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UNP No.66
Título : Expedición por la música misional
Autor : María Claudia Rojas, Unimedios
Sección: Música
Fecha : Noviembre 14 2004

Expedición por la música misional

Nueve mil partituras originales de la época de las misiones apenas han sido estudiadas superficialmente. Un universo musical que se abre a los estudiantes del Conservatorio de Música para su investigación e interpretación a cambio de que los jóvenes de las Escuelas Misionales Jesuíticas vengan a profundizar sus conocimientos musicales. Gracias a un convenio entre la Universidad Nacional y la Embajada de Bolivia, cuatro aprendices del vecino país ya están aquí.

Percy y Yuli (izquierda) provienen de la región de Chiquitos, y Ángela y Glenda, de Moxos.
Foto Guillermo Flórez P.

María Claudia Rojas, Unimedios

Glenda, Yuly, Ángela y Percy, como los demás colegiales, se agolpan antes de las siete de la mañana, para esperar a que abran la puerta para entrar a clases. Ellas no llevan la falda de cuadros rojos ni, él, el pantalón gris con la camisa blanca del uniforme. Sus rasgos tampoco concuerdan con el común de los chicos.

Pero sus diferencias son más que físicas y de vestimenta: ser indígenas bolivianos y provenir del último reducto vivo de la épo-ca de las misiones en América, sí que los hace diferentes. Una condición que lleva la clave de la música y la arquitectura co-mo elementos de identidad colectiva, por lo cual son hoy Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Eso explica por qué sus padres accedieron a dejarlos venir a Colombia a pesar de sus conservadoras costumbres. Hace tres meses soportan el frío del altiplano bogo-tano y la nostalgia de estar lejos, a cambio de mejorar sus conocimientos y habilida-des como músicos, porque el talento les viene como don natural.

Durante un año, el Conservatorio de Música de la Universidad Nacional de Colombia será el entorno de estos jóvenes, mientras en las cálidas sabanas de Santa Cruz de la Sierra y las húmedas selvas de Beni, sus comunidades aguardan con ex-pectativa a que su decisión colectiva de formar pedagogos calificados para las escuelas misionales de música de sus pueblos, funcione.

Pero, ¿por qué ir tan lejos y sacrificar tanto para ese fin?

Lazos entre hermanos

Lo autóctono y lo cristiano integran un sincretismo muy original en los pueblos misionales.
Foto Cortesía de Willy Kening.

El modelo pedagógico que tiene el Conservatorio de la Universidad Nacional para la formación musical inicia con edades tempranas, pues la educación superior en música comienza en la infancia. A casi 609 estudiantes se les imparte un nivel básico, desde los siete años, y un nivel profesional, que ofrece carreras en cada uno de los instrumentos de la orquesta y canto, en diferentes énfasis teórico-prácticos. Además, el modelo fue heredero de la Academia Nacional de Música, fundada en 1882, trayectoria que le ha permitido aportar en forma significativa al desarrollo instrumental y pedagógico de la música en el país. Lo anterior fundamenta la decisión de la Em-bajada boliviana para establecer relaciones de cooperación académica.

"Este es uno de los resultados de la gestión del Conservatorio, que pretende crear redes de interlocución con instituciones pares para el mutuo enriquecimiento y proyección académica, y se enmarca en el proceso de internacionalización que está consolidando actualmente la Universidad", afirma la maestra Carmen Barbosa, coordinadora de la Red de Cooperación Académica Interinstitucional para la Formación Musical en el Conservatorio.

La infraestructura de la Facultad de Artes, el sistema de pasantías y la posibilidad de contar con un colegio para la educación básica escolar en el campus de la Universidad, fueron otros elementos que atrajeron la atención de las autoridades bolivianas. En contraprestación, estudiantes y profesores del Conservatorio irían a apoyar el campo pedagógico de las escuelas misionales jesuíticas y a realizar trabajos de investigación etnomusical sobre el patrimonio sonoro de Moxos y Chiquitos, uno de los más antiguos de América.

"Cinco mil partituras