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La ciencia en un país en vías de desarrollo o ¿subdesarrollado?

Como profesional me he centrado en la enseñanza y la investigación en ciencias y química, por lo que me considero como una “científica”, lo que al común de la gente le suena como a “bicho raro”. Disfruto lo que hago porque trabajar en ciencia es algo dinámico y en absoluto aburrido: cada proyecto es un reto personal con diferentes obstáculos por superar (mucho más notorios en un país en vías de desarrollo como Colombia), pero que a su vez trae satisfacciones como contribuir a la solución parcial o total de los problemas del país, a la generación de conocimiento nuevo y a la formación de profesionales de alta calidad en nuestro país.

A veces parece que somos unos integrantes escasos y raros de la sociedad, y poco visibles en países subdesarrollados en contraste con nuestros pares de países desarrollados. Siempre les insisto a mis estudiantes que investigar no es una actividad restringida a profesionales dedicados a la investigación formal, sino que es una habilidad innata del ser humano que se manifiesta en edades tempranas después de que se adquieren y perfeccionan las habilidades del lenguaje y el razonamiento.
 

En el proceso de aprendizaje, todos los días se hacen observaciones, se generan cuestionamientos o incógnitas, se plantean posibles respuestas basadas en el conocimiento que se tiene, y si no se tiene se hace la búsqueda correspondiente. En los niños es el “¿y por qué?” y en los adultos es el uso de redes, para finalmente encontrar una respuesta apropiada y satisfactoria al interrogante original.
 

Esto, junto con un diseño experimental que permita una apropiada recolección de datos, su procesamiento y posterior análisis, forman parte del método científico, que se puede definir como un conjunto de actividades sincronizadas y coherentes dirigidas a eliminar subjetividades en la comprobación de una hipótesis de investigación surgida a partir de un problema que requiere solución y generación de conocimiento nuevo.
 

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Escribo esta columna ad portas de la celebración del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia (febrero 11), y considerando que por diferentes motivos en 2020 se han puesto en la palestra pública dos científicas colombianas: primero Mabel Torres, por su nombramiento como ministra de Ciencia, Tecnología e Innovación y por sus polémicas declaraciones en medios sobre el uso del hongo Ganoderma lucidum en el tratamiento del cáncer, y segundo la doctora Elena Stashenko, profesora titular de la Universidad Industrial de Santander (UIS) y directora del Centro Nacional de Investigaciones para la Agroindustrialización de Especies Vegetales Aromáticas y Medicinales Tropicales (Cenivam), por las declaraciones respecto a sus hallazgos después de analizar la composición del medicamento natural Dololed.
 

En nuestro país está bastante desdibujado el rol de los científicos en la sociedad.


Históricamente el científico ha sido visto como un personaje de excelente desempeño académico, gran conocimiento y pocas habilidades sociales, enmarcado en un ego soberbio y desproporcionado que se perdona por su genialidad, o con alguien inalcanzable que produce gran admiración como Albert Einstein, Nikola Tesla, Isaac Newton o Marie Curie.
 

Las sociedades tienen diferentes actores a los que tácitamente se les atribuyen características indispensables para su desempeño: un líder espiritual debe ser alguien humilde y sabio, y con vocación de servicio; un político debe darle la razón a todo el mundo, y en contraste un científico es alguien que siempre dice la verdad.
 

En los países desarrollados, los científicos cumplen un rol preponderante en la sociedad, liderando procesos de innovación y desarrollo, con mucha credibilidad al generar conocimiento nuevo plenamente confiable, basado por supuesto en la utilización del método científico en sus investigaciones.
 

Estas se publican en revistas científicas indexadas, en las cuales los datos y resultados son sometidos a una evaluación exigente y al escrutinio por pares reconocidos para hacer una validación objetiva de los resultados obtenidos. Este proceso es mucho más engorroso para nosotros, los científicos de países en vías de desarrollo, pues muchas veces se nota el sesgo, al cuestionar mucho más nuestros resultados, máxime si entre los autores no hay nadie del primer mundo o todos los autores pertenezcamos a un país de habla hispana.
 

En Japón los investigadores senior o eméritos forman parte de los comités que toman decisiones en diferentes cuerpos colegiados, liderando las políticas públicas de desarrollo científico o tecnológico; en Alemania, Angela Merkel es física con doctorado en Química Física, desarrolló una carrera científica y a partir de 2005 se desempeña como canciller de su país, participando activamente en las decisiones de la Unión Europea.
 

