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UNP No.69
Título : Mi escape literario del castigo
Autor : Michael Santos
Sección: Internacional
Fecha : Enero 16 de 2005
Mi escape literario del castigo

Con la extradición de colombianos a Estados Unidos, las cárceles norteamericanas se convierten en centro de atención. Michael Santos mitiga su pena, de 45 años, en la literatura.

"Muchos pensaban que estaban injustamente encarcelados, traicionados por sus cómplices criminales o por lo que pensaban era un sistema vengativo".


Michael Santos*

Poco después de mi arresto en 1989, empecé a pensar en el suicidio. En esa época de debilidad de mi vida, tenía 23 años. Después de haber dirigido un plan para distribuir cocaína durante casi dos años, el gobierno federal me acusó de delitos que podían hacer que pasara el resto de mi vida en una prisión. Esta perspectiva me aterraba.

No importaba que en mi caso no hubiera acusaciones de porte de armas o violencia. Tampoco importaba que no hubiera sido arrestado antes. Nuestro país, los Estados Unidos de América, le había declarado la guerra a cualquiera que tuviera alguna relación con las drogas ilícitas. Como distribuidor de cocaína, yo había tomado una serie de decisiones criminales que me convertían en enemigo del Estado. Una vez capturado, tuve que examinar mi fuerza; encontré que carecía de ella.

"Al contemplar la posibilidad de pasar toda mi vida en una prisión, la muerte me parecía una decisión preferible aunque cobarde".

Yo soy responsable de las malas decisiones de joven adulto, aunque no pensara claramente durante esa difícil transición entre la adolescencia y la madurez. En lugar de tomar decisiones independientes y prudentes, escuché y me dejé influir por quienes me rodeaban. Estaba en medio de otros prisioneros que respiraban odio y escupían improperios. Muchos pensaban que estaban injustamente encarcelados, traicionados por sus cómplices criminales o por lo que pensaban era un sistema vengativo.

En vez de reconocer mis propias fechorías, me dejé convencer por mi abogado defensor: negar todo me permitiría eludir el castigo y ser absuelto. Así que seguí mis delitos con más decisiones malas -como continuar con mi esquema de distribución de drogas después del arresto, presentarme a juicio a pesar de mi culpabilidad, jurar en falso en la corte-, las cuales avivaron las llamas en torno a mí, exponiéndomes a círculos cada vez más profundos de con-dena judicial. Me di cuenta entonces que mi carácter (o falta del mismo) era mi peor defecto.

Pasé varios meses en la celda de la cárcel local. Fueron los días en que me sentía más vulnerable. Al contemplar la posibilidad de pasar toda mi vida en una prisión, la muerte me parecía una decisión preferible aunque cobarde. En esa celda, sin embargo, mientras esperaba que empezara el juicio, me di cuenta que no había ganchos de los que pudiera colgarme, ni cuchillos o navajas con qué cortarme, ni un revólver para pegarme un tiro. El suicidio no parecía una opción viable. No en ese momento. Me fortalecí entonces para el juicio. Si me absolvían, la vida seguiría igual; si me condenaban, resistiría hasta la sentencia y ya transferido a la prisión encontraría el ansiado equilibrio.

Para el momento en que el proceso en mi contra terminó, el juez que presidió el juicio me había impuesto una condena de cuarenta y cinco años. Las leyes bajo las que fui condenado estipulaban que pasaría 26 años en la prisión, y que cumpliría el resto de la condena bajo alguna forma de supervisión comunitaria. Me sentí anonadado, tratando de entender cómo semejante castigo podía equipararse a la justicia.

Fue entonces, cuando por pura suerte, encontré unos pocos libros que abrieron mi mente y me dieron fuerzas. Estaban en una caja de cartón debajo del lavaplatos de la zona social de la cárcel donde estaba recluido. Los que estaban encima eran todos novelas rosa y de vaqueros, pero al ir sacando las pilas de libros de bolsillo encontré La República de Platón y un libro que relataba el juicio de Sócrates. Ese fue el principio de mis lecturas filosóficas, de mi educación y de la fortaleza que ha permitido mantenerme a flote durante estos 17 años de prisión.

"Las visitas serían muy escasas al empezar esa fase más baja de mi vida. Sin embargo, los libros me consolaron, suavizando esa sensación de extrañamiento que llegué a conocer con tanta intimidad".

En busca de la libertad

Al leer la obra de Platón, empecé a darme cuenta de lo inadecuada que había sido mi educación. Desde mi arresto había vivido sin el sonido de la música, pero la lógica y la elocuencia que fluía de esos escritos me pareció más bella que cualquier ritmo o melodía que jamás hubiera escuchado. Empecé a quedarme despierto hasta tar-de, leyendo con un diccionario a mi lado y luchando por entender el propósito de las leyes, su importancia para la sociedad, y la responsabilidad de todos los ciudadanos de cumplirlas. En esos escritos de la época clásica, empecé a reconocer un significado en la vida que tenía por delante.

Llegué a aceptar que poner fin a mi vida solo le causaría más dolor y vergüenza a mi familia. Como Sócrates bebiendo la cicuta, yo tenía que esforzarme por avanzar en el laberinto del tiempo. Me esperaban toda clase de vicisitudes, pero si respondía bien ante el tumulto interior, me convencí a mí mismo que podía salir del abismo con entereza, moderación y disciplina: virtudes ausentes de la vida vacía que había llevado hasta entonces. Con el tiempo, me di cuenta que los libros -y los viajes en que me llevaron-, despejarían las nubes en mi mente y me llevarían de la desesperación a la esperanza.

Mis carceleros me trasladaron a una prisión amurallada de alta seguridad en Atlanta. Ese traslado me hizo atravesar el país, hasta un sitio lejos de mi familia y amigos en Seattle. Las visitas serían muy escasas al empezar esa fase más baja de mi vida. Sin embargo, los libros me consolaron, suavizando esa sensación de extrañamiento que llegué a conocer con tanta intimidad. Platón me introdujo en el mundo de la sabiduría y me inspiró a aprender más. Empecé a estudiar con disciplina, poniéndome pequeños objetivos, pasos que me llevarían de un nivel de primeros años de universidad a uno de graduado. Aunque no podía asistir a una universidad, los libros me proporcionaron el conocimiento necesario.

Fuera de los libros para mi trabajo académico, busqué otros que me introdujeran a grandes pensadores y a formas de vida que no había conocido antes. Uno de mis primeros favoritos fue El manantial de Ayn Rand, que me inspiró para sacar el mayor provecho de mi vida, a pesar de los obstáculos en que estaba enredado. Con el tiempo, leí todas las obras publicadas de Rand, y llegué a identificarme con su búsqueda personal de la excelencia. Ésta me llevó a estudiar a Nietzche, Sartre, Dostoievski y a otros filósofos que me animaron a alcanzar metas cada vez más altas.

"Me sentí anonadado, tratando de entender cómo semejante castigo podía equipararse a la justicia".

También me fueron útiles las biografías, sobre todo las de quienes triunfaron contra la adversidad. Recuerdo estar acostado leyendo la autobiografía de Malcolm X, un militante estadounidense que empezó a educarse en la celda de una cárcel. Me impresionaron muchos sus esfuerzos por enriquecer su vocabulario. Tuvo razón al reconocer que las palabras eran instrumentos o armas, y las usó para convertirse en un eficaz e influyente orador.

Otros en la prisión objetaron que yo leyera un libro así. Hay una gran tensión racial en esas comunidades cerradas. Aunque tenían una gran influencia entre los militantes musulmanes y los afroestadounidenses, las enseñanzas de Malcolm X eran polémicas y no aceptadas por todo el mundo. Yo deseché el odio y el veneno en su obra, pero acepté la disciplina y las estrategias que empleó para sobreponerse a las cadenas de la ignorancia y la prisión. Finalmente, esperaba que mis lecturas y estudio me ayudaran a reconciliarme con la sociedad y a expiar las malas decisiones de mi juventud.

Una mejor manera

Leí la Biblia de principio a fin muchas veces, y encontré fuerza en muchas de sus historias. Me gustaron especialmente el libro de Job, la historia del hijo pródigo y las enseñanzas de Cristo que exhortaban a la compasión por todo el mundo, incluso aquellos en prisión. Aunque me consideraba separado de todo lo que percibía como dogmas de las religiones establecidas, mis lecturas abrieron espiritualmente mi cerebro y me ayudaron a encontrar la paz con Dios y con el mundo que me rodeaba. Entre más leía libros de género espiritual, más me convencía de que mi misión en la vida era aprender, enseñar, crecer y contribuir a las vidas de los demás. Leer y escribir me ayudan en esta búsqueda perenne, y me elevan a un nivel de libertad que me lleva a través de los días, las estaciones y los años.

No sé cuántos libros he leído desde que empecé mi vida de prisionero, pero estoy seguro de que llegan a cuatro cifras. Las obras de ficción también me entretuvieron y educaron, me ayudaron a apreciar la belleza del lenguaje y a escapar al mismo tiempo de la fealdad de la prisión. Admiré la mente artística de Tolstoi, el ingenio de Voltaire y la compasión de Víctor Hugo. Pero si tuviera que escoger una novela como favorita entre toda la literatura que he leído, no tendría la menor duda en escoger la novela clásica de Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha. Aunque Los Miserables me hizo temer la lucha a la que me enfrentaría después de 25 años de encierro, en Don Quijote encontré la risa y las lágrimas y las más bellas expresiones del amor.

En cuanto prisionero, sin embargo, escogí la mayor parte de los libros de la sección de no ficción de nuestra biblioteca. Trato de aprender las técnicas y estilos de los escritores que describen sus temas con desenvoltura y vigor. Yo aspiro a imitar su trabajo en mis esfuerzos para ayudar a otros a comprender el sistema carcelario estadounidense, la gente que se encuentra en él y las estrategias de crecimiento en el encierro. A principios de esta semana terminé unas memorias por Alice Sebold. Describe con elocuencia una espantosa experiencia personal; con el tiempo, a medida que trabajo para perfeccionar mi destreza literaria, trataré de introducir a los lectores en mi mundo tal como Sebold me introdujo en el suyo.

Si antes en mi vida hubiera sido lector, habría podido aprender más sobre las buenas y malas decisiones de los demás. Tales experiencias, estoy seguro, habrían dejado una huella indeleble en mi mente y tal vez habrían hecho que evitara las malas decisiones que me llevaron a este largo encierro. Sin embargo, me he prohibido mirar hacia atrás. Dependo, en cambio, del maravilloso mundo de las letras y la literatura para llevarme hacia una mejor vida futura. Al hacerlo, tengo la sensación de estar derrotando el prolongado castigo de mi vida. ¿No es esto algo estupendo?

*Actualmente cumple el decimoséptimo año de una condena de 45 años por distribución de cocaína. Entre sus libros están What if I go to Prison? (2003) y About Prison (2004).