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Las lecciones de Afganistán: el socialismo afgano y la invasión soviética

El punto de partida fue la Revolución de Saur, que fue el alzamiento comunista ocurrido en Afganistán el 27 de abril de 1978 y que marca la implantación de un Gobierno de tipo socialista en Afganistán.

Un monarca afgano fue derrocado en 1973 y el país acusaba una gran inestabilidad política permitiendo la toma del poder por parte de la tendencia comunista del Partido Democrático Popular de Afganistán.
 

Las medidas más importantes que la Revolución de Saur y el nuevo Gobierno tomaron iban desde la educación amplia en lenguas étnicas, la reforma agraria, la alfabetización y el papel de las mujeres en la sociedad, hasta la prohibición del opio.
 

Estas y otras medidas enfurecieron a los sectores más afectados: la burguesía rural, los terratenientes, el clero islámico y el pueblo en general. Pero lo que definitivamente partió aguas y puso masivamente a la población en contra del Gobierno fueron los intentos de imponer el ateísmo, en una sociedad mayoritariamente musulmana. Los primeros disturbios sangrientos –con asesinatos y degollamiento de maestros, funcionarios y comunistas– sucedieron en junio de 1978.
 

El Gobierno de la Revolución de Saur no fue aceptado inicialmente por la URSS, que tardó más de un año en reconocerlo. Los primeros países en hacerlo fueron Irán, India y Reino Unido.
 

Los islamistas radicales en la lucha contra el Gobierno comunista alimentaron una escalada bélica con atentados, y el complot del ministro Hafizullah Amín contra el presidente Taraki, que posteriormente fue asesinado, precipitaron la crisis. En virtud del Tratado de Amistad Buena Vecindad y Cooperación entre Afganistán y la URSS, y a petición del Consejo Revolucionario, la URSS acude en ayuda de su aliado con su Ejército. Esto sucedió en diciembre de 1979.
 

Pero este Gobierno de izquierda tampoco agradaba a los Estados Unidos. El polaco Zbigniew Brzezinski, asesor de Carter y rusófobo, ideó un plan para armar y entrenar a musulmanes de África y Medio Oriente en Pakistán para enfrentarlos al Ejército soviético. Los llamaron muyahidines y el presidente Reagan, reunido con ellos en el Salón Oval de la Casa Blanca, los presentó al mundo llamándolos: “freedom fighters” (“luchadores por la libertad” o “paladines de la libertad”).
 

La CIA inyectó millones de dólares en ayuda, armas y apoyo logístico a los muyahidines. Incluso les suministró los mortíferos misiles FIM-92 Stinger, con los que podían derribar aviones y helicópteros soviéticos, que podían dispararse a pie y que, guiados por calor, eran un arma tremendamente eficaz.
 

El objetivo era encartar a Moscú con una situación como la que Estados Unidos vivió en Vietnam. Su costo ascendió a 40.000 millones de dólares, y su propósito abierto fue el de hacer de Afganistán “un Vietnam para la Unión Soviética” (Brzezinski). Con la intermediación de Pakistán se entrenaron alrededor de 100.000 muyahidines, contando también con el apoyo del espionaje británico y con la ayuda de Israel para el tráfico de armamento con destino final a Afganistán. En realidad fue un frente amplio de todos contra la URSS.
 

En 1989 Mijaíl Gorbachov decidió ponerle fin a la ayuda militar. El saldo para la Unión Soviética tras retirarse diez años después, fue de 14.000 muertos y 50.000 heridos.
 

Las víctimas en Afganistán –dice la BBC en medio de la Guerra Fría–: un millón y medio de muertos y heridos y alrededor de 5 millones de refugiados; una de las guerras más sangrientas del último siglo.
 

En ese final de los años 80 la derrota de los rusos y el fracaso de su ocupación fueron unos de los factores que desencadenaron el principio del fin de la Unión Soviética.
 

La guerra civil: islamistas contra islamistas


Después de la retirada soviética, EE. UU. puso en el poder a un gobierno títere. No tenía más interés que la derrota soviética y no estaba dispuesto a contribuir a la paz ni alimentar a un pueblo heroico pero hambriento. Los señores de la guerra, los poderes regionales, los muyahidines se apoderaron del vacío político dejado por el repliegue ruso y vieron la posibilidad de aumentar el poder y la influencia, tener controles territoriales mayores, y se encausaron en la siguiente reyerta.


Tras la caída del Gobierno en 1992 se creó el Estado Islámico de Afganistán a través de los Acuerdos de Peshawar. Aunque EE. UU. puso en el poder a un gobierno títere, su autoridad no fue aceptada por la oposición, por lo que estalló una violenta guerra civil. Hubo un ataque constante de diversas milicias desde los países vecinos de Pakistán, Uzbekistán, Tayikistán e Irán.


El grupo mejor organizado y más fuerte,el talibán, acabó imponiéndose y se hizo con el poder en 1996. Kabul y otras ciudades quedaron devastadas. Tres años después, los talibán impusieron su orden en aquel caos de país. Un mandato feroz resultado directo de la barbarie sembrada y financiada por Estados Unidos y sus aliados, en la repulsiva fosa común en que se convirtió el suelo afgano en esos convulsionados años de guerras, golpes e invasiones.


Este movimiento fue respaldado por Pakistán, Arabia Saudí y las fuerzas de Osama bin Laden. La Alianza del Norte fue capaz de defender la zona noreste de Afganistán contra los talibán, pero nunca aceptó ese gobierno y continuó la guerra.


Su oleada represiva transformó Afganistán en un país de terror contra las etnias disidentes derrotadas en la guerra civil por el régimen talibán. Se reafirma la sentencia de que el control militar en un espacio geográfico es diferente a gobernar una sociedad. Gobernar Afganistán exigía proponer marcos identitarios, religiosos e ideológicos inclusivos, de participación. En vez de aprovechar la diversidad étnica como posibilidad de país, los talibán victoriosos la percibieron como una fuente de inestabilidad.


La observancia rigurosa de los preceptos religiosos fue fundamental para asegurar esa victoria; gobernaron el país sobre la base de sus visiones religiosas extremistas según esa explicación. Y además asumieron que su interpretación de la religión era suficiente para gobernar al país y darle estabilidad.
 

Del yugo talibán a la invasión americana: 1996-2001


Los Talibán en el poder en Kabul implementaron un régimen basado en una interpretación rigurosa de la ley islámica, basado en su visión de la sharía, que prohíbe a las mujeres trabajar y las obliga a cubrirse íntegramente –se llama burka– fuera de la casa, además prohíben la música, la televisión y otros pasatiempos.


Sancionado por la ONU como organización terrorista, el régimen talibán, dirigido por el mullah Omar, se acerca a Al Qaeda y acoge a su jefe, Osama bin Laden, en su territorio. EE. UU. exige su cabeza pasando por alto el elemento cultural afgano e islámico, de que un hermano solidario no puede ser entregado al enemigo extranjero.
 

Sigue...La originalidad occidental, otra invasión militar.

Perfil

Carlos García Tobón.

Analista internacional con énfasis en China, Asia Central y la Ruta de la Seda histórica y actual. Arquitecto y urbanista de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL)