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UNP No. 77
Título : Los "chicos rudos" de Bogotá
Autor : Nelly Mendivelso
Sección: Jóvenes
Fecha : Julio 3 de 2005

De las bandas jamaiquinas que tocan ska, Skatalites ha sido una de las más importantes, pues desde la década del 60 ha reunido a los mejores músicos de este ritmo. Foto: Nelson Nieto.

Los "chicos rudos" de Bogotá

Entre acciones violentas y su oposición frente a actos que lesionan la convivencia pacífica, se define uno de los grupos juveniles que pasa inadvertido. Un estudio antropológico exterioriza sus creencias, comportamientos y contradicciones.

Nelly Mendivelso
Unimedios

Era de noche cuando Gustavo Narváez llegó a la bodega de la zona industrial de Bogotá aprestada para realizar el concierto Ska 2003. La mayoría de asistentes ya había ingresado, sin embargo afuera faltaban por entrar cerca de 50, que por su tendencia estética de corte un tanto escocés, el antropólogo identificó como integrantes de los rude boys (chicos rudos), el grupo que había escogido como objetivo de estudio para comprender el conflicto subcultural en la escena ska bogotana.

El espectáculo esperado era la presentación final de la banda capitalina Los Elefantes, que abriera con un sonido cadencioso que lentamente se transformó en eufórico ska: la mezcla de ritmos jamaiquinos que los reunía. Evitando contagiarse de la experiencia de oír música y el derroche de vivirla, Gustavo siguió su observación buscando representantes de los skinhead, una de las subculturas más belicosas de la escena ska, con la cual -le habían dicho- los rude boys sostenían serias diferencias. "No había ninguno de estos seguidores de la ideología neonazi, sólo encontré un par de rastas y el resto eran de los chicos rudos".

Junto a Los Elefantes, las bandas Severa Matacera y Matanga continuaban el espectáculo. Una canción tras otra hasta cuando el anuncio de la última tonada hizo que la mitad de los asistentes empezara a salir: "El resto de los espectadores esperamos el final, cuando de repente vimos a un grupo de skinhead que se había colado en la fila y se abría paso a patadas, puños y empellones. Una carrera de golpes los llevó hasta el frente del escenario. Se detuvieron y gritaron una consigna en la cual afirmaban ser skinhead de verdad y no iban a permitir que les 'prostituyeran' su forma de ser".

"No eran más de veinte pero amedrentaron a todos los presentes", recuerda como dato jocoso, pero entre la muchedumbre empezaron a salir voces en busca de una 'pelea justa': "¡De a uno y los arreglamos!; ¡Tan valientes en montonera!", se les oía gritar, defendiendo el implícito de una pelea uno contra uno. Esto fue suficiente para causar la rápida y desordenada partida de los agresores.

Así transcurrió tan solo uno de los episodios que Gustavo presenció en conciertos, bares y demás lugares de encuentro entre estos grupos, intentando explicar qué motivaba su conflicto y cómo se daban las acciones violentas. El punto de partida fue la posición de los rude boys, una de las tendencias subculturales con mayor crecimiento en los últimos años en la ciudad de Bogotá, y que al igual que otras como los skinhead, está integrada por jóvenes que no encuentran en su familia una fuente de identidad, suficientes oportunidades en el sistema educativo o en el mercado laboral. Por eso, "se aferran a opciones marginales en las que adquieren hábitos, comportamientos y formas especificas de vestir". Una manera errada de llevar la vida, según otros individuos.

Durante sus pesquisas y compartiendo ratos de esparcimiento con los chicos rudos -sin dejar de lado su papel de antropólogo-, Gustavo pudo establecer que el conflicto se da por la pretensión que tienen los grupos de ser únicos, la identificación de modos de expresión (ropa o música), las envidias entre parches, y el gusto de algunos por las peleas para mostrar su hombría.

Contradictoriamente, para los rude boys la violencia es injustificada pero sirve para defender creencias y respaldar al parche; es inútil pero aumenta el prestigio y atrae mujeres; tiene algún grado de conciencia propia pero depende de la falta de conciliación entre las partes; y solo las peores causas son su motor (los celos, los chistes, el irrespeto, la envidia).

Para este grupo de jóvenes, ejecutar una acción violenta conlleva ciertos modos y normatividad. Por eso el pregón: "¡De a uno y los arreglamos!", que hicieron durante el concierto de Los Elefantes, se refería a una pelea justa. Semejando el código de honor mediterráneo de los duelos uno contra uno y en las mismas condiciones, la pelea típica se da entre hombres -aunque no falta una que otra disputa entre sus mujeres, las rude girls que más bien es vista como espectáculo- y el puñetazo es el golpe estándar, pero no el único admitido. Son válidos codazos, golpes con los hombros, cabezazos y de vez en cuando patadas "respetando los genitales". Cualquier otro instrumento es prohibido y deshonroso, llámese botella, casco, cuchillo o similar.

"La pelea promedio se acaba cuando un bando se muestra como capaz de imponerse por la fuerza; la huida es una forma de determinar una pelea, otra es la sumisión (cuando el adversario no responde) o la mediación arbitral (la separación por parte de un tercero)". El propósito de una pelea nunca es la eliminación del adversario: como en el boxeo esquimal o los duelos de caballeros medievales, el objetivo es defender la posición que se tiene y reafirmarse cuando hay amenaza.

