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Amenazas sobre la Amazonia, un llamado a pensar fuera de la caja

Tenía un profesor de matemáticas que me decía: “si quieres obtener una buena prueba y por consiguiente un buen resultado, siempre debes pensar fuera de la caja”. Siguiendo esta premisa, obtuve lo que considero uno de mis grandes logros, la primera tesis doctoral laureada en la historia del Departamento de Biología de la Universidad Nacional de Colombia (UN), un logro que me ha permitido compartir parte del conocimiento que tengo sobre cambio climático, así como los resultados de su réplica en la Región Amazónica colombiana.

Seis años después de aquella investigación doctoral, considero que la regla de mi profesor debe ser utilizada por muchos, de tal forma, que mediante el verdadero ingenio podamos afrontar, y quizá revertir, uno de los más grandes peligros que afronta Suramérica y desde luego el territorio colombiano: los efectos adversos del cambio climático.

Dos acontecimientos publicados en la revista Science Advances han llamado mi atención en los últimos meses. En el primero, se nos presenta un escenario mundial sobre la variabilidad en los registros de la temperatura en el planeta, ocasionados por el cambio climático. En el trabajo se muestran los resultados de la corrección y calibración de las series climáticas disponibles desde 1850 hasta la actualidad y usadas en cerca de 37 modelos matemáticos que simulan la variabilidad de temperatura en el planeta hasta 2100, extiende los resultados hasta el 2300 y relaciona dichos resultados con la información económica global disponible.

Las conclusiones de aquel estudio son desalentadoras no solo por el hecho de que los efectos más adversos se presentarán en los países en vía de desarrollo, sino porque además predice que la región con mayor incremento en la temperatura será la región noroccidental y central de la Amazonia. Los autores alertan sobre la inminente pérdida en la humedad del suelo que llevará la región a presentar un régimen hídrico limitado dominado por la escasez, un desbalance en los procesos de evaporación y transpiración de las plantas y por consiguiente una causa adicional para el desequilibrio económico y social de la región.

El segundo acontecimiento muy relacionado con el anterior y publicado previamente como una nota editorial, advierte sobre un intervalo máximo permitido para la deforestación en la Amazonia que no deberá superar entre un 20 y un 25 % de su cobertura original (esta cifra según distintas fuentes ya supera los dos dígitos y está al rededor del 17 %). En dicho punto, la conexión hidrológica entre los Andes, la Amazonia y el Atlántico se volvería insostenible teniendo en cuenta que cerca de la mitad del agua del sistema proviene de los procesos de regulación retroalimentativa de los sistemas ecosistémicos de la zona, esto gracias nuevamente a los fenómenos de evaporación y transpiración.

Teniendo en cuenta lo anterior, merece la pena reflexionar acerca del incremento en la deforestación en la Amazonia colombiana, en especial en Caquetá, Putumayo y Guaviare. Por ejemplo, a comienzos de 2018 en este último se reportaron 24 incendios que en solo 10 días destruyeron cerca de 2.600 ha.

Es importante mencionar la existencia de una mutua relación entre las variables evapotranspiración, incremento de la temperatura, oferta ambiental, cambio del uso del suelo, degradación, deforestación, y amenazas naturales con la emisión de gases de efecto invernadero (GEI). Para comprender un poco mejor este último punto, presento uno de los hallazgos sobre los porcentajes de GEI derivados de mi trabajo doctoral de 2012.

En la figura 1 se muestra –a la izquierda– cada uno de los componentes calculados a 2010 (a 2018 los avances oficiales al respecto se mantienen proporcionales) que generan GEI según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), nos damos cuenta de que la generación de energía y el transporte son las actividades humanas que acumularían mayor porcentaje al monto total de gases de efecto invernadero arrojados por el hombre a la atmosfera.

Los datos registrados entre 1996 y 2010 sobre el cambio de uso del suelo (deforestación y degradación) indican que el porcentaje para este componente se encuentra entre el 14 y el 15 % entre 1996 y 2010 pasando por un registro de 18,2 % en 2000.

En cuanto al componente de cuantificación de carbono por causa de la deforestación en los trópicos, se dice que este registro está entre 10,49 y el 10,3 pasando por un valor de 18,3 %. Algunos autores indican que este valor está cercano al 20 %. Con los resultados obtenidos en mi trabajo, encontré que solamente por concepto de un mejor método de cuantificación del carbono y que incorpora la distintividad biológica y morfológica de la vegetación, sin tener en cuenta el error que existe en la mayoría de cartografía en países tropicales para cuantificar la deforestación y la degradación u otros fenómenos de dinámica ecosistémica interna en los territorios, se tiene en cuenta que este valor se halla en realidad entre 26,15 y 32,6 %, lo que ubica la deforestación en los trópicos como la principal causa del efecto invernadero y del cambio climático, ya que superaría en los montos calculados para el transporte y la generación de energía (figura 1, parte derecha).

