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8 y 9 de junio: memorias del estudiante caído*

Era junio de 1929, y por esos años el movimiento estudiantil colombiano se inscribía en la marcada tendencia bipartidista, con especial afinidad al liberalismo debido al carácter elitista que caracterizó en ese periodo la educación en el país. Para el 7 de junio de ese año el estudiantado hacía presencia, junto a distintos sectores sociales, en las jornadas de movilización en Bogotá, en contra de “la rosca”, un grupo incrustado en los más notables cargos de la administración de la capital y del país que formaba parte de la conocida “Hegemonía Conservadora” de aquella época.

En una de estas agitadas jornadas de protesta la movilización estudiantil fue recibida frente a la actual Casa de Nariño con descargas de fusilería que acabarían en el asesinato de Gonzalo Bravo Pérez, estudiante de Derecho de la Universidad Nacional de Colombia, quien figuraría como el primer muerto del movimiento estudiantil. Este hecho conmocionó tanto al estudiantado capitalino, que su sepelio al día siguiente, 8 de junio, sería concurrido por una gran masa estudiantil y que daría lugar a la conmemoración, año tras año, de la muerte de Gonzalo Bravo en una procesión al Cementerio Central para recordar al estudiante caído.

Años más tarde, el gobierno de Laureano Gómez (1950-1953) marcaría en el país –y por lo tanto en el estudiantado– un clima de intolerancia política que desencadena un cierre político y cultural gestado a raíz de la intensificación de la violencia bipartidista. Estas condiciones darían lugar a que el movimiento estudiantil saludara el golpe militar del general Gustavo Rojas Pinilla en junio de 1953. Este acercamiento no duró más de un año, pues el 8 de junio de 1954, cuando el estudiantado se proponía conmemorar la muerte de Gonzalo Bravo Pérez, ocurrida 25 años atrás, es asesinado en extrañas condiciones el estudiante de Medicina de la UNAL Uriel Gutiérrez, a manos de un piquete policial cerca al campus universitario de la Sede Bogotá. (Lea también: Cuando nuestro Uriel cayó).

Al día siguiente, una multitudinaria marcha de estudiantes que se dirigía al centro de Bogotá a manifestar su rechazo a estos sucesos fue dispersada por tiros de fusil a la altura de la calle 13 entre carreras séptima y octava, a manos de un contingente del Batallón Colombia que se aprestaba para ir a la guerra de Corea; el saldo fueron diez estudiantes muertos, uno de ellos peruano.

Estos hechos marcaron el punto de inflexión para una creciente enemistad del estudiantado con el régimen militar, pero además abrieron la puerta a la conmemoración del 8 y 9 de junio como los “días del estudiante caído”, en los cuales, cada año, se recuerdan las vidas perdidas de estudiantes en el marco de la protesta social del país. Las citadas fechas, como un vaso, con el pasar de los años se han ido llenando de significado y de acontecimientos que suscitan la protesta estudiantil, por lo que ha ocupado un lugar importante en las agendas de conmemoración del estudiantado.

Hoy en día, después de la firma del Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las FARC-EP, aunque el panorama en el país es de incertidumbre, también es de esperanza en la justicia y la reparación, que parten necesariamente de la verdad. En este sentido, iniciativas consolidadas en el Acuerdo, como la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad (CEV), son labores que pretenden narrar la complejidad del conflicto armado en el país desde otras perspectivas, entre esas las de quienes vivieron en el campus universitario en épocas de violencia y represión.

Los eventos del movimiento estudiantil ocurridos a lo largo de la historia se mantienen como una exigencia de reconocimiento, y sobre todo como un llamado a la no repetición por parte de poderes que han querido –como se ha visto con todo el movimiento social– callar y amedrentar a los estudiantes y su potencial movilizador. Aprovechando esta nueva conmemoración del 8 y 9 de junio, hacemos un llamado a la comunidad universitaria de todo el país, y en especial a la de nuestra alma mater, a adelantar trabajos de la memoria sobre lo ocurrido en nuestros campus universitarios durante el conflicto armado, y de manera especial a colaborarnos con el aporte tanto de documentos o archivos históricos como de testimonios sobre esos sucesos.

 

* Este texto se elaboró con la colaboración de la Coordinación de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), el Convenio de la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad (UN-CEV) y de Nicolás Quinche y Lina María Urbina, de Archivos El Búho.

Perfil

Mauricio Archila

Profesor titular del Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Bogotá, e investigador asociado del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep). Licenciado en Historia, magíster en Economía por la Universidad Javeriana. Ph. D. en Historia por la Universidad Estatal de Nueva York (Estados Unidos). Especialista en la Historia Social Contemporánea de Colombia y América Latina.