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¿Ideas que matan?

En las primeras clases de la asignatura Democracias y Partidos que dicto en la Universidad Nacional de Colombia, acostumbro a presentar un documental de History Chanell sobre la Revolución Francesa, en el que se narran en detalle los crímenes que se cometieron en nombre del liberalismo político, o sea de la democracia. Ahí queda claro que fueron crueles los asesinatos del rey y de la reina, infames los de la nobleza, y absurdos los de los principales gestores de la Revolución, que se mataron unos a otros. Suelo aclararles a los estudiantes que aunque la idea liberal no fue la que asesinó a todo ellos, y tampoco a los españoles que masacró Napoleón en su rastrera invasión a su vecino país para imponerla, sí es verdad que en nombre de ella se cometieron esas atrocidades.

Aunque todavía hoy se generan muchas injusticias por parte de los dirigentes de las democracias que imperan en casi todo el mundo –las cuales van desde invasiones hasta asesinatos de Estado y discriminaciones de todo tipo–, también existe un gran consenso mundial sobre la bondad de este modelo político con respecto a otros, porque hay libertad de prensa para denunciarlas y sistemas de justicia y de juicio político para intentar juzgarlas o hacer que no se repitan. Eso no significa que la idea democrática esté en su mejor momento, todo lo contrario, pues como lo documenta Yuval Noah Hararí en 21 lecciones para el siglo XXI, el liberalismo democrático está en crisis, sin que se vea otra ideología de reemplazo en el horizonte.

La democracia ha hecho más bien que mal como idea, y eso se puede comprobar leyendo recopilaciones como la Historia del siglo XX de Eric Hobsbawn. En esta obra queda claro que el enorme número de muertes humanas generadas por sistemas políticos en ese siglo se presentaron más en el comunismo y en el fascismo.

Tras la Segunda Guerra Mundial el fascismo dejó una estela de destrucción y muerte, que también llegaría en sus propias “adaptaciones” a España y Portugal, cuyas dictaduras se extendieron hasta mediados de los años setenta. En la actualidad, aunque existen regímenes autoritarios que algunos llaman fascistas o corrientes neofascistas, se podría afirmar que dicho modelo político ya no existe, ello a pesar de persistir algunas de sus expresiones como la persecución a los inmigrantes en Europa.

En relación con el comunismo, el académico francés Stéphane Courtois, autodenominado arrepentido de la extrema izquierda, lideró a finales de los años noventa la publicación de El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión, en el cual se hace una recopilación de las barbaridades cometidas durante el siglo XX en nombre de esta idea. En menos de ocho décadas la historia registró la muerte de 82 millones de chinos, 21 millones de soviéticos y casi la cuarta parte de la población de Camboya en su momento, la mayoría por el “delito” de vivir en ciudades, en este caso. Ello sin contar los regímenes comunistas de Corea del Norte y Cuba, los únicos que aún existen, o de países gobernados en momentos cortos o largos por líderes de izquierda radical en sistemas semiautoritarios o abiertamente dictatoriales.

Aunque intelectuales como Francis Fukuyama se atrevieron a sentenciar “el fin de la historia”, lo cierto es que en la actualidad existe la idea generalizada de que el comunismo murió en el siglo XX. De hecho, a finales de 2018 se consideraba definitivamente enterrada por todo el mundo, porque en uno de los pocos países en los que aún se mataban personas en nombre de esa ideología se había firmado un histórico acuerdo de paz: Colombia.

Por eso el atentado terrorista que sufrió la Policía Nacional de Colombia por parte del ELN fue como una pesadilla de salto atrás en el tiempo, tanto para estudiosos como para los ciudadanos de todas partes de nuestro interconectado planeta, y no solo de Colombia. ¿Cómo se puede casi al finalizar la segunda década del siglo XXI asesinar con una bomba a 21 jóvenes en el nombre de una idea que se acabó oficialmente en 1991 con la disolución de la Unión Soviética, y en nuestro país el año pasado con la desarticulación efectiva de un enorme ejército revolucionario cincuentenario que renunció a ella?

La pregunta sigue siendo: ¿hasta qué punto es legítima la cortesía intelectual que aún tenemos quienes no compartimos esa interpretación de la sociedad, con los que sí la defienden de todos modos con diversas sutilezas verbales y dialécticas?

La respuesta es que sí, es legítima tal cortesía y debe mantenerse esa tolerancia académica, justamente porque creemos en la libertad de expresión creada por las democracias liberales, aunque a veces quisiéramos decirles: ¡por favor no defiendan más esa idea del comunismo, porque como experiencia fue un terrible error histórico! Pero no podemos hacerlo abiertamente aunque pensemos que es probable que en esa idea comunista, defendida desde una intelectualidad pacifista en la práctica, se sigan inspirando grupos ilegales para actos criminales como el perpetrado la semana pasada, sin que tengan por supuesto culpa alguna quienes sencillamente piensan críticamente del modelo democrático.

Y no debemos exigir o pedir tal cosa a nadie, aunque creamos que quizá los autores de esos hechos se sientan respaldados por la anuencia teórica con el principio básico de todo el asunto comunista, de que la democracia es ilegítima por su matrimonio con el capitalismo. No debe hacerse tal petición, sobre todo porque sería una contradicción intrínseca con los principios democráticos que defendemos, pues sabemos que no son las ideas las que matan sino los sujetos que no creen en la libertad y la dignidad humanas y al mismo tiempo ejecutan tales acciones.

En síntesis, como las ideas no matan, no podemos encarar a nadie para que deje de defender una idea en la que otros se basan para cometer grandes crímenes como el reciente atentado, por más que llegáramos a creer que una cosa tiene que ver con la otra, porque además esa conexión no está tan claramente comprobada. Solo podemos desear que cese esa defensa teórica velada o directa de ideologías liberadoras que justifican la violencia en alguno de sus puntos, y dar a conocer nuestro ingenuo deseo de que tal cosa suceda aunque sea de manera lenta e imperceptible, como de hecho ya ha venido pasando, afortunadamente, en las últimas décadas en muchas partes y con bastantes personas.

Perfil

David Roll Vélez

Profesor titular con tenencia de cargo del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia y director de los grupos de investigación UN-Partidos y UN-Migraciones. Doctor en Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, abogado de la Universidad Pontificia Bolivariana, especialista en Derecho Constitucional del Centro de Estudios Constitucionales de Madrid y posdoctorado en Élites Parlamentarias de la Universidad de Salamanca.

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