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Del patio hacia afuera: formas de habitar el espacio en la Isla de San Andrés

El Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina es un territorio de convergencias: raizales, isleños y personas nacidas fuera de la región insular habitan en las islas, aunque cada una tiene sus especificidades, por ejemplo en la configuración demográfica o en el uso de la lengua1. Cada uno de estos grupos poblacionales es heterogéneo, y transversal a ellos existe una serie de marcadores sociales que hacen de las islas un panorama lleno de matices, en el que es urgente entender los impactos de problemáticas como el narcotráfico y la pérdida de soberanía económica y alimentaria, entre otros.

En la Isla de San Andrés cada uno de los grupos identitarios tiene formas peculiares de habitar el espacio. Este texto es resultado de un análisis histórico cuyo objetivo es entender las formas en que estos sujetos habitan el espacio y las razones que las han configurado. En este caso el análisis parte de la casa de mi familia, una fuente histórica material cuya transformación entre 1955 y 2000 –caracterizada especialmente por la parcelación del terreno donde originalmente se ubicaba– da cuenta de formas de asentamiento, siendo estos fenómenos consecuentes a la creciente inmigración de diferentes sujetos hacia el Archipiélago y la conformación de usos del espacio por parte de estos.


La casa de mi familia es un punto de partida para entender la transformación de las viviendas y cómo en el uso del espacio está inscrito el momento histórico.


Según las narraciones recopiladas en el estudio, en la década de 1960 “todos nos conocíamos con todos” y se iban forjando relaciones que iban más allá de las personas hasta sus respectivas familias. Este fue un periodo de constante intercambio, de simbiosis y aprendizaje cultural entre quienes llegaban a la Isla y aquellos que ancestralmente estaban ligados a ella. Las relaciones establecidas entre familias de orígenes distintos permitieron, por ejemplo, que niños con raíces continentales e insulares crecieran escuchando las rondas tradicionales de San Andrés. En La casa isleña: Patrimonio cultural de San Andrés, Mark Bent May menciona que “los patios tenían árboles frutales, mamoncillo, naranja, aguacate, almendro, plátano”, y esto “le daba valor a la casa”, incluso muchas veces le otorgaba nombre, como es el caso de la casa de mi familia.

Las formas en que se apropian y se modifican los espacios son resultado de la particularidad de cada tiempo. Los elementos utilizados para identificar las transformaciones que ocurrieron en estas décadas fueron: primero los materiales, en los cuales se evidencia una disminución de la madera y se da lugar a estructuras y elementos de las casas continentales. Luego el terreno, en el que se dio un notable aumento de la división, que evidencia la creciente necesidad de vivienda manifiesta en la construcción de casas multifamiliares muy próximas y el surgimiento de sectores sin servicios básicos. Por último, la existencia o ausencia de los patios, cuyo último caso representa una pérdida pragmática, cultural, social y espiritual como espacio para el diálogo intercultural e intergeneracional.
 

Los patios –con su diversidad– son espacios importantes de reunión para los isleños y también –aprendiendo este valor de los primeros– para quienes llegaban. Allí se ubicaban las plantas que proveían el alimento y los pozos de donde aún se extrae el agua o se almacena; en este espacio también se cocina: en torno al fuego se prepara rondón o sancocho. En muchas casas –como la de mi familia– la cocina hasta este siglo no estaba dentro de la casa sino en el patio; allí se rallaba el coco, se prendía la leña y se cocinaba.
 

Muchas de las casas tradicionales de la Islatienen patios que dan a la playa2; si bien muchas de las personas que llegaron en esa década no ubicaron sus casas al lado del mar, las que construyeron contaban con espacios extensos para cocinar, hablar, lavar y peinar, acciones que naturalmente entrañan un intercambio de saberes, procesos de socialización y la creación de lazos afectivos con los actos que convocan y las personas que se reúnen.
 

Sin embargo, aquellos que llegaron también traían consigo formas de utilizar el espacio, en las que la vida –a diferencia de las formas tradicionales de la Isla– no se estructuraba en torno a los patios. En consecuencia, a partir de la década de 1970 en ciertos sectores se priorizó la construcción de casas, declinando la importancia de usar el espacio para construir y conservar estos lugares que entrañan dinámicas de interacción. Con la pérdida de los patios se agudizó en la Isla la transición de economías de autoconsumo a una dependencia del mercado y de la importación de productos, transformación en la que vale la pena notar que el turismo tuvo una gran responsabilidad.
 

Los patios no solo cumplen una labor pragmática: desempeñan un papel vital en las dinámicas de intercambio económico, pero sobre todo social y cultural; los patios guardan historias y secretos, son espacios queeran y aún son, para las casas que los conservan, importantes espacios de reunión.
 

La presencia o ausencia de los patios permitió que la relación entre los grupos identitarios aquí presentados fuera distinta en una década u otra. Las reuniones en los patios (con diferentes fines como peinar, cocinar, charlar) son espacios de diálogo, aprendizaje, cooperación y empatía para reconocer los múltiples orígenes y saberes que confluyen en los sujetos que habitan la Isla.
 

En este sentido, su desaparición implica la pérdida de un espacio importante de diálogo y subsistencia. Pensar en la espacialidad de las islas, particularmente en el contexto posterior al paso del huracán Iota, demanda pensar e integrar en los procesos de reconstrucción los usos tradicionales del espacio erigiendo de nuevo los patios, cuya producción responde a los saberes y modos de vida de quienes habitan este territorio.


Para consultar:

González, G. (2004). Los nuevos Pañamanes en la isla de San Andrés. Maguaré, 18, 197-219.

 


1 Bartens, A. (2008). Variación en el criollo inglés del Caribe occidental: ¿Una cuestión de geografía o una dimensión del continuo criollo? Lingüística y Literatura(58), 103-131.

2 Gama Sánchez, C. (2004). Island Houses. San Andres's cultural heritage. San Andrés, Colombia: Universidad Nacional de Colombia Sede Caribe.

Perfil

Laura Daniela Rivera Puello.

Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Bogotá