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La noche del ‘miedodio’

El “22N” (22 de noviembre) en la noche nos encerraron en el corral de nuestro propio miedo y de nuestro propio odio, cuando a partir de montajes lograron hacer aflorar la más obscena pasión de eliminar al otro, al diferente, al supuesto invasor, con los múltiples rostros que este puede cobrar: “los que vienen de los otros barrios”, “los venezolanos esos”, “los negros”, “los desechables”, “los indios”, “las mujeres esas”… pero siempre, y al final de cuentas, los que no son yo, ni los míos, sino los que vienen por lo mío, que es otra forma de decir “por mí”.

Todo porque ya no sabemos distinguir entre los “cacharros” que tenemos y lo que somos, porque en esta sociedad hemos quedado reducidos a ser eso que tenemos, a ser el objeto, la pura mercancía.

 

El “22N”, en el lapso de dos o tres horas, como si hubiéramos sido víctimas de un sorprendente hechizo, nos hicieron cambiar las cacerolas por garrotes, bates de béisbol y machetes. Nos hicieron pasar del canto, la risa y el saludo amable a los vecinos que acabábamos de conocer en el cacerolazo, al palo en mano para destripar al otro. 

 

¿Cómo reconocernos en esas dos escenas tan distintas, encarnando –en el mismo vecindario, en nuestra propia casa y casi al tiempo– personajes, posturas, afectos y pulsiones tan opuestas? Si pudiéramos vernos ahora desde afuera, seguramente surgiría primero el desconocimiento, para dar paso luego a la vergüenza. Y no sería para menos, pues nos habríamos topado con algo de nuestro ser, bien extraño, íntimo y desconocido.

 

En eso tan propio y tan ajeno a la vez, en 1919, en su memorable artículo “Lo siniestro”, Freud descubre el resorte de este particular afecto, descubre que esa experiencia de lo siniestro o de lo ominoso –como también ha sido traducido el término alemán unheimlich– no es suscitado, como suele creerse, ante el encuentro con lo más extraño (el invasor, el inmigrante, el salvaje, el monstruo) o ante lo más ajeno, sino ante aquello que, teniendo esos atributos, es al mismo tiempo lo más propio, lo más privado, lo más nuestro; tan íntimo, tan de nuestra propia casa, que es un secreto para nosotros mismos y no nos atrevemos a revelárnoslo.

 

Cuando nos enfrentamos a eso todo se torna siniestro, horroroso, como aquella noche en Bogotá, en la que aguardando tras la puerta al vándalo, lo llevábamos dentro. En ese sentido, durante esas horas muchos estuvieron dispuestos súbitamente, como en un rapto de terror, a reventar al invasor, solo que este que creían tan extraño, era en realidad el más próximo, el del barrio de arriba, el vecino, el de la cuadra de al lado, el de dos calles más allá, el familiar, el del propio hogar, mi propia sombra: yo. Ya hemos escuchado casos de personas heridas por vecinos que los tomaron por saqueadores.

 

Durante unas horas, aquellos que generaron esta política del odio y del terror lograron lo que ha sido su ideal: una sociedad siniestra, en la que todos estén enajenados en su propio “miedodio”. Llamo así a esa mezcla entre miedo y odio, tan productiva para que un sujeto o una sociedad entera pase a ser presa de la dominación del amo, así este no tenga forma corporal alguna, así no esté encarnado en alguien en particular.

 

Basta con que haga sentir o sostenga la fantasía de que él, esa o aquella institución, ese o aquel sistema, partido, religión, etc., brindará la seguridad tan anhelada, esa que el papito todo poderoso de los sueños de la infancia brindaba de manera imaginaria a sus “hijitos”.

 

Muchos desconocían que pudieran llegar a albergar tanto miedo y tanto odio a la vez. Otros no sabían que podían estar tan impacientes por desnucar al supuesto asaltante. Se autorizaban también en el efecto de masa, de compartir estos afectos con sus vecinos de edificio o conjunto residencial, y seguramente en muchos casos, de estar identificados con ese supuesto amo salvador, encarnación de la seguridad, de leer los mensajes de senadores o representantes que agitaban y validaban la emergencia de este magma pulsional.

 

Eso y mucho más afloró esa noche en la que destaparon la caja de pandora. Ya sabemos que eso está ahí, en el seno de nuestra sociedad, y más aun, en el corazón de cada quien. Descubrimos que no se necesita mucho para hacerlo aflorar, que es muy fácil ser manipulados porque hay algo en cada uno, construido en y frente al lazo social, que lo permite.

 

Esta vez el montaje con el que lo hicieron fue grotesco y se cayó ante los videos que mostraban a los “vándalos” comandados por algunos policías. Sin embargo, muchos se resisten a aceptar la manipulación de la que fueron víctimas y prefieren seguir creyendo que los invasores, que “los pobres”, esos tan odiados –porque en el fondo es el odio a los pobres lo que opera como causa de todo esto– regresarán y que el líder vendrá a salvarlos. Muchos prefieren seguir encerrados saboreando su “miedodio”, con él se puede amar más al amo.

 

Esa noche nos hicieron vivir su sueño. Por unas horas fuimos los objetos con los que realizaron su fantasía de tener una sociedad en la que cada uno se arme a defender su propiedad privada –así esta sea nada–, lleno de furia, bien macho. Por unas horas lograron su meta, su ideario político, su sueño: por unas horas consiguieron su tan amada sociedad paramilitar. 

 

Sin embargo Colombia no ha salido de ese trance. ¿Cuál es el país soñado? Eso es lo que está en juego. Nada más, pero tampoco nada menos. Por fortuna, al día siguiente las cacerolas no tardaron mucho en retomar su canto, afortunadamente amaneció.

Perfil

Mario Bernardo Figueroa Muñoz

Profesor asociado de la Escuela de Estudios en Psicoanálisis y Cultura de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL). Director de la revista Desde el jardín de Freud.