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Los mismos actores armados han incluido como parte de su discurso el tema de los derechos humanos.
Fotos Archivo El Tiempo |
Derechos humanos
y actores armados:
¿humanización del conflicto
o estrategia de guerra?
Los autores, a partir de una investigación de varios años, señalan cómo todos los grupos armados han usado el discurso de los Derechos Humanos, que ninguno respeta, para acreditarse ellos y desacreditar a sus enemigos.
Juana Schlenker y Manuel A. Iturralde*
Durante los últimos quince años, y dentro del contexto del conflicto armado
colombiano, el Estado, los grupos alzados en armas y la sociedad civil han usado de manera profusa el discurso
de respeto a los derechos humanos y el Derecho Internacional
Humanitario (DIH). Sin embargo, este discurso ha tendido a vaciarse de contenido
al enfrentarse a un escenario
donde su vulneración es continua y reiterada en medio de una gran impunidad.
La brecha entre la teoría y la práctica de los derechos humanos deja la sensación de que este discurso es utilizado
por los grupos alzados en armas para la consecución
de fines e intereses estratégicos
más que por un compromiso real con el ideal humanitario. Este uso estratégico
ha dado lugar a una pérdida de confianza de la sociedad colombiana en el carácter emancipador de los derechos humanos y en su capacidad de transformar la realidad.
El abismo que hoy separa
el discurso de los derechos humanos y el DIH de su aplicación
eficaz en el contexto colombiano plantea la pregunta
obvia de por qué no es posible tender un puente que una la teoría con la práctica.
¿Qué es lo que hace tan difícil su cumplimiento? La respuesta inmediata que suele ofrecerse apunta a la naturaleza del conflicto que se desarrolla en el país, cuya
ferocidad no da cabida a que se respeten los derechos de los combatientes ni de la población civil. Sin embargo, si se tiene en cuenta que los mismos actores armados han incluido los derechos humanos
y el DIH en su discurso y que las violaciones masivas de éstos no se dan únicamente
en las dinámicas de confrontación militar, sino de manera persistente contra la población civil, la pregunta persiste y se hace necesario abordarla para entender la situación de derechos humanos
que se vive en el país.
Con estas inquietudes en mente realizamos durante
los años 2002 y 2003 una investigación de fuentes documentales
sobre la manera en que los principales grupos armados ilegales (las FARC, el ELN y las AUC) entienden y hacen uso del discurso de los derechos humanos y el DIH. Para ello analizamos diferentes documentos, sus estatutos, comunicados de prensa, páginas de Internet y entrevistas con los líderes de estas organizaciones sobre el tema de los derechos humanos
y el DIH y comparamos dicho discurso con sus acciones
y sus reacciones frente a los abusos cometidos por los otros grupos armados1.
Partimos de la base de que, para entender esta problemática, los derechos humanos deben ser considerados
como parte de un contexto
más amplio que aquel en el que se desarrolla el conflicto
armado colombiano y que es necesario explorar las condiciones de posibilidad que son indispensables para
la vigencia de estos derechos.
Una mirada contextualizada
de los derechos humanos
ha sido oscurecida por su triunfo discursivo. En este plano se los presenta como valores universales que van de la mano de la expansión global del capitalismo y del aparente triunfo del Estado democrático de derecho. Pero
esta victoria de los derechos
humanos ha tenido un precio: han perdido gradualmente
su promesa de utopía y han pasado de ser un discurso
contrahegemónico a uno hegemónico.
El caso colombiano es un ejemplo de lo importante que resulta recuperar el carácter
histórico y contestatario
de los derechos humanos. Concebirlos como valores políticos, con un origen y un desarrollo histórico, ofrece la posibilidad de entender también que para su aplicación
efectiva son necesarias una serie de condiciones y de transformaciones dentro de situaciones sociales específicas.
Ello permite concebirlos
como un conjunto normativo menos monolítico que para su implementación debe atravesar por procesos de negociación y transformación
en contextos locales. La universalidad de los derechos humanos se convierte así en una cuestión de contexto que necesita de un análisis situacional.
Condiciones
de posibilidad
y de apropiación
del discurso de los derechos
humanos y el DIH
Colombia no se enmarca
adecuadamente en la zona
de claroscuros en la que funciona adecuadamente la teoría liberal de los derechos humanos. El país se ubica en una zona de grises donde un Estado débil, en crisis o en proceso de construcción (dependiendo
de la aproximación
que se adopte) no logra garantizar las condiciones de posibilidad para que el discurso
liberal humanitario se lleve a cabo efectivamente.
