UNP No. 74
Título : ¡Es el petróleo, estúpido!
Autor : Paul Rogers
Sección: Economía
Fecha : Mayo 1 de 2005 |
¡Es el petróleo, estúpido!
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La economía mundial dependerá, cada vez en mayor proporción, del petróleo más limpio y barato del Golfo Pérsico. |
Washington no lo entiende todavía, pero en la región del Golfo Pérsico esta opinión es más clara que el agua: la geopolítica del petróleo es el motor de la estrategia militar de los Estados Unidos en Irak.
Paul Rogers*
La guerra de Irak, iniciada hace poco más de dos años por la coalición dirigida por los Estados Unidos, todavía está avergonzando fuertemente a sus dos principales protagonistas. En el Reino Unido continúa la controversia en torno a la asesoría legal dada al gobierno de Tony Blair, en vísperas de la guerra por su principal funcionario judicial, el fiscal general del Estado. En los Estados Unidos, políticos y comentaristas de Washington señalan las elecciones iraquíes y la disminución de la actividad insurgente como pruebas que justifican el optimismo, pero éstas no pueden encubrir los enormes costos humanos y financieros de la guerra, sobre todo localmente.
En dos años de guerra y de insurgencia, más de 1.500 norteamericanos han muerto y 11.500 han sido heridos; además, muchos miles han vuelto a su tierra por heridas accidentales, o enfermedades físicas y mentales. Incluso en el contexto del ritmo inferior de los ataques insurgentes tras las elecciones, 222 soldados fueron heridos en las tres primeras semanas de marzo, 82 de ellos de gravedad.
El gobierno de Bush ha sido activo en restar importancia a estas muertes y heridas, y los medios nacionales les prestan poca atención (con la notable excepción de algunos periódicos, como The Washington Post). Al mismo tiempo, los diarios locales de todos los Estados Unidos cubren las historias íntimas de los jóvenes que regresan en ataúdes o recuperándose lentamente de graves heridas (véase Brian Knowlton, "U.S. toll in Iraq starting to hit home" -Las pérdidas de los Estados Unidos en Irak están empezando a afectarlos internamente-, en: International Herald Tribune, marzo 19, 2005).
La opinión oficial de los Estados Unidos sobre la guerra sigue firme: que Saddam Hussein representaba una creciente amenaza, que su derrocamiento le dio la democracia a Irak, y que las consecuencias de la guerra en toda la región son positivas. Este punto de vista minimiza convenientemente otros elementos de la historia reciente, como el apoyo de los Estados Unidos a Saddam contra Irán durante la guerra entre los dos países y a sus ataques más violentos contra los kurdos. En 1988, por ejemplo, la destrucción estadounidense, de la mayor parte de las instalaciones modernas de la pequeña marina iraní, ocurrió casi al mismo tiempo que las campañas Anfal de Saddam contra los kurdos en el norte de Irak.
El argumento según el cual la guerra ha ayudado a difundir la democracia en todo el Medio Oriente también implica una revisión de la historia. Donald Rumsfeld, secretario de defensa estadounidense, declaró en estos días que la guerra de Irak habría sido mucho más fácil para su país si Turquía hubiera permitido el paso por su territorio del ejército de Estados Unidos; pero este rechazo fue una decisión del parlamento turco libremente elegido. Existe, por cierto, en el Medio Oriente la sospecha endémica de que si un grupo de estados adoptara plenamente el proceso democrático sin presiones de los Estados Unidos, sus electores pedirían el retiro total de los Estados Unidos de la región y el cese de su apoyo a Israel.
La fiebre del oro negro
El factor más importante que aclara el contraste entre la retórica y la realidad de la guerra, sin embargo, es algo que se discute mucho más en el Medio Oriente que en los Estados Unidos o el Reino Unido. En los estados del Golfo en particular, entre los académicos y los politólogos existe la opinión casi unánime de que el elemento fundamental en los desarrollos de los últimos tres años, mucho más importante incluso que el compromiso de los Estados Unidos con Israel, es el petróleo.
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Los efectos perversos de la desmedida fiebre por el control del "oro negro", no han logrado movilizar masivamente a la opinión pública estadounidense. |
En la campaña de Bill Clinton para la presidencia, estaban tan convencidos de que ganarían o perderían las elecciones dependiendo de los temas que afectaban el bolsillo de los electores que en las paredes de la sede pusieron en grandes letras el lema: "¡Es la economía, estúpido!". Sustituya "economía" por "petróleo" y esta es la opinión que tiene un eco cada vez más fuerte a medida que uno se aleja de Washington y se acerca al Medio Oriente.
Es tan sorprendente como curioso que esta opinión contraste tan fuertemente con la de muchos analistas occidentales, aunque esto puede estar empezando a cambiar (véase Michael Klare, "Scraping the Bottom of the Barrel" -Raspando el fondo del barril-, en: Asia Times, marzo 23, 2005). Pero si el "factor petróleo" se aproxima más al centro de la discusión política en Occidente, se deben distinguir dos aspectos, a largo y a corto plazo, si se quiere comprender realmente el motivo de la política estadounidense en la región.
