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UNP No.68
Título : El triunfo de Bush : tres fines y un principio
Autor : Fred Halliday
Sección: Internacional
Fecha : Diciembre 26 2004
El triunfo de Bush : tres fines y un principio

La reelección de Bush en noviembre de 2004 representa un momento decisivo tanto en la política global como en la de los Estados Unidos, y exige una urgente respuesta de los ciudadanos preocupados de todo el mundo, dice Fred Halliday.

El lenguaje sencillo, la invocación de los valores morales y la sen-sación de cercanía con su pueblo fueron puntos a favor de Bush.

Fred Halliday*

La reelección de George W. Bush en no-viembre de 2004 marca el fin de tres inter-valos, tres periodos de transición en la po-lítica global.

En primer lugar, pone fin a una etapa de escándalos políticos y morales, e ilegitimi-dad, resultado de las elecciones estadouni-denses de 2000, en las cuales Bush subió a la presidencia a pesar de haber alcanzado el segundo lugar en el voto popular. Con un claro mandato popular, y mayoría en el Congreso, se consolida ahora como lí-der político.

En segundo lugar, concluye el intervalo que siguió al 11 de septiembre de 2001. Los resultados de este evento son contradicto-rios: produce una mayor simpatía mundial por los Estados Unidos y un cierto inten-to de Washington por construir un sistema cooperativo internacional, pero también el exceso retórico del discurso del "eje del mal", y el fortalecimiento del militarismo y el nacionalismo estadounidenses. Estas últimas tendencias fueron reforzadas por un pequeño grupo en el centro del gobier-no, en el cual Dick Cheney y sus consejeros conservadores tuvieron un papel clave.

En tercer lugar, pone fin al periodo de 15 años desde la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989, y también a la riva-lidad Oriente-Occidente. Pero aunque la re-elección de Bush resuelve los primeros dos períodos intermedios, le plantea el tercero a los ciudadanos preocupados del mundo como una pregunta urgente: ¿qué viene después del fin de la Guerra Fría?

Cuatro ingredientes para un apocalipsis político

La realidad tras las primeras dos "clau-suras" ahora es definitivamente clara. La larga incertidumbre sobre la naturaleza de la política estadounidense -encarnada en el confuso resultado de 2000, en juego in-cluso después del discurso y las políticas polarizantes en respuesta al 11 de septiem-bre- ha terminado. El centro de gravedad de Washington ahora está irrefutablemente a la derecha, refleja un viraje socioeconó-mico de las costas este y oeste de los Es-tados Unidos hacia un núcleo fortalecido y bien organizado electoralmente en el me-dio oeste y el sur.

La elección de 2004 hizo evidente la im-portancia de cuatro categorías sociales bá-sicas e históricamente persistentes: clase, raza, género y religión.

1. Los resultados revelaron una impor-tante correlación entre los niveles de in-greso y las tendencias electorales: la úni-ca cosa ingeniosa que dijo Bush fue que sus seguidores se dividían entre "los que tienen y los que tienen más". El papel de la clase representado en el dinero defor-mó las políticas de ambos candidatos: el debate democrático, la información objeti-va, la evaluación moderada de los temas y candidatos fueron ahogados por una olea-da de dólares.

2. La raza siguió siendo fundamental, sobre todo la polaridad esencial entre los blancos y los afroestadounidenses, un 90% de los cuales votaron por Kerry (pero los hispanos se dividieron más siguiendo una línea de clase); las políticas raciales en los Estados Unidos en este respecto han permanecido casi estáticas por más de un siglo.

3. El género desempeñó un papel cen-tral en las elecciones, ejemplificado tanto por una homofobia rampante como por las líneas de "las madres solteras" (Kerry) y "las mamás de la seguridad" (Bush). Las elecciones disiparon cualquier complacida creencia en que el género no puede seguir siendo un factor formativo en la política y las relaciones internacionales.

4. La religión también ayudó a confor-mar los programas de los partidos y el resultado de las elecciones. Hace mucho tiempo que los Estados Unidos han sido descritos como un país moderno que no experimentó el feudalismo. Si es correcta la opinión europea de que la separación de la religión y la política es una condición previa de la modernidad (y ciertamente lo es), las elecciones de 2004 -tanto como la adicción del Estado al uso indiscriminado de la fuerza militar- representan una gran regresión histórica.

El resultado acumulado de estas cuatro influencias es una escandalosa distorsión del debate político por fanáticos no elegi-dos y adinerados. Los que promovieron el resultado de las elecciones se llaman a sí mismos "morales" -extraño término para los partidarios de un presidente que permi-tió el uso sistemático de la tortura, rechazó el derecho internacional humanitario, min-tió sobre sus razones para ir a la guerra en Irak, permitió el levantamiento de mínimos controles a la venta de armas personales y, lo más grave, promovió una política pobla-cional anticontracepción (tanto en las Na-ciones Unidas como bilateralmente) que llevará a la muerte por sida a millones de personas en las próximas décadas.

El impacto electoral y social de la cla-se, la raza, el género y la religión son por lo menos visibles. Lo que se puede decir es que el contraste analítico normal entre los regímenes autoritarios (en los que to-ma las decisiones una minoría pequeña y sigilosa en torno a un líder) y los gobiernos democráticos (en los que el poder legisla-tivo, la constitución, la prensa y la opinión pública tienen un papel) parece en proce-so de resolverse a favor de los primeros. El modelo autoritario, apoyado por un congreso satisfecho y una prensa servil e irresponsable, es aplicable a la política ex-terior de Bush.

El mundo no occidental contraataca

Con más de tres millones de votos de diferencia a su favor, el segundo mandato de George Bush encontró la legitimidad popular necesaria para ratificar sus políticas.

Un tercer periodo de transición finali-zado por las elecciones del 2 de noviem-bre de 2004 es aquel iniciado por la caída del muro de Berlín en 1989, que este año cumple su decimoquinto aniversario. Fue un momento decisivo que llevó a la desin-tegración de la Unión Soviética y, en forma más general, a la aspiración post-1917 del comunismo de desafiar a Occidente.

Ese desafío era en sí mismo una con-tinuación del modelo dominante político y de sociedad -occidental, capitalista, im-perialista- que tuvo su origen en la Revo-lución Francesa de 1789. Desde 1989, esa aspiración y ese movimiento perdieron su atractivo global, aunque algunos partidos marxistas sobrevivan y sigan luchando en algunos países (Nepal y Colombia).

Sin embargo, "el derrumbe del comu-nismo" no llevó, como lo confirma ahora la visión retrospectiva de estos 15 años, al triunfo del liberalismo occidental, ya sea en un sentido económico o político.

En primer lugar, en la misma Alema-nia, la transición generó una sociedad de dos niveles, como también la produjeron la unificación del siglo XIX de los Estados Unidos (la guerra civil de 1861 a 1865) y el Risorgimento italiano (1861). Ambas fueron revoluciones burguesas incompletas. Lo mismo es aplicable a la Alemania de hoy, con un estándar de vida en el oeste 30% más alto que el del este, a pesar de la ma-siva transferencia de fondos a las antiguas Lander comunistas.

En segundo lugar, en muchos antiguos países comunistas y sobre todo en socie-dades soviéticas, la transición no a ha si-do hacia la democracia occidental; de la dictadura por la nomenklatura del partido a la dictadura por nomenklaturas dinásticas, que incluyen el robo de bienes públicos y la consolidación de sociedades goberna-das por oligarquías poscomunistas que le hacen reverencias a Washington mientras consolidan su propio gobierno autoritario.

Rusia va en esa dirección, después de las últimas reformas centralizadoras de Vladimir Putin. Pero el ejemplo más nota-ble de la transición post-1989, y donde se está escribiendo el verdadero veredicto so-bre el comunismo, es la China. El "derrum-be del comunismo" resulta ser, una década y media después, un asunto europeo. En la China, la oligarquía comunista todavía es-tá en el poder, y este país se ha convertido ahora en la segunda economía más impor-tante y dinámica del mundo.

En este momento, después de la prime-ra gran derrota de una potencia europea por un estado asiático -la victoria japonesa sobre la marina rusa en Tsushima en 1904- se pueden ver los contornos emergentes de un nuevo mundo. Por primera vez en cinco siglos el centro de gravedad de la economía mundial y, como ya sostienen algunos, de la política y de las rivalidades estratégicas mundiales, se ha desplazado del Atlántico al Pacífico.

Podemos, por cierto, ver dos dimensio-nes en las que el mundo no europeo, me-dio milenio después de Cristóbal Colón, está finalmente contraatacando al domi-nio occidental. Primero, en el oeste/Medio Oriente, la ofensiva militar y política de Al Qaeda, que el 11 de septiembre de 2001 lle-vó a cabo el primer gran ataque de un mo-vimiento político "tercermundista" en el te-rritorio de un estado occidental. Segundo, en Asia oriental, el crecimiento de China, con sus consiguientes, aunque discreta-mente, mencionadas aspiraciones políti-cas y militares.

Este segundo desarrollo, en términos globales e históricos, es más importante que las acciones guerrilleras de Al Qaeda y sus aliados vagamente asociados. En pocas palabras: el proceso de verdad tras-cendental en curso en el mundo contem-poráneo es el surgimiento de Asia oriental, dominado por un estado bajo el liderazgo de un partido comunista.

El desarrollo de la portentosa economía china: ¿Preludio de la nueva "guerra fría"? .

La hora más oscura.

Este es el verdadero veredicto sobre 1989; un veredicto que con el tiempo de-terminará el efecto de los otros dos inter-valos, los de 2000 y 2001, que ahora han concluido. La elección estadounidense lo dice todo: en 2000, Bush puso énfasis en su deseo de enfrentarse a China y de tra-tarla como un rival; en 2004 no dijo prácti-camente nada sobre China, reflejando una nueva relación activa con Pekín, dejándole a Kerry hacer vanos comentarios sobre los peligros del "outsourcing", es decir, de los tra-bajos estadounidenses perdiendo terreno ante los rivales asiáticos.

Entretanto, Vladimir Putin, usando cí-nicamente el infanticidio de Beslan para proseguir con su agenda autoritaria, hizo un esfuerzo extraordinario antes del 2 de noviembre para pedir la victoria de Bush. El resultado de 70 años de revolución co-munista y de desafío a Occidente es para-dójico: una Rusia autoritaria y económica-mente débil inclinada ante Washington, mientras una China próspera y que avanza estratégicamente es tratada por Bush co-mo un socio estratégico. La perspectiva de los próximos cuatro años debe helarle el corazón a cualquiera que se preocupe por el bienestar del mun-do, por el medio ambiente, por el dere-cho internacional humanitario, por algún progreso en el Medio Oriente (a pesar del "plan de cinco puntos" anunciado durante la visita postelecciones de Blair a Washing-ton). La idea de que Bush en su segundo periodo se ablandará, de que curará heri-das, de que se abrirá, de que cambiará de curso, es un concepto fantástico. La polí-tica brutalmente incorrecta contra el terro-rismo, ignorando factores políticos y cul-turales, continuará. Y lo que es más grave, hay una posibilidad muy real de una con-frontación militar con Irán, algo que ase-gurará una derrota estadounidense en Irak y que inflamará al Líbano, donde Hezboll-ah tiene ahora cientos de misiles iraníes capaces de caer sobre todas las ciudades de Israel.

Este no es un momento de reconci-liación con el equipo neoconservador de Wahsington, ni debe serlo para la deses-peranza, la resignación, o, tan importante, un confortable antiamericanismo. La polí-tica -el futuro del mundo por cierto- re-quiere un compromiso continuo, calmado y resuelto frente a la última decisión del electorado estadounidense, por ignorante y atolondrada que sea. Esto puede exigir lo que Anthony Barnett llama "una polí-tica abierta fuera de los Estados Unidos comprometida con enfrentarse al terroris-mo democráticamente y poder trabajar en concierto con las fuerzas progresistas de los Estados Unidos".

El pueblo estadounidense también ne-cesita este compromiso con el resto del mundo, sobre todo porque (como escribí en un ensayo anterior para openDemocracy) "está permanentemente en relación con un movimiento global (de violencia glo-bal) que tiene profundas raíces, a las que los mismos Estados Unidos contribuyeron durante la Guerra Fría, y del cual su país es 'parte'. no su 'amo' particularizado y autonombrado".

En todo esto, cierta perspectiva históri-ca puede ser de ayuda. En 1972 asistí como observador a la convención del partido re-publicano en Miami. El presidente Richard Nixon y su vicepresidente Spiro Agnew, ha-blaron; John Wayne ("The Duke"), en su úl-tima aparición pública antes de morir de cáncer, pronunció el discurso de apertura. Afuera hubo choques entre los Veteranos de Vietnam contra la Guerra y la Asociación de Veteranos de Bay of Pigs.

En la galería donde yo estaba sentado, hordas de bastoneras "Nixonettes" -enjam-bres de muchachas con vestidos mínimos ceñidos y falditas con la bandera de Esta-dos Unidos- gritaban incansablemente el eslogan "¡Cuatro años más!" Nixon y Ag-new fueron debidamente elegidos dos me-ses después; pero en menos de un año Ag-new fue acusado de corrupción y tuvo que renunciar. Un año después, el mismo Nixon lo siguió. La esperanza nunca muere.

*Profesor de relaciones internacionales en la London School of Economics. Entre sus libros se encuentra Two Hours That Shook the World (2001). Publicado por la Universidad Nacional de Colombia con propósitos pedagógicos y bajo licencia académica de openDemocracy. Traducción de Nicolás Suescún.