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El cine como profesión en Colombia

Definir el cine hoy no es tan sencillo como lo fue hace apenas veinte años. El desarrollo tecnológico ha conseguido reducir las diferencias entre cine, televisión e internet, de tal manera que sus formas de narración y consumo se han ido fusionando. La globalización ha permitido desmarcar las fronteras facilitando el acceso inmediato a contenidos en línea hechos por grandes corporaciones, la mayoría establecidas en Estados Unidos.

En Latinoamérica las leyes del cine han permitido que los países produzcan más películas por año, con buena factura artística y técnica, gracias a la profesionalización del medio. Sin embargo la asistencia de público a las salas es cada vez menor frente al aumento de pantallas de exhibición digital que aumenta el número de abonados cada año. La autonomía en la selección de los temas y la forma de contar nuestras historias se ha visto afectada y la enorme oferta de contenidos le ha significado un reto a los realizadores, productores y escritores de la región.

El cine es un arte complejo pues para realizarlo requiere la participación de muchas personas y disciplinas; es un trabajo en grupo que necesita condiciones políticas, económicas y tecnológicas favorables para llegar a buen término. Históricamente Latinoamérica ha tenido fuertes fluctuaciones precisamente en esos temas, lo que se refleja en su producción audiovisual. Por otra parte también debe existir un público interesado que le permita sobrevivir e incluso crear una industria, en el mejor de los casos.

En nuestra región el costo promedio de un largometraje comercial puede superar el millón de dólares. El riesgo para la inversión privada es muy alto porque la posibilidad de retorno o ganancia es bajo debido al tamaño y comportamiento de nuestros mercados. La solución se ha encontrado al crear leyes del cine que favorezcan la producción reduciendo el obstáculo más difícil que es la financiación.

Gracias a la Ley 814 de 2003 (Ley del Cine) en Colombia se creó el Fondo de Desarrollo Cinematográfico, “una cuenta bancaria que recibe los dineros recaudados a través de la cuota parafiscal que pagan exhibidores, distribuidores y productores como resultado de la exhibición de obras cinematográficas nacionales y extranjeras en Colombia”,según  el Fondo Mixto de Promoción Cinematográfico colombiano (Proimágenes), encargado de consolidar y solidificar el sector cinematográfico del país. La Ley un escenario importante tanto para concertar políticas públicas y sectoriales como para articular las reglas del juego que concreten e impulsen la industria cinematográfica en Colombia. Con esta, la producción anual de cine nacional se ha elevado de 10 a 50 películas entre documentales, ficción y animación.

Sin embargo algunos sectores consideran importante revisar dicha normativa a la luz de las nuevas tecnologías que están redefiniendo el cine en el mundo. Las plataformas digitales han cambiado la cadena de producción, la exhibición y los hábitos de consumo. La idea es buscar la interdisciplinariedad con el objetivo de borrar fronteras y encontrar nuevos caminos para la narrativa del cine y así llegar al público joven, que es el más amplio y está inmerso en nuevas narrativas dentro del universo digital.

En cuanto a cifras, Colombia ocupa el cuarto lugar en producción de películas, después de México, Argentina y Brasil. En 2017 México estrenó 176 películas con cerca de 22,5 millones de espectadores, Argentina 217 películas con casi 7 millones, y Colombia 44 películas con poco más de 3,5 millones. Sin embargo la migración del público a otras ventanas de exhibición ha impactado la rentabilidad del cine como negocio.

La Ley 1556 de 2012 se creó con el fin de asignarle recursos al Fondo Fílmico de Colombia, con base en la realización de gastos en servicios audiovisuales del país. Esto permite fomentar la actividad cinematográfica promoviendo el territorio nacional como elemento del patrimonio cultural para la filmación de audiovisuales, y a través de estos la actividad turística y la promoción de la imagen del país, además del desarrollo de nuestra industria cinematográfica. Esto conlleva beneficios para la inversión internacional, pues se le ofrecen estupendas locaciones naturales en todo el país a un precio competitivo.

Además, desde hace treinta años las universidades colombianas cuentan con programas profesionales en cine y televisión. La calidad artística y técnica con que contamos cumple con los estándares internacionales a precios mucho más bajos que los de Estados Unidos, por ejemplo. Por ende, según el parágrafo 9 de la Ley, “las empresas productoras de obras cinematográficas, rodadas total o parcialmente dentro del territorio colombiano que celebren los Contratos de Filmación en Colombia, tendrán una contraprestación equivalente al cuarenta por ciento (40 %) del valor de los gastos realizados en el país por concepto de servicios cinematográficos contratados con sociedades colombianas de servicios cinematográficos y al veinte por ciento (20 %) del valor de los gastos en hotelería, alimentación y transporte, siempre y cuando se cumplan las condiciones establecidas en el manual de asignación de recursos”.

Esta Ley también valida los contenidos de televisión y nuevos medios diferentes a la pantalla de cine. Por esa razón hemos visto producciones de cine, televisión y plataformas digitales internacionales rodadas en el país. La ventaja es la generación de empleos a corto y mediano plazo. La desventaja es que los derechos de autor de las producciones pertenecen a los inversionistas y de momento no es un negocio estable para las casas productoras locales.

Por otra parte, nuestra identidad se ve afectada, pues quienes deciden qué historias contar y cómo hacerlo son empresas multinacionales como Netflix, que a pesar de apostar por contenidos locales no se ajustan necesariamente a nuestra idiosincrasia y nos muestran como nos ven ellos, o como nos quieren ver. Solo es necesario escribir “Colombia” en el buscador de su plataforma para encontrarnos, en su mayoría, con abundantes películas y series alrededor del tema del narcotráfico o comedias ligeras.

Está claro que ante la sobreoferta de contenido y pantallas de exhibición las narraciones locales han perdido presencia para el espectador colombiano. Además los productores independientes no encuentran en el país una industria sólida que les permita sobrevivir más allá de uno o dos proyectos. Queda por ver cómo puede la “economía naranja” mejorar esta situación.

Perfil

Enrique Bernal Ramos

Profesor asociado, Facultad de Artes, Universidad Nacional de Colombia (UN). Magíster en Escrituras Creativas de la UN. Realizador de cine y televisión especializado en series culturales y educativas. Ha trabajado como director, productor y músico en Señal Colombia (RTVC) y Canal Capital, entre otras instituciones.