UNP No. 76
Título : ¿Por qué es bienvenida la amistad entre Turquía y Europa?
Autor : Murat Belge
Sección: Internacional
Fecha : Junio 12 de 2005 |
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El comportamiento ambivalente del gobierno turco ante la posibilidad de ingresar a la UE, expresa el frío juego de fuerzas en el régimen de Ankara. |
¿Por qué es bienvenida la amistad entre Turquía y Europa?
La posible admisión de Turquía a la Unión Europea a menudo se plantea en términos de lo que le conviene a Europa. Pero, ¿qué saben los europeos sobre Turquía y qué de Europa es conveniente para Turquía? En este repaso de más de 50 años de transformación, uno de los principales periodistas de Turquía describe la forma como militares, reformistas, el mundo de los negocios, izquierdistas, islamitas y otros han luchado por definir el futuro de Turquía; y pregunta: "¿Cómo fue que los socialconservadores se encuentran en primera fila pro integración al proyecto progresista europeo? Para que Turquía tenga éxito -dice-, las ONG internacionales deben ayudar a sus homólogas de la sociedad civil turca". UN Periódico publica la segunda parte de este análisis.
Murat Belge*
Europa y el Islam
La Unión Europea y la cuestión de que Turquía sea alguna vez miembro suyo ha sido el punto central de debate desde principios de los años noventa. Europa se ha convertido en la palabra cifrada para "democracia" en la sociedad turca, donde la dinámica interna de democratización es tradicionalmente débil.
Esto ha llevado a una situación muy interesante. Todas las ideologías políticas así como las instituciones, cuerpos y estratos sociales han sido afectados y transformados por la cuestión europea. La izquierda, como es usual, está dividida, pero las viejas ideologías del imperialismo todavía tienen gran peso en la mayoría, convirtiéndolos en una tibia oposición.
Sin embargo, incluso entre los partidarios del movimiento Lobo Gris, hay algunos que están tenazmente "a favor" de Europa. La burguesía en general apoya la idea, aunque hay algunos que la aborrecen. El balance en las fuerzas armadas se inclina a favor, mientras que entre los maestros, tal vez, es al contrario. En cada periódico hay unos pocos columnistas que rajan contra Europa, aunque aquí de nuevo el balance general es a favor.
El Partido Justicia y Desarrollo (AKP) gobernante, de Recep Tayyip Erdogan, ha tomado diferentes posiciones en varias ocasiones, lo que es interesante, e incluso desconcertante para algunos observadores. Su firme actitud positiva con respecto a la entrada a la UE es tal vez la más importante. Se trata de un hecho crucial no solo en un sentido nacional, en términos del destino de Turquía, sino como un compromiso que puede tener un impacto en el Islam internacional.
¿Cómo es que un partido político con tan obvias afinidades islamistas opta tan claramente por los principios democráticos universales encarnados en la UE? Esta actitud es prueba de la creencia en el partido de que estos principios democráticos son ciertamente la principal salvaguarda para su futuro. El llamado "golpe postmoderno" del 28 de febrero de 1997 que desbancó a Erbakan y su partido Refah (Bienestar) del poder, fue el hecho más importante que contribuyó a su nueva forma de pensar. Pero detrás de esto están esos años de esfuerzos políticos, con innumerables lecciones y experimentos en un sistema parlamentario multipartidista.
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Tradición frente a modernidad, la insalvable tensión que se presenta en le denso tejido que agrupa a las sociedades globalizadas. |
En el umbral de las elecciones de noviembre de 2002, el AKP era el único partido político con un carácter diferente al statu quo ordenado por las leyes y la Constitución del 12 de septiembre. Los demás -desde el de "izquierda" de Bulent Ecevit hasta el de "derecha" de Devlet Bahçeli, o el "liberal" de Mesut Yilmaz- cabían dentro de la definición de partidos "estatales" dominados por una fuerte ideología nacionalista xenófoba. El resultado fue la aplastante victoria del AKP, que los barrió. Fuera del AKP, solo el Partido Republicano del Pueblo (CHP) logró elegir representantes al parlamento, y la razón de esto fue el hecho de que no estaba en el parlamento (y por tanto no era visible ni audible) durante el término anterior.
