UNP No.67
Título : La muerte de Arafat y el fin de las liberaciones nacionales
Autor : Stephen Howe
Sección: Internacional
Fecha : Diciembre 5 2004 |
La muerte de Arafat y el fin de las liberaciones nacionales
Según Stephen Howe, la muerte del líder nacional palestino marca el simbólico fin de las políticas anticolonialistas que dominaron el "tercer mundo" después de 1945.
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El futuro de los jóvenes palestinos parece tan incierto como el de los arreglos de paz, tras la muerte de Arafat.
Foto Cortesía Embajada de Palestina
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Stephen Howe*
La muerte de Yasyr Arafat marca el fin de una era. Así que todo el mundo dice: la idea se volvió un monótono lugar común antes de que su muerte fuera finalmente anunciada el 11 de noviembre de 2004. Pero quienes expresan esto solo quieren decir que se trata del fin de una era de la historia palestina, de la política palestino-israelí, o del "proceso de paz" del Medio Oriente. El deceso de Arafat marca también, sin embargo, la clausura definitiva de algo mucho más amplio que eso. Es el fin simbólico del "tercer mundo" y de una cierta idea de la liberación.
Entre las décadas de 1940 y 1970, una gran oleada de movimientos de liberación recorrió el mundo. El dominio colonial europeo casi desapareció del todo. Más de cien nuevos estados fueron creados. Se trata de una de las más profundas transformaciones del sistema político mundial jamás experimentada.
No fueron solo las regiones bajo un gobierno colonial directo las que vivieron radicales convulsiones. Los revolucionarios también se concentraron en estados y regímenes con gobiernos locales considerados reaccionarios, racistas o bajo una excesiva influencia occidental: Vietnam del Sur, Camboya y Laos, el Irán del Shah y la Etiopía de Haile Selassie, las monarquías árabes, las oligarquías latinomericanas y, por supuesto, la Sudáfrica del Apartheid. Incluso en Europa, pequeños grupos con objetivos separatistas o ultraizquierdistas copiaron la retórica y las tácticas de los revolucionarios del tercer mundo en Italia, Alemania, España, Irlanda del Norte, Córcega y otras partes.
Durante un par de décadas, las ideas de la revolución anticolonial y de la liberación nacional parecían ubicuas. A menudo, la retórica de la revolución podía ser engañosa, porque las potencias coloniales -sobre todo el Reino Unido- estaban cada vez más deseosas, e incluso aliviadas, de transferir el poder a los pueblos. La independencia negociada, algunas veces sangrienta, fue más típica de esa era que de las prolongadas guerras anticolonialistas. Los nuevos regímenes con frecuencia resultaron ser bastante conservadores, por no decir ineptos, corruptos o autoritarios. Pero tanto la realidad como la retórica de la lucha armada era muy generalizada, siendo Argelia y Vietnam los ejemplos más influyentes y exitosos. Algunos sostenían que solo se podía llegar a la verdadera libertad y a la construcción de una nueva sociedad con la guerra de guerrillas: sin ellas el resultado sería una forma "neocolonial" de seudoindependencia.
Estos diversos movimientos no compartían una clara ideología fuera de los eslóganes del anticolonialismo, la liberación nacional y la lucha armada. Sus ideas sobre las tácticas militares también diferían enormemente, e iban desde la guerra total hasta la "propaganda de los hechos", y de los escrúpulos por las bajas civiles del Congreso Nacional Africano hasta los ataques completamente indiscriminados. Aún así, la mayoría declaraba su adhesión a alguna forma de socialismo: algunos línea Moscú, otros línea Beijing, y los que seguían ideas independientes o idiosincrásicas. Existía la creencia omnipresente que entre todos había una solidaridad o camaradería natural, que unía a quienes Frantz Fanon, uno de sus visionarios más elocuentes, llamó "los condenados de la tierra". Se respiraban grandes esquemas para la unidad de un tercer mundo postimperialista, siendo su primer momento simbólico de aspiración la conferencia de Bandung de 1955. era posible una gran avanzada global desde el nacionalismo local anticolonial hacia la liberación universal y la justicia social.
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A pesar del fallo de la Corte de La Haya en su contra, Israel mantiene el llamado "muro de la vergüenza" en Cisjordania.