La declaración pública de la doctora Stashenko sobre la presencia de diclofenaco en las pastillas del medicamento Dololed que fueron analizadas en su laboratorio, debería ser incuestionable e irreprochable por la sociedad colombiana, debido a su desempeño en ciencia, específicamente en el área de análisis de diferentes matrices por métodos cromatográficos, corroborada internacionalmente, y por el papel de veedor que tenemos las universidades públicas teniendo en cuenta que la sociedad invierte en nuestro sostenimiento, y además por el impacto que tiene este hallazgo en la salud de los consumidores.
 

En un país desarrollado esto es lo mínimo que se espera de los científicos; más aún, los científicos son la referencia incorruptible, ética y acertada para dirimir las controversias que se susciten en diferentes ámbitos, con el fin último de sacar a la luz la verdad. ¿Qué ha pasado en nuestro país? la idoneidad y credibilidad de la doctora Stashenko, además de su actuar, han sido cuestionados en diferentes medios y después de la desilusión y el asombro que estos hechos nos generan a los científicos colombianos, nos ha tocado salir a manifestar nuestra opinión y apoyo hacia ella.
 

Después de sus declaraciones, el Invima, ente regulador correspondiente, confirmó los hallazgos en ciertos lotes y emitió la correspondiente alerta sanitaria. Pienso que lo ocurrido es bastante bochornoso y genera un manto de sombra en el quehacer de los científicos en Colombia, donde parece que el beneficio económico de unos pocos debe primar sobre el bienestar del resto de la sociedad, situación que compartimos con otros países en vías de desarrollo.
 

Esta situación va en contravía con el desarrollo, que se fundamenta en que tenemos mayor capital humano con estudios doctorales que se espera lideren las investigaciones que ayuden a solucionar los problemas propios del país en forma idónea y ética.
 

El caso de la ministra de Ciencia


Su nombramiento fue una sorpresa para la comunidad científica colombiana: un ministerio nuevo que la comunidad científica había reclamado para ser un motor de la investigación e innovación en nuestro país, asegurando la consecución de más recursos económicos para este fin.
 

Vale la pena aclarar que, en la mayoría de los casos, en el mundo científico todos los logros y reconocimientos se obtienen por méritos, después de un trabajo arduo y dedicado.


Me causó alegría que se hubiera nombrado una mujer, de una raza que admiro y respeto, proveniente de una región del país que necesita mucha atención para contribuir a su desarrollo. Al revisar su Cvlac sentí desconcierto pues su trayectoria no era tan destacada como la de otras científicas colombianas. Lo que necesita el incipiente Ministerio es un líder que conozca de ciencia e investigación, que sea capaz de escuchar y entender las necesidades de la comunidad científica nacional hablando el mismo idioma, que ojalá haya sufrido los inconvenientes de hacer investigación en Colombia, desligado completamente de intereses políticos y económicos egoístas y que en últimas sea un excelente gestor.
 

Sus declaraciones en un reportaje televisivo, en los medios escritos y en foros, demeritando el método científico, rechazando el hecho de publicar en revistas científicas y haciendo énfasis en que ha contribuido al desarrollo de un extracto o bebida obtenida a partir del hongo Ganoderma lucidum -que se podría considerar como una posible “cura del cáncer”- son irresponsables, sobre todo con los colombianos que actualmente padecen esta enfermedad.
 

Es así como varios científicos y profesionales con pleno conocimiento de causa han manifestado su estupor y rechazo hacia estas afirmaciones; así mismo la Liga Contra el Cáncer, la Asociación Colombiana de Ginecólogos y Oncólogos, la Asociación Colombiana de Inmunología, la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, además de prestigiosos investigadores de universidades públicas como la Nacional y la de Antioquia, o privadas como la Javeriana, entre otros.
 

Yo guardaba la esperanza de que fuera una equivocación o exageración de los medios, pero al leer la réplica de la doctora Torres sentí profundo desconcierto.
 

Sus declaraciones son completamente incongruentes con el quehacer de los científicos.


Me pregunto qué pensarán los becarios doctorales de Colciencias que están terminando o ya terminaron su formación doctoral y que se comprometieron a publicar artículos científicos para lograr la condonación de la deuda adquirida, cuando en los medios la doctora Torres manifiesta que decidió no publicar como un acto de rebeldía, lo que es una posición completamente incoherente.
 

