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Campus de la UN: 80 años después, al rescate de la utopía

El 5 de agosto de 1938 se abrió por primera vez al público el Campus de la Universidad Nacional de Colombia (UN) en Bogotá, el más grande complejo espacial que con solvencia intelectual, material, formal, estética y cultural puede catalogarse como la primera y mejor expresión de los postulados de la Modernidad de la Arquitectura y del Urbanismo en el país.

El acontecimiento se desarrolló en el estadio universitario, escenario de la apertura de los Primeros Juegos Bolivarianos, pero la prensa no se percató de que con esa asistencia masiva se realizaba la inauguración de las instalaciones educativas.

La trascendencia del multitudinario suceso era, sin embargo, histórica. Para Alfonso López Pumarejo se trataba de uno de los últimos eventos que encabezaría como Presidente de la República (1934-1938); pero, más allá de la despedida, la edificación del complejo académico constituía la fijación tangible en el territorio nacional del máximo logro estructural de la “Revolución en Marcha”, su programa de gobierno: reformar, para unificar, la Universidad Nacional y centralizarla físicamente en el primer Campus de América Latina.

En un sentido más general y complejo, el que corresponde a los intereses de la Nación, la apertura efectiva del Campus y del nuevo concepto de universidad que implicaba, significaba la entrega a la ciudadanía –la entronización en el espacio público- de un potente constructo con el cual se iniciaba una trascendental transformación espacial, política y cultural.

Con la unificación de la Universidad Nacional no se trataba solo de maquillar la educación universitaria: se buscaba llevar a cabo una modernización del aparato educativo para que soportara en lo económico (lo productivo), en lo social y en lo cultural –ciencia, tecnología, arte y diseño- la fundamentación en Colombia de una sociedad del siglo XX que se pudiera integrar de manera idónea al concierto de las naciones capitalistas de la época.

Y desde el punto vista espacial –por su localización en las afueras de Bogotá- no se pretendía simplemente de construir unas instalaciones para un centro educativo sino también configurar, con el complejo arquitectónico, económico, cultural y político que era el Campus, un dispositivo urbano-ambiental que halara, dinamizara y guiara –a partir de la aldea capitalina de aquellas calendas- la construcción hacia los siglos XX y XXI de una nueva metrópoli, indispensable para sustentar con armonía la nueva Nación que se proponía en el programa presidencial.

Con la unificación de la Universidad Nacional no se trataba solo de maquillar la educación universitaria: se buscaba llevar a cabo una modernización del aparato educativo

Esta doble visión del proyecto del Campus universitario le había dado al horizonte de gobierno de López una dimensión proyectiva a la cual no estaba acostumbrada la cultura política nacional. Por eso no se entendían sus significados.

Transformación de la ciudad antigua a una moderna

Por supuesto, el impacto urbanístico del enorme complejo construido hacia el occidente de la ciudad era imposible de ser percibido por el transeúnte bogotano.

Pero las aerofotografías del Instituto Agustín Codazzi sobre el desarrollo de la construcción del trazado vial y de las primeras edificaciones del Campus (junto con el Estadio y las facultades de Ciencias, Medicina Veterinaria, Derecho y Arquitectura) muestran el contraste de las instalaciones de la Universidad con la tradición de ordenamiento espacial de la aldea bogotana, aún congelada en Teusaquillo. También evidencian la potencia de la innovación morfológica que introducía en el territorio urbano de la ciudad, el diseño moderno de su emplazamiento.

Esas mismas gráficas permiten asimilar la inteligencia y sensibilidad arquitectónicas y urbanísticas del arquitecto alemán Leopoldo Rother (diseñador del complejo) al concatenar los dos regímenes de ordenamiento espacial mediante la prolongación de la calle 45 hacia el occidente hasta conectarla con el Campus para formar, en el eje urbanístico, un arco que llevara el tráfico de regreso a la ciudad antigua por la calle 26. De esta forma, se establece una relación umbilical entre la Bogotá de los cuatrocientos años y el territorio universitario.

Para completar el trazado vial, ya en su interior se ve cómo Rother construye sobre el mismo eje un arco simétrico dirigido hacia el noroccidente para abrirle los brazos a la metrópoli del futuro: aquella que le permitiría (en el pensamiento de López Pumarejo) liderar en el país la gran transformación formal y cultural urbana que la Revolución en Marcha requería de manera estructural, a medida que ella misma se fuese consolidando.

Bogotá se iba transmutando de una aldea de 2.000 hectáreas edificadas y 326.000 habitantes, en 1938, en una de las grandes metrópolis de América Latina en el siglo XXI

También queda clara la forma en que el Campus Universitario se constituye en el gran pivote urbano alrededor del cual, en un movimiento histórico gigantesco de transformación de energía, imaginación, capital, cultura y conocimiento colectivos, Bogotá se iba transmutando de una aldea de 2.000 hectáreas edificadas y 326.000 habitantes, en 1938, en una de las grandes metrópolis de América Latina en el siglo XXI, con alrededor de 50.000 hectáreas, construidas y casi 10 millones de habitantes.