En 2002 y 2003, los opositores de la guerra recalcaron la opinión según la cual su objetivo era permitir que las compañías estadounidenses se apoderaran de los campos petroleros iraquíes, y obtuvieran así gigantes ganancias. Se pensaba que el motivo clave de la estrategia de los Estados Unidos era el enorme poder de cabildeo de las petroleras transnacionales.
Tuviera o no este cabildeo un efecto directo, el resultado de la guerra de Irak ciertamente fue "bueno" para la industria del petróleo. Compañías como Halliburton han tenido inmensas ganancias en Irak, y actualmente las petroleras mismas gozan de una excepcional rentabilidad.
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Si bien luego de las elecciones en Irak de enero pasado, el número de acciones violentas ha disminuido en el país árabe, no se puede llamar a engaños respecto de los propósitos que precipitaron la guerra. |
Al mismo tiempo, el presente éxito financiero de las compañías petroleras tiene solo una relación indirecta con Irak y sigue la bien conocida pauta de los aumentos del precio del petróleo de 1973 a 1974, y de 1989 a 1990. En cualquier periodo de súbito aumento de los precios, las transnacionales son expertas en trasladarle los aumentos al consumidor. La práctica consiste en transferir los aumentos en el precio "en boca del pozo" a los consumidores en un máximo de un mes después de que se den esos aumentos. Las compañías tienen en reserva tal vez cien días de oferta al precio anterior; mientras el oro negro fluye a través del complejo sistema de depósitos de gran capacidad, buques petroleros que surcan los mares, refinerías y estaciones de gasolina, obtener ganancias de las ventas mientras los precios permanecen altos, es la orden del día.
Estas condiciones de bull market -periodos de precios crecientes en un mercado alcista- son siempre buenas para las compañías de recursos naturales. Pero el asunto clave en la región del Golfo no es cíclico sino estructural: una tendencia a largo plazo hacia una dependencia progresivamente mayor de la economía mundial en el petróleo del Golfo. Es algo que se mide en término de décadas, no de meses.
La región del Golfo posee cerca de dos terceras partes de las reservas de petróleo del mundo, y se sigue encontrando más, al contrario de lo que sucede en los campos petroleros de los Estados Unidos, el Mar del Norte y otras partes que están en declive. Además el petróleo del Golfo es de alta calidad, fácil de extraer y muy barato, mucho más incluso que el de las reservas bastante más pequeñas de la hoya del mar Caspio. En el corto plazo, la explotación intensa de las reservas en África y América del Sur, junto a la perforación en Alaska, puede aliviar la demanda de importaciones de Estados Unidos, pero la tendencia a largo plazo es toda a favor del Golfo.
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Yacimientos, medios de transporte, y canales de abastecimiento petroleros, piezas de un rompecabezas geopolítico que sigue copando las agendas internas de las potencias mundiales. |
Además, como si esto fuera poco, no son solo los Estados Unidos los que necesitan petróleo. Europa, China y los "tigres" de Asia Oriental, y cada vez más la India, son enormes importadores de crudo; van a necesitar cada vez más petróleo del Golfo a medida que éste se va convirtiendo en "la" región exportadora del oro negro del mundo. Esta clase de razonamiento fue lo que llevó a los recientes acuerdos de largo plazo de Irán con China, y hace que estos países (junto a Japón) se preocupen profundamente ante su creciente dependencia de energía en el petróleo del Golfo.
Esta clase de juicio sugiere que cualquier retórica sobre el compromiso de los Estados Unidos con la democracia sea marginal y solo pertinente si asegura el aumento de la influencia de los Estados Unidos, apoyados por sus poderosas fuerzas militares. Se considera, en pocas palabras, que Washington se encuentra en un proceso a largo plazo de control de la región, en un momento de intensa competencia con China e India por influir en los recursos de petróleo del mundo. A su turno, esto es crucial para el futuro del "nuevo siglo americano".
Quizás para finales de la década, la opinión de que la guerra de Irak de 2003 fue esencialmente motivada por el petróleo será común entre los analistas occidentales. y que se olvide el hecho de que en ese momento fue casi considerada como una herejía académica. De ser así, será un caso en el que los ideólogos occidentales adopten con gran retraso una idea enraizada en el Medio Oriente, cuyos propios expertos desde hace mucho han reconocido que esta es de verdad la "gran presa" de principios del siglo XXI.
Publicado por la Universidad Nacional de Colombia con propósitos pedagógicos y bajo licencia académica de openDemocracy. Traducción de Nicolás Suescún.
* Profesor de Estudios sobre la Paz en la Bradford University y editor de Seguridad Internacional de openDemocracy; consultor del Oxford Research Group. La segunda edición de su libro Losing Control acaba de ser publicada.
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