Foto Cortesía Embajada de Palestina
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Esa época y el movimiento de liberación tercermundista produjeron una notable serie de líderes dinámicos y carismáticos. Casi todos eran nacionalistas anticolonialistas, aunque también preveían más allá de la independencia nacional, visiones más amplias de una liberación global. Muchos combinaron los papeles de teóricos y activistas. Era asombrosa la gran cantidad de escritores y poetas, aunque no siempre muy buenos. Entre las figuras emblemáticas están: Ahmed Ben Bella y Steve Biko, Amílcar Cabral y Fanon, Ho Chi Minh y Nelson Mandela, George Padmore y C.L.R. Ja-mes, Mao Tse Tung y Malcom X, Gamal Abdel Nasser y Kwame Nkrumah, Fidel Castro y el Che Guevara.
Yasyr Arafat y el movimiento que creó eran parte de esa gran marea. Se vio a sí mismo en compañía de los demás líderes revolucionarios, compartía su retórica y (al parecer) sus aspiraciones globales. Por cierto, la lucha palestina se convirtió, después de aquella contra el Apartheid , en el más conocido y apoyado de los "movimientos de liberación nacionales" del he-misferio sur. El eco de estas solidaridades se puede escuchar, tras la muerte de Arafat, en los cálidos homenajes de los líderes posrevolucionarios de Sudáfrica y de la India, Thabo Mbeki y Manmohan Singh, en marcado contraste con la frialdad de los reconocimientos de la mayor parte de gober-nantes "norteños".
Pero es solo el eco. Las aspiraciones y solidaridades del tercermundismo después de la Segunda Guerra Mundial que evocan los homenajes, hace mucho se marchitaron. El momento que creó a Yasyr Arafat había muerto mucho antes que él, así que -en formas y por razones mucho más amplias que el triste fracaso de sus planes inmediatos-, él mismo en sus últimos años llegó a parecer una especie de fantasma. Incluso, el lenguaje del "tercer mundo" se presenta arcaico. El término más popular para reemplazarlo, "poscolonial", apunta en su interior a la anomalía si no a la tragedia del destino de Arafat, ya que él y su pueblo nunca llegaron a ser "poscoloniales" en ninguno de los sentidos de esa palabra usada con tanta promiscuidad.
Entre el militarismo y la política
En algunos aspectos, Arafat siempre fue un miembro anómalo de esa cofradía revolucionaria, a la que llegó relativamente tarde. Nació en 1929, y aunque políticamente activo desde 1948, emergió como líder en la década del 60, después de que ya había pasado el apogeo de la marea descolonizadora.
Al contrario de la mayoría de sus líderes, no era un intelectual ni aspiraba a ser lo que entendieran por tal (fuera de los pensadores genuinos como Cabral o Fanon, casi todos los "líderes de la liberación nacional", desde Kim Il Sung de Corea del Norte hasta Ahmed Sékou Touré pensaron que era obligatorio publicar sus "obras escogidas" en muchos volúmenes, invariablemente escritos por terceros y en general de apabullante trivialidad). No escribió poesía como Mao, Cabral o Guevara, ni ensayos de teoría política. Al parecer, tampoco leía mucho.
No tenía una ideología netamente definida: nunca hubo un "arafatismo" que pudieran señalar incluso sus devotos admiradores. Ni él ni su facción Fatah de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) elaboraron una política económica o social. No eran socialistas ni marxistas. Desde hace mucho, por cierto, Fatah se enfrentó con encono a los marxistas palestinos, ya fueran del viejo partido comunista o del Frente Democrático para la Liberación de Palestina (Fdlp).
Tampoco era explícitamente religioso. En privado era de piedad convencional, pero no un musulmán particularmente observante. En su juventud había simpatizado con el movimiento de la Hermandad Musulmana Egipcia. Fatah buscó alianzas con líderes y grupos islámicos: en los últimos años, obviamente, su incómoda y ambigua relación con Hamas. Pero siguió siendo ante todo una organización secular, que incluía en sus filas a palestinos cristianos e incluso a algunos judíos disidentes. Y para Arafat no fue ningún obstáculo casarse, tarde en la vida, con una cristiana, aunque esto consternara a algunos de sus seguidores.
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La imagen del "rais" creció en una tierra castigada por la miseria y la desesperanza.
Foto Cortesía Embajada de Palestina
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Más importante, de lejos, fue la situación única y anómala, del mismo movimiento nacional palestino. Su posición como parte central de la marea de liberación global se basaba en el establecimiento de sus credenciales, incorporando un an-ticolonialismo "genuino" y una aspiración nacional "real". Ambos aspectos eran altamente polémicos. El primero implicaba ver al sionismo como esencialmente, un movimiento colonialista y depredador más que como una corriente de liberación (no deja de ser asombroso que pocos comentaristas parecieron capaces de concebir la idea de que podía ser las dos cosas a la vez). Los polemistas pro israelitas naturalmente rechazaron esa acusación como una simple mentira o un pretexto antisemita. Incluso, críticos más serios pensaban que Arafat corría el riesgo de pasar por alto el poder de la idea del sionismo entre los judíos, incluidas aquellas tendencias que deseaban genuinamente respetar los derechos de los palestinos.
Los propios esfuerzos de Arafat, sobre todo en sus últimos años, por expresar cierta comprensión de estas cosas a menudo parecían torpes y, al menos para sus enemigos, insinceros. Había en ellos muy escaso reconocimiento de la forma como el movimiento sionista difería en varios aspectos de los patronos normales coloniales: en su falta de fuertes vínculos con un centro metropolitano o "madre patria", y en la propia historia de sufrimiento de los judíos que, como a menudo lo sugirieron en varias formas también algunos analistas pro palestinos, debía modificar las actitudes de los palestinos hacia los problemas morales del caso.
La "autenticidad" del nacionalismo palestino era casi igualmente difícil de establecer. Era extraordinariamente complicado construir y presentar, sobre todo ante el público occidental, un relato coherente de la existencia y la historia palestina. En parte por causa de las condiciones del exilio y la dispersión, en parte por la compleja relación de la identidad palestina con aquellas más estrechamente locales o panarábicas más amplias, pero tal vez sobre todo debido al peso arrollador del relato histórico sionistaisraelí y de su negación de la existencia auténtica de un relato palestino. "Parece -como insistía Edward Said-, que nada en el mundo puede sostener esta historia; si uno no persiste en contarla, simplemente decaerá y desaparecerá".
Muchas personas pensaban que Arafat y sus allegados no contaban bien la historia. El liderazgo palestino fracasó en actuar con eficacia para corregir la ignorancia de la condición y la conciencia del pueblo palestino, de los estadounidenses, los europeos y, claro está, de los mismos israelíes. El gran logro de Arafat, como lo han sugerido tantos necrólogos, fue decirle al mundo repetida y tercamente, y no menos a los mismos palestinos: "¡Existimos! ¡Somos un pueblo!". Fue menos efectivo en expresar una historia coherente o atractiva fuera de ese mensaje básico, aunque de importancia fundamental.
Por demasiado tiempo, sobre todo en sus primeros años, parecía pensar que la acción militante armada bastaría para comunicar el mensaje, cuando al contrario, lo socavaba. Incluso después, su imagen pública cuidadosamente construida -la barba crecida, el uniforme de faena militar, el keffiyeh , para no hablar del mal dominio del inglés, la falta de cualquier interés no político, o la algo repugnante costumbre de echarle té y miel al cereal del desayuno- parecía cada vez menos persuasiva a medida que se alejaba del núcleo de su base de apoyo.
Fatah nunca fue un movimiento social radical de verdad: aunque sus líderes, incluso Arafat, procedían de familias más modestas que los "notables" que habían dominado la política palestina antes de la década del 60, todavía seguían siendo de clase media. Casi ninguno era de fami-lia campesina o incluso de refugiados. Los vastos fondos que Arafat llegaría a controlar y las instituciones de asistencia social creadas por la OLP, fueron usados para comprar apoyo y ejercer un patrocinio a menudo manipulador, y no para crear una movilización social. La propia falta de inte-reses de Arafat se reflejaba en forma más amplia en la organización: al contrario de muchos movimientos tercermundistas de la época, nunca acometió una evaluación estratégica completa de sus propias tácticas y alternativas, ni empleó efectivamente a los pensadores y expertos a los que habría podido recurrir. Reinaron la improvisación, el oportunismo y el hermestismo.
