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Conspiración lunar: ¿realidad o ficción?

Mientras este año muchos se preparan para las innumerables celebraciones que conmemoran medio siglo de uno de los más grandes acontecimientos en la historia de la humanidad: la llegada del ser humano a la Luna, los amantes de las teorías conspirativas tienen la oportunidad ideal para desenfundar sus armas y volver al ataque, desmintiendo el icónico suceso.

Poner un pie en la Luna desató quizá uno de los mayores debates entre la sociedad,  además de polarización entre los que, con pruebas científicas, muestran las evidencias sobre aquel gran logro, y los que se dejan llevar por la información que proclama que los alunizajes fueron trucados y que los 12 hombres que caminaron por el satélite natural de la Tierra solo vivieron su aventura en un estudio de cine.

Para 1969 recrear un viaje de tal envergadura no hubiese sido algo nuevo, pues ya habían pasado 67 años desde que la película francesa El viaje a la Luna mostrara la llegada del hombre a la Luna. La cinta, en blanco y negro, muda y primera de ciencia ficción de la historia, fue dirigida por Georges Méliès, uno de los pioneros del séptimo arte.

En pleno siglo XXI los medios digitales –especialmente internet– han hecho posible que ideas sin fundamento lleguen a millones de personas, la mayoría de las cuales no tienen tiempo o no están interesadas en contrastar la información, y se encargan de replicar, difundir y vender como ciertos hechos e ideas, sin tener el más mínimo criterio de credibilidad. Aunque muchas lo hacen de manera ingenua, también existe un gran negocio detrás de estas supercherías.

Sin embargo la llamada conspiración lunar –que hoy se sigue alimentando de la información falsa que se comparte– germinó muchos años antes del boom de las redes sociales, específicamente en 1974, poco después de que regresara a la Tierra el comandante Eugene Cernan, el último hombre en pisar la Luna, el 14 de diciembre de 1972. Desde entonces, mientras seguimos esperando regresar al satélite, los incrédulos se basan en algunos elementos que analizaremos en este texto. El detonante fue el libro Nunca fuimos a la Luna: la estafa de 30.000 millones de América, de William Kaysing, un antiguo empleado de una de las empresas subcontratadas por la NASA para desarrollar sistemas de propulsión de sus cohetes.

La coyuntura del momento era bastante particular, teniendo en cuenta que ese mismo año el presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, tuvo que dimitir después del escándalo Watergate, que reveló actividades clandestinas ilegales que involucraban a personalidades del Gobierno estadounidense. Parecía que en los norteamericanos se despertaba un aire de desconfianza y el sentimiento generalizado de que el Gobierno y sus líderes podían ocultar cosas. Se comenzaron a revisar acontecimientos recientes, como los asesinatos de Martin Luther King y de los hermanos Kennedy, ocurridos en la década anterior, y las conspiraciones estaban a pedir de boca.

Con este panorama sobre la mesa, Kaysing, sin formación científica, que se desempeñaba como escritor y que había dimitido de la empresa en 1963, se dedica a enumerar en su libro diversos cuestionamientos sobre la misión a la Luna. Describe cómo los astronautas, después de instalarse en el módulo de mando del cohete Saturno V, fueron supuestamente retirados antes del despegue y llevados cerca de Las Vegas, a un estudio de grabación, mientras el cohete salía de la Tierra para ubicarse “escondido” en una órbita baja.

Desde una escenografía se realizarían las transmisiones que llegarían a su punto cúspide con el alunizaje y las actividades extravehiculares llevadas a cabo por Neil Armstrong y Edwin Aldrin sobre la superficie lunar, recreada con material arenoso y rodeado de luces y cámaras. La historia terminaría con el reingreso del módulo con los astronautas a bordo, lanzado desde un avión, para luego terminar con el amarizaje en el océano Pacífico ante la mirada atenta de miles espectadores, concluyendo así los ochos días de aventura.

