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La crisis de las democracias y sus antídotos

El fracaso del comunismo como proyecto político con aspiraciones universales ha hecho que las democracias ya no sean tan defendidas como durante la Guerra Fría.

Los nostálgicos de la revolución soviética y sus simpatizantes aún se van lanza en ristre contra ellas, un poco por inercia o por obtener réditos electorales o de audiencia, así esto resulte contradictorio.

En sus análisis sobre la ingobernabilidad, los –aún más tempranamente– derrotados partidarios de golpes militares de derecha acostumbran hacer insinuaciones veladas, al decir que esta ha sido causada por el exceso de concesiones a los ciudadanos en las democracias contemporáneas.

Incluso los defensores del modelo liberal, tanto los socialdemócratas como los menos entusiastas con la intervención estatal, se lamentan con frecuencia de la paradójica realidad actual de una democracia triunfante y extendida, que al mismo tiempo se tambalea.

Pero ¿está en crisis la democracia que le ha ganado la maratón al absolutismo, primero, y al fascismo y al comunismo, después? Parece que sí. Sin embargo no se trata solo de sus viejos problemas estructurales sino también de nuevas circunstancias.

Es verdad que ni los más optimistas de quienes nacimos en la segunda mitad del siglo pasado pensábamos que para comienzos del nuevo milenio toda Europa iba a ser democrática y que atrás quedaría para siempre el gran número de países comunistas que albergaban ese pequeño lugar del mundo. Mucho menos que América Latina se libraría para siempre de sus golpistas de derecha, ni que en Asia llegaría a haber tantas democracias reales y en proceso como las que existen hoy en día. Tampoco que países antes famosos por su injusticia como Sudáfrica, o poco acostumbrados al concepto de igualdad como la India, se volverían ejemplos mundiales de democracia.

Pero también es cierto que el modelo no está funcionando y aún no se ha terminado de inventar porque no hemos descubierto cómo lograr el deseado sueño de una ciudadanía que se sienta realmente representada por sus gobernantes, ni la fórmula perfecta de unos cargos públicos funcionando armoniosamente y dedicados al bien común y no al beneficio de intereses particulares.

A esos viejos problemas se le suman dos adicionales, pues aún sin terminarse de inventar la democracia, triunfante geográficamente, han surgido otros retos que la hacen ver como un gigante con pies de barro:

  • La nueva supremacía del mercado (capitalismo) sobre el Estado (en especial en los Estados democráticos).
  • El caos político que está creando el uso abusivo de las redes sociales.

Sobre el primero es necesario decir que mercado y Estado fueron un mal matrimonio desde el inicio de las democracias. El mercado se impuso en los primeros años del “dejar hacer, dejar pasar” del liberalismo primigenio, lo que limitó tanto el acceso a los votos como la acción estatal, y lo hizo casi hasta finales del siglo XIX.

Es verdad que ni los más optimistas de quienes nacimos en la segunda mitad del siglo pasado pensábamos que para comienzos del nuevo milenio toda Europa iba a ser democrática y que atrás quedaría para siempre el gran número de países comunistas que albergaban ese pequeño lugar del mundo.

Pero tras décadas de luchas, y con la ayuda del peligro del comunismo, el mercado fue derrotado y el concepto de Estado de bienestar –en el cual prima el Estado sobre el mercado– se impuso como aspiración a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial en casi todos los países democráticos, y como un hecho real en algunos de ellos.

El problema fue que con la caída del comunismo y la expansión del capitalismo por todo el planeta debido a la globalización, el Estado del Bienestar dejó de ser un consenso y las crisis económicas se han venido utilizando como excusa para regresar a la idea de un Estado que estorbe lo menos posible al mercado, lo que se ha llamado neoliberalismo.

Aunque no se dio la pauperización mundial que advertían los marxistas por la expansión del capitalismo –pues al final este sirvió para reducir la pobreza como nunca en la historia–, es indudable que la desigualdad económica va in crescendo y que el mercado está arrinconando al Estado, y a las democracias en particular, como lo demostró Thomas Piketty en su libro Capital.

El problema fue que con la caída del comunismo y la expansión del capitalismo por todo el planeta debido a la globalización, el Estado del Bienestar dejó de ser un consenso y las crisis económicas se han venido utilizando como excusa para regresar a la idea de un Estado que estorbe lo menos posible al mercado.

Y es en este contexto que surge el segundo problema: las falsas verdades que –como ha demostrado Luke Harding, el periodista británico autor de Conspiración– están poniendo en peligro las democracias e influyendo negativamente en procesos electorales de países que se consideraban blindados, tal como sucedió en Estados Unidos.

¿Esto quiere decir que las democracias tienen los días contados? Todo lo contrario. Son “duras de matar”, y de momento no se ha inventado ni sugerido siquiera algún tipo de gobierno diferente para implementar hacia el futuro, por lo que seguramente seguirá expandiéndose por todo el orbe.

Antídotos

Pero algo hay que hacer con estas democracias en crisis, pues este modelo es la herencia de siglos y siglos de luchas políticas e intelectuales imposibles de abandonar aunque, en el fondo, poco se confíe en su capacidad de autorreparación:

  • Lo primero es que se deben seguir haciendo esfuerzos para reforzar la legitimidad y la eficacia mejorando las instituciones y educando a la ciudadanía para lograr la ansiada representatividad y gobernabilidad, combatir la corrupción y protegerla de intereses particulares.
  • El segundo punto es la necesidad de defender la idea del Estado de bienestar como una conquista histórica y no como una opción política ideológica renunciable, creando verdaderos equilibrios entre el gasto social y la sostenibilidad fiscal sin caer en populismos de izquierda ni en la idea neoliberal del capitalismo con compasión.
  • El tercer asunto es que el nuevo problema de la globalización imparable del capitalismo que va arrinconando cada vez más al Estado no puede ser enfrentado por los países democráticos de manera independiente, sino que estos deberán aliarse con naciones no democráticas en la defensa de la soberanía frente al poder arrasador de los grupos económicos del mundo.

Y por último, sobre el segundo nuevo problema, la creación de falsas verdades por grupos de poder que afectan elecciones y crean crisis de gobernabilidad interna e inestabilidad internacional, solo se podrá resolver con una alianza fuerte entre medios de comunicación, Estados democráticos y organizaciones sociales, aunque aún no se ve quién va a liderar esa lucha.

Perfil

David Roll Vélez

Profesor titular con tenencia de cargo del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia y director del Grupo de Investigación UN-Partidos. Doctor en Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, abogado de la Universidad Pontificia Bolivariana, especialista en Derecho Constitucional del Centro de Estudios Constitucionales de Madrid y posdoctorado en Élites Parlamentarias de la Universidad de Salamanca.

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darollv@unal.edu.co