Sus declaraciones son mucho más graves. Mi experiencia con dicha enfermedad en familiares cercanos me permite confirmar que no solo es compleja sino que depende del estadio y del lugar donde se manifiesta, y que golpea psicológicamente tanto al enfermo como a los familiares porque inmediatamente se asocia con la muerte. Se genera un miedo incontrolable a morir, lo que convierte a los enfermos de cáncer en personas muy vulnerables.
 

Durante el tratamiento se libra una batalla contra la enfermedad, en la cual, por supuesto influye el estado de ánimo de la persona, bien sea para dar la lucha fuertemente o para desistir y dejarse acabar por ella. En estas etapas, la medicina alternativa, la guía espiritual, la ayuda sicológica, la dieta y otras estrategias pueden tener un efecto placebo positivo.
 

Es un hecho que el cáncer aumenta día a día en todas las latitudes, que no respeta edad, raza, ni género y que SI tiene cura con una detección temprana y con el uso de la medicina convencional basada en los hallazgos obtenidos mediante la aplicación del método científico. Por ejemplo, linfoma no Hodgkin (LNH) y leucemia tienen cura con terapias R-CHOP que utilizan agentes citotóxicos y medicamentos específicos (anticuerpos monoclonales), resultado de estudios de biología molecular, con remisión completa de la enfermedad.
 

Conozco casos exitosos de remisión de tumores cerebrales o de cáncer de mama en Alemania que conjugan cirugía con quimioterapia; la Clínica Mayo en Florida (Estados Unidos) es un referente de innovación en el tratamiento del cáncer atendiendo anualmente un promedio de 120.000 pacientes; y por supuesto el papel de los oncólogos en Colombia con innumerables casos exitosos de tratamiento y remisión de diferentes tipos de cáncer.
 

Cuando la ministra Torres afirma que ha curado a alrededor de 15 enfermos de cáncer con el extracto del hongo Ganoderma lucidum, quienes nunca suprimieron el tratamiento de quimioterapia, genera un manto de duda al respecto. Los expertos en la enfermedad decidieron pronunciarse, porque con hongo o sin hongo, ellos cada día enfrentan nuevos casos de enfermos de cáncer y sus correspondientes dramas familiares.
 

Tomando atrevidamente la vocería de los sobrevivientes, de los enfermos de cáncer y de los dolientes que perdieron familiares por esta enfermedad, me gustaría que las afirmaciones de la doctora Torres respecto a que el hongo Ganoderma lucidum es “la cura del cáncer”, proveniente de un conocimiento ancestral, fueran verdaderas y efectivas. Sin embargo, con mucho respeto pienso que es muy riesgoso creerse Dios. Es importante entender que la ciencia es dinámica, que nadie tiene la verdad absoluta, que estamos en continuo desarrollo, aportando nuestro granito de arena en las diferentes ramas de la ciencia.
 

La científica estadounidense Frances Arnold, Nobel de Química 2018, recientemente retractó su último estudio publicado en la prestigiosa revista Science porque encontró que había datos que no podían reproducirse, lo cual a mi modo de ver es un acto de valentía al reconocer ante la comunidad internacional su error con responsabilidad, lo que no le quita su brillantez académica.
 

La ministra está a tiempo de retractarse por respeto a los pacientes que actualmente tienen cáncer, por la labor valiosa de los oncólogos colombianos y por su responsabilidad social con la comunidad étnica que representa y con nosotras las mujeres científicas. Y así dedicarse en forma eficiente a ser el motor de la ciencia y tecnología en este país en vías de desarrollo, lo cual es algo que todos los científicos deseamos fervientemente.
 

Dice Eduardo Galeano, escritor Uruguayo, autor de Patas Arriba, La Escuela del Mundo al Revés (1998): “El mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo. En la escuela son obligatorias las clases de impotencia, amnesia y resignación”, haciendo énfasis en los problemas comunes a todos los países Latinoamericanos.
 

Es como siento la realidad de la ciencia en Colombia. Pero sabiendo que ocupamos el quinto lugar en productividad científica en Latinoamérica después de Brasil, México, Argentina y Chile, confío en que superemos esta etapa, maduremos como país, aprendamos a respetar el papel de los científicos en nuestra sociedad y cambiemos el subdesarrollo por un camino activo y exitoso hacia el desarrollo.

Perfil

Coralia Osorio Roa

Profesora titular del Departamento de Química de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL)