UNP No. 72
Título : Las peores injusticias de la vida son las que matan
Autor : John Berger
Sección: Ensayo
Fecha : Marzo 20 de 2005 |
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Con el término, "pobres almas", el escritor ruso Andrei Platonov se refería a "aquellos que han sido despojados de todo"; así, "sólo quedaba su alma, es decir, su capacidad de sentir y sufrir".
Tomadas de "How the Others Lives", Jacob A. Riis
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Las peores injusticias de la vida son las que matan
El periodista, novelista, crítico de arte, pintor y poeta inglés John Berger escribe diez mensajes "no solicitados" sobre la pobreza, el deseo, las historias y el regalo del futuro al presente.
John Berger
Novelista, pintor e historiador de arte, ha producido un número importante de novelas, entre ellas G. (1971) mercedora del England's Booker Prize y del James Tait Black Memorial Prize. Su último libro de ensayos es The Shape of a Pocket.
1
El viento se levantó en la noche y se llevó nuestros planes.
(Proverbio chino)
2
Los pobres no tienen residencia. Tienen hogares porque recuerdan a sus madres o abuelos o a una tía que los crió. Una residencia es una fortaleza, no una historia; mantiene a raya lo sal-vaje. Una residencia necesita paredes. Casi todos los pobres sueñan con una pequeña residencia, como soñando en el descanso. Por grande que sea su hacinamiento, los pobres viven a campo raso, donde improvisan no residencias sino lugares para vivir en ellos. Estos lugares son tan protagonistas como sus ocupantes; tienen sus propias vidas y, al contrario de las residencias, no atienden a otros. Los pobres viven con el viento, con la humedad, las polvaredas, el silencio, los ruidos insoportables (a veces con ambos a la vez. Sí, ¡esto es posible!), con las cucarachas y las hormigas, con animales grandes, con olores que surgen de la tierra, con ratas, humo, lluvia, vibraciones de otras partes, murmullos, atardeceres, y unos con otros. Entre los habitantes y estas presencias no hay claras líneas divisorias. Enredados y confundidos, todos ellos juntos constituyen la vida del lugar.
Estaba atardeciendo; al cielo, envuelto en una fría niebla gris, ya lo estaba cerrando la oscuridad; y el viento, después de pasar el día haciendo crujir el rastrojo y las matas que se habían secado en preparación para el invierno, ahora se acostaba en tranquilos y hundidos sitios en la tierra.
Los pobres son colectivamente inabarcables. No son solo la mayoría en el planeta, están en todas partes y el más pequeño de los hechos nos habla sobre ellos. Por eso es que hoy en día la principal actividad de los ricos es la construcción de paredes: paredes de concreto, de vigilancia electrónica y de pantallas opacas.
3
La mayor parte de las vi-das de los pobres son de pesadumbre, interrumpida por momentos de iluminación. Cada vida tiene su propia tendencia a la iluminación, y no hay dos iguales. (El confor-mismo es un hábito cultivado por los acomodados). Los momentos de iluminación llegan con la ternura y el amor: ¡el consuelo de ser reconocidos y necesitados y abrazados por ser lo que de pronto son! Otros momentos se iluminan con la intuición de que, a pesar de todo, la especie humana sirve para algo.
"Nazar, dime alguna cosa. algo más importante que todo".
Aidym bajó la mecha de la lámpara para gastar menos parafina. Ella comprendía que, puesto que había algo en la vida más importante que todo lo demás, era esencial cuidar bien de todas las cosas que tenían.
"Yo no sé la cosa que realmente importa, Aidym", dijo Chagataev. "No he pensado en eso, no he tenido tiempo. Pero si ambos, tu y yo, nacimos, es porque debe haber algo en nosotros que realmente importa".
Aidym estuvo de acuerdo: "Un poquito que importa. y un montón que no importa nada".
Aidym preparó la comida. Sacó un pan plano de una talega, lo esparció con grasa de carnero y lo partió por la mitad. Le dio a Chagataev la parte más grande, y ella tomó la más pequeña. Masticaron en silencio su comida a la débil luz de la lámpara. En el Ust-Yurt y en el desierto reinaban el silencio, la incertidumbre y la oscuridad.
4
De vez en cuando, la desesperanza se cuela en esas vidas que son en su mayor parte de pesadumbre. La desesperanza es la emoción que sigue a una sensación de engaño. Una esperanza contra la esperanza (lo que está lejos de ser una promesa) se derrumba o la derrumban, y la desesperanza llena en el alma el espacio que antes ocupaba la esperanza. La desesperanza no tiene nada qué ver con el nihilismo.
El nihilismo, en su sen-tido contemporáneo, es negarse a creer en una escala de prioridades que vaya más allá de la búsqueda del provecho, consideradas las ganancias como el objetivo final de la actividad social, de manera que, precisamente se confirme que todo tiene su precio. El nihilismo es la resignación ante el argumento de que el Precio es todo. Es la forma más corrien-te de cobardía humana; pero no una en la que caigan con frecuencia los pobres.
Empezó a sentir lástima de su cuerpo y sus huesos; su madre los había sacado para él de la pobreza de su carne, no a causa del amor y la pasión, no por placer, sino por la más cotidiana de las necesidades. Se sentía como si perteneciera a los demás, como si él fuera la última posesión de los que no tienen posesiones, y estuviera a punto de ser malgastado inútilmente, y la mayor y más vital furia de toda su vida se apoderó de él.
[Unas palabras de explicación sobre estas citas. Son sacadas de las historias del gran escritor ruso Andrei Platonov (1899-1951). Escribió sobre la pobreza que ocurrió durante la guerra civil y des-pués durante la colectivización forzada de la agricultura rusa en la década del 30. Lo que hizo diferente esta pobreza de las anteriores en la historia es que su desolación estaba llena de esperanzas frustradas. Cayó en la tierra, exhausta, se puso de pie, se tambaleó, marchó adelante entre fragmentos de falsas promesas y palabras corrompidas. Platonov a menudo usó el término dushevny bednyak, que quiere decir literalmente "pobres almas". Se refería a aquellos que habían sido despojados de todo, de modo que su vacío interior era inmenso y que en esa inmensidad solo quedaba su alma, es decir, su capacidad de sentir y de sufrir. Sus historias no añaden nada a la pesadumbre que se vive, pero conservan algo. "De nuestra fealdad surgirá el corazón del mundo", escribió a principios de los veinte.
El mundo de hoy está padeciendo otra forma de pobreza moderna. No hay necesidad de citar los datos; son ampliamente conocidos y repetirlos solo serviría para levantar otra pared de estadísticas. Tal vez cerca de un tercio de la población del mundo vive con menos de dos dólares al día. Las culturas locales con sus remedios parciales -tanto físicos como espirituales- para algunas de las aflicciones de la vida, están siendo sistemáticamente destruidas o atacadas. La nueva tecnología y los medios de comunicación, la economía del mercado libre, la abundancia productiva, la democracia parlamentaria, están fracasando, en la medida en que conciernen a los pobres, en el cumplimiento de cualquiera de sus promesas más allá de ciertos bienes consumistas baratos que los pobres pueden comprar cuando roban.
Platonov entendía la ex-periencia de la pobreza moderna mejor que cualquier otro narrador que conozca].
5
El secreto de contar his-torias entre los pobres es la convicción de que se cuentan de modo que puedan ser escuchadas en otras partes, donde alguien, o tal vez una multitud de personas saben, mejor que el narrador o los protagonistas de la historia, lo que la vida significa. Los poderosos no pueden contar historias: los alardes son lo opuesto de las historias, y cualquier historia por benigna que sea no debe tener miedo de nada, y los poderosos de hoy viven nerviosamente.
Una historia remite la vida a un juez lejano, alternativo y más definitivo. Tal vez el juez se encuentra en el futuro, o en un pasado que todavía presta atención, o tal vez al otro lado de la montaña, donde la suerte del día ha cambiado (los pobres tienen que referirse a menudo a la buena o a la mala suerte) y los últimos son los primeros.
El tiempo de la historia no es lineal. Los vivos y los muertos se encuentran dentro de este tiempo como oyentes y jueces, y entre mayor sea el número de oyentes que se piensa están allí, más íntima se vuelve la historia para cada oyente. Las historias son una manera de compartir la creencia que la justicia es inminente. Y por tal creencia, niños, mujeres y hombres lucharán en un momento dado con asombrosa ferocidad. Por eso es que los tiranos temen las historias: todas, en una forma u otra, se refieren a la historia de su caída.
Dondequiera iba, solo tenía que prometer que iba a contar una historia para que la gente lo alojara esa noche: una historia es más fuerte que un Zar. Solo había un problema: si empezaba a contar las historias antes de la comida, nadie sentía hambre y a él no le daban nada de comer. Por lo que el viejo soldado siempre pedía primero un plato de sopa.
6
Las peores crueldades de la vida son sus injusticias que matan. La aceptación de la adversidad de los pobres no es ni pasiva ni resignada. Es una aceptación que mira más allá de la adversidad y que descubre allí algo que no tiene nombre. No una promesa, porque (casi) todas las promesas no se cumplen, sino más bien algo como unos corchetes, un paréntesis en el despiadado fluir de la historia. Y la suma total de esos paréntesis es la eternidad.
Esto se puede expresar al revés: en esta tierra no hay felicidad sin un anhelo de justicia.
La felicidad no es algo que se persiga, es algo que se encuentra, es un encuentro. La mayor parte de los encuentros, sin embargo, tienen una secuela; esa es su promesa. El encuentro con la felicidad no tiene secuela. En él todo es instantáneo. La felicidad es lo que traspasa la pesadumbre.
Pensamos que no quedaba nada en el mundo, que todo había desaparecido hacía mucho tiempo. Y si nosotros éramos los únicos que quedábamos, ¿qué sentido tenía vivir?
"Fuimos a ver", dijo Allah. "¿Había gente en otras partes? Queríamos saber".
