron gravemente las condiciones naturales de varios de nuestros ríos.

A partir de entonces se construyeron más de 20 hidroeléctricas y se transformaron completamente los sistemas naturales. Según las predicciones, con su concreción se superaría cualquier eventual fluctuación climática que nos devolviera el apagón del 91.

Como lo hemos sentido, el ejercicio ha sido un completo fiasco. Cada vez que en nuestro territorio una de las épocas de sequía (por ejemplo las que suceden de manera normal entre diciembre y marzo) se hace extrema, se presentan los colapsos en la generación y distribución eléctrica que conducen al caos en el control de precios (todo aumenta, alimentos, transporte) junto con las presiones del sector eléctrico para incrementar las tarifas, y la tradicional y salomónica costumbre del Gobierno colombiano: prohibir más de una ducha diaria, regar los jardines, lavar los automotores y cosas por el estilo.

De manera simple y sin ser experto en economía ni asuntos de productividad, uno puede concluir que el remedio no ha sido efectivo. A este respecto siempre les he insistido a colegas expertos en los temas de generación y distribución eléctrica que sería muy conveniente que nos explicaran, con cifras demostrables, cuáles son las necesidades de energía del país y cuál es el consumo según sectores.

Infortunadamente la jerga técnica no le facilita a un lego entender la simpleza de la ecuación básica, como por ejemplo en cualquier proceso biótico, según sea la oferta se presenta la demanda o viceversa.

Hace más de cuarenta años, cuando era estudiante de biología, asistí a unas conferencias sobre el problema de los hidrocarburos y la situación del país, y escuchaba que “era inminente” que ante el agotamiento del recurso tendríamos que importarlo.

A manera de consejo, uno de los críticos a esas posturas oficiales nos decía que “el petróleo de Colombia aflorará (especialmente el de los Llanos) cuando los precios suban”, y efectivamente esto sucedió: un ejemplo es el de Caño Limón. No obstante, en el momento de la crisis (tiempo) casi siempre ha surgido la “mano milagrosa” que nos ha señalado un nuevo yacimiento.

En 2010 escuché de varios colegas especialistas en hidrocarburos que nuestras reservas irían hasta el 2014; algunas de sus aseveraciones publicadas en revistas constituyen hoy un testimonio ilustrativo de que casi siempre en la manifestación de estas alertas tempranas subyace un interés sectorial-económico.

No pretendo calificar de pecaminosos los movimientos económicos del capital, por supuesto que no; comparto plenamente los viejos y vigentes postulados de que el capital económico debe conservarse, necesariamente debe producir unos intereses que nos permitan seguir con los ciclos en todo tipo de actividad, entre esos en el otro tipo de capital, en el que somos archimillonarios: el capital natural, nuestra biodiversidad.

Estamos en 2019 y si no hubiese sido por los comportamientos del mercado global complementado con erráticas decisiones gubernamentales que se reflejaron en la producción sostenida de hidrocarburos, seguiríamos manteniendo el casi millón diario de barriles de petróleo.

Debemos recordar que, de igual manera, recientemente se han ofertado bloques de exploración-explotación mar adentro en la costa Caribe, en lugares de interés primordial para la conservación y uso sostenible de nuestra biodiversidad como la Bahía de Cispatá (Córdoba) que posee los ambientes de estuario mejor conservados de la región y es una localidad de excepcional valor por su historia paleoecológica que nos ha permitido conocer los cambios dramáticos del clima y de la geografía en los últimos 1.500 años de nuestra historia.

A pesar de que los vaticinios de estos portadores de “malas nuevas” nunca se han cumplido, y del insaciable apetito de la multinacionales energéticas por nuevas fuentes –que comparativamente ensombrece la acción de cualquier agujero negro en el espacio–, desde hace unos años corre la alarma de que si no utilizamos las nuevas tecnologías y los nuevos procedimientos como la fracturación hidráulica de las rocas, ante el recurrente agotamiento de nuestras reservas naturales de petróleo y el escaso progreso en los hallazgos de nuevos pozos, entraríamos en la consabida crisis económica.

En la búsqueda a soluciones a este dilema, las nuevas fuentes “limpias” de energía no han recibido respaldo suficiente y siguen siendo proyectos de limitada cobertura y crecimiento. Expuesto así el asunto, la solución inmediata sería, sin dudarlo, permitir las nuevas tecnologías con el fracking como estandarte.

Me desconcertó la posición de los expertos. Cuando a uno lo consultan como experto, lo lógico es producir una respuesta sobre el tema, y es Si o No. Cuando los expertos consultados sobre un problema determinado concluyen que se requieren más estudios para decidir, sinceramente creo que se perdió el tiempo, e inmediatamente viene a mi mente la canción de Serrat, Cenicienta de porcelana, que incluye esta diciente oración: “…comprometida con no comprometerse”.

Varios hechos recientes como las jornadas de los movimientos femeninos en las redes sociales, que han pregonado que se les respete y acepte su respuesta que no es no, y la reseña de prensa y la columna de un reconocido escritor colombiano en un periódico capitalino sobre la maduración mental con la edad y la capacidad de decir “NO”, me llevan a concluir estos comentarios con la pregunta ¿será que los expertos de la comisión sobre el fracking, por su juventud, aún no dan el tránsito para decir NO a lo que contundentemente merece un NO?

 

Las opiniones son de competencia exclusiva del autor

Perfil

J. Orlando Rangel-Churio

Profesor titular, Instituto de Ciencias Naturales, Universidad Nacional de Colombia (UN); investigador emérito de Colciencias; docente excepcional de la UN; biólogo de la UN; doctor en Biología de la Universidad de Ámsterdam (Holanda). Áreas de especialización: palinología y paleoecología, vegetación de Colombia y biodiversidad.