Incluso el énfasis en el militarismo pudo ser, y en cierto modo tuvo la intención de ser, mal comprendido. Como lo demuestra con documentos la monumental historia del movimiento nacional palestino, La lucha armada y la búsqueda de un estado (1997) de Yezid Sayigh, la "lucha armada" sirvió ante todo como un medio para construir instituciones del Estado al servicio de los grupos políticos dominantes, sobre todo para los que rodeaban a Arafat.
A pesar de toda la retórica, hubo un notable fracaso en imitar las ideas vietnamitas de una guerra del pueblo basada en las masas; y Arafat pudo unca haber creído en su fuero interno que la guerra de guerrillas podía en realidad destruir a Israel. La única vez que se formó una verdadera resistencia civil masiva fue a finales de la década del 80, durante la primera intifada , y ésta no se debió a los escasos esfuerzos de Arafat. Sin embargo, en la década del 60 había sido todo un militar, que siempre pedía acciones inmediatas cuando los "realistas" de Fatah querían por lo menos posponer las cosas, y se hizo cargo directamente de los primeros ataques guerrilleros.
Sayigh, activo participante antiguo en la toma de decisiones palestinas, también muestra la forma como la tendencia a la autocracia y la corrupción en la política de la OLP, y por supuesto los largos años de luchas internas a menudo brutales y sin sentido, deben ser vistos como produc-to de las circunstancias, de juicios políticos racionales aunque con frecuencia faltos de visión. En ese sentido, para Arafat y muchos otros palestinos, la evaluación moral de los medios adoptados era superflua, lo que no quiere decir que no tengan significaba, aunque éste no sea muy claro o no penetre en el centro mismo del legado de Arafat.
Entre el nacionalismo y la liberación
En realidad, siempre hubo una contradicción en la carrera, la escogencia tanto de tácticas como de lenguaje político y la identidad misma de Arafat. Él reflejaba el abismo entre la era y los valores del "movimiento de liberación nacional" en el que maduró, y las reivindicaciones completamente desproporcionadas de la época poscolonial, posGuerra Fría e incluso posnacionalista de sus últimos años.
Para la primera tendencia, el éxito o el fracaso en la guerra -o de la propaganda de la guerra- es del todo determinante. La nakba palestina de 1948 no fue una tragedia de derechos humanos, fue un fracaso en una prueba de fuerza. El enfrentamiento militar de marzo de 1968, cuando las guerrillas de Arafat atacaron convincentemente a las tropas israelíes por primera vez, fue a la inversa el crisol de la reemergencia palestina. El desempeño inesperadamente eficaz de los ejércitos de Egipto y otros países árabes contra Israel en 1973 se celebró en forma similar como un gran golpe contra los mitos de la incapacidad de los árabes.
Esto estaba en completa contradicción con la visión que implicaba la segunda y posterior estrategia de Arafat: un compromiso histórico necesario con Israel, la coexistencia pacífica era tan posible como imperativa, pues en realidad las identidades árabe y judía estaban inextricablemente entrelazadas. El problema fue que Arafat (y, hay que decirlo, tampoco la mayor parte de los líderes israelíes) nunca anunció, y mucho menos abogó por un cambio trascendental de una era, de una visión del mundo, a otra. Él siguió pretendiendo -tal vez también para sí mismo- que era un mero cambio de táctica, con cierta coherencia subyacente de propósi-to que unía las dos eras. Incluso después de los acuerdos de 1993, y en forma más obvia después del estallido de la segunda intifada, actuó como si la negociación y la lucha violenta por la liberación fueran dos pistas paralelas que uno podía escoger como quisiera.
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Después del Apartheid , la lucha palestina se convirtió en el movimiento de liberación más conocido.
Foto Cortesía Embajada de Palestina
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La invasión de Irak a Kuwait fue lo que reveló en forma más cruda lo vacía que se había vuelto la retórica de la liberación. Arafat y la OLP no solo aprobaron la acción de Saddam, sino que lo hicieron con un lenguaje de delirante extravagancia que la describía como un golpe poderoso contra el imperialismo y contra las fuerzas de la reacción en el mundo árabe.