Años más tarde el propio Kaysing tendría que cambiar un poco su versión, diciendo que los astronautas se habían quedado orbitando la Tierra, dado que muchos radioaficionados pudieron rastrear las transmisiones que provenían del espacio y podían calcular la posición de la nave. La mentira del escritor comenzaba a ser insostenible. Incluso los soviéticos –a los que menos les convenía el triunfo norteamericano– reconocieron el éxito de la misión Apolo XI después de que detectaron las señales de transmisión.

Uno de los principales argumentos de los incrédulos se relaciona con el hecho de que en las fotografías tomadas en la Luna no se ven estrellas, pese a que, al no haber atmósfera, estas deberían brillar mucho más y aparecer en las imágenes. Cualquiera que haya experimentado un poco con una cámara fotográfica sabrá la respuesta a este cuestionamiento. Las cámaras no se adaptan a los cambios de iluminación como lo hace el ojo humano, y no pueden capturar al mismo tiempo el débil brillo de las estrellas y la imagen de un astronauta o el brillante suelo lunar. Se requiere un tiempo de exposición diferente en cada caso, lo cual no significa que los astros no se hayan fotografiado desde la Luna.

También relacionado con la luz, se debate que en las imágenes tomadas en la Luna aparecen extraños brillos y sombras donde no deberían estar, supuestamente producto de los varios focos que se ubicaron en el estudio de grabación. La realidad es que lo único que puede relacionar estos efectos con un estudio de grabación es que en el alunizaje tanto el módulo lunar como los trajes de los astronautas, los equipos, la superficie de la Luna, e incluso la propia Tierra, actuaron como reflectores y pantallas blancas con las que se varía la iluminación para determinadas escenas en los estudios cinematográficos.

Es normal que multitud de reflejos se generen y aparezcan en las imágenes, y que un astronauta tenga en algunas situaciones dos sombras en el suelo, una directa causada por el Sol, y otra por la luz reflejada en el módulo lunar. De igual forma, las irregularidades del suelo lunar, sumadas a la acción de las lentes gran angulares de las cámaras, tienen efectos sobre las sombras y los objetos, y pueden alterar la imagen de dos líneas paralelas que no se verán como tal.

Y para rematar, uno de los bulos más popularizados es el de la bandera ondeando en la Luna, cuando en realidad no existe ningún video que muestre algo así. Lo que hay son imágenes de la famosa bandera colocada por Armstrong y Aldrin en la Luna, con varios pliegues que dan la sensación de movimiento, algo completamente normal porque, aunque en la Luna no haya aire, sí hay gravedad. Vale la pena recordar que hay otras cinco banderas colocadas en la Luna, y que de hecho la primera ya no está en pie dado que, al estar muy cerca del módulo, fue arrancada de su sitio por los gases emitidos durante la maniobra de despegue.

Como las anteriores, existe un sinnúmero más de pruebas científicas que confirman una y otra vez los resultados de la exploración lunar, en la que participaron directa o indirectamente cerca de medio millón de personas. Varios instrumentos siguen allí, a 400.000 km de nuestro planeta, como testigos del triunfo científico y tecnológico de la humanidad. Las primeras fotografías en las que se pudieron ver estos instrumentos, además de huellas de los vehículos y vestigios dejados por las misiones a la Luna, las tomó en 2009 la sonda Chandrayaan-1, de la India, y posteriormente orbitadores lunares han fotografiado en repetidas ocasiones los emplazamientos visitados por terrícolas entre mediados de 1969 y finales de 1972.

La conmemoración de los 50 años de la llegada a la Luna es una buena ocasión para recordar que el pensamiento crítico y la evidencia científica son herramientas imprescindibles para desmontar la creciente cantidad de engaños que abundan a nuestro alrededor.

Perfil

Santiago Vargas Domínguez

Físico de la Universidad de los Andes de Bogotá (Colombia), con maestría y doctorado en Astrofísica, del Instituto de Estudios de Astrofísica de Canarias (España). Ha realizado cuatro estancias posdoctorales en University College London (Reino Unido); como astrónomo de soporte en la Universidad de Utrecht (Países Bajos); en la Universidad de los Andes; y en Física Solar, en el Big Bear Solar Observatory (Estados Unidos) Se ha desempeñado como profesor de la Universidad Nacional de Colombia, coordinador de investigación del Observatorio Astronómico Nacional.

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