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Algunos mitos sobre las universidades

Aunque en la última parte del presente semestre no fue posible dictar clases normalmente, unos cuantos profesores hicieron debates sobre el tema de la educación superior en diferentes escenarios. Algunos de mis estudiantes me solicitaron que hiciéramos lo mismo a la hora de las clases y en el lugar habitual, y así lo hicimos, por supuesto con libre asistencia. Pero como no soy experto en estos temas, leímos textos de autores reconocidos y los comentamos, y aquí expongo algunas de las aclaraciones más importantes que hacen estos historiadores sobre los mitos en torno a las universidades.

Lo primero que fue necesario aclarar es que aunque se piense que las universidades vienen desde la Antigüedad, lo cierto es que los centros de estudios anteriores a la creación de las primeras en Europa son más bien antecedentes importantísimos de ellas. En este sentido Peter Watson, en su Historia intelectual de la humanidad, dice que “hasta cierto punto las escuelas atenienses, que se remontan al siglo IV a. C., la escuela de derecho de Beirut, que floreció entre los siglos III y VI, y la Universidad Imperial de Constantinopla, que fue fundada en el año 425 y funcionó de manera intermitente hasta 1453, prefiguraron las universidades europeas”. Así que, en estricto sentido, las primeras instituciones con esa naturaleza, que entonces se llamaban Studium Generale y no universidades, no fueron aquellos antecedentes mencionados, sino las universidades de Salerno, Bolonia, París y Oxford, especializadas respectivamente en Medicina, Derecho, Teología y Lógica, y Matemáticas y Ciencias Naturales.

En segundo término quedó claro que –a pesar de que se cree lo contrario– la universidad como fenómeno masivo también es muy reciente, y que aunque la Universidad de Bolonia existe desde el comienzo del milenio pasado, en el 1300 no eran ni 20 instituciones, y para 1500 apenas sí llegaban a 70.

Se supo además que aunque incluso en los siglos posteriores hubo un gran desarrollo, eso no significó su masificación, pues, como sostiene el historiador de izquierda Eric Hobsbawm en su Historia del siglo XX, la enseñanza universitaria antes de la Segunda Guerra Mundial era “tan poco corriente que era insignificante desde el punto de vista demográfico, excepto en los Estados Unidos”. Y para demostrarlo, leímos cómo descubrió el autor que antes de este histórico evento bélico, en Alemania, Francia y Gran Bretaña –tres de los países más grandes, desarrollados y cultos del mundo– no había en total más de 150.000 estudiantes, mientras que a finales de los años ochenta ya se contaban por millones, aún en países no desarrollados.

Un tercer mito del que supimos por estos textos es el referente al papel político de los estudiantes universitarios, que también es visto erróneamente como anterior a lo que realmente fue, y con un número mayor de participantes de los que en efecto fueron activos en acciones políticas, además de que tampoco es cierto que incluso los más radicales fueran fóbicos a participar activamente con los poderes políticos y económicos al terminar sus estudios.

Sobre lo primero, su largo papel en la historia política, ya quedó claro que eran poquísimos los estudiantes universitarios hasta hace setenta años, por lo que antes su real incidencia como masa era imposible. En el segundo punto, el numérico, Hobsbawm dice que aunque desde los años sesenta la atracción por el radicalismo era un distintivo de los estudiantes activos políticamente, “en realidad un alto porcentaje de los estudiantes no era así, sino que prefería concentrarse en obtener el título que les garantizaría el futuro, pero estos resultaban menos visibles que la minoría, aunque de todos modos numéricamente importante, de los políticamente activos”.

Con respecto al tercer asunto, este mismo autor, que perteneció al Partido Comunista, dice que antes de la mencionada guerra la mayoría de los estudiantes eran apolíticos o de derecha, y que incluso casi todos los más activos terminan vinculados al sistema político como funcionarios estatales o profesionales perfectamente adaptados: “los estudiantes de San Marcos en Lima (Perú), se decía en broma, hacían el servicio revolucionario en alguna secta ultramaoísta antes de sentar la cabeza como profesionales serios y apolíticos de clase media, mientras el resto de ese desgraciado país continuaba con su vida normal (Lynch, 1990). Los estudiantes mexicanos aprendieron pronto: a) que el Estado y el aparato del partido reclutaban sus cuadros fundamentalmente en las universidades, y b) que cuanto más revolucionarios fuesen como estudiantes, mejores serían los empleos que les ofrecerían al licenciarse. Incluso en la respetable Francia, el exmaoísta de principios de los setenta que hacía más tarde una brillante carrera como funcionario estatal se convirtió en una figura familiar”.

En síntesis, de estas lecturas pudimos concluir que las universidades no son un continuum que viene desde la Antigüedad; que incluso la educación superior es un fenómeno reciente en términos demográficos, y que la participación política tan significativa que tuvieron los estudiantes universitarios en las últimas décadas no fue tan masiva como se pensaba, ni su compromiso político radical se extendió normalmente más allá de la finalización de sus estudios.

Perfil

David Roll Vélez

Profesor titular con tenencia de cargo del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia y director de los grupos de investigación UN- Partidos y UN-Migraciones. Doctor en Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, abogado de la Universidad Pontificia Bolivariana, especialista en Derecho Constitucional del Centro de Estudios Constitucionales de Madrid y posdoctorado en Élites Parlamentarias de la Universidad de Salamanca.

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