UNP No.67
Título : Memoria del "horror autotóxico"
Autor : Equipo periodistico Unimedios
Sección: Ciencia
Fecha : Diciembre 5 2004 |
Memoria del "horror autotóxico"
Una historiografía del lupus eritematoso narrada por el reumatólogo colombiano, Antonio Iglesias Gamarra, que recoge cerca de 3.000 referencias bibliográficas en el mundo, también recibió el Premio de la Academia Nacional de Medicina 2004.
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Antonio Iglesias Gamarra.
Foto : Guillermo Flórez P.
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Equipo periodistico Unimedios
Una momia de la cultura Huari del Perú sería el primer caso de lupus en el mundo. Los restos de una niña de aproximadamente 14 años y 130 cen-tímetros de estatura, "con huellas de alopecia, pericarditis, restos de glóbu-los rojos en pelvis renal, piel gruesa", entre otras evidencias probadas, lle-varon a investigadores de la Universidad de Virginia (Estados Unidos) y al Museo de Ica (Perú), a reportar que era casi seguro que se trataba del conspicuo trastorno autoinmune.
El hallazgo data del año 890 d. C., miles de años antes de que la ciencia médica describiera esta enfermedad de múltiples manifestaciones clínicas, y cuyo itinerario de identidad debió pasar desde quienes la catalogaron como: alteraciones destructivas de la piel, sífilis cutánea, úlcera facial -por cierto denominada hacia 1230 con la frase "no me toque"-, hasta quienes la clasificaron como lepra o cáncer de piel.
Lupus significa lobo en latín, un término adoptado del lenguaje popular que lo describe "... como lobo hambriento que se come la carne próxima a él", utilizado en sentido figurado para referirse a las lesiones que corroen la cara alrededor de la nariz. Así se vio en la época de Hipócrates y hasta antes de la mitad del siglo XIX, en que se circunscribió a las manifestaciones cutáneas. De ahí que, por mucho tiempo, la dermatología se hiciera cargo del conocimiento del lupus, que solo hasta la tercera década del siglo XX se explicó como una enfermedad sistémica; es decir que puede afectar el conjunto de los órganos: desde el corazón hasta el riñón, desde la piel hasta los ganglios, desde el sistema linfático hasta el articular.
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Más de siete mil documentos entre artículos y textos antiguos, grupos de investigación, hospitales especializados en el mundo y la labor de muchos lupólogos, "los médicos más extraordinarios de la medicina, especialmente de la dermatología", dieron origen a los relatos que componen la Historia del lupus. Una obra escrita por el médico reumatólogo Antonio Iglesias, profesor titular de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, quien se refugió en la redacción de este monumental ejemplar en 1997 para moderar el duelo de la crisis, recién abierta, del Hospital San Juan de Dios.
"Para una enfermedad tan compleja como importante, tratable y central en nuestro entendimiento de la 'gran medicina', una perspectiva histórica tiene un lugar muy especial", prologa el doctor Graham R. Hughes de The Rayne Institute adscrito al Hospital de Saint Thomas de Londres. Un juicio en el que seguramente coincidieron los jurados de la Academia Nacional de Medicina al otorgarle el premio Aventis-2004 en el Área Clínica en noviembre pasado.
Sistémica y autoinmune
Los 15 capítulos de la obra hacen gala de la meticulosa búsqueda de fuentes y dan fe de cuánto costó a la medicina asociar cuáles casos de disturbios vasculares, nefritis, neumonía o artritis y muchas ma-nifestaciones más, pertenecían a una misma enfermedad. Luego de creer, por siglos, que el lupus era una alteración de la piel, su iconografía comenzó a mostrar un compromiso amplio de los órganos internos, donde podía o no estar presente la erupción facial. Lo cual sugería, a principios del siglo XX, distintas variedades de lupus: el que destruye en superficie (discoide o de la piel) y el que evoluciona hacia el problema visceral diseminado (sistémico).
Los avances en esta etapa denominada "precientífica", establecida por Iglesias como la segunda en el entendimiento de la enfermedad, se desarrollaron entre 1845 y 1971, cuando 52 reumatólogos que trabajaban en clínicas y hospitales de Estados Unidos y Canadá, seleccionaron 14 manifestaciones mayores y 21 menores del lupus, configurándolos así como criterios clínicos.
