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    Perdiendo la noche y las estrellas

Durante nuestro transitar por este planeta la naturaleza nunca ha dejado de sorprendernos, y dentro de los múltiples acontecimientos que nos han maravillado la observación del firmamento ocupa un lugar preponderante.

Elevar nuestra mirada al cielo nocturno ha sido durante miles de años una actividad innata del ser humano que ha despertado su curiosidad y ha formado parte esencial de la cultura de todas las sociedades.

Desde que hace algo más de dos mil años Hiparco de Nicea, astrónomo y matemático griego, creara un catálogo de unas mil estrellas apreciables a simple vista, las agrupara según su brillo y se convirtiera en el primer científico de datos, la oscuridad de la noche ha sido una gran aliada para indagar sobre nuestro lugar en el universo.

La observación de los astros y el entendimiento de todo lo que podemos encontrar allí es, sin duda, uno de los retos más grandes al que nos hemos enfrentado. Así lo resumía Annie J. Cannon, una de las más destacadas astrónomas de la historia, a quien le debemos la clasificación de más de doscientas mil estrellas a comienzos del siglo XX.

“La clasificación de las estrellas ha contribuido materialmente a todos los estudios de la estructura del universo. No se ha presentado un problema mayor ante la mente humana”.

Escudriñar la oscuridad de la noche nos ha enseñado a conocernos, a descubrir, por ejemplo, dónde está nuestro hogar en la galaxia, a saber que estamos hechos de elementos que se formaron en las estrellas.

Sin embargo, algo está cambiando. Rápidamente nos estamos quedando sin noche. Estamos perdiendo las estrellas. La culpa es de la llamada contaminación lumínica. Nuestros pueblos y ciudades se llenan de luz durante la noche y gran parte de esa luz, que debería usarse para iluminar el suelo, está apuntando hacia el cielo y llenando de un brillante velo perturbador nuestras noches.

Muy pocos pueden salir hoy a contemplar la majestuosa visión del cielo nocturno plagado de estrellas y son privilegiados los que han visto nuestra propia galaxia, la Vía Láctea, ese gran camino blanco de estrellas que según la mitología griega se formó al derramarse la leche de Hera, esposa de Zeus, cuando retiró a Heracles (Hércules para los romanos) de su pecho.

La contaminación lumínica nos está quitando el derecho a ver las estrellas. Desde 1992, la Unión Astronómica Internacional –institución que agrupa a los astrónomos del mundo–, se reunió para discutir sobre esta creciente problemática. Se estableció que los impactos ambientales de la luz artificial no solo entorpecen el simple contacto de los habitantes de nuestro planeta con su entorno y la contemplación del firmamento, sino que también amenazan el futuro de la astronomía.

Los grandes avances tecnológicos de la civilización contemporánea que han permitido el desarrollo de sofisticados telescopios e instrumentación astronómica son, a la vez, responsables del crecimiento de ciudades con una iluminación artificial incorrecta, de radiaciones electromagnéticas que hoy nos rodean por doquier y hasta de la, cada vez más preocupante, basura espacial. Ese mismo año, la Unesco destacó el cielo nocturno como Patrimonio de la Humanidad, a través del cual podemos entender nuestro origen y destino.

En 2010 se ratificó definitivamente este título y se aprobó la Declaración Mundial en Defensa del Cielo Nocturno y el Derecho a Observar las Estrellas, que establece: “El derecho a un cielo nocturno no contaminado debe considerarse como un derecho inalienable de la humanidad, equiparable al resto de los derechos ambientales, sociales y culturales”.

Colombia está en la cola en materia de normas para la correcta iluminación de las ciudades y para defender y proteger el cielo nocturno. Las luminarias –muchas de las cuales usan luz tipo led blanca que no necesariamente es la más adecuada– no son ubicadas correctamente pues se desconoce que deben ir al suelo y no al cielo. De otra forma, incurrimos en un gasto innecesario.

Por si esto fuera poco, la luz artificial que hoy acompaña la vida de todos también está afectando nuestra salud y la de especies de la naturaleza que van desde mamíferos y aves nocturnas hasta microorganismos. Las luminarias están generando efectos nocivos sobre la biodiversidad.

Un reciente estudio publicado en la revista Science analiza la evolución de la contaminación lumínica a partir de imágenes satelitales del último lustro. Los resultados son alarmantes y muestran un crecimiento de más de un 2 % anual, en la extensión y el brillo de las zonas iluminadas artificialmente, que va de la mano con el crecimiento del producto interno bruto de los países desarrollados.

Si no creamos conciencia sobre esta problemática, la noche seguirá siendo cada vez más luminosa, especialmente en épocas como la decembrina, cuando hay un gran derroche de energía.

Que emocionante sería poder tener alguna vez celebraciones de fin de año en las que nuestras ciudades estén adornadas con estrellas de verdad, con esas que nos iluminan desde cientos y miles de años luz de nosotros.

Perfil

Santiago Vargas Domínguez

Físico de la Universidad de los Andes de Bogotá (Colombia), con maestría y doctorado en Astrofísica, del Instituto de Estudios de Astrofísica de Canarias (España). Ha realizado cuatro estancias posdoctorales en University College London (Reino Unido); como astrónomo de soporte en la Universidad de Utrecht (Países Bajos); en la Universidad de los Andes; y en Física Solar, en el Big Bear Solar Observatory (Estados Unidos) Se ha desempeñado como profesor de la Universidad Nacional de Colombia, coordinador de investigación del Observatorio Astronómico Nacional, y Jefe de Extensión de la sede Bogotá de la misma universidad.

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svargasd@unal.edu.co