Básicamente se tendrían tres escenarios al mantener constante el nuevo intervalo entre 26,15 y 32,6 % producto de la degradación y deforestación tropical. El primero se presentaría si el resto de los compartimientos de gases de efecto invernadero están bien medidos; este implicaría que la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera deberá ser superior a la reportada en la actualidad.

El segundo se presentaría si el contenido de carbono permanece idéntico; para que esto se dé, los agentes causantes de los GEI diferentes a la deforestación en los trópicos estarían mal medidos, es decir que deberían reportar valores inferiores a los oficialmente registrados, lo cual, desde luego, ratificaría la deforestación y la degradación como los principales agentes generadores de GEI.

La tercera posibilidad es que ambas situaciones presenten variables no medidas, lo que implicaría una incertidumbre en cuanto a todos los agentes que generan GEI.

Aún no se tiene una respuesta final a estos interrogantes; sin embargo, bajo un nuevo escenario que incorpora además el mismo cambio climático, con seguridad podría decir que los efectos del fenómeno sobre la Amazonia serán incluso peores a los que se ya se predicen, esto debido al incremento de la deforestación y degradación producto del cambio en el régimen hídrico.

Lo anterior me obliga a hacer un llamado urgente a pasar de la defensa a través de artículos, declaratorias, decretos y delimitaciones que engrosan la ya abundante reglamentación colombiana, a la implementación de modelos económicos distintos, novedosos y rigurosos, basados en el principal recurso de la región, el uso adecuado de su megabiodiversidad.

Es urgente que se logre, a corto plazo, un nuevo desarrollo tecnológico pensado fuera de la caja, hay que olvidarse de gran parte de las tecnologías desarrolladas en las regiones templadas; también, de los ejemplos foráneos que nos dictan qué hacer, y es necesario empezar a desarrollar nuestras propias tecnologías; el trópico debe desarrollar su propio camino para afrontar el problema.

Las comunidades indígenas presentes en gran mayoría en estos territorios deberán afrontar además del embate de los distintos intereses que persiguen las enormes riquezas minerales cubiertas aún con ecosistemas conservados, el incremento de los incendios forestales y el cambio en el régimen hídrico de sus suelos, razón por la cual requerirán de mecanismos nuevos y novedosos para afrontar estos nuevos problemas. En otras palabras, las comunidades indígenas y la sociedad no podrán solo esperar las decisiones del Estado. En este sentido, es primordial que sean incluidas en los compromisos nacionales para la disminución de la deforestación estas variables que inducirán cambios en los ecosistemas. Aunque es cierto que es necesario apagar los focos de deforestación actuales causados por los agentes transformadores tradicionales, es imperativa la incorporación de este nuevo agente indirecto que cambiaría e incrementaría las emisiones de GEI.

Los territorios conservados con bajas tasas de deforestación –debido a que la oferta ambiental controla el crecimiento poblacional– deberán ser protegidos de esta enorme amenaza, y para ello es primordial que este aspecto sea tenido en cuenta en los compromisos nacionales. Según los niveles de referencia actuales necesarios en el sistema de registro para hacerle frente al cambio climático, estas regiones quedarían desprotegidas para algunos esquemas regulados de pago por servicios ambientales, situación que desde luego iría en contra del nuevo modelo de desarrollo tecnológico no convencional que requiere la región. Para finalizar, es importante desmitificar el hecho de que en Colombia el peligro del cambio del uso de la tierra solo afecta las zonas cercanas a los focos de deforestación relacionados con la frontera agropecuaria.

Perfil

Henry Arellano Peña

Biólogo Msc y doctor de la Universidad Nacional de Colombia (UN). Pertenece al Grupo de Investigación en Biodiversidad y Conservación del Instituto de Ciencias Naturales de la UN. Es director general de la empresa Nuevo Estándar Biotropical NEBIOT.S.A.S. Es experto en la caracterización y determinación de ecosistemas naturales y transformados, usando la combinación de información biológica, física (suelos, geomorfología, pendientes, terreno, aspecto, clima, flujo, humedad, índice de convergencia topográfica), económica y social, así como de su relación con los fenómenos de deforestación, degradación, estados de fragmentación, conectividad, erosión y amenazas causados por múltiples actores y factores.

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harellano@unal.edu.co