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¿Ha comenzado la guerra entre los sexos?

What shall we use to fill the empty, Spaces where we used to talk, How shall I fill the final places, How shall I complete the Wall, Empty Spaces, (Pink Floyd). En los últimos tiempos hemos asistido a hechos que han conmocionado a la sociedad: la campaña mediática estadounidense #MeToo, viralizada en 2017 por las actrices de cine para denunciar los acosos sexuales del productor estadounidense Harvey Weinstein, y tuvo su réplica francesa en la campaña #Balance ton porc.

Desde entonces esto se ha tornado en una especie de inicio de una guerra entre los sexos. Tras los recientes hechos de acoso por parte de un profesor a una estudiante de nuestra Universidad, la comunidad universitaria pretende reavivar este activismo. Más allá de este hecho, buena parte de la colectividad coincide en que aquí se debe hacer una pedagogía, y ojalá se extienda a la sociedad en general, para poder tener en claro que el acoso sexual es un delitoinadmisible y condenable.

Creo que todos estamos de acuerdo sobre el tema, pues la Ley 1257 de diciembre de 2008, según el artículo 210-A del Código Penal Colombiano, así lo ratificó. Dicha ley no hace distinción de género, es decir que cubre tanto a mujeres como a hombres por igual, así un buen porcentaje de estos casos se produzca del hombre hacia la mujer. Todos esperamos que la Universidad ponga en marcha mecanismos de prevención y actué con idoneidad cuando deba hacerlo.

Ahora bien: yo creo que es importante dar una discusión de altura académica, sobre el muro que parece estar levantándose entre hombres y mujeres, pues, como en una ocasión me decía la colega argentina Paula Gentille, hemos llegado tan lejos que ya nos resulta difícil relacionarnos entre hombres y mujeres: “ellos nos tienen miedo”, decía, y con esto recordamos que tanto en su universidad como en la nuestra, por cierto, se han creado parejas entre docentes y estudiantes e incluso han tenido familias entre los heterosexuales y existen relaciones estables en los homosexuales.

Dicha ley no hace distinción de género, es decir que cubre tanto a mujeres como a hombres por igual, así un buen porcentaje de estos casos se produzca del hombre hacia la mujer.

¿Cómo se dieron dichas relaciones? No propiamente por mediación del Espíritu Santo, sino como se dan todas las relaciones humanas: acercándose el uno al otro. Pero con esto de la lucha de géneros, agudizada por obvias razones como consecuencia del acoso sexual, cada vez más las relaciones sexuales, eróticas o amorosas se convierten en un verdadero tabú y empeoran las relaciones humanas, lo que agudiza la soledad de los individuos que se refugian en lo que mi colega argentina Paula Sibilia llamó “la intimidad como espectáculo”, donde la única relación posible parece establecerse solo a través del mundo digital y de las “redes sociales” que, lejos de comunicar, generan la ilusión de la comunicación en detrimento de las relaciones sociales. Recomiendo la lectura de su libro publicado hace algún tiempo.

A cincuenta años de haberse enarbolado el lema “haz el amor y no la guerra”, cuando la liberación sexual planteaba otro destino a la sociedad más allá de la procreación, las enfermedades sexuales como el sida y una nueva ola puritana de corte anglosajón han puesto contra la pared una vez más las relaciones eróticas.

Ese malestar de la cultura anunciado por Sigmund Freud en los años veinte del siglo pasado parece instalarse de nuevo: la pulsión de muerte (Tanathos) se impone a la pulsión de vida (Eros), cuya manifestación es la barbarie o la guerra. Y en nuestro contexto esto está a la orden del día con un proceso de paz a punto de “hacerse trizas”, lo que parece importarnos poco.

Si bien es cierto que en nuestra sociedad y en el ámbito académico existe una buena cantidad de hechos condenables, donde el abuso sexual está al orden del día, creo que es importante ver con crítica los discursos que emanan de estas tensiones, que se han convertido en verdaderas trincheras ideológicas y que en ocasiones nos impiden ver más allá:

  • ¿Patriarcado vs. matriarcado?
  • ¿Falocracia vs. vaginocracia?
  • ¿Machismo vs. feminismo?
  • ¿Ha comenzado una guerra sin fin entre los sexos?
  • ¿En verdad el hombre encarna el mal, es un violador en potencia, etc., etc.?
  • ¿En verdad la mujer encarna el mal, es una seductora y por lo tanto incitadora al pecado etc. etc.?

Estas preguntas encierran un determinismo que a mi parecer es muy peligroso. Por ejemplo, en periodos de la Inquisición se quemaba a filósofos y brujas por “tener el diablo adentro”: el famoso libro Mallleus Maleficarum –publicado por los padres dominicos inquisidores Kraemer y Sprenguer en 1486 tras la bendición del papa Inocencio VIII–, fue un manual para detectar el mal en herejes y pecadores, y llevarlos a la hoguera.

Ese manual es tan alucinante que se llegó a generar una fisionomía del mal que se podía leer como signos del demonio: un lunar, por ejemplo, era suficiente para quemar a alguien. El número de “brujas” quemadas es aterrador y supera largamente al de los filósofos. Tener el diablo adentro era sinónimo de incitar al pecado liberando las pasiones, cosa que, como sabemos, para los puritanos de la Iglesia era, ha sido y es condenable. Nuestra colega mexicana Esther Cohen escribió un libro magnífico al respecto que recomiendo: Con el diablo en el cuerpo. Filósofos y brujas en el Renacimiento.

