UNP No. 75
Título : Las paradojas del Estado Comunitario
Autor : María Emma Wills O.
Sección: Política
Fecha : Mayo 22 de 2005 |
Las paradojas del Estado Comunitario
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La democracia directa que ofrece Uribe, al reducir la mediación de los partidos, puede minar el andamiaje político e institucional del país. |
Sin la mediación activa de los partidos políticos, el régimen colombiano cae en un disimulado déficit democrático que constriñe el adecuado funcionamiento institucional.
María Emma Wills O.*
En el clima intelectual de los años setenta, se catalogaba a Colombia como una mera democracia formal. Este adjetivo indicaba que el régimen y las instituciones colombianas eran evaluados como de papel. Los arreglos del Frente Nacional regulaban de manera tan estricta las contiendas electorales entre liberales y conservadores y excluían categóricamente a los partidos de izquierda, que el juego político perdía sentido. Además de este reproche, se juzgaba que en Colombia no había democracia porque, en medio del clima de Guerra Fría entre las grandes potencias, nuestras dirigencias políticas miraban con suspicacia a las izquierdas y consideraban las movilizaciones sociales como una fuente de desorden que, en el mejor de los casos, era necesario encauzar desde el Estado y, en el peor, reprimir.
Esta evaluación no era falsa pero tampoco era del todo justa. Desde una mirada comparada, el país estaba en mejores condiciones que Argentina, Brasil o Chile embarcados en unas dictaduras, sin el menor remedo de derechos civiles y políticos. En Bolivia y Ecuador se sucedían las juntas militares en el poder y, en Perú, el general Velasco Alvarado emprendía un programa de gobierno reformista de corte militar. Venezuela, luego de vaivenes entre gobiernos militares y civiles, conocía en los años sesenta por primera vez en mucho tiempo la sucesión de distintos presidentes electos popularmente.
Pero, ¿por qué rememorar de manera comparada la trayectoria de la democracia colombiana? Porque hoy, si no se tiene en cuenta y se valora en su justa medida esta institucionalidad, no se puede entender cómo -no obstante la guerra y las soluciones de corte autoritario promovidas desde el Ejecutivo-, la democracia se mantiene vigente y podría hasta salir fortalecida, si los actores políticos se ponen a la altura del momento.
El proyecto de Uribe: el Estado Comunitario
Al Presidente Álvaro Uribe se le pueden criticar muchas de sus iniciativas pero también se le tienen que reconocer muchos de sus aciertos. A diferencia de muchos otros políticos, Uribe es un hombre de Estado, con un proyecto de Estado para enfrentar la guerra. En el fondo, el Presidente tiene un programa político y eso, en un país de elecciones donde se suman votos pero no siempre ideas, es más que bienvenido.
¿Dónde se halla el talón de Aquiles del proyecto uribista? En que, a pesar de que el Presidente insistentemente reivindica sus orígenes liberales, sus iniciativas y actuaciones van en contra del canon de la democracia liberal y sus principales actores, los partidos políticos.
Su formulación de Estado Comunitario busca, palabras más palabras menos, reconciliar al ciudadano con sus instituciones. Proyecto loable a todas luces, que se plasma una y otra vez en los consejos comunitarios que realiza periódicamente en las regiones del país. En estos espacios vemos a un Presidente imbuido de la misión de responder a todos los reclamos y las aflicciones ciudadanas. La popularidad del líder se explica en parte por este diseño institucional.
¿Qué hay de malo en ello?, se preguntarán muchos. El peligro del llamado a la comunidad del Presidente Uribe reside en que puede terminar minando el pluralismo político e ideológico que distingue a la democracia de cualquier otro régimen. En el fondo, en la propuesta uribista, entre comunidad y Estado se espera que haya acercamiento y hasta simbiosis, pero nunca partidos ni competencia política organizada. Allí radica el peligro. Es justamente la comunidad y un Estado, personalizado en Uribe, lo que puede conducir por las sendas del autoritarismo. Es pensar que el acercamiento entre instituciones y ciudadanos no llega en una democracia de la mano de los distintos partidos y sus contiendas, sino de un líder providencial que visualiza a Colombia como una gran familia que comparte las mismas preocupaciones, y se identifica con las mismas soluciones políticas, encarnadas por supuesto en él.
Al contrario de lo que se plasma en el proyecto uribista, en las democracias modernas, los individuos son miembros, no de una comunidad, sino de muchas. Tienen distintos gustos, estéticas, definiciones de buena vida, buen gobierno, buen patriota, buen político. Esta pluralidad de posiciones y formas de vida chocan, se debaten, se discuten pero jamás se homogenizan. En el campo político, esta heterogeneidad cultural, social y política se expresa en la existencia de los diversos partidos. Y son ellos justamente los grandes ausentes en la propuesta del Estado Comunitario.
Paradojas de la acción política
Pero ya se ha dicho: a pesar de que la estrategia presidencial no busque revitalizar a los partidos, podría desembocar en esto. Ya que las iniciativas uribistas se dan en un contexto con más capital democrático del que están dispuestos a reconocer muchos de los críticos del régimen político colombiano.
Uribe, al ser hombre de convicciones fuertes con un programa de Estado, repolitizó el ámbito electoral y partidista. En una situación de polarización social y política, el discurso articulado del Presidente ha forzado a sus adversarios a afinar argumentos y a confrontarse alrededor de posiciones políticas de fondo. Algunas de las corrientes partidistas, hasta hace poco sumidas en componendas clientelistas y sumatorias electorales, han empezado a sacudirse y a pensar en términos de programas, ideologías y convicciones. Por un lado tenemos a los liberales antiuribistas preocupados justamente por la suerte de los partidos; por otra parte están los uribistas aliados con corrientes conservadoras, empeñados en recuperar la seguridad perdida, así sea a costa de las garantías democráticas; y por otro lado se encuentran el Polo Democrático y el Frente Social en conversaciones, con el fin de encontrar las bases programáticas de una fuerza de izquierda unificada.
Este germen de bancadas puede venirse al traste debido al embate de las redes de narcotraficantes en alianza con el paramilitarismo, que constituyen un adversario poderoso y sin escrúpulos. Si el Presidente Uribe y su bancada en ciernes quieren estar a la altura del momento político, deben claramente deslindarse de este sector y demostrar sus lealtades democráticas en un proyecto de justicia y paz que no envíe el nefasto mensaje de que las balas y el terror pagan, tanto en términos económicos como políticos. De no ser así, Colombia perdería lo que ha avanzado políticamente hasta el momento y el futuro de la democracia misma estaría en riesgo.
*Profesora del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (Iepri) de la Universidad Nacional de Colombia
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