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La lectura compartida en la primera infancia tiene efectos en el éxito escolar futuro y, en nuestro contexto, contribuiría a reducir los índices de violencia intrafamiliar, por los lazos afectivos que crea.

Los bebés sí pueden leer

Las respuestas positivas de un grupo de infantes estimulados por la lectura compartida desde los seis meses, muestran los beneficios intelectuales y afectivos que se pueden obtener. Una investigación entre Fundalectura y la Universidad Nacional así lo comprobó, con lo cual se avanza en la propuesta de una política pública de lectura para la primera infancia.

María Claudia Rojas R. Unimedios

Entre una torre de sonajeros, muñecos de felpa, juegos didácticos de colores y carros de luces, con frecuencia Mateo prefiere Chigüiro y el baño , el libro de Ivar Da Coll que guarda entre la caja de juguetes, y ha "leído" con su mamá desde los cinco meses. Ya sabe que el simpático animalito no entra en la tina sin su pelota azul, como tampoco muchas veces él lo hace sin que su primer libro lo acompañe al parque, a sentarse en la bacinilla, a cambiarse el pañal o a comer compota. "En medio de tantos juguetes, el libro se ha convertido en uno de sus predilectos", dice su progenitora, Adriana Patricia Correa.

Simón tiene 15 meses y está refutando las creencias de su mamá. Ella, desconfiada, le apostó a la propuesta de que "los bebés sí pueden leer". Por supuesto, Simón no decodifica la letras, pero pasa las páginas en un sentido específico, abraza y chupa el libro, le pide a su mamá que le lea, señala las ilustraciones e intenta vocalizar. "Estos son comportamientos inconfundibles de un mayor desarrollo, que en el futuro le representará mayor probabilidad de tener éxito escolar, capacidades de lenguaje y razonamiento, y hasta de socializar de manera asertiva", señala Rita Flórez, coordinadora del grupo Cognición y Lenguaje en la Infancia, de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia.

Prácticamente desde los primeros meses, como la familia de Simón, 170 hogares en Medellín y Bogotá, les cantaron retahílas y rondas; luego, cuando gatearon, jugaban con la voz y los gestos para darle vida a los personajes de una historia, y, desde que empezaron a caminar, establecieron un ritual de lectura antes de dormir. Al seguir éstas y muchas otras instrucciones, estaban iniciando la difícil tarea de probar que los fundamentos de la lectura se anclan en la primera infancia.

Así se unieron al programa de Fundalectura "Los bebés sí pueden leer", que busca estimular la lectura compartida a través de los padres, quienes al mismo tiempo se vincularon a una investigación longitudinal (de largo tiempo), para evaluar estrategias concretas a la hora de acceder temprano y significativamente a la lectura, en un proceso que no esté ligado a la escuela.

 

"Se sabe que las primeras lecturas que hace el bebé son del cuerpo, la mirada, la voz", señala la investigadora Rita Flórez , quien junto con la profesora María Cristina Torrado conduce el equipo humano encargado de observar cuáles factores influyen en el éxito de leer desde etapas tempranas y cómo se configura la respuesta de los niños en su desarrollo.

Los coetáneos de Simón ya tienen entre 18 y 24 meses, y el esfuerzo es gratificante: "Mateo, en comparación con un vecino de la misma edad, tiene más gestos, palabras y recursos para identificar distintos objetos; es notoria la diferencia", dice Diana Janeth Sánchez, mamá del pequeño.

Un ejemplo que empieza a corroborar la teoría según la cual el 50% del desarrollo intelectual y afectivo ocurre entre la concepción y los cuatro años de edad, y que la lectura contribuye de manera definitiva. "Queremos probar en nuestro contexto si esa experiencia es real, y los resultados de nuestra investigación convertirlos en argumentos válidos para crear políticas públicas", advierte Carmen Barvo, directora de Fundalectura.

 

Dos lecciones

El estudio, en el que participaron psicólogos, terapistas del lenguaje y bibliotecólogos, midió las diferencias entre dos grupos de familias y bebés; el primero solo recibió una "bolsa portalecturas" con materiales -algunos con instrucciones, otros con recomendaciones- para leer con el bebé (grupo 1). El segundo grupo recibió la bolsa y participó en talleres de orientación en las bibliotecas administradas por Colsubsidio en Bogotá y Comfenalco Antioquia en Medellín (grupo 2).

Una encuesta al ingreso del programa, en torno a las características de la familia y las prácticas de lectura; otra de seguimiento, sobre la evolución del niño; y el diseño de una guía de observación a través de visitas domiciliarias, permitieron reportar emociones, reacciones e iniciativas diferentes entre los dos grupos, independientemente del desarrollo esperado entre los 6 y los 15 meses.

El comportamiento de los bebés en el grupo 2 fue más cercano al libro: "lo comprobamos en la mirada sostenida en el cuento, el señalamiento de ilustraciones, la doble direccionalidad -el niño mira el libro y mira al adulto-, y la atención conjunta; es decir padre e hijo se fijaban en un elemento externo, el libro", concluye el psicólogo Nicolás Arias.

También se encontró que en los niños del grupo 2 sólo aparecen emociones de aprobación: atención máxima, carcajada, curiosidad, deseo de manipular, entusiasmo, interés y tranquilidad, mientras en el grupo 1 se reporta tanto aprobación como desaprobación: atención, deseo de manipular, entusiasmo, risa, curiosidad, como también pasividad, inquietud, desinterés, rechazo, dispersión, excitación y sueño.

Según las observaciones, ambos grupos tienden a pedir o tomar el mismo libro leído en veces anteriores, aunque los bebés del grupo 2 activan la lectura por iniciativa propia. "La mayoría mira, señala y pronuncia sílabas ante elementos del libro sin que el adulto le haya invitado a verlos", argumenta la bibliotecóloga Carolina Na varrete.

Acciones como besar imágenes, mostrar el libro a los padres, aplaudir, reírse, explorar diferentes cuentos, gritar, intentar el paso de páginas y mover las manos al ver animales, hacen la gran diferencia entre quienes trabajaron el material "por instrumentos" y quienes prefirieron complementar su labor con una orientación constante en las bibliotecas.

A pesar de que los bebés del grupo 1 expresan algunas de las conductas mencionadas, también observan solos, imitan y hacen relaciones ajenas al libro, lo arrojan al suelo y se cansan.

Leyendo afectos

El objetivo del programa y de la investigación son los niños, pero ha habido impacto en los padres. "Muchas campañas de lectura se dirigen a la escuela y a las bibliotecas, sin considerar a los papás, primer nicho de acercamiento con los libros. Al principio los adultos mostraron escepticismo, y poco a poco lo transformaron en una actitud de descubrimiento frente a su hijo y al libro", cuenta Claudia Rodríguez, coordinadora de Programas de Lectura de Fundalectura.

Como se trata de hacer seguimiento a los niños hasta cuando ingresen al preescolar, la segunda etapa de la investigación cotejará grupos de infantes que no tuvieron ningún contacto con el programa de lectura (grupo control) y el impacto en quienes sí lo hicieron. La idea es medir las respuestas a mediano plazo y consolidar datos sobre cómo han evolucionado las experiencias positivas frente a la lectura.

Por el momento, las evidencias muestran al libro como un juego de miradas, sonrisas y gestos, en el cual no es necesario pedir qué se comprendió, pues basta con un "gorjeo" para comprobar que los bebés sí pueden leer.