Describir en esta forma el sórdido acto de apropiación de tierras de un dictador salvaje degradaba más aún el discurso de la liberación y revelaba una asombrosa incoherencia con respecto a las realidades de las grandes potencias así como a los valores morales que muchos seguidores de la causa palestina habían sostenido. Esto también mostraba una inquietante indiferencia hacia el destino de los palestinos que trabajaban en Kuwait (como lo había hecho en cierto momento el mismo Arafat) y en otros estados del Golfo, muchos de los cuales pasaron grandes necesidades y tuvieron bastantes problemas por causa de la guerra. Sin duda, aquellas delirantes exhortaciones escondían una cierta desesperación: muchos de los aliados de Arafat sabían bien lo absurdas que sonaban, y la clase de gobernante que Saddam era realmente.
Pareció que Arafat nunca reconoció completamente las nuevas realidades. Aún más, nunca -por lo menos públicamente- reconoció lo que muchos intelectuales judíos y árabes llegaron a creer: que debían emprender una nueva clase de diálogo, basado en el reconocimiento mutuo del sufrimiento pasado, así como en la conciencia de que ninguna de las dos nacionalidades simplemente iba a desaparecer. Crear la paz con justicia en el Medio Oriente requiere actos de reconocimiento, incluso de expiación por los agravios e injusticias del pasado. Un "movimiento de liberación" de la clase que se dio en las décadas de 1960 y 1970 debe reconocer que su pasado no es tan puro, que tiene algo de qué arrepentirse, que tiene que recapacitar y hacer expiación. Arafat, formado y atrapado por esa mentalidad, nunca aprendió a decir que se arrepentía de algo.
De esa omisión, de esa carencia se derivaron muchas cosas: la tolerancia (por decir lo menos) de Arafat, la incompetencia, la corrupción y el carácter cada vez más represivo del remedo de estado de la OLP; su aparente falta de planificación efectiva para las negociaciones con Israel, hasta tal punto de no tener mapas adecuados de los territorios en disputa; el doble hecho equivalente de haber dejado (repetidamente denunciado por Edward Said y otros pensadores palestinos en Occidente) de hacer un esfuerzo por llegar a la opinión pública de los Estados Unidos o a una verdadera comprensión de la dinámica de la misma sociedad israelí; la aparente necesidad psicológica casi abyecta de recibir elogios públicos, incluso de presidentes estadounidenses o de líderes israelíes; la marginación deliberada, la denigración maliciosa, o los ataques contra los palestinos con opiniones independientes que habían sido o podían ser más eficaces voceros de la causa.
Arafat marginó a todos cuantos trataron de mostrarle alternativas distintas, desde sus primeros amigos de la época de estudiante, camaradas suyos como Jalil Wazir (alias Abu Jihad: tal vez un estratega más sistemático y mejor informado, así como más lúcido que el mismo Arafat), hasta admirables figuras independientes como Hanan Ashrawi, Jaider Abdul-Shafi y Faisal Husseini en la década de 1990. Parecía que siempre, para gran perjuicio suyo, desconfiaba del pensamiento autónomo o de cualquier grupo que pudiera debilitar su control personal.
Arafat nunca pudo eludir las visiones culturales totalizantes y exclusivistas del colonizador y el colonizado, del opresor y del oprimido. Nunca pudo superar la perspectiva intelectual de lo colonial a lo poscolonial, del "nacionalismo" a la "liberación" que se compromete con el mundo real a su alrededor. En todo caso, con el tiempo hubo en él un descenso de la visión nacionalista liberadora a una política más estrecha y sectaria de antagonismos étnicos y sociales.
Fue así como la conducta de Arafat parecía ejemplificar cada vez más y en forma irónica la consabida acusación israelí de que el nacionalismo palestino era una imitación del sionismo, o incluso la idea más amplia y radical de que el nacionalismo anticolonial era en general una mera copia de la misma ideología colonialista. Esto quería decir que Arafat había fracasado por completo en lo que fue posiblemente su mayor desafío: hacer que los israelíes, o por cierto los estadounidenses, se vieran a sí mismos como otros, sobre todo como sus propias víctimas los ven.