Chagataev los comprendió y preguntó si esto quería decir que ahora estaban convencidos sobre la vida y que no volverían a morirse.
"Morir no sirve para nada", dijo Cherkezov. "Morir una vez. uno pensaría que se trata de algo necesario y útil. Pero morir una vez no te ayuda a comprender tu propia felicidad: y nadie tiene la oportunidad de morir dos veces. Así que morir no te lleva a ninguna parte".
7
"Mientras los ricos tomaban té y comían carnero, los pobres estaban esperando el calor y que las plantas crecieran".
La diferencia entre las estaciones, como también la diferencia entre la noche y el día, el sol y la lluvia, es vital. El fluir del tiempo es turbulento. La turbulencia a veces hace más corta la vida: tanto de hecho como subjetivamente. La duración es breve. Nada perdura. Esto es tanto una oración como un lamento.
(La madre) se lamentaba de haber muerto y forzado a sus hijos a llevar luto por ella; de haber podido, habría seguido viviendo para siempre para que nadie sufriera por culpa suya, o que también por culpa suya se consumieran los corazones y los cuerpos que había dado a luz. pero la madre no había podido soportar la vida por mucho tiempo.
La muerte ocurre cuando a la vida no le queda ni un mendrugo por defender.
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"El mundo de hoy está padeciendo otra forma de pobreza moderna", dice Berger, y menos cuando la orfandad es la siembra del futuro.
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"... era como si ella estuviera sola en el mundo, libre de la felicidad y de las penas, y, ya mismo, quería bailar un poco, escuchar música, coger de la mano a otras personas.".
Están acostumbrados a vivir muy juntos, y esto crea su propia sensación espacial; el espacio no es tanto un vacío como un intercambio. Cuando las personas viven una encima de otra, cualquier acción que haga una de ellas repercute en las demás. Repercute física e inmediatamente. Cualquier niño aprende esto.
Hay una negociación espacial incesante que puede ser atenta o cruel, conciliadora o dominante, impensada o calculada, pero que reconoce que el intercambio no es algo abstracto sino un arreglo físico. Sus complicados lenguajes gestual y manual son una expresión de tal espacio compartido. Fuera de las paredes, la colaboración es tan natural como la pelea; las estafas son normales, pero la intriga, que depende de tomar distancias, no es tan común. La palabra "privado" tiene un tono totalmente diferente a cada lado de la pared. En un lado significa propiedad; en el otro, un reconocimiento de la necesidad temporal de alguien de que lo dejen como si estuviera solo por un rato. Cada sitio dentro de las pa-redes es rentable, cada metro cuadrado cuenta; afuera, todo parece estar a punto de caer en ruinas, cada rincón protector cuenta.
El espacio para escoger también es limitado. Escogen tanto como los ricos, tal vez más, porque cada escogencia es más absoluta. La escogencia se restringe entre esto y aquello. A menudo se hace con vehemencia, porque implica la negación de lo que no se ha escogido. Cada escogencia se parece mucho a un sacrificio. Y la suma de sus escogencias es el destino de una persona.
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Ni desarrollo (esta palabra tiene una D mayúscula como artículo de fe dentro de la pared) y ninguna seguridad. Tampoco existen un futuro abierto o un futuro asegurado. No se espera el futuro. Pero hay continuidad; una generación se une a la otra. Por tanto hay respeto a la edad puesto que los viejos son una prueba de su continuidad o incluso una demostración de que una vez, hace mucho tiempo, existió un futuro. El futuro es la lucha incesante por ver si tienen suficiente para comer y la ocasional oportunidad de aprender con la educación lo que sus padres nunca aprendieron.
"Cuando terminaron de hablar, se abrazaron. Querían ser felices de inmediato, ahora, antes de que su trabajo futuro y entusiasta les diera buenos resultados para su felicidad personal y general. El corazón no tolera demoras, se enferma, como si no creyera en nada".
Aquí el único regalo del futuro es el deseo. El futuro induce al arrebato del deseo por sí mismo. El joven es más ardientemente joven que el del otro lado de la pared. El regalo se presenta como un don de la naturaleza en toda su urgencia y supremo compromiso. Las leyes religiosas y comunitarias todavía se aplican. Por cierto que en medio del caos, más aparente que real, estas leyes se vuelven reales. Pero el deseo silencioso de procreación es incontestable y sobrecogedor. Es el mismo deseo que les hará buscar afanosamente la comida para los hijos y luego buscar, tarde o temprano (mejor más temprano que tarde) el consuelo de tirar de nuevo. Este es el regalo del futuro.
10
Las multitudes tienen respuestas para preguntas que no han sido hechas, y la capacidad de vivir más que las paredes. Antes de que te duermas esta noche hazle con dos dedos la línea de su pelo a ella (o a él).
Las citas en este artículo son de Andrei Platonov, Soul (Harvill, 2003); The Portable Platonov (Glas, 1999); y The Fierce and Beautiful World (NYRB, 2000).
Este artículo es publicado por la Universidad Nacional de Colombia con propósitos pedagógicos y bajo licencia académica de openDemocracy. Traducción de Nicolás Suescún.
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