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UNP No. 77
Título : ¿No a Europa?
Autor : Ángel Rivero
Sección: Coyuntura
Fecha : Julio 3 de 2005

Como un castigo a la gestión del presidente Jacques Chirac, antes que un rechazo a la Unión Europea, fue catalogado el "no" francés.

¿No a Europa?

El investigador de la Universidad Autónoma de Madrid, distinto a las explicaciones xenófobas, el temor a la pérdida de soberanía de cada país y la percepción de que se privilegian los derechos de los gobiernos antes que los de los ciudadanos, analiza el pronunciamiento negativo de Francia y Holanda a la Constitución Europea como expresión de un alto en el camino hacia el fortalecimiento.

Ángel Rivero*

El resultado del referéndum de ratificación del Tratado Constitucional europeo en Francia, saldado con un "no" claro frente a quienes votaron que "sí" y en un contexto de alta participación política, y la repetición del mismo resultado abrumador, en Holanda, ha abierto un premioso interrogante sobre el futuro inmediato de la Unión Europea.

El proceso de ratificación, que se había previsto como algo que sin sobresaltos mayores finalizaría en 2006 y en cuyo programa figuraba algún posible rechazo como el británico, no contaba con que uno de los hasta ahora motores de este proceso de integración política, inédito en la historia de la humanidad, Francia, pudiera tropezar de forma lamentable y condenar el proceso mismo a un aplazamiento que lo sume en la incertidumbre. Así, después de este contratiempo, el proceso de ratificación de la Constitución para aquellos países que aún no habían realizado sus consultas, ha quedado aplazado, salvo algún caso como el de Polonia; este frenazo ha provocado, a su vez, la apertura de un profundo debate, y crisis, en torno a las finanzas de la Unión y la aprobación del presupuesto. El panorama debe ser descrito, sin paliativos, como de profunda crisis. Ahora bien, la cuestión es saber si se trata de una crisis terminal o de crecimiento.

En mi opinión, se trata de una crisis del segundo tipo y lo sustento en lo siguiente. El "no" en Francia tenía entre sus ingredientes un fuerte componente interno movilizado en el rechazo al presidente Chirac. Esto es, muchos de los que votaron "no" lo hicieron para poder manifestar su disgusto con la política francesa o, es otra manera de ver lo mismo, para evitar que Chirac se beneficiara de la legitimación plebiscitaria que, inevitablemente, acarrean este tipo de convocatorias. En el caso de Francia, esto explica una buena parte del "no", que fue explícitamente movilizado en este sentido; y en el caso de España esta misma actitud explicaría lo abultado de la abstención en su referéndum de ratificación.

En el caso de Holanda, la política interna ha sido importante, pero aquí la cuestión europea tiene mayor alcance. Lo que me parece meridiano es que ninguna de las opiniones públicas de estos países es contraria a la Unión Europea y, por tanto, no hay en absoluto vuelta atrás en la construcción de la Unión. Hay, por el contrario, una parada más para la reflexión, una de tantas, en un proceso que, de momento, no tiene marcha atrás.


La Unión se reacomoda

Entonces, ¿qué quiere decir que se trata de una crisis de crecimiento? Para contestar esa pregunta debemos volver sobre las razones que subyacen a la necesidad de una Constitución Europea. Estas razones precisan establecer unas reglas claras en la marcha de un tipo de organización política peculiar que es, simultáneamente, una confederación de estados y una federación transnacional. Se requería tal instrumento porque, tras el ingreso de 10 nuevos países miembros en el año 2004, el funcionamiento de la Unión se había vuelto complejo en extremo.

Permítanme unos breves apuntes. Es fácil entender que el eje ParísBerlín, que ha dirigido el proceso durante casi medio siglo, ya no tiene capacidad para determinarlo en un contexto de tal cantidad de países y poblaciones diversas; es un reto de integración importante que muchos de los nuevos países formaban parte del espacio de influencia de la antigua Unión Soviética y que eso cree suspicacias en Rusia, lo que exige una política exterior de la Unión más clara y expresa; la Unión sólo exigía la homologación económica y política a los países candidatos a ser miembros y esta condición no deja de crecer -Bulgaria, Rumania, Turquía, de momento, y Ucrania y otros, quizás en el futuro-. La Constitución serviría para definir con claridad los valores y los rasgos institucionales de la Unión, de forma que su ampliación e integración de los estados nuevos no fuera traumática ni conflictiva y la dotaría de un poder ejecutivo reforzado congruente, como actor internacional, con su peso económico y demográfico.

En suma, la Constitución está destinada a lidiar con aquellos problemas que, en mi opinión, han obstaculizado, al menos temporalmente, su aprobación. Es decir, los rechazos francés y holandés, son muestra de que la integración de los nuevos miembros de 2004 produce recelos en las poblaciones de ambos países y que, por tanto, habrá de resolverse la cuestión financiera y social dentro de la Unión antes de que puedan incorporarse nuevos países. En suma, que la Constitución Europea ya no será el instrumento sobre el cual realizar la integración de los nuevos socios sino, probablemente, el corolario de un proceso más complejo de negociación país a país, mediante la discusión política del presupuesto europeo, de la integración de los mismos. Un alto para la reflexión y el crecimiento futuro, pero claramente no se trata de un "no" a Europa.

*Profesor del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid y graduado en Ciencias Sociales por la Open University (Reino Unido).