UNP No. 73
Título : Juan Pablo II y la democracia
Autor : Neal Ascherson
Sección: Internacional
Fecha : Abril 10 de 2005 |
Juan Pablo II y la democracia
Durante su larga vida, el papa polaco, Karol Wojtyla, estuvo en la vanguardia de la lucha por la libertad. Pero, ¿cuál fue la posición sobre la democracia de esta imponente figura durante sus 26 años en el Vaticano? El distinguido escritor Neal Ascherson analiza su ambiguo legado.
Neal Ascherson*
A los oficiales de los ejércitos les enseñan dos formas de comandar una brigada o una división en el campo de batalla. Una es el "control directivo", que quiere decir establecer órdenes generales y prioridades absolutamente claras para que los oficiales de rango inferior las lleven a cabo. La otra es el "comando orden". A este se le llama a veces "comandar desde el frente", o, más ofensivamente, una obsesiva interferencia en los detalles. En la práctica del comando orden el general ejerce un control minuto a minuto para asegurarse de que sus órdenes se lleven a cabo con precisión, y en cualquier momento puede súbitamente anular las órdenes dadas por un subordinado.
La iglesia católica se parece a un ejército en muchas formas. Pocos papas tienen, sin embargo, las cualidades de un oficial superior. La tradición es que no aclaren sus órdenes generales y que tampoco interfieran con los prelados que, en el ámbito operacional, están tratando de que el espectáculo siga de gira.
El papa Juan Pablo II, al contrario, era un guerrero comandante. Inició su largo pontificado en 1978 con dos percepciones, que requerían una acción ofensiva. La primera era que la iglesia se encontraba en medio de un desastre organizativo que, de permitir que la disciplina se deteriorara aun más, entraría en una etapa de desintegración final. La segunda era que el mundo estaba en guerra. Se trataba de un conflicto de dos frentes contra el materialismo: un frente contra el marxismo ateo y el otro contra la fuerza atomizadora y desmoralizadora del capitalismo de mercado libre.
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Diplomático de una fe en crisis, Juan Pablo II, animó con su presencia el dormido espíritu confesional de la Cuba castrista.
Fotos Archivo. |
Ningún papa en la historia reciente había acometido su tarea con igual energía y entusiasmo. Pero como la mayoría de los generales, Karol Wojtyla no era un alumno modelo de colegio militar. Al principio, sobre todo, practicó algo el control directivo, pero no tardó en verse incitado a protagonizar una serie de episodios de órdenes comando que horrorizaron a los intelectuales católicos. El desacuerdo fue tratado como herejía, ya fuera el de teólogos individuales o el de órdenes enteras. A la inversa, promovió y favoreció a algunos grupos laicos de verdad horripilantes o a rústicos taumaturgos (el Opus Dei o el padre Pío) que no representaban ninguna amenaza para la estructura de mando. La respuesta de Juan Pablo al diluvio de revelaciones sobre el abuso sexual de niños por el clero católico fue nada típicamente débil, quizás porque ya estaba viejo y enfermo cuando empezó a salir a la luz la verdadera dimensión de este horror.
Su campaña para restaurar la autoridad y la disciplina de la iglesia fue ciertamente espectacular. Pero no es claro que lograra más que la resignada obediencia de miles en la jerarquía que esperaban por dentro a un nuevo pontífice menos autoritario. Igualmente transitorio, es posible predecirlo, resultará ser su tremendo esfuerzo por mantener la línea tradicional sobre los asuntos "sexuales": el divorcio, el aborto, la contracepción, el celibato del clero y la ordenación de mujeres. Hablaba con pasión sobre los pobres del mundo y su explotación por los ricos. Pero su rígido conservatismo respecto a la contracepción en la época del VIH/sida, y su supresión de cualquier indicio de "teología de la liberación", sugieren que su comprensión de la realidad en los continentes pobres a menudo era débil.
El papa y la democracia
Mucho se ha dicho y repetido sobre su supuesto "fracaso en comprender" el carácter de la sociedad liberal occidental. En realidad, entendía la dinámica social de Europa occidental o Norteamérica, pero le disgustaba lo que allí veía. A cambio, sentían aversión hacia él, y a veces lo detestaban los reformadores dentro o fuera de la iglesia que también se escandalizaban ante el materialismo de sus propias sociedades pero que solo podían ver su rechazo a la liberalización de la iglesia como un autoritarismo brutal y reaccionario.
En su primera visita a los Estados Unidos, Juan Pablo II se enfrentó a una generalizada e impresionante campaña para que reconsiderara la ordenación de mujeres. La campaña produjo evidencias (no sé qué tan sólidas) proponiendo que una mayoría de los católicos estadounidenses estaban a favor de este cambio. Al papa no lo impresionaron para nada estas razones. Un columnista insinuó, después, que había sido la primera figura mundial en sugerirle al público estadounidense que los deseos de la mayoría no siempre implicaban su satisfacción.
Esto nos trae a la cuestión de su actitud ante la democracia. Estaba a favor de ella, por lo menos en cuanto una mejora ante lo que había vivido. Tenía reservas sobre el comportamiento de los políticos profesionales elegidos y los partidos políticos, pero estas eran dudas compartidas por todos los demócratas inteligentes. Además, ese actuar era enormemente superior al de los políticos no elegidos en los estados de partido único. Aunque ciertamente no creía que la vox populi era la vox Dei. Las personas pedían cosas que no debían tener o acusaban falsamente a los inocentes; y atribuir la infalibilidad a una forma particular de gobierno era una idolatría (a no ser, claro está, que se tratara del trono de San Pedro). En pocas palabras, aunque su estilo como papa era altamente autoritario, esto no lo llevó a apoyar las políticas autoritarias. Uno de sus más cercanos amigos, con el que parece haber pasado muchas tardes agradables era el difunto Sandro Pertini, presidente de Italia, viejo socialista y luchador partisano antifascista.
Karol Wojtyla ciertamente apreciaba la pompa histórica, y en su visita a Canterbury en 1982, quedó enormemente impresionado por el esplendor y el ceremonial real con el que lo recibió la iglesia de Inglaterra. Pero no tenía nada de esa repulsiva añoranza del viejo catolicismo por las sociedades jerárquicas "ordenadas" en las que los aristócratas y los funcionarios protegían a los inocentes campesinos contra los socialistas y los judíos. Al contrario de algunos de sus predecesores, era inmune a los dictadores devotos y -para gran alarma de la burocracia vaticana- le preocupaban intensamente el judaísmo, el pueblo judío y la desastrosa historia del antisemitismo de la iglesia.
Karol Wojtyla se llamaba a sí mismo "peregrino". Viajó incesantemente, incluso cuando su constitución de alpinista se había finalmente quebrantado, y se enfrentó a incontables multitudes, a menudo de millones, en casi todos los países de la tierra. Pero cuando las contemplaba preguntándose qué deseaban, "democracia" tal vez no era la primera palabra que se le ocurría. Pensaba en los seres humanos, o por lo menos en sus requisitos sociales, en términos de derechos y, sobre todo, en términos de "libertad". Después de haber asegurado sus derechos y su libertad, el pan y la democracia probablemente podían ser los siguientes puntos en la agenda. Pero este segundo par de puntos no eran realmente asuntos del reino de Dios y de su representante en la tierra; los primeros claro está que lo eran.
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26 años de pontificado, en los que visitó 129 países, le permitieron a Karol Wojtila, convertirse en una figura emblemática del mundo espiritual contemporáneo.
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El papa y Polonia
Aquí la procedencia polaca es de suma importancia para comprender la mente de Wojtyla. Fue criado dentro de una tradición conservadora y nacionalista, todavía inmersa en la mitología cautivante de la larga lucha de Polonia por recuperar la independencia. En el centro de esta ideología se hallaba la mitología decimonónica del "mesianismo". Polonia era presentada como la reencarnación colectiva de Jesucristo, destinada a ser crucificada, a descender a la tumba y a la resurrección en la gloria para redimir a las naciones por su sacrificio. Huellas inconfundibles de este mesianismo nacional recurren en los espléndidos ciclos de sermones de Wojtyla (mucho mejor escritos que sus dramas y poesía de segunda). Y esta influencia lo marcó con una síntesis peculiarmente polaca del patriotismo y la teología.
Para Karol Wojtyla, la creación humana de Dios estaba compuesta por tres círculos concéntricos: el individuo, la familia y la nación: cada uno obra de Dios, y cada uno sagrado. El tirano que levantaba su espada contra la nación cristiana era tan blasfemo como cuando la levantaba contra una familia cristiana o una mujer o un hombre cristianos. Era por eso que en sus peregrinaciones se arrodillaba para besar piadosamente la tierra al llegar a una nueva nación.
Su primera visita a Polonia como papa, en 1979, abrió un fatal boquete en la credibilidad del régimen comunista. Solidaridad surgió al año siguiente y, aunque fue temporalmente aplastada en 1981, pronto fue claro que el boquete bajo agua se estaba extendiendo a todos los demás regímenes del "imperio exterior" soviético.
(Según una leyenda cariñosamente cultivada, en septiembre de 1980, cuando parecía inminente una invasión soviética, el Papa le habría advertido al líder soviético, Leonid Brezhnev, que si Polonia era atacada trasladaría el papado y el Vaticano a Cracovia. Hasta este momento, no hay prueba alguna de la veracidad de esta historia).
