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Epidemia, conmoción y aislamiento: no es la primera vez

El mundo sigue conmocionado y atemorizado por la pandemia de la COVID-19, y pese al admirable trabajo investigativo desplegado para conocer los detalles de la enfermedad y el comportamiento de la epidemia, aún es mucho lo que se desconoce. Y entre lo que más afana a las autoridades, a los profesionales del sector salud y a la gente del común, es que todavía no existe un tratamiento específico o una vacuna para enfrentar a la inclemente enfermedad. Por esto, a la pandemia se le ha hecho frente con medidas no farmacológicas de vigilancia de casos y aislamiento preventivo.

Esto ha implicado realizar fuertes restricciones en la movilidad de las personas, amplias medidas de higiene personal y otras acciones orientadas a la reducción de la transmisión persona a persona del SARS-CoV-2. Este es nuestro escenario actual y en esas condiciones seguiremos, por lo pronto, aunque es poderosa la presión por buscar alternativas, dados los impactos que las medidas de aislamiento están teniendo en la actividad económica.
 

Por supuesto, esto ha afectado profundamente a la sociedad, y son hondas las consecuencias que se esperan1: estamos atravesando una situación que resulta asombrosa dado que una parte de la humanidad se había acostumbrado a otra forma de vida y había perdido la consciencia de que las epidemias nos han acompañado a lo largo de la historia.
 

Pero lo que estamos viviendo, por más dramático y espectacular que parezca, ya había sido experimentado por la humanidad, con un alcance y visibilidad menores. No es la primera vez que aparece la angustia ante una epidemia y que se recurre al aislamiento físico como recurso preventivo. De hecho, las medidas que se han tomado actualmente nos remontan, en un primer momento, al comienzo del siglo XX, cuando ocurrió la pandemia de gripa de 1918.
 

Pero la memoria nos lleva más atrás en el tiempo, cuando la humanidad se enfrentó a grandes epidemias como las de viruela y gripa, en el siglo XVI; la peste negra, en la Europa medieval; la plaga de Justiniano, en el Imperio bizantino, y la peste de Atenas, en la Antigua Grecia, por mencionar las más significativas2.
 

Un poco de historia


En todas estas grandes epidemias hubo conmoción social, medidas de aislamiento y mucho temor. Por ejemplo, en la peste de Atenas, los cuerpos contaminados de los muertos quedaban regados por las calles y alejaban a los perros y a las aves de rapiña. En cierto momento, incluso se perdieron algunos de los ritos más sagrados referidos al respeto de los muertos, y los historiadores han señalado que se recurrió a ciertas medidas de aislamiento como mecanismo de prevención.
 

Por su parte, quienes han estudiado la plaga de Justiniano mencionan lo desgarrador que fue la epidemia, el gran temor que suscitó entre la población, y resaltan que uno de los problemas más acuciantes al que se enfrentaron las autoridades fue la retirada de los cadáveres, lo que llevó a la utilización de grandes fosas comunes y a la práctica de arrojar los cuerpos al mar. Aunque suele hablarse de la importancia que la epidemia tuvo en el cambio de época y en su efecto demoledor para el Imperio romano, este último aspecto ha sido relativizado recientemente.
 

Con más detalle se ha estudiado la epidemia de la peste negra, enfermedad que causó tantos estragos en la población europea, aunque no solo en ella, y que adquirió la fama de ser la mayor catástrofe demográfica sufrida por la humanidad. En la comparación histórica frente a la letalidad de las diferentes pandemias que se hace en la prensa en estos días, esta aún ocupa el primer lugar3. Sus efectos fueron enormes: cuando la enfermedad llegaba a un sitio, los campesinos dejaban su labor en los campos, los comerciantes cerraban sus negocios, la vida se trastocaba y un gran desorden social se instauraba4. La respuesta general fue apartarse y huir de los enfermos, hasta donde los recursos y los vínculos sociales lo permitían. Muchos se refugiaron en sus creencias religiosas, otros se dedicaron a la vida licenciosa, como lo describe Giovanni Boccaccio en su famosa obra Decamerón5.
 