El psicoanálisis ha dado luces sobre nuestro comportamiento en la sociedad y nuestras relaciones humanas: depende en buena medida de nuestras relaciones con nuestros padres y madres y nuestro entorno familiar en la edad temprana. Creamos o no en el psicoanálisis, esto parece ser determinante en nuestra manera de actuar en el mundo.

Ese manual es tan alucinante que se llegó a generar una fisionomía del mal que se podía leer como signos del demonio: un lunar, por ejemplo, era suficiente para quemar a alguien.

¿Pero en verdad, eso que parece un designio trágico, no lo puede cambiar el destino? ¿Nuestra relación con nuestra madre determina el comportamiento con las mujeres a futuro o nuestras relaciones con nuestro padre determina las relaciones a futuro con los hombres? ¿Los complejos de Electra y de Edipo son determinantes? Al parecer esto es así pero ¿en verdad es un determinismo?

Por ejemplo, ¿si nuestro padre o madre fueron tiranos veré a futuro como tiranos a todos los hombres y mujeres y me relacionaré con ellos para anular su tiranía en perfecta actitud combativa? ¿Las mujeres abandonadas por sus padres en su infancia se vengarán de los hombres en la edad adulta en un claro proceso de proyección y los harán sufrir? ¿Los hombres abandonados por sus madres en su infancia se vengarán de las mujeres en la edad adulta en un claro proceso de proyección y las harán sufrir? Me niego a pensar que esto es así de superficial y que esa “patología” no es sino una construcción cultural y por lo tanto tiende a cambiar.

El feminismo ha abierto una brecha importante en nuestra sociedad y logró instalar en el debate la noción de igualdad entre los sexos y, en particular, poner en el centro la idea de la emancipación de la mujer. Y aún más: teorías como la de la filósofa estadounidense Judith Butler –quien en una crítica al feminismo desde el feminismo– insiste en que se debe romper el binarismo hombre-mujer dado que esta distinción es producto del poder ya que el sexo es a la naturaleza como el género es a la cultura. Ella insiste en que esas nociones son construcciones culturales y, por lo tanto, aboga por unas identidades nómadas que romperían con el “imperialismo falocéntrico patriarcal”.

¿Nuestra relación con nuestra madre determina el comportamiento con las mujeres a futuro o nuestras relaciones con nuestro padre determina las relaciones a futuro con los hombres?

De otra parte –y en sentido completamente opuesto–, el psicoanalista canadiense Jordan B. Peterson enarbola una tesis explosiva que parece ir más lejos y que encuentra en la biología patrones del comportamiento humano que, según él, son indiscutibles. Él insiste en la jerarquía similar entre animales (como las langostas) y seres humanos. Con esto, Jordan critica el feminismo al insistir en que es uno de los últimos combates de una izquierda posmoderna que tras perder la batalla de la lucha de clases como centro, ahora se ha lanzado a una empresa de la lucha de género.

La consecuencia de esto, según él, es un debilitamiento de la masculinidad en la que sobre todo los jóvenes se sienten culpables por ser hombres y eso afecta su identidad pues les han repetido una y otra vez que ellos son responsables de la desgracia de las mujeres: poseer un falo ya te hace culpable; es decir que se instala un sentimiento de autocastracción para escapar a ese mal que encarnan.

Al parecer las relaciones humanas no escapan a la ecuación que resulta entre las tensiones propuestas por la economía (Marx sigue teniendo razón) y el sexo (Freud sigue teniendo razón). Lo social y lo cultural se convierten en un terreno de batalla permanente donde el deseo de dominación y de posesión está a la orden del día. ¿La academia escapa a esto? No lo creo, pues todo sucede en su rededor y la Universidad no es una burbuja alejada del mundo y se mueve entre esas tensiones de los discursos.

La consecuencia de esto, según él, es un debilitamiento de la masculinidad en la que sobre todo los jóvenes se sienten culpables por ser hombres y eso afecta su identidad pues les han repetido una y otra vez que ellos son responsables de la desgracia de las mujeres.

Valdría la pena preguntarnos sobre las fronteras o muros mentales que de forma consciente o inconsciente estamos levantando y ver si esto ayuda en algo a la común-unidad de la sociedad. Como ya lo habían mostrado Gerard Scarfe y Roger Waters en la película The Wall (1982) dirigida por Alan Parker, a partir del álbum del mismo nombre de la banda de rock Pink Floyd (1979), dos flores comienzan una danza de seducción que poco a poco se torna erótica donde se ve claramente que las flores representan lo femenino y lo masculino; las flores erotizadas se metamorfosean de golpe en monstruos y una de ellas termina desraizando a la otra y la lleva por los aires en sus fauces… Empty Spaces suena mientras todo esto sucede y al final de la escena, un muro recorre todo el territorio creando una frontera infranqueable: un grito de Pink atrapado por el muro simboliza el drama del individuo sumergido en una polaridad evidente: el loco enamorado y pacifista y el carente de amor fascista y guerrerista que parecen habitar en todo ser humano.

Perfil

Ricardo Arcos-Palma

Ph. D. en Artes y Ciencias del Arte, mención estética, magíster en Estética y DEA en Filosofía del Arte y Estética por la Universidad de La Sorbona Paris 1. Maestro en Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia. Exdirector del Museo de Arte, miembro de la Sociedad Colombiana de Filosofía y exdirector de la Maestría en Historia y Teoría del Arte, la Arquitectura y la Ciudad.

 

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rjarcosp@unal.edu.co