En esta nueva división que creó la cuestión de Europa, muchos papeles se invirtieron. Una gran porción de los kemalistas, adherentes antes de fuertes campañas elitistas de occidentalización, ahora son opositores de Occidente. Sus municiones intelectuales para esta posición las obtuvieron de los socialistas (de varias denominaciones marxistas), la mayoría de las cuales han decidido seguir fieles a una clase de "antiimperialismo tercermundista". La llamada "izquierda" -incluyendo el CHP y el Partido Democrático del Pueblo (DSP) de Ecevit, en los que el nacionalismo y el aislacionismo siempre han predominado-, se transformó entonces en la campeona del conservatismo en Turquía, alineados en casi todos los principales temas con los kemalistas y sus elementos más antidemocráticos. A la inversa, el AKP, al tratar de definirse como "demócrata conservador" (para evitar referencias más directas al Islam) se ha vuelto una fuerza "subversiva" y también "revolucionaria" que promueve el cambio social.
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Pequeños hechos, grandes resultados
El cambio de equilibrio ha sido, hay que reconocerlo, lento y gradual pero, al fin de cuentas, se inclina a favor de Europa y la democracia. Como tal, se parece a la "guerra de trincheras" de Gramsci, una guerra de posiciones más que un ataque frontal. Pero la situación es muy precaria y unos pocos hechos pueden producir grandes resultados.
En medio de toda esta turbulencia históricopolítica, durante los últimos 40 ó 50 años la dinámica social de Turquía ha jalonado o empujado el país hacia la "sociedad civil". La rígida superestructura e instituciones políticas permiten una mínima participación del Estado en estos cambios que se han dado bajo la superficie. Y a medida que el Estado resiste, sus muros defensivos se agrietan cada vez más. Se vuelve muy difícil para él contener las corrientes que influyen en la vida política en general.
La izquierda socialista en sus buenos tiempos tuvo un efecto negativo en el activismo cívico. El año de 1968 en Turquía -que en toda Europa y el Occidente congregó muchos nuevos movimientos sociales y dio origen a muchas nuevas formas de lucha democrática- selló el dominio de una política ortodoxa (incluso estalinista) socialista. Esta clase de "oposición" era igualmente hostil frente al crecimiento de las ONG (que, por definición, no podía controlar) como el establecimiento tradicional.
Paradójicamente (y como es natural inconscientemente) el golpe de 1980 tuvo un papel positivo en el desarrollo del activismo cívico, en dos aspectos específicos. Al golpear a la izquierda ortodoxa, que se estaba volviendo obsoleta, abolió la fuente de inhibición para los movimientos democráticos libertarios. Al mismo tiempo, al hostigar cualquier posible tendencia o iniciativa "no ortodoxa" (es decir, no suficientemente "nacional" o "nacionalista"), y al forzar todo a adaptarse a las inflexibles normas del "comportamiento correcto", aumentó aún más la escisión entre el Estado y la sociedad. Elevó así los "derechos humanos" a una plataforma común apropiada para cualquier forma de oposición en la sociedad.
Estas últimas frases pueden dar la impresión de que por fin se había dado el toque de diana para la sociedad civil en Turquía. Entonces, ¿qué pasó? ¿Por qué no tuvo lugar un brillante avance?
Hay varias razones. Una de ellas fue la prolongada lucha del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) contra el Estado turco. Aquel lanzó una lucha armada en 1984, que continuó sin interrupciones hasta 1999, cuando fue capturado su líder, Abdullah Ocalan. Aunque los kurdos tuvieron de lejos el mayor número de bajas, muchos soldados turcos y funcionarios del Estado también fueron muertos o heridos. El efecto de estas pérdidas, combinado con el de la ubicua propaganda nacionalista, acercó de nuevo el pueblo al Estado. El impacto de la oposición democrática o de las campañas de derechos humanos solo logró alcanzar ciertos sectores urbanos, más educados, de la sociedad. Las masas campesinas o las recién emigradas y semiurbanizadas de las ciudades no respondieron al nuevo discurso sino a los consagrados lugares comunes de la propaganda del Estado.
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¿Será el Islam el factor que determine la suerte de Turquía en el mapa geopolítico occidental? |
En la década del 90, el problema, o el peligro, del fundamentalismo islámico se agregó a esta violencia. Esas secciones de la intelectualidad kemalista que en un tiempo habían coqueteado con ideas e ideologías izquierdistas, y que tal vez podían simpatizar con las exigencias democráticas de los voceros más abordables de la población kurda, no soportaban a los islamistas, que consideraban la causa del atraso de la sociedad. Para ellos era más natural formar una alianza con los seguidores del general Kenan Evren que buscar posibles medios de acercamiento a los islamistas.
