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Apología al idioma raizal de San Andrés, Providencia y Santa Catalina*

En busca del ideal de reelaborar la conciencia africana mundial, me floreció la aurora revisando las noticias con los avances de una película excepcional como Black Panther (Pantera negra).

En seguida me llamó la atención otra noticia sobre seres reales en un país africano mandados a despedazarse, otra vez, por razones tan absurdas y dolientes como privilegiar una lengua como el inglés o el francés. Los unos contra los otros enviolentados en la devastación y sus consecuencias. Lo dramático es que la gran mayoría de estas personas no domina, es decir, que no sabe hablar ni escribir el inglés ni el francés.

Un presidente en Camerún y otro en Francia, que no controlan una “guerra lingüística” obtusa, sangrienta, sin sentido común... Mientras tanto se escucha en Radio France repetir de manera hipnotizante y pregonar a los vientos la idea, también obtusa, de “l’ Afrique francophone” (el África hablante de francés).

Pienso en lo nocivas que son para el idioma raizal creole estas mismas letanías, estos sermones de abracadabra con los cuales se le ha hecho creer a algunos paisanos insulares raizales desprevenidos –y también a algunos continentales– que el idioma de las islas San Andrés, Providencia y Santa Catalina es el inglés y que somos “anglófonos” (hablantes de inglés) y un pueblo “anglocaribeño”. Discúlpenme, pero esto ha hecho desternillarse de la risa o morirse de pena ajena a cuanto gringo, británico o bakra” (hombre blanco) de cualquier nacionalidad que haya escuchado semejante discurso aculturizador y de blanqueamiento forzado. Sin embargo, aún el raizal más despistado sospecha que por nuestros sistemas lo que corre es ambrosía afrocaribeña.

Recordemos también los pensamientos de Frantz Fanon (siquiatra, filósofo y escritor caribeño) cuando dice que “hablar la lengua creole es fundamentalmente asumir una cultura, soportar el peso de una civilización”.

Ahora bien, según fuentes como Gerhard Sandner –el investigador que más ha estudiado el Caribe occidental– tampoco descendemos de los trajinados puritanos ingleses, a quienes expulsaron para jamás poder regresar. Las islas quedaron deshabitadas por casi 100 años y fueron pobladas después por libertos o esclavizados traídos de Jamaica –o directamente de África– y por mujeres miskitu, además de algunos filibusteros y esclavistas europeos dedicados al pillaje. Prevaleció la mayoría afroindígena.

En los últimos años se ha venido fomentando con más rigor otro tipo de hostilidad lingüística en contra del idioma raizal ancestral. Es una hostilidad no provocada en absoluto por la fuerza del idioma mayoritario español sino por mecanismos sofisticados de personas llegadas del frío o de países extranjeros; por uno que otro miembro de nuestras autoridades; o por asesores en espacios concebidos por ley para proteger las lenguas nativas y criollas que aparentemente defienden el idioma raizal creole cuando en realidad hacen lo contrario al insistir en que somos un pueblo anglófono. Por ejemplo, es posible que se acuñe el término “inglés krioul” para el idioma raizal en un documento tan importante como el Estatuto Raizal.

La destrucción del patrimonio lingüístico y cultural raizal por parte de personas desalmadas se debe a que no aman ni entienden las bondades ni las funciones del idioma materno creole para el mantenimiento y fortalecimiento de las estructuras ancestrales y las costumbres consuetudinarias que cohesionan los fundamentos del pueblo raizal. En general se demuestra la nula investigación de los diferentes actores respecto al idioma raizal creole. Además cada quien hace su feria con nuestro idioma creole, usufructuando nuestro patrimonio.

Estas maneras menoscaban, en las raíces, el patrimonio lingüístico raizal y también todas las manifestaciones culturales que lo sostienen porque contribuyen a la “descreolización”, a la pérdida del idioma materno de las islas y a que algunos hablantes se sientan a veces ambivalentes o confundidos en su oralidad y en la escritura creole.

En los últimos años se ha venido fomentando con más rigor otro tipo de hostilidad lingüística en contra del idioma raizal ancestral.

Es triste y preocupante ver y escuchar los remedos e intentonas infructuosas cuando se le introducen palabras y estructuras del inglés a las estructuras morfosintácticas del idioma raizal creole, convirtiendo un idioma autónomo como este, tan perfecto en todos los niveles lingüísticos, en una sublengua, en un popurrí asistemático que rompe la cadena de transmisión generacional del idioma raizal auténtico, hasta su pérdida final.

Existen evidencias sobre la destrucción directa del patrimonio lingüístico y cultural raizal, lo cual violenta lo consagrado en la Carta Política de 1991 y sus desarrollos relativos a la protección de los bienes patrimoniales de la nación. Toda esta rica y vasta normatividad sobre la protección del patrimonio no es, en ningún caso, palabras al viento. Al contrario, y como argumento, recordemos que la Constitución de un país es ley fundamental y “que sobre lo que ella se funda sea así y no de otra manera”, como recomendaba Ferdinand Lasalle.

Para finalizar, es lícito recordar que los acuerdos y la normatividad en un Estado de derecho –que también busca defender los “derechos humanos fundamentales”– sirve para librarnos de guerras inútiles y para que los ciudadanos nacionales, extranjeros o nacionalizados no puedan contravenir a su antojo lo consagrado constitucionalmente.

Recordemos también los pensamientos de Frantz Fanon (siquiatra, filósofo y escritor caribeño) cuando dice que “hablar la lengua creole es fundamentalmente asumir una cultura, soportar el peso de una civilización”. La lealtad y la convicción étnicas son la base para entender y apropiarnos de lo propio. Mientras tanto, nuestros hermanos en Camerún, masacrándose entre sí tan descabelladamente... Con cuál peso de cuál civilización están cargando: ¿con el peso de la civilización inglesa? o ¿con el peso de la civilización francesa? ¿se les desnaturalizó el peso de su propia civilización?

Así pues, los raizales de San Andrés, Providencia y Santa Catalina podríamos aprender a cargar, entonces, con el peso digno de nuestra civilización, por ejemplo.

Mi betastie blak panta, iing hing... (prefiero seguir siendo pantera negra, por supuesto...)

* Esta reflexión se hace en conmemoración al día nacional de las lenguas nativas, el 21 de febrero.

Perfil

Ruby Jay-Pang Somerson

Profesora, investigadora y gestora cultural con estudios de doctorado en Lingüística, en la Universidad de Alcalá. Es magíster en Estudios del Caribe con énfasis en investigación, enseñanza y salvaguardia del patrimonio y de la memoria lingüística y cultural raizal creole, de la Universidad Nacional de Colombia, y estudios de magíster en Literatura, de la Universidad Pontificia Javeriana. Licenciada en Idiomas (inglés, francés, español), de la Universidad Industrial de Santander (UIS), con diplomados en Pedagogía y didáctica para la enseñanza de español como lengua extranjera del Instituto Caro y Cuervo y en Traducción de lenguas nativas y criollas y en Diseño y formulación de proyectos culturales, del Ministerio de Cultura. Es experta en la gramática y la enseñanza del idioma y la cultura raizal creole de San Andrés, Providencia y Santa Catalina e integrante de la Sociedad Lingüística del Caribe (Society for Caribbean Linguistics).

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rejaypangs@unal.edu.co