En cuanto a América, tras la invasión y conquista por parte de los europeos, se sabe que aunque los pueblos aborígenes se enfrentaron a varias enfermedades infecciosas autóctonas, cuando las epidemias llegaron del exterior –como la viruela, el sarampión, la peste bubónica, la influenza y el tifus– tuvieron un impacto demoledor; la población indígena fue diezmada y algunos grupos desaparecieron.
 

Entre las causas de esta debacle, la viruela y la gripa tuvieron un gran protagonismo y explican, en mucho, por qué los europeos lograron vencer la resistencia de los pueblos indígenas6.
 

En muchas partes la población quedó tan diezmada, que no había casi nadie para alimentar y cuidar a los que sobrevivían a la enfermedad. Muchos de los habitantes de los pueblos huían para evitar el contagio, y, según se menciona en las crónicas, ante los brotes epidémicos, el pánico y la huida fueron reacciones muy frecuentes producto del temor. Y en las grandes civilizaciones amerindias, la gran mortalidad favoreció el resquebrajamiento de sus estructuras sociopolíticas.


Y ya en el siglo XX...


En cuanto a la epidemia de gripa de 1918, las descripciones son aún más minuciosas y amplias y convergen en mostrar cómo la vida social fue totalmente trastocada, en un ambiente general ya de por sí descompuesto por los efectos de la guerra. Estudios en diferentes partes del mundo han mostrado como, bajo las directrices del higienismo de la época, las ciudades emprendieron algunas medidas de limpieza, el cierre de escuelas y la clausura de espectáculos públicos. Además de evitar las reuniones en espacios cerrados, también se tomaron medidas de cuarentena.
 

En varios sitios se alentó para que las personas usaran tapabocas, y en otras se prohibió, con cierto tesón, que la gente escupiera en el suelo. De igual manera se establecieron cordones sanitarios y se recurrió a la desinfección con creolina y otras sustancias.
 

La preocupación por el manejo de los cadáveres también estuvo muy presente y eso llevó a que se decretaran algunas disposiciones para el entierro de los fallecidos y se alteraran algunos rituales en las procesiones y en los cementerios. Asimismo se usaron señales especiales para identificar los lugares donde vivían personas enfermas y se intentó mantener a los niños dentro de sus casas.
 

Dichas medidas de higiene pública se acompañaron con medidas de higiene personal. Entre estas acciones se encontraba el lavado y la desinfección de boca y fosas nasales, la disciplina del distanciamiento físico, alejarse de los enfermos, descansar bien, ventilar la casa y, de modo especial, garantizar una alimentación sana y adecuada7.
 

Como se puede observar, nada muy diferente de lo que estamos haciendo hoy, aunque el despliegue científico técnico actual es mucho más intenso y espectacular y el anhelo por encontrar una vacuna y una solución farmacológica está más acentuado. Eso nos puede llevar, de modo paradójico, a multiplicar el ansia y compartir de manera más intensa la frustración.

 


1 https://unperiodico.unal.edu.co/pages/detail/las-consecuencias-sociopoliticas-de-la-pandemia/

2 https://historia.nationalgeographic.com.es/a/grandes-pandemias-historia_15178

3 https://www.infobae.com/america/mundo/2020/03/18/de-la-peste-negra-al-coronavirus-cuales-fueron-las-pandemias-mas-letales-de-la-historia/

4 https://historia.nationalgeographic.com.es/a/peste-negra-epidemia-mas-mortifera_6280

5 http://wmagazin.com/relatos/decameron-de-boccaccio-seguir-sus-pasos-literarios-en-una-cuarentena-por-el-coronavirus/

6 https://www.infobae.com/america/mexico/2019/06/01/la-conquista-provoco-la-muerte-de-casi-el-90-de-los-indigenas-consideran-historiadores/

7 https://www.bbc.com/mundo/noticias-52473180

Perfil

Juan Carlos Eslava C.

Profesor asociado del Departamento de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL)