UNP No. 74
Título : Continuidad y cambio
Autor : Alfonso Rincón González
Sección: Internacional
Fecha : Mayo 1 de 2005 |
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Como Prefecto de la Congregación para la Fe, y dada su cercanía a Juan Pablo II, Ratzinger acumuló el capital político necesario para ser elegido. Es el Papa 265 en la historia de la iglesia católica.
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Continuidad y cambio
Si bien de Benedicto XVI se espera que continúe la obra pontificia de Juan Pablo II en términos de paz y derechos humanos, deberá responder a miles de católicos que reclaman de la Iglesia más atención a los grandes problemas sociales.
Alfonso Rincón González*
Lo vimos presidiendo el funeral más grandioso de la historia y también la misa que inició el cónclave; su homilía trazó unas líneas programáticas de lo que debería ser el próximo papa; lo vimos finalmente en la logia de la basílica de San Pedro proclamado como nuevo pontífice, bajo el nombre de Benedicto XVI, nombre lleno de significado.
Desde la época del Concilio Vaticano II nos habíamos acostumbrado a su figura, cuando con sólo 35 años se convirtió en perito del Concilio como consultor del cardenal de Colonia, Joseph Frings, del ala progresista. Tuvo relación con los más destacados teólogos católicos de entonces, Hans Küng, Edward Schillebeeckx, Johann Baptist Metz, Karl Rahner, B. Häring, Yves Congar, Henri de Lubac, Urs von Balthasar, y siempre ha sido considerado como un teólogo, tímido y virtuoso, de excepcionales cualidades intelectuales.
En 1965, al hablar de la tarea del catolicismo después del Concilio, afirmaba: "El rodear de muros su pequeño mundo, cosa que ha durado demasiado tiempo, no puede salvar a la Iglesia, y no es digno de una Iglesia cuyo Señor murió fuera de las puertas de la ciudad". Luego lo vimos, sucesivamente, como profesor universitario, arzobispo de Munich, cardenal, prefecto de la Congregación de la Fe, mano derecha del papa, guardián intransigente de la ortodoxia, crítico implacable de la Teología de la Liberación, uno de los autores claves del Catecismo de la Iglesia Católica, conocedor profundo de la curia romana, autor de numerosos libros y documentos en los cuales la confrontación entre la tradición y el progreso, entre lo clásico y lo moderno aparece como una preocupación permanente.
Después de haber sido miembro de la revista progresista Concilium, participa en la fundación de la revista Communio y asume una actitud crítica frente a lo que denomina "caminos equivocados -en la interpretación del Concilio- que han conducido a consecuencias indiscutiblemente catastróficas". Su entrevista con Vittorio Massori en 1985, así como sus numerosos documentos y actitudes conservadoras en el ejercicio de su cargo, permiten conocer sus opiniones críticas sobre temas fundamentales del Concilio, sobre el pensamiento de numerosos teólogos y sobre visiones contemporáneas del hombre y la sociedad.
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La vuelta a una profunda espiritualidad interior del creyente, es una de las apuestas del nuevo sucesor de Pedro. |
Los caminos del cambio
Benedicto XVI acompañó muy de cerca, durante todo su pontificado, a Juan Pablo II, y al iniciar su servicio como nuevo Papa ha subrayado su fidelidad al legado de aquél. Eso significa que continuará el trabajo a favor de la paz, de los derechos humanos, de la justicia internacional, del diálogo con las religiones, en particular con el Islam, y seguirá impulsando un diálogo constructivo con las iglesias cristianas. Toda la riqueza contenida en el programa de inculturación del Evangelio exige romper el marco eurocéntrico para abrirse a una visión más plural de las expresiones de la fe cristiana. Él conoce muy bien las consecuencias que se derivan de las afirmaciones y las intuiciones de la carta apostólica Novo milenio ineunte, donde se apoya la vuelta a la reforma iniciada por el Vaticano II y donde se afirma que sin una reforma espiritual y estructural, la Iglesia no podría hacer frente a los desafíos del nuevo siglo.
Hay puntos que están en las preocupaciones de numerosos católicos y que reclaman la atención del Papa, desde una nueva perspectiva; no ya la del Prefecto de la Congregación para la Fe, Joseph Ratzinger, sino la del padre y pastor universal de toda la Iglesia, Benedicto XVI, atento a las necesidades y a los clamores de la comunidad eclesial. Ésta reclama más participación de los laicos, hombres y mujeres, más colegialidad en el gobierno con los obispos, más voz para las iglesias locales, más atención a los grandes problemas sociales: la pobreza, el hambre, el desempleo, el desplazamiento, la injusticia en la distribución de los bienes, la dignidad del trabajo, el amor preferencial por los pobres y marginados, la ética sexual, entre muchos otros.
Al nuevo Papa se le plantea el desafío de recuperar la esperanza de todos los miembros de la Iglesia, mostrando una iglesia de llamada más que de autoridad, haciendo una invitación al seguimiento del Sermón de la Montaña más que al discurso normativo sobre todo lo divino y lo humano. El fracaso espiritual que se experimenta hoy en numerosos ambientes cristianos y que se deja ver en los que abandonan la Iglesia silenciosamente, sin ruido, no se debe exclusivamente a las corrientes ideológicas del mundo moderno. Quizás se debe a que la doctrina y el culto que la autoridad ha cultivado en el transcurso de los siglos están más marcados por preocupaciones legales y jurídicas que por favorecer entre los católicos la responsabilidad personal, la formación de una conciencia adulta. La disciplina no puede ocupar el lugar del pensamiento, ni exigir la renuncia a lo que pertenece al corazón de la vida, sin discutir a fondo sobre lo que está en juego.
Al escoger el nombre de Benedicto seguramente pensó en Benito de Nursia, fundador del monaquismo y cuya regla contribuyó a la formación de una conciencia colectiva, de un patrimonio común de tradiciones e ideales. El nombre que el Papa se dio puede significar un programa: trabajar por la recuperación del hombre interior, del servicio al mundo, de una evangelización fundamentada en el testimonio, la compasión y la acogida. Tomar este camino implica cambiar muchas cosas en la vida interior y exterior de la Iglesia. Aquí, en este mundo, decía Newman, "vivir es cambiar y ser perfecto es haber cambiado a menudo".
Cada uno de los últimos papas, con personalidades distintas, se distinguieron por gestos llenos de significado: Juan XXIII abrió las ventanas para que entrara aire nuevo en la Iglesia; Pablo VI dio al Patriarca Atenágoras el abrazo del reencuentro; Juan Pablo II dejó en el muro de las lamentaciones el mea culpa por los errores cometidos por la Iglesia. Qué gozo produciría ver que Benedicto XVI, el teólogo, como Pedro, principio de unidad de la Iglesia, y conforme a lo expresado en la homilía de la inauguración de su pontificado, invitase a su mesa a hijos de la Iglesia que fueron marginados por la Congregación que él presidió, por razón de sus ideas, sus sueños e incluso por sus errores.
El reto del Papa consiste en asegurar la continuidad y el cambio, cambio tanto más importante cuanto por más tiempo ha sido rechazado. T.S. Eliot, en los Cuatro Cuartetos escribió: "Para alcanzar lo que no eres todavía, debes andar por el camino por el que no vas".
* Sacerdote, filósofo Ph.D. y profesor jubilado del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia.
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