Una vez más, dadas las circunstancias, el Estado autoritario logró refrescar la lealtad de la intelectualidad urbana (y kemalista). Esto implicó el reclutamiento de algunas importantes instituciones sociales, sobre todo la prensa, el sistema educativo y las universidades estatales. Con mucho éxito enfrentó su tradicional discurso de "amenazas", "actividades subversivas" y "el peligro del separatismo", contra el discurso de "los derechos humanos" y "la democracia". Pudo así recuperar parte de la posición que había perdido a causa de las políticas universalmente severas de la intervención militar de los años ochenta.
Pero la cuestión de Europa, vinculada de cerca de la democracia, siguió obstaculizando el avance de las fuerzas conservadoras.
Un súbito terremoto
Los valores civiles, las organizaciones cívicas y la sociedad civil son ideas y entes muy frágiles y, por lo menos a corto plazo, no pueden competir con fuerzas e ideologías tan sólidas. Su influencia puede darse más a largo plazo, pero no son armas para el combate cuerpo a cuerpo. En la ausencia de partidos o movimientos políticos que luchen por una mayor acción de la democracia y los derechos humanos, no se puede esperar que las organizaciones civiles puedan por sí mismas ser los únicos agentes del cambio social y político. Esta "falta", sin embargo, ha sido una característica notoria de la escena política turca, sobre todo desde el golpe de 1980. Casi toda la carga de la democracia y los derechos humanos cayó sobre los hombros de las ONG, a tiempo que los partidos políticos escogieron posiciones más cómodas y conformistas.
El viejo problema -comportamiento habitual en una sociedad altamente centralizada, donde casi todas las iniciativas sociales surgen desde arriba- significa que crear una nueva cultura para el trabajo de las ONG es en sí misma una empresa suficientemente formidable.
En la medida en que existe, la respuesta del Estado al activismo de las ONG no ha sido de flagrante represión y coerción, aunque éstas también se dan ocasionalmente en un país donde las fuerzas de seguridad están condicionadas por ciertas formas de pensamiento y acción. En un mundo posguerra fría, en el que es difícil tomar en serio la retórica anticomunista pero en el que se aclaman universalmente las ONG y la sociedad civil (aunque a veces solo de labios para afuera), es difícil que cualquier estado adopte seriamente métodos represivos para lidiar con esta clase de organizaciones.
El Estado turco, en consecuencia, ha escogido permanecer impasible y sordo. En el trabajo cívico, el éxito actúa como pábulo. La gente se reúne para destacar alguna reivindicación, y espera alcanzarla al final de sus esfuerzos. Pero si no realizan mejoras, cualquier motivación para esta clase de trabajo se diluye. Empezando con la Constitución de 1982, las fuerzas del statu quo han tenido éxito en evitar cualquier mejora importante.
Esto, combinado con la tradición de las iniciativas verticales, ha frenado el crecimiento del activismo cívico, aunque no todas las aspiraciones de cambio han sido sofocadas. Persistieron, animadas por la perspectiva más concreta de Europa. Pero los cambios prácticos han sido bloqueados por los partidos políticos existentes.
Ahora, por fin, la presencia del AKP está empezando a disturbar el aparentemente incontestable equilibrio de fuerzas. Desde las elecciones de 2002, este nuevo fenómeno político ya ha empezado a realizar ciertos cambios y progresos espectaculares hacia la democracia. Al tener sus propios enfoques y objetivos diferentes, el AKP está rompiendo el molde de lo que por tanto tiempo se esperaba de un partido político, y mucho menos de un partido en el gobierno. Al resolver unirse a la Unión Europea, ha impulsado a Turquía por el camino abierto de la normalización al estilo europeo.
Hechos inesperados también han sido de ayuda. El trágico terremoto de agosto de 1990 (seguido por otro en noviembre) fue revelador. Ante tal catástrofe el estado, paternalista y "protector" de la sociedad, pareció quedar paralizado, como una inerme víctima de miedo a las tablas, incapaz de pensar o de actuar porque la amenaza no era el comunismo ni el separatismo ni el fundamentalismo. Cuando las ONG llegaron rápidamente al lugar de la catástrofe, y empezó a llegar ayuda del extranjero (también de Grecia, el viejo enemigo), parte del mecanismo del Estado se las arregló para recuperar algo de su implacable inquina contra cualquiera que actuara fuera de su control, y una vez más trató celosamente de reglamentar el proceso de salvamento y recuperación. Hubo sin embargo otros agentes del Estado que no quisieron actuar como un "bloqueo" al menos en esta ocasión. Esta tragedia, en breve, le impartió importantes lecciones a diferentes sectores de la sociedad turca: el concepto de "sociedad civil" ciertamente adquirió más fuerza.