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El lupus se presenta de manera más grave y frecuente en las mujeres.
Cortesía Antonio Iglesias.
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Dos hitos aparecen ineludibles en esta extensa crónica: el descubrimiento de la célula L.E., que dio lugar al diagnóstico serológico del lupus y la cortisona, que permitió su uso terapéutico. El primero, documenta la causalidad que acompañó al hematólogo Malcolm Hargraves de la Clínica Mayo en Rochester, quien probando una técnica para mejorar la obtención de médula ósea se encontró con el fenómeno de la fagocitosis; "hay células rotas y el material se presenta diseminado, con forma de glóbulos, entre otras células", anotó en un informe inicial. La muestra correspondía a un paciente con lupus, que Hargraves puso en el bolsillo de la camisa mientras llegaba al laboratorio, lo que dio tiempo y temperatura para la incubación; "un polimorfo había penetrado el núcleo de una célula y se estaba comiendo su DNA", explica el profesor Antonio Iglesias. Tras la confirmación del fenómeno con nuevos pacientes, la evidencia de destrucción celular "abrió la caja de pandora de la autoinmunidad", y rescató la desconfiada teoría del "horror autotóxico" planteada en 1899, cuando no se creía que ningún organismo fuera capaz de producir una reacción inmunitaria frente a sí mismo.
El segundo hito lo constituye el éxito de la cortisona en el tratamiento del lupus. En pleno medio siglo pasado, durante el VII Congreso Internacional de Reumatología en Nueva York, se reportaron las bondades del compuesto E y la efectividad de los corticoides para abordar este padecimiento, que ya para ese momento era clasificado dentro del grupo de patologías del colágeno. En 1951, la cortisona fue traída a Chile y en 1959 a Colombia, por un grupo de médi-cos de la Universidad de Antioquia.
Historia para el futuro
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El libro contiene más de 3.000 referencias bibliográficas y pronto será traducido al inglés
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En otro de los seis prólogos que recoge Historia de lupus, todos escritos por reconocidos médicos investigadores alrededor del mundo, Bernardo Antonio Pons-Estel, coordinador del Grupo Latinoamericano de Estudio del Lupus (Gladel) con sede en Rosario (Argentina) dice que, como en el teatro griego, quien recitaba el prólogo debía pedir indulgencia por el poeta que por ventura le fueran dirigidas, ahora él va "a invertir esta intención solicitando indulgencia para aquellos que pretendiendo pensar en el lupus cometan el pecado temporal de no leer este libro".
Las 800 páginas, más que una recopilación de datos médicos o un homenaje a prohombres, es una propuesta pedagógica concebida desde la historia. "Este libro rompe el paradigma de que la investigación debe ser básica y con pacientes. Nuestra idea es que a través de la historia se aprendan conceptos clínicos y esenciales de la medicina", manifiesta Iglesias Gamarra.
El último capítulo, dedicado a los aportes latinoamericanos al estudio del lupus, es, por ejemplo, una referencia sin antecedentes en la literatura médica mundial. En la parte dedicada a Colombia, se reseña cómo el patólogo Egon Lichtenberg del Hospital San Juan de Dios de Bogotá refe-renció en 1955 el primer caso de lupus, en una paciente de Gachetá (Cundinamarca), mientras los doctores Javier Molina de la Universidad de Antioquia y Manuel Elkin Patarroyo, de la Nacional, fueron los primeros en traer al país los anticuerpos antinucleares para el diagnóstico de la en-fermedad.
Aunque aún hay muchas preguntas por resolver, esta mirada retrospectiva confiable de una de las enfermedades sistemáticas más complejas del ser humano, facilita el camino para quienes hoy investigan por qué se ha extendido la enfermedad en los últimos 50 años, ¿está relacionado ese aumento con una menor exposición de las personas a infecciones?, ¿puede estar re-lacionado el perfil genético del lupus con cierta protección contra plagas y endemias en el pasado?, ¿qué tan raro es un resfriado común en pacientes de lupus? "El origen enriquece el presente, el presente alimenta el futuro, y cada una de las publicaciones antiguas tienen su expresión moderna", sentencia el profesor Iglesias.
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