En realidad, lo que constituía el complejo arquitectónico y urbanístico del Campus de la Universidad Nacional al rededor del trazado vial era, por primera vez en América Latina, la expresión material referencial de una de las grandes y potentes manifestaciones políticas y culturales, arquitectónicas y urbanísticas del Movimiento Moderno.

Consideración inédita de la sociedad

Esto era lo que no podían ver los periodistas ni los adversarios del proyecto, ni los opositores a ultranza de la modernización colombiana y por ello nunca lo pudieron entender. Realmente no se tenía una cultura espacial ni una sensibilidad que permitieran asimilar el enorme salto estético y de calidad de vida que se le estaba formulando a la ciudadanía nacional por venir.

En este sentido, lo que muestran las investigaciones desarrolladas para la formulación del Plan Especial de Manejo y Protección (PEMP), liderado por la Vicerrectoría de Sede Bogotá, es que el Proyecto del Campus de la Universidad Nacional introdujo en Colombia una dimensión moderna de consideración de la sociedad que era absolutamente inédita en este país: la estratégica.

Para entenderlo hay que asumir, primero, que la formulación de la reforma educativa –y de la nueva fundamentación de la Universidad, que propuso el pedagogo alemán Fritz Karsen- devenía como resultado de la postulación de un proyecto de sociedad a largo plazo, que superaba estructuralmente la persistencia del vacío proyectual socio-económico-cultural en el que nos movíamos desde la Independencia y que es el ámbito natural de la inmediatez, la improvisación y, por ende, de la corrupción.

Segundo, que todo el proceso que precedió y finalmente llevó a la redefinición y materialización del espacio universitario implicaba, de un lado, la asunción moderna de la complejidad de lo público -que empieza a expandirse más allá de los ámbitos de la dominación primigenia del Estado (“legislativo, ejecutivo y judicial”) para copar el entorno de la acción y la agencia de todo aquello que nos determina a todos y todas, como la educación- y, del otro, reconocer la entidad espacial que ese accionar requiere en la cotidianidad y en el territorio y, por tanto, la obligatoriedad de establecerlo en el entramado urbano y de garantizar el acceso al mismo por parte de toda la ciudadanía.

El Campus efectivamente estaba fundando las bases reales de una ciudadanía moderna. Entronizaba el concepto moderno de uso del espacio público como constitutivo de las nuevas formas de existencia individual y colectiva que el proceso de urbanización (que ya intuía –y necesitaba- la Revolución en Marcha) iba a imponer y, en consecuencia, lo materializaba como un elemento esencial y referencial en la fundamentación morfológica de las urbes.

Con su configuración abierta, no sólo se integró a la continuidad del tejido urbano de la Capital sino que comenzó a inducir en Bogotá un fuerte cambio cultural en la concepción del uso del tiempo libre y de la dotación espacial que se fue profundizan de tal manera que integró la visita –cotidiana y semanal-a la “Ciudad Blanca” como un elemento que identificaba la urbanización de la vida individual y colectiva.

El Campus efectivamente estaba fundando las bases reales de una ciudadanía moderna. Entronizaba el concepto moderno de uso del espacio público como constitutivo de las nuevas formas de existencia individual y colectiva

El encuentro con esta nueva estructura urbana, un verdadero y gigantesco parque urbano, implicó desde el principio superar la acartonada, excluyente, limitada y vigilada visita a los parques tradicionales de Bogotá, pues en el Campus se trataba del establecimiento de una relación inédita con el conocimiento, con la naturaleza y, por ende, con las demás personas pues el visitante diversificó la agenda: se podía hacer deporte y combinarlo con el paseo y, a medida que avanzaba la constitución de la Universidad misma, con el encuentro con la cultura moderna (exposiciones, conciertos, conferencias, etc.).

Se fue consolidando así, una revolución cultural urbana pues hasta que se produjo la malhadada determinación de cerrarlo con una malla hacia la segunda mitad de la década de los años setenta del siglo pasado, el Campus Universitario funcionó como el gran parque de la ciudad y a medida que se consolidaba como la sede del mayor centro de producción de conocimiento y de pensamiento del país, contribuía enormemente a que Bogotá se materializara como una de las más significativas metrópolis latinoamericanas.

Esa es la potencia cultural que encierra el Campus y que hoy, ochenta años después, es preciso rescatar para la ciudadanía.

Perfil

Fernando Viviescas M.

Arquitecto, urbanista de la Universidad Nacional de Colombia (UN) y magíster en Artes, de la Universidad de Texas (EE.UU). Es profesor Emérito de la UN, adscrito del Instituto de Estudios Urbanos (IEU) de la misma institución. Actualmente es asesor de la Vicerrectoría de la Sede Bogotá de la UN, para el Plan Especial de Manejo y Protección del Campus.

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fernandoviviescas@gmail.com