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Un luminoso momento de esplendor para Estambul, la ciudad de los “mil y un sueños”. |
Vínculos a través de Europa
Llegamos ahora a la cuestión del futuro. ¿Qué nuevo desarrollo se puede esperar? El punto crucial es que el vínculo entre Turquía y la Unión Europea no se debe romper. No es fácil para una sociedad que ha vivido una experiencia como la de Turquía, digerir las consecuencias y alcanzar los niveles que nos califican para un desarrollo de tipo europeo occidental. La plena maduración para un acceso completo tomará un tiempo bastante largo. Nadie en Turquía piensa que va a ser algo rápido.
Por otro lado, no es una misión imposible, como algunas personas en Europa tienden a creer. La cuestión crucial, repito, no es lo que duremos en el cuarto de espera; es la certeza de que no va a haber una expulsión injustificada e inesperada de ese cuarto, de que no habrá ninguna pared de prejuicio que finalmente impida nuestra entrada plena. Aclararle esto a la opinión pública europea es algo que las ONG europeas pueden y deben hacer. Pero mucho más importante es darle la ayuda que puedan a las ONG turcas durante el periodo preparatorio.
Una vez despejados los obstáculos políticos, la seriedad de los problemas económicos, culturales y sociales se manifestará en toda su urgencia: esos problemas son los nuevos objetivos que se deben proponer las ONG; los nuevos criterios por los que serán juzgadas.
El número y la proporción de personas que trabajan en el sector agrícola son mucho mayores en Turquía que en cualquier país de la UE; también lo es el número de personas empleadas en cualquier clase de trabajo. El sistema de seguridad social es desastroso y al parecer nadie tiene una clara idea para reformarlo. El servicio de salud no está en mejor condición. El sistema educativo, desde la escuela primaria hasta la universidad, tiene serios problemas y un inadecuado apoyo financiero.
Con las fuertes tendencias centralistas de la administración, se requiere que los gobiernos locales tengan mucha más autonomía, pero también un sentido más alto de responsabilidad y una mejor apreciación de la cultura local, junto a mucha más sensibilidad hacia los temas del medio ambiente. En otras palabras, el gobierno centralista es malo, pero la descentralización entraña sus propios peligros.
Atavismos culturales, como las vendettas y las "muertes por honor" siguen siendo un importante estorbo para el país. Las medidas legales no son suficientes por sí mismas para tratar tales prácticas premodernas.
Los problemas políticos también subsisten, aunque en una forma diferente. La lucha entre el este y el sureste que ensombreció la vida de toda la sociedad durante las décadas del 80 y 90, dejó muchas cicatrices físicas y morales. La guerra es formidable; la construcción de la paz tiene sus propios problemas. La democratización, en todos los niveles, implica la introducción de un régimen cultural totalmente nuevo, que requiere un esfuerzo apreciable y cooperativo.
Estas son unas pocas de las tareas hercúleas a que se enfrentan las organizaciones de la sociedad civil turcas en el cercano futuro, con o sin la sensación de un bienvenido alivio del sabotaje de las fuerzas del statu quo. En todas estas áreas, la ayuda de las ONG de otros países será de valor inestimable. El solo hecho de una colaboración con ONG extranjeras por una causa común es un antídoto contra la xenofobia tan profundamente inyectada en el cuerpo político turco. Que esto en sí mismo es un gran recurso, es algo que vivimos intensamente con ocasión del terremoto de agosto de 1999. No el terremoto mismo por supuesto, sino la amistad que nos ofrecieron.
Publicado por la Universidad Nacional de Colombia con propósitos pedagógicos y bajo licencia académica de openDemocracy. Traducción de Nicolás Suescún.
*Editor de Iletisim Publishing House y de Yeni Gúndem, una revista política semanal. Director del Departamento de Literatura de la Universidad Bilgi en Estambul. Fue uno de los fundadores de la Asamblea de Ciudadanos de Helsinki.
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