Nedstat Basic - Free web site statistics .

¡Eureka! hacia un sistema de investigación en
la Universidad Nacional

El profesor Zalamea destaca la importancia de la Vicerrectoría de Investigación y muestra la importancia de la continuidad de este tipo de logros en la Universidad Nacional.

Fernando Zalamea
Departamento de Matemáticas. Universidad Nacional de Colombia – Sede Bogotá

La supuesta exclamación de Arquímedes –¡Eureka! (“lo encontré”)– después de descubrir el principio fundamental de la hidrostática, al sumergirse, emerger y precipitarse alborozado de su bañera, desde entonces ha acompañado a muchos productos de la investigación y la creatividad humana. El encontrar, a menudo inesperadamente, una nueva correlacionalidad dentro del mundo o de la cultura; el percibir una honda regularidad o una sorprendente singularidad potencian el sentimiento de maravilla de un investigador. El descubrimiento o la creación, independientemente del sustrato epistemológico realista o idealista que desee adoptarse, impulsan el crecimiento de una comunidad capaz de enfrentarse a problemas (“muros”, en la etimología griega) de muy diversa altura y de inventar todo tipo de armazones para sortearlos.

El gran Edgar Allan Poe, en su fascinante, complejo y contradictorio Eureka – Ensayo sobre el universo material y espiritual (1846-48), rompe todas las barreras, busca la unidad de física y metafísica, de matemáticas y poesía, de ciencia rigurosamente controlada y de especulativa religión sideral. A la estela de ese otro sublime transductor, transgresor, trasmutador de los metales del alma que fuera Novalis, Poe construye en su Eureka un himno a la invención humana y a la riqueza del cosmos que lo envuelve. La investigación, en sus mejores manifestaciones, se encuentra doblemente cercana del Eureka de Arquímedes y de Poe: en tensión entre el entorno exterior que lo rodea y la fuerza inventiva interna de su mente, el investigador debe encontrarse permanentemente atento a perseguir indicios y transvasarlos en formas de conocimiento. Charles Sanders Peirce, paradigma del investigador moderno si lo ha habido, incansable productor siempre orientado hacia la comunidad, decía que “los más altos puestos en la ciencia están reservados en los próximos años para aquellos que logren adaptar los métodos de una ciencia a otra” (1882). Desde fines del XIX la situación no ha cambiado. Y es cada vez más crucial descubrir diversas y sorprendentes ósmosis entre las ciencias, o entre subregiones de una ciencia dada.

De hecho, nuestra época ha sido mal definida mediante el prefijo post, cuando en realidad todo lo que vivimos se rige actualmente por un incesante trans. A la manera como lo ha defendido desde hace una década la ensayista y filósofa española Rosa María Rodríguez Magda, más que en un prematuro “postmodernismo”, nos encontramos de lleno en una transmodernidad galopante, que no ha superado aún a la modernidad, sino, a la inversa, la ha potenciado –tanto modal como multiplicativamente– en sus raíces transgresoras, al estilo de la obra explosiva de un Florenski, mucho más profundamente contemporánea que multitud de garabatos pseudofilosóficos escritos en nuestros días. La característica apertura del Eureka investigativo encuentra un reflejo particularmente apropiado en el modulador trans de nuestros tiempos, y cualquier aproximación sistémica a la investigación, que apunte a sanos desarrollos futuros, debe contemplar en sus fundamentos las nociones imprescindibles de comunidad abierta, relacionalidad y tránsito.

En ese sentido, el entramado de soportes para la investigación en la Universidad Nacional, en tenue construcción acumulativa desde hace una década, con el objetivo de elaborar apoyos administrativos que ayuden a estabilizar las prácticas investigativas previas de una comunidad, ha adquirido un impulso importante, ojalá definitivo, en el primer año de labores de la Vicerrectoría de Investigación de la Universidad. Fundada a comienzos del 2005, a cargo de la profesora Natalia Ruiz, la Vicerrectoría de Investigación ha dado claras indicaciones del direccionamiento hacia la excelencia al que debe apuntar la Universidad. La construcción de dos acuerdos fundamentales ha sido jalonada desde la Vicerrectoría: la creación del Sistema de Investigación de la Universidad Nacional (SIUN) y la estructuración del Fondo de Investigación que puede poner a funcionar realmente al Sistema superpuesto. Tanto el Sistema como el Fondo gozan de una cualidad no demasiado usual en nuestro medio: proponen apoyo y control, sin caer sin embargo en una rígida normatividad, y consiguen así abrir un espacio natural a los tránsitos del conocimiento y a las jerarquizaciones inherentes en la investigación, sin forzar por adelantado ciertas camisas de fuerza para los investigadores.

Podríamos en efecto clamar un Eureka si la Universidad, en algún momento de su crecimiento evolutivo lograra desembarazarse de la rigidez administrativa que la atenaza y consiguiera empezar a volar, aunque sea muy bajo, sin complicados amarres que la tengan atemorizadamente atrapada. Los principios explícitos que guían la conformación del SIUN permitirán que éste pueda coger vuelo en algún momento: articulación de “la producción interna de la Universidad, en todos sus ámbitos de innovación, con ámbitos externos del conocimiento”, reflexión de la investigación “en la actividad docente, tanto en los programas de pregrado y posgrado, como en la formación de nuevos investigadores”, visibilización de “los productos académicos derivados de la investigación”, organización “con un mínimo de reglamentación”, propensión “por fortalecer relaciones con pares y redes locales, regionales, nacionales e internacionales”. El SIUN se sitúa claramente así en un tránsito entre producción interna e impacto externo, con diversas mediaciones sistémicas –reflexividad, representatividad, correlacionalidad– que ayudan a fortalecer recursivamente el tejido de soportes para la investigación.