Aun así, Fernando, integrante de uno de los grupos, reconoce que la violencia es una pérdida de energía y tiempo con respecto a otros objetivos importantes que se han trazado los de su parche; por eso, más que involucrarse en peleas, un verdadero rude boy se reconoce por sus derroteros humanitarios convertidos en acciones cotidianas.

El pantalón arremangado y la camisa de cuadros que utilizan los rude boys emulan la forma de vestir de los trabajadores industriales de Londres en los años setenta.

La escena cachaca

Los rude boys emulan a los guetos jamaiquinos de la década del 60, salidos de la clase obrera y marginados por el sistema. "En ese momento ser rude boy significaba ser alguien cuando la sociedad decía que no eran nadie". El ska, una fusión de jazz, música latina, swing y boogie, entre otros, era la música de moda en Jamaica, y fue adoptada por los jóvenes para expresar sus sentimientos, conectados con los de la gente que vivía al margen de la ley. Su postura irreverente y serios problemas de actitud también los manifestaron en su forma de vestir, parecida a la de los gánster o criminales, aunque también se caracterizaban por usar los pantalones cortos y la camisa a cuadros del proletariado.

Luego de pasar por Londres, México, Argentina y otros países, la escena ska llegó a Colombia en la década del 90. Como mercado cultural cuenta con productores y bienes, pero sobre todo con consumidores, pues es la forma más común de participar en ella, bien sea como clientes de bares, compradores de discos y ropa, asistentes a conciertos, escuchas de radio, entre otros. Sin limitarse a ser una simple copia de los rude boys "ancestrales", los actuales elaboraron "un conjunto de prácticas que buscan inculcar ciertos valores y normas de comportamiento por repetición, que implica automáticamente continuidad con el pasado", dice el antropólogo.

Los rude boys de su estudio pertenecen a la clase media, la mayoría con educación secundaria y otro tanto con educación superior. Apartándose del morbo que provoca el referente de la violencia, Gustavo halló en estos jóvenes rudeza contra la discriminación racial, el fascismo, la pobreza, todo régimen de derecha y dictaduras que impidan una convivencia pacífica, el deterioro ambiental, la crueldad contra los animales y actualmente el TLC. "Con nuestras acciones y forma de vestir intentamos marcar esas diferencias frente a la corriente mayoritaria", dice Guillermo, otro de sus integrantes.

Estos jóvenes ataviados con jeans remangados y ceñidos al cuerpo como los que usaban los proletarios londinenses en los años setenta; chalecos, cachuchas, camisas de manga corta con cuadros en blanco y negro -como símbolo de igualdad racial-; y otros con corbatín y paños al estilo gánster jamaiquino de los años sesenta, se caracterizan por recaudar en los conciertos fondos y recursos (granos, alimentos no perecederos, cobijas, etc.) para apoyar causas humanitarias dirigidas por ejemplo a comunidades desplazadas o marginadas que habitan en la ciudad.

Sus sitios de "pachanga" también son lugares de formación y discusión política, usando la música como generadora de debate. Bajo el lema No más violencia, han elaborado folletos informativos, botones y hasta foros locales para discutir la tauromaquia, la crueldad de su práctica y su obsolescencia como actividad cultural.

"Nos hemos declarado amigos de los toros, tal y como rezan nuestros botones", dice Guillermo. La opinión unánime del grupo al respecto es la condena; "todos hemos participado en actividades encaminadas a dar a la Plaza de Toros La Santamaría un uso distinto a las faenas de toreo". Proponen que se emplee como escenario cultural, para lo cual han elaborado peticiones, han aportado y recogido firmas.

En medio de esos esfuerzos, muchos rude boys se han movilizado contra las peleas de perros, una actividad ilegal que es tomada por algunas personas como un entretenimiento, alrededor del cual se mueven apuestas -también mucho dinero- y que se realiza de forma clandestina en fincas de Chía, Cundinamarca. "Canes de razas especiales (pitbull, boxer, bulldog o fila brasilero) son entrenados de modo que peleen siguiendo las órdenes de sus amos". Al respecto, los rude boys han trabajado en la información sobre el fenómeno y la formación de opinión al respecto. "Todo dentro de un ambiente de debate, pues no nos gustan las imposiciones", dicen paradójicamente, pues uno de sus lunares es la violencia.

A estas causas le apuestan "los parches de amigos", pues ellos mismos reconocen la ausencia de una organización consolidada que centralice la escena y la acción social. "Hay gente que se viste como rude boys, escucha ska, pero no piensa como tal". Generalmente los denominan "caspas", y los responsabilizan del corto avance de muchas acciones emprendidas. Su ejemplo a seguir son los rude boys de Caracas, Venezuela: ellos invadieron terrenos y construyeron casas. Lucharon por la adquisición de los servicios públicos domiciliarios y viven en una comuna de economía solidaria.

Así, se encuentran historias de vida comunes, en una práctica cultural tan legítima como ambigua, llena de caminos inciertos y compromisos efímeros que seguramente continuarán, puesto que la identidad para estos muchachos no está fija. Por el contrario, a cada momento debe ser replanteada, ya sea para justificarla o para cambiarla en la práctica.