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UNP No. 73
Título : La música del azar
Autor : Francisco Montaña Ibáñez
Sección: Literatura
Fecha : Abril 10 de 2005
La música del azar

Paul Auster.
Archivo.

La huida, como nueva dimensión del cuerpo, es el concepto en el cual se centra la novela de Paul Auster, La música del azar. Este escritor norteamericano describe, con sencillez, un mundo regido también por el azar, los bruscos cambios de rumbo, las decisiones que cambian una vida de golpe y la búsqueda de un camino.

Francisco Montaña Ibáñez*

Si alguna vez la historia de las artes y de la perspectiva sobre ellas se escindió por la aparición de la mirada del transeúnte, pareciera ser que en los últimos años el traslado físico del cuerpo procura alcanzar una nueva dimensión: la huida.

Esto, efectivamente viene siendo objeto de diversas narraciones que recorren la literatura y el cine del siglo XX y seguramente de las artes narrativas de la modernidad, empezando por el tan nombrado en estos días, hidalgo Alonso Quijano. Se trata de individuos saturados por la identidad que les permite el mundo en el que viven, que se lanzan a lo otro, sea cual sea la idea de lo otro que se pueda encontrar. Esta alternativa ha tenido brillantes exponentes en el cine. Es fácil recordar muy a propósito El pasajero de Michelangelo Antonioni, Terciopelo azul de David Lynch, e incluso podría mirarse dentro de esta categoría el reflexivo cine del sueco Ingmar Bergman, haciendo muy breve la lista. Son pues seres humanos volteados, que en su revés buscan, huyen de lo que son, de lo que han conseguido, de los otros, e inútil y trágicamente de sí mismos.

Y en efecto eso es lo que aparece de manera particular en esta novela La música del azar del norteamericano Paul Auster. Aunque pareciera ser un tema recurrente en sus libros, en éste, Jim Nashe, literalmente, se lanza hacia fuera de sí mismo. Y ese camino lo recorre en un auto nuevo, un "Saab" rojo, que circula por la carreteras de los Estados Unidos durante algo más de un año, confirmando que la velocidad era la esencia, el goce de sentarse y lanzarse hacia delante a través del espacio, que en movimiento y sólo en el perpetuo no detenerse, podría encontrarse sino la paz, sí la quietud.

Así es como esta huida de su feliz empleo de bombero -que ha podido realizar con placer y orgullo-, de su hija a quien teóricamente ama, de su familia, y de lo que podría llamarse su espacio vital, se convierte poco a poco en un viaje de encuentro si no con sí mismo, sí con su destino. Particularmente, en esto consiste la tragedia del personaje, en que al alejarse se acerca, se despoja, se limpia. Y esta suerte de limpieza que todo lo soporta, esta suerte de estoicismo para el que nada importa, ni el sacrificio mismo, estado de ánimo en que se encuentra sumergido el personaje, es lo que Auster explota con maestría.

Nos sumergimos así en una intensa y viva narración a través de la cual vamos descubriendo el inverosímil mundo que se hace posible cuando Jim Nashe se desata. Dos jugadores de lotería que al cabo de los años ganan el gran gordo, 20 millones de dólares y se dedican a usarlos como mejor les parece. Por supuesto, se hacen cada vez más ricos y sus gustos son cada vez más complicados: "Cultivamos nuestros intereses, nuestras pasiones, el jardín de nuestras mentes (.) Si no hay pasión en tu vida no vale la pena vivir". Así, uno de ellos dedica sus mejores esfuerzos a construir la Ciudad del Mundo que es al mismo tiempo su autobiografía y la utopía de su propia vida, "un lugar donde el pasado y el futuro se juntan", donde se ha representado a sí mismo desde niño, hasta el momento en que compra con su compañero el tiquete ganador de la lotería, donde "el mal sigue existiendo, pero los poderes que gobiernan la ciudad han encontrado la manera de transformar ese mal nuevamente en bien", un lugar, además tautológico pues su creador piensa representarse a sí mismo realizando la representación. "Si hiciera la maqueta de la maqueta, teóricamente tendría que hacer otra maqueta aún más pequeña, una maqueta de la maqueta de la maqueta" y así pasar por la encrucijada de la representación en la modernidad. Su compañero, se dedica a los objetos antiguos y además de una colección demencial de objetos, su pasión (y su dinero) lo llevan a comprar un castillo irlandés del siglo XV, desmontarlo piedra a piedra y llevarlo en buque hasta "nuestra finquita en los montes de Pensilvania".

Y es contra ellos que Nashe y Jackpot (premio gordo), a quien conoce "el tercer día del décimo tercer mes", tendrán que enfrentar sus caminos en una de las mejores partidas de naipes escritas en los últimos tiempos.

Magistralmente, la paradoja planteada del personaje que se aleja, se adelgaza, se simplifica y se acrisola moralmente (y se radicaliza por supuesto), concluye con un increíble sometimiento, doloroso e increíble, como si sólo en la sumisión, en el control exterior del tiempo, el ser humano pudiera encontrar sosiego, quietud; sometimiento que por su brutalidad termina en la única rebelión aún posible frente al marasmo y el desastre que se levanta sin cesar.

Lejos de ser una novela intelectual, como posiblemente pareciera, se trata al contrario, de una historia apasionante, escrita con simpleza y que sin la menor duda, atrapará a los lectores amantes de las novelas policíacas.

Auster, este particular y cada vez más mítico escritor contemporáneo, combina en una prosa sólida y transparente dos elementos presentes en su formación: la intelectualidad francesa, ese refinamiento racional que lleva a la delicadeza del análisis y también seguramente a la encrucijada que esa finura revela en el mundo contemporáneo, característica tal vez adquirida durante los años que vivió en París trabajando como negro literario (vendía historias para que fueran publicadas a nombre de un autor reconocido y taquillero); y por otra parte, el dominio claro de la técnica narrativa que lo pone al lado de grandes escritores coterráneos suyos, como Dos Passos y Caldwell, por no ahondar en la comparación, y que le permite acelerar y detener el ritmo, trazar elipsis, líneas abiertas, miradas a ninguna parte que le dan al lector la curiosa sensación de que el texto se construye bajo su mirada, asunto del todo imposible dada la exactitud y solidez de la estructura de esta novela.

Por último, falta decir que se trata de una buena traducción, que consigue atravesar los neologismos peninsulares (el Saab no es un carro sino un coche, y una prostituta dice: "El gordo me soltó una pasta por esto y yo vine aquí pensando que iba a follarme a los dos") y transmite un ambiente continuo y sólido a un ritmo de vértigo.

* Director Nacional de Divulgación Cultural de la Universidad Nacional de Colombia.