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En busca de lo específico del lenguaje humano

En algún momento todos le hemos hablado a un animal. Cuando llegamos a casa y nuestro perro sale a recibirnos, o cuando queremos montar un caballo y le pedimos que no nos tire de la silla. Afortunadamente nunca nos han contestado. Esto es porque la sorprendente habilidad para transmitir información, que es el lenguaje, solo se ha observado en humanos.

Obviamente otros animales también tienen sus propios sistemas de comunicación. El canto de algunas especies de aves, el llamado de los delfines o el baile de las abejas son solo algunos ejemplos muy conocidos. Sin embargo ninguno de ellos alcanza el nivel de complejidad del lenguaje ni se aproxima a su característica más importante: la de poder expresar un número ilimitado de ideas a partir de la combinación de un número limitado de elementos (fonemas que se combinan y forman sílabas; sílabas que forman palabras, y palabras que forman frases).

La pregunta es, pues, ¿por qué el lenguaje humano no tiene paralelos en otras especies y parece ser tan especial? O, en términos más generales, ¿qué es lo exclusivamente humano y qué es lo que compartimos con otras especies?

Intentar contestar esta pregunta requiere necesariamente una aproximación multidisciplinar, que implica la colaboración de áreas de estudio que van desde la biología evolutiva hasta la lingüística, pasando por la psicología cognitiva y comparada.

En los últimos años se ha observado que algunos de los elementos que los humanos usamos durante el procesamiento del lenguaje son compartidos con otros animales. Dos ejemplos son el uso de la prosodia para detectar estructuras lingüísticas y el aprendizaje de reglas abstractas.

Numerosos estudios han encontrado que durante el primer año de vida lo bebés usan los cambios acústicos del habla (cambios en la frecuencia, la intensidad y la duración de las sílabas) para descubrir la organización de su lengua materna.

Estos cambios acústicos (prosodia del lenguaje) les ayudan a aprender cuáles son los sonidos de su lengua (fonemas), cómo se componen sus palabras y cómo se unen estas en frases con sentido (sintaxis). La importancia de la prosodia no se limita al lenguaje hablado. La lengua de señas contiene equivalentes visuales de estos cambios físicos que ayudan a su aprendizaje. Estudios recientes han demostrado que la capacidad para procesar la prosodia también se encuentra en otros animales.

Diferentes especies, que van desde monos hasta aves y roedores, detectan cambios acústicos en el habla y generalizan patrones que nunca antes habían encontrado. Un ejemplo notable es la conocida como “Ley Iámbica/Trocáica”, que describe cómo se agrupan los elementos en secuencias acústicas según los cambios físicos que presentan.

Las secuencias que contienen cambios en la duración de sus elementos se agrupan de forma iámbica (con los elementos más largos al final de las secuencias), mientras que las secuencias que contienen cambios en la intensidad se agrupan de forma trocáica (con los elementos más intensos al principio de las secuencias).

La importancia de esta ley es que parece ser la base sobre la cual se organizan algunos parámetros del lenguaje, como por ejemplo el orden de palabras. Las lenguas ordenan sus palabras de forma diferente; por ejemplo en español tendemos a poner el verbo antes del objeto, como en la frase “en Pereira hace calor”, mientras que otras lenguas como el euskera o el japonés tienden a poner el objeto antes del verbo. Es más, se ha visto que los bebés usan la Ley Iámbica/Trocáica para organizar los elementos de su lengua.

De forma análoga, se ha demostrado experimentalmente que otros animales agrupan los elementos de secuencias acústicas siguiendo estos mismos principios. ¿Por qué? Muy probablemente porque estos principios de agrupación tienen sus raíces en la manera como se producen los sonidos en la naturaleza (incluyendo los cantos de las aves y muy probablemente las vocalizaciones de otros animales), con una subida de intensidad al principio del sonido y un alargamiento de la duración al final. Así pues, existen unas raíces biológicas muy fuertes que sustentan cómo los humanos organizamos nuestra lengua.

Algo similar ocurre con el aprendizaje de reglas abstractas. Alrededor de los ocho meses los bebés son capaces de descubrir y aprender patrones abstractos, que se generalizan a palabras completamente nuevas que nunca han escuchado.

Esta capacidad para detectar patrones es importante porque supondría la base para aprender la gramática del lenguaje (básicamente las reglas de organización del lenguaje). Sorprendentemente, la misma habilidad se ha observado en una gran variedad de animales a través de diferentes técnicas experimentales.

Pero entonces ¿por qué otras especies animales no tienen un sistema de comunicación similar al lenguaje humano? Esta es una pregunta abierta y debemos recorrer un largo camino para llegar a contestarla. Lo que sabemos hasta el momento sugiere que quizá la respuesta esté ligada a la manera como los humanos integramos la información a diferentes niveles.

En resumen, la cercanía –en términos genéticos y fisiológicos– de los humanos con otros animales está sobradamente demostrada. Sin embargo, todavía hay mucha investigación por hacer para comprender cuáles son las raíces biológicas y evolutivas del lenguaje, una característica humana que aparentemente no tiene paralelos en otras especies.

En mi laboratorio intentamos abordar este tema usando una variedad de técnicas experimentales (conductuales y electroencefalográficas) y de poblaciones que incluyen participantes voluntarios de diferentes edades (desde bebés de ocho meses hasta estudiantes universitarios), y diferentes especies animales. Es por este trabajo que recientemente obtuve una beca de investigación por cinco años del Consejo de Investigación Europeo (ERC, por sus siglas en inglés).

Estas becas financian proyectos científicamente rigurosos que proponen una aproximación novedosa a un problema y proporcionan los medios suficientes para consolidar equipos de investigación. A pesar de que hasta el momento solo dos investigadores colombianos hemos obtenido estas becas, es importante que personas con ideas de investigación interesantes en cualquier área se arriesguen a presentar sus proyectos, por las inmensas oportunidades que abre obtenerlas.

En la actualidad coordino mi trabajo desde el Instituto Catalán de Investigación Avanzada (ICREA) en la Universidad Pompeu Fabra. Así, el hilo conductor de este trabajo es el de abordar de forma experimental la cuestión de cómo se aprende el lenguaje, y hasta qué punto las habilidades que nos permiten hacerlo podrían estar presentes en otras especies. En términos más generales, lo que se pretende es descubrir qué es lo exclusivamente humano y qué es lo que compartimos con los demás animales.

Perfil

Juan Manuel Toro Soto

Sicólogo de la Universidad Nacional de Colombia, Ph.D. en Sicología de la Universidad de Barcelona e investigador postdoctoral en el Language and Cognitive Development Lab de la SISSA (Trieste, Italia). Actualmente es profesor de la Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats (ICREA), en el Centro de Cognición y Cerebro de la Universidad Pompeu Fabra, donde coordina el Grupo de Investigación Language and Comparative Cognition (http://lcc.upf.edu/).