Se creía generalmente que Arafat era casi un genio en la mediación, en conectar fragmentos dispares de la vida palestina, en mantener viva la llama de la esperanza de un pueblo disperso y desposeído. Pero haciendo esto, llegó a creer en su propio mito: el de la identificación de la lucha palestina con la persona de "Abu Ammar". Este personalismo se convirtió con el tiempo en un desastre de proporciones catastróficas para la causa palestina. Edward Said, quien al principio era uno los mayores apologistas del "genio" de Arafat, terminó viéndolo como "un simple genio de la supervivencia". El consumo ostentoso -enormes residencias, limusinas y espléndidas re-cepciones en hoteles- la burda corrupción de los ministros de la Autoridad Palestina después de 1994, hizo que también la supervivencia pareciera deshonesta. No es sorprendente entonces que algunos llegaran a pensar que la única esperanza era una renovación de la consigna hace mucho abandonada de la OLP por establecer un estado democrático secular y unitario en toda la Palestina histórica. El problema es que prácticamente ningún israelí, tal vez unos pocos palestinos más y un número ínfimo de pensadores extranjeros, piensan que esa consigna realmente significa lo que dice.
Entre la historia y la esperanza
Muchos hijos y, ahora, nietos de los refugiados palestinos en todo el mundo han "escogido" seguir siendo o hacerse palestinos, habiendo podido optar por ser estadounidenses o ingleses, egipcios o jordanos, o simplemente árabes, musulmanes o cristianos. Este compromiso político de ser palestinos es algo, que en cierto sentido, hizo posible y luego mantuvo viva la carrera inicial de Arafat. Tuvo el mismo efecto en círculos cada vez más amplios de simpatizantes no árabes de todo el mundo, cuyas emociones de compasión y solidaridad moral con las víctimas de Israel a menudo eran parte de una solidaridad global con las múltiples luchas de liberación. Algunos llegaron a pensar que la complicidad de toda la vida de Arafat con la violencia traicionaba esa identificación moral. Otros, con un enfoque bastante opuesto, consideraron una gran traición sus compromisos y negociaciones de los últimos años con Israel.
Desde una perspectiva más amplia, ambos están equivocados, pero también ambos tienen razón. Arafat vivió, encarnó y se inspiró en un mundo en el que el nacionalismo anticolonial y la "liberación nacional" eran vistos generalmente como el camino hacia la justicia social universal. Vio y también asumió todas las formas en que también era la negación de esa justicia. La asimilación de los sindicatos y la apropiación de los fondos de pensiones de los trabajadores de la Autoridad Palestina fue un ejemplo de esto, tan nefasto y lamentable como se pueda imaginar. Él vivió y resumió todas las contradicciones y las promesas truncas de ese ambiente, esa era, ese momento global de esperanza "postimperial".
También vivió y luchó -deficientemente y, lo que es peor, deshonestamente- más allá del final y del periodo siguiente a ese momento. Nunca se adaptó, nunca reconsideró, nunca preguntó públicamente si ese culpar a los extranjeros -sobre todo a esas monstruosas abstracciones, el "sionismo" y el "imperialismo"- no era un ejercicio políticamente desastroso de autocompasión, evasión de la responsabilidad y ceguera moral.
Esa fue la pequeña tragedia personal de Arafat. También es la tragedia mucho mayor y constante de la nación palestina. Sin el Arafat de las décadas de 1960, 1970 y 1980 es posible que no hubiera habido nunca un movimiento nacional palestino. Sin el Arafat de la década de 1990 hasta ahora, sin embargo, tal vez ya podría haber un estado palestino. Y, lo que es más importante aún, los palestinos bajo la ocupación y en la diáspora podrían haber tenido algo más de esperanza y un poco más de justicia de las que tienen ahora.
Tutor de política en el Ruskin College de la Universidad de Oxford. Sus libros más recientes son Empire: A Very Short Introduction (Oxford University Press , 2002) y Afrocentrism: Mythical Pasts and Imagined Homes (Verso, 1998). Publicado por la Universidad Nacional de Colombia con propósitos pedagógicos y bajo licencia académica de openDemocracy . Traducción de Nicolás Suescún.
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