A lo largo de su historia,
el Estado colombiano ha tenido una presencia diferenciada
en el territorio nacional. Mientras que ha logrado integrar y controlar determinadas zonas del país, particularmente los centros urbanos, vastas regiones se encuentran parcial o totalmente
excluidas de sus servicios
y de la participación en las decisiones políticas. Ello da lugar a que en muchas ocasiones se consoliden en estos lugares poderes alternativos
que, a través de distintos
mecanismos, según la región y las circunstancias, establezcan un orden social, relaciones de poder y formas privadas de justicia para resolver
los conflictos y afirmar su dominio.
La ausencia material y simbólica del Estado ha obstaculizado
la construcción de un sentido de ciudadanía compartida entre los colombianos
(donde todos tienen los mismos derechos y merecen
el mismo respeto) y la creación de un espacio público
para la solución de los conflictos. En este contexto, la violencia asociada a los actores armados al margen de la ley no es la causa de la fragilidad del Estado colombiano,
es un síntoma grave del problema de fondo: las relaciones conflictivas entre el Estado y la sociedad.
De otra parte, el incremento
en el número de combatientes
y víctimas, especialmente
durante los ochenta
y los noventa, así como la ampliación de los espacios geográficos donde los grupos armados hacen presencia, muestran cómo cada vez una mayor parte de la población se encuentra bajo la lógica de la confrontación armada. Ello da lugar a una espiral de violencia donde las partes afectadas ya no recuerdan, no saben o no les importa
quién fue el primero en atacar, quién es la víctima y quién el victimario original, lo que les permite justificar sus acciones violentas, evadir su responsabilidad y acusar al enemigo de ser el causante del conflicto.
El terror se ha convertido en una forma de hacer política:
afirma determinadas relaciones
de poder y persuade a otros para que se adhieran o sometan a ellas. La población civil es instrumentalizada por los grupos armados para conducir la guerra y la violencia
que se ejerce sobre ésta es un medio fundamental para consolidar posiciones y para
quitarle espacios al grupo rival. Si bien cada uno de los grupos armados sostiene que en los territorios en los que se ha afianzado ha construido
lazos sociales con base en el proyecto político que lo impulsa, lo cierto es que las relaciones así construidas se basan en el terror y en la eliminación
de la disidencia.
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| Todas las acciones son expresadas como categorías abstractas dentro de la lógica de la guerra. |
Derechos humanos, DIH y actores
armados
El respeto por el DIH y los derechos humanos no era parte importante del discurso
político de los actores armados hasta hace relativamente
poco. Diversos factores
provocaron un cambio significativo al respecto, particularmente
en la déscada de los noventa. Por un lado, las presiones ejercidas por varias
ONG y por la comunidad
internacional han hecho que la responsabilidad de respetar los derechos humanos,
usualmente atribuida de forma exclusiva al Estado, se extienda a los grupos al margen
de la ley. Por otro lado, se encuentra la necesidad de los grupos armados de adquirir un estatus de beligerancia que los sitúe en posición de negociar con el gobierno y de obtener el apoyo y reconocimiento
de diversos Estados y organizaciones de Estados. Estos factores han hecho que las FARC, el ELN y las autodefensas
reconozcan, al menos a nivel discursivo, la necesidad
de respetar los derechos humanos y de aplicar el DIH para humanizar el conflicto del que son protagonistas.
Dadas las anteriores circunstancias, no es de extrañar
que el discurso y la práctica frente a los derechos humanos y el DIH presenten diversos matices en los grupos
armados, según sus intereses
políticos. Si bien cada grupo tiene un acercamiento diferente al tema, todos manifiestan
ser respetuosos de estos principios. De hecho, las tres organizaciones se presentan como defensoras de los derechos humanos y justifican su levantamiento armado en las violaciones que otros, sus enemigos, cometen
contra éstos. El carácter
reactivo de su accionar es central en su justificación discursiva y los convierte en defensores mesiánicos de los derechos humanos, que interpretan
acomodaticiamente
según sus intereses.
Con respecto a sus propias
acciones, los grupos alzados
en armas se justifican afirmando que los derechos humanos y el DIH se deben adaptar a las condiciones de guerra irregular que se vive en Colombia, que no permiten
la aplicación estricta de los principios que los rigen. La adaptación por la que abogan
los tres grupos armados irregulares se refiere principalmente
a la definición de la población civil, ya que, según ellos, en un conflicto de carácter
irregular como el que se vive en el país no se puede calificar como población civil
a los combatientes que se camuflan en ella ni a quienes colaboran de una u otra forma
con el enemigo.