Más allá de los principios que sitúan al SIUN cerca de las especificidades de cualquier Eureka investigativo, las políticas y las actividades contempladas en el SIUN muestran que el Sistema parece estar bien encauzado para permitir contingentes concreciones futuras, sin necesidad de pasar por excesivos descalabros. Explícitos apartados dedicados al apoyo a publicaciones de la Universidad, al establecimiento de indicadores de calidad, a la asignación de recursos a través de concursos, a la búsqueda alternativa de presupuesto, a la articulación sistemática de grupos de investigación, muestran que el Sistema propone mecanismos para la impulsión, jerarquización y consolidación de la investigación. Por supuesto, la estratificación del conocimiento debe entenderse aquí gracias a un claro “derecho a la diferencia”, que se acopla con un “derecho a la igualdad” no trivialmente malinterpretado. En efecto, el derecho a la igualdad no significa ni que todos debamos tener el mismo talento, ni que debamos producir lo mismo, ni que debamos situarnos en un mismo nivel de competencia; el derecho a la igualdad, aplicado al mundo del saber, debe asegurar en cambio que todos tengamos la posibilidad de acceder a la diversidad del conocimiento, sin obstrucciones de género, raza o estrato social, y sólo guiándonos por criterios de excelencia académica. La investigación –indisolublemente ligada a la diversidad jerárquica del saber– requiere por tanto de un adecuado entreveramiento de tamices que, por un lado, apoyen difusión, divulgación, interacción, y, por otro, aseguren rigor, exigencia, coherencia. El SIUN, en buena medida, apunta a controlar ambos lados de la balanza. La clave oculta detrás del buen funcionamiento eventual del SIUN es, sin embargo, el Fondo de Investigación (FI). De sobra es sabido (aunque la inveterada incompetencia de nuestros gobernantes parece demostrar lo contrario) que una nación no dejará nunca de ser subdesarrollada si no invierte un porcentaje alto de su producto interno en investigación y desarrollo. Igualmente, una Universidad que pretenda estar cerca de la punta del conocimiento a nivel latinoamericano, como lo pretende la Universidad Nacional, no puede dejar de contar con unos fondos muy amplios y estables destinados a la investigación. Una tal red de recursos ha sido solicitada repetidamente por muy diversos profesores y líderes del alma máter desde hace muchos años, y la próxima conformación del FI debe considerarse a todas luces como un evento fundamental en la historia de la Universidad, cuya radical importancia no puede ser sobreestimada.

La consecución y el uso de los recursos del FI se encuentran claramente estipulados en el acuerdo de conformación del Fondo, abriendo estrategias relacionales nuevas en el funcionamiento universitario y consiguiendo concretar así, en una suerte de segundo orden sistémico, las cualidades del proceder investigativo de primer orden asociado (de hecho, un valioso principio de reflexión hace que la apertura, relacionalidad y transitoriedad de la investigación se reflejen tanto en el SIUN, como en el FI). La consecución de los recursos impone nuevos compromisos en la Universidad: muy considerable porcentaje del presupuesto de inversión destinado a investigación, recursos de actividades de extensión al servicio de actividades de investigación, aprovechamiento de exenciones, utilidades comerciales, convenios y rendimientos financieros. Por otro lado, la destinación de los recursos asegura una muy considerable estabilización y ampliación de becas de posgrado, una continuidad en convocatorias y concursos internos para financiar proyectos y grupos de investigación, un sostén de los Doctorados independiente de contingencias externas, un esfuerzo sistemático de apoyo a movilidades, un impulso de las publicaciones seriadas de la Universidad, un cuidado de equipos y laboratorios.

No obstante, detrás de todo esto, debe resultar patente que los esfuerzos adelantados en el primer año de la Vicerrectoría de Investigación sólo conforman la base de un tejido que tendrá que seguirse concretando y puliendo en las administraciones venideras. Lamentable sería, en cambio, desaprovechar el camino andado, y empezar a reconstruir de cero, una vez más, las estrategias que permitan potenciar y clarificar la investigación dentro de la Universidad. Peirce indicaba que “ésta es la edad de los métodos; y una Universidad que espere poder ser fiel exponente de la condición viva de la mente humana debe ser una Universidad de métodos” (1882).

Nítidamente conscientes de que uno de los mayores defectos de nuestra cultura es nuestra falta de continuidad en las diversas acciones que emprendemos, no deberíamos abandonar los métodos de nuestros predecesores, como automáticamente hacemos a menudo, sin siquiera reflexionar sobre ese abandono. Otra cosa es modificar, corregir, modular, empalmar, pegar a trozos. Por suerte, la Universidad en su conjunto puede verse como un sistema autosuficiente de pegamiento, en crecimiento, que se abre siempre más al mundo y que no puede ya volver a encerrarse endogámicamente en sí mismo. ¡Eureka!