La "peregrinación" de 1979 fue el primer evento en un proceso que terminó diez años después en Varsovia y Praga, y con la caída del muro de Berlín. Pero entre las palabras que iniciaron el proceso no estaba "democracia". Dichas ante un millón de personas junto a la tumba del Soldado Desconocido, eran de este tenor: "La exclusión de Cristo de la historia de la humanidad es un acto contra el ser humano (.) No se puede comprender al hombre fuera de la comunidad constituida por la nación (.) Por tanto, sin Cristo es imposible comprender la historia de la nación polaca, esta gran comunidad milenaria tan profundamente decisiva para mí y para cada uno de ustedes (.) Sin Cristo es imposible comprender esta ciudad, Varsovia, la capital de Polonia, que en 1944 emprendió desigual batalla contra el agresor, batalla en la que fue abandonada por los poderes aliados".
El papa Juan Pablo II veía la democracia casi en la misma forma como veía la libertad: como un medio para un fin.
Estaba hablando sobre la libertad, no sobre la democracia. Aquella incluía la libertad nacional de la represión extranjera o manejada desde el extranjero; una libertad cultural en la que "Polonia pudiera ser Polonia"; y una libertad espiritual de la débil pretensión de ateísmo del régimen. Y sucedió que esa libertad fue establecida al año siguiente con la forma más radical de democracia: una revolución sindical basada en el control de la producción por los trabajadores a través de comités elegidos de autogerencia. Esto no le molestó a Wojtyla en lo más mínimo, porque el sindicato Solidaridad desde el principio celebró con misas diarias su lucha por los derechos de los trabajadores.
El papa y la libertad
Pero en el fondo veía la libertad más como un medio que como un fin. Porque el punto teológico de la libertad era que liberaba el derecho del individuo a ser respetado como individuo, y a restaurar el derecho de hombres y mujeres de escoger el paso correcto a seguir: "Un ser humano es un ser libre y razonable. Él o ella es un sujeto consciente y responsable. Él o ella puede y debe, con el poder de su pensamiento personal, llegar a conocer la verdad. Él o ella puede y debe escoger y decidir".
No hay nada nuevo en esta visión de los derechos y la libertad, que la teología católica había desarrollado siglos antes de que el presidente Carter introdujera el inventario de los derechos humanos en las relaciones internacionales, o antes de que el consumismo adoptara un lenguaje litigante de los derechos sugiriendo que todo el mundo tenía derecho a ser bello e inmortal. A pesar de todo, el impacto del énfasis de Wojtyla en los derechos y la libertad le debió algo al momento. Fue escogido como papa solo tres años después de que el gobierno de Carter erigiera los derechos humanos en uno de los temas básicos del "proceso de Helsinki", que trató de superar los peligros y los perjuicios de la Guerra Fría.
Este impacto fue más fuerte en los países oprimidos y más débiles del "mundo libre". Karol Wojtyla tuvo el don de darle a cada miembro de una multitud -a menudo súbditos de regímenes que durante años los habían tratado como gránulos en la formación de un compuesto social- un sentido de ser reconocido como un único e irremplazable individuo. Esta súbita revelación de valor y dignidad era sobrecogedora; al seguir algunas de estas peregrinaciones, a menudo vi cómo se manifestaba con lágrimas y un impulso a abrazarse.
¿Se trataba solamente de un truco de orador, del don de hacer que cada oyente pensara que le hablaba solo a él o a ella? Creo que era algo más. Este papa, que alguna vez había trabajado con sus manos y cuyo obispado incluía a Auschwitz, comprendía la desesperada necesidad humana de ser comprendidos como personas. Este es el derecho al respeto, incluso al amor propio, un derecho que sigue al derecho a la vida.
¿Es este amor propio, transformado en respeto mutuo, una condición previa de la democracia? A menudo ha resultado ser una condición previa de la libertad. Como hemos visto en las revoluciones "suaves" desde Praga hasta Kiev y Kirguistán, la libertad se obtiene hoy en día más con una obstinada confianza en sí mismos de los rebeldes que con sangre y barricadas. ¿Pero la democracia?
Yo sostendría que el papa Juan Pablo II veía la democracia -plural y/o abierta- casi en la misma forma como veía la libertad: como un medio para un fin. Apreciaba la libre escogencia como la expresión de un ser moral, no de un consumidor o de un elector, y dudo de que propiciara el amor propio para crear votantes más respetables. Su fin, del que libertad y tal vez la libertad eran medios, era mucho más sencillo y mucho más viejo: conservar abierta la posibilidad del libre albedrío, la alternativa de escoger a Dios. El hombre, Karol Wojtyla, era, después de todo, papa.
Publicado por la Universidad Nacional de Colombia con propósitos pedagógicos y bajo licencia académica de openDemocracy. Traducción de Nicolás Suescún.
* Periodista y escritor. Durante muchos años fue corresponsal extranjero del Observer (de Londres). Entre sus libros se cuentan The Struggles for Poland (Las luchas por Polonia, 1988), Black Sea (Mar Negro, 1966), y Stone voices: the search for Scotland (Voces de piedra: la búsqueda de Escocia, 2003).
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