Los tres coinciden también
en que sus opositores usan el discurso de los derechos
humanos y el DIH para desprestigiarlos, sin reconocer
que cada uno de ellos hace
lo mismo. De esta manera, Los derechos humanos y el DIH son armas de guerra que utilizan los tres grupos para
ganar batallas simbólicas frente a la opinión pública nacional e internacional. Así, el discurso de los derechos humanos, tal y como es utilizado
por los actores del conflicto, termina reforzando las figuras del enemigo y el vengador, en vez de acercar a las partes y hacer que se reconozcan mutuamente.
Tanto guerrillas como paramilitares, a través de sus estrategias de guerra, dirigidas
en buena parte contra la población civil, buscan polarizar al país. Se apoya a un bando o se apoya al otro. No existen términos medios. La lógica de guerra imperante
es “conmigo o en contra mía”. Bajo estas condiciones es apenas natural que se configure
el esquema amigo-enemigo
en la formación de las relaciones políticas y sociales. En medio de tales contextos de violencia y de desestructuración
social, donde no hay referentes estables, se da un proceso extremo de identificación
por contraste. El otro se convierte en el enemigo, la encarnación de todos los males
sufridos y de todo aquello que es contrario a lo que se considera justo o bueno. El ejercicio de la violencia y el terror se hacen rutinarios, se banalizan, y quienes los cometen
no creen estar inflingiendo
dolor o humillaciones a un ser humano como ellos. Se imponen las decisiones “de grupo”, de entes abstractos (el Secretariado, el Comando Central, el Estado Mayor) lo que facilita que la violencia asuma formas impersonales y, por lo tanto, más brutales, al no ser asumidas como propias
e individuales.
A ello contribuye el lenguaje
eufemístico que disfraza
la violencia y la hace respetable ante la opinión pública. El Ejército “da de baja” a los subversivos; el Estado
no combate hombres, mujeres y niños, sino entes abstractos (la subversión, el narcotráfico, el terrorismo). En su discurso oficial los grupos
insurgentes hacen la revolución, luchan por el pueblo,
realizan actos patriotas contra enemigos poderosos y sin rostro (la oligarquía, el capitalismo,
el imperialismo, el comunismo); los secuestros son “retenciones” y extorsionar
es “cobrar impuestos”. Los grupos de autodefensa llaman a las masacres “objetivos
militares múltiples”. Todas estas acciones no son expresadas como actos violentos,
que causan dolor, cometidos por individuos concretos contra otras personas,
sino como categorías abstractas dentro de la lógica de la guerra.
¿El fin de los derechos humanos?
En Colombia los actores armados han usado los derechos
humanos como un arma de guerra para deslegitimar al enemigo y para justificar las acciones propias. En este sentido, se han convertido en palabras filosas para hacer
daño y no en un camino para llegar al otro. Este uso perverso del discurso, entre otros factores, ha polarizado y alejado a los actores armados
en vez de acercarlos en un reconocimiento mutuo que lleve a consensos creíbles
para humanizar el conflicto.
La visión universalista y esencialita de los derechos humanos paradójicamente ha contribuido a dicha polarización
al dar lugar a un discurso
excluyente, que separa a buenos y malos, humanos e inhumanos.
Mientras que los derechos
humanos no se conviertan
en una práctica cotidiana
de las personas, mientras el entorno no haga posible dicha práctica, aquellos seguirán
siendo un discurso no interiorizado por quienes participan del conflicto como víctimas o victimarios. Para que este discurso sea parte de nuestras experiencias vitales
debe ser construido gradualmente
en un proceso de dimensiones históricas. Los derechos humanos y el DIH pueden ser recursos valiosos para desarticular los ciclos de terror que acompañan al conflicto armado, pero por sí solos, y mientras sean presentados
como un discurso universal que impone unos códigos de conducta, al tiempo
que son usados como un arma retórica de la estrategia de guerra, es poco lo que pueden
hacer para transformar una realidad que se nutre de premisas diferentes.
- Esta investigación fue financiada por Colciencias y el Centro de Investigaciones Sociojurídicas (CIJUS) de la Universidad de los Andes, dentro del programa Formación de jóvenes investigadores. En la revista Análisis Político No. 56 de 2006 publicamos un artículo que sintetiza los hallazgos de la investigación.
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