UNP No.67
Título : Saramago: "Hay que volver a la razón"
Autor : Juan Manuel Mogollón
Sección: Literatura
Fecha : Diciembre 5 2004 |
Saramago: "Hay que volver a la razón"
Varios fueron los temas que tocó el Nobel de literatura José Saramago en su venida a Colombia: el precario estado de la democracia, el lenguaje cínicamente ambiguo y encubridor de los medios de comunicación y la necesidad de volver sobre lo ético.
 |
En Ensayo sobre la lucidez , José Saramago hace una reivindicación de la ética laica.
Foto: Fernando Carretero.
|
Juan Manuel Mogollón, Unimedios
Después de la visita del escritor José Saramago, queda por decir que hay que prestar atención y, sobre todo, demandar que el sentido de sus palabras no se vuelva a olvidar. Pero, por desgracia, la cuestión no es tan fácil. Si así lo fuera, si todos estuviéramos contentos con lo que ocurre, entonces su Ensayo sobre la lucidez "no tendría ninguna importancia. Pero si al menos hay un hito de inquietud en la conciencia de cada uno, y seguramente lo hay, este libro, que no es para políticos porque a los políticos no les puede gustar, podrá y deberá tener algún efecto".
La literatura no puede cambiar al mundo, pero no se puede separar la literatura del cambio. Ante esta situación de perplejidad, en donde nos preguntamos alocada y precipitadamente unos a otros por dónde empezar, es finalmente al escritor, al intelectual, a quien inquisitoriamente le exigimos respuestas. Pero él no tiene, como es apenas natural, una solución en el bolsillo. De ahí que solo sea como el viajero que va por el camino levantando piedras para mostrarnos el complejo mecanismo de re-lojería que se oculta detrás de esa realidad cotidiana; y así Saramago se ha pasado los últimos 25 años de su vida. Al hacerlo, no solo ha descubierto los crímenes y torpezas que han acompañado al hombre, sino que también, y con mayor insistencia, la belleza que hay en todo acto de heroísmo y de grandeza, en todo acto de solidaridad acometido por el hombre.
En Ensayo sobre la lucidez se repite la vieja historia del rey que creía que iba por la calle con mantos suntuosos, cuando en realidad iba desnudo. Enaltecido por todos, su júbilo termina cuando un niño declara, ante la mirada atónita de los demás, que el rey va desnudo. De ahí que Saramago en su última novela, "además de levantar piedras, sea el niño que dice que la reina democracia va no solo desnuda, sino cubierta de llagas".
"Vivimos en lo que se puede llamar una democracia formal; pero no sustancial. El problema es que por encima del poder político hay otro poder no democrático que es el económico. Y no podemos decir que vivimos en democracia cuando ésta no dispone de ningún medio para impedir los abusos del poder económico. Para reinventar la democracia sería necesario darle la capacidad interventiva para que sea, y la verdad es que no lo es".
No es difícil imaginar a los medios de comunicación como aquel baluarte de la sociedad democrática destinado a acometer tan encomiable ocupación. Sin embargo, en la actualidad, su función parece ser otra. En la mayoría de los casos son los diligentes emisarios de las buenas nuevas del poder.
Aun a riesgo de parecer románticos, habrá siempre que alegar que los medios tie-nen el deber de actuar en donde el poder político y económico acalla y la magistratura no ve. En una democracia es de esperarse que las instancias tradicionales del poder sean objeto permanente de inspección por parte de los medios, y que, con mayor insistencia, sean aquellos mismos objeto de una crítica hábil y renovadora.
De este impasse resulta que sea la literatura, y sirva ahora la novela de Saramago como ejemplo, la única capaz no solo de descubrir lo que hay de ramplón y de intrascendente en el lenguaje de la política y de los medios de comunicación, sino de ser el espacio en el que coincida libremente el pensamiento con la sensibilidad humana. Y es que la manipulación se ocupa cada vez más del ámbito subjetivo y la autonomía del sujeto, esferas que en la cultura habían constituido el único espacio de la contradicción con lo existente. Por eso el arte y la literatura son los llamados a apelar a la conciencia de los seres humanos como especie en el pleno desarrollo de sus facultades tanto sensibles como racionales.
Queda claro tras la lectura de la novela de Saramago, que cuando ya no queda credibilidad en el lenguaje de la política y de los medios, éstos utilizan otra técnica de manipulación, aún más atroz y diabólica: el miedo.
Al contrario, lo que podría ocurrir, y es lo que plantea Saramago, es que renazca en los individuos "la presencia de un sen-tido de responsabilidad cívica, de dignidad personal y de respeto colectivo, aunque no esté presente más que una minoría. Esto puede ser una simple semilla para que algo cambie".
Lo que yace de fondo en Ensayo sobre la lucidez es la reivindicación de una ética laica. Umberto Eco, a quien Saramago cita frecuentemente, la definía como la conciencia que adquiere el individuo no so-lo ante la presencia del otro, sino ante su corporalidad. De ahí que se tengan "concepciones universales sobre la constricción: no se desea que alguien nos impida hablar, ver, escuchar, dormir, ingerir o expeler, ir a donde se nos antoje; sufrimos si alguien nos ataca o nos obliga a la segregación, nos golpea, hiere o mata, nos somete a torturas físicas o psíquicas que disminuyen o anulan nuestra capacidad de pensar".
La pregunta que se hace José Saramago es: "¿Por qué desestimamos estas mínimas condiciones de convivencia?". La respuesta lo empuja, ciertamente, a un problema de índole filosófico. Se trata del ya planteado con anterioridad por Horkheimer y Adorno, de "ilustrar a la ilustración sobre sí misma".
En Kant, la razón suponía no solo la capacidad del hombre de conservarse a sí mismo, sino también la única instancia capaz de asegurar la libre convivencia entre los hombres mediante la sujeción a fines objetivos. Ya desde la ética laica de la posición kantiana, la utopía, atesorada en el concepto de razón y lamentablemente arrebatada de las manos de los hombres, solo deja un sabor amargo ante la imposibilidad de encontrar para ésta un fundamento objetivo. En cambio, es la razón maniatada y calculadora de los poderosos la que encuentra su lugar en la no cuestionada lógica democrática actual. En conclusión, todo aquello que atente contra dicha lógica, a pesar de estar contemplada en ella misma, como es el caso del voto en blanco, será, forzosamente, obstruida por la cínica ideología del fin que justifica los medios.
Saramago, consciente de esto, en lo que podríamos denominar un pesimismo bien informado, más allá de proponer el voto en blanco como un arma democrática "capaz de poner a temblar el sistema", lo que persigue es el regreso a la filosofía. "Cuando digo regreso a la filosofía no quiero decir vamos a transformarnos en filósofos. No, dejemos eso para aquellos que tengan una mente capaz de enfrentarse al universo. Se trata simplemente de regresar a esa cosa tan sencilla y deslumbrante que es el pensamiento".
Las posibilidades de triunfo pueden ser no muy esperanzadoras. Sin embargo, "creo en la conciencia de la gente". Como todas las paradojas, también ésta contiene un germen de verdad que se resume en la siguiente frase: "Cuando nacemos es como si firmáramos un pacto para toda la vida, pero puede llegar un día en que nos preguntemos ¿quién ha firmado esto por mí? Y esa es la consigna, si es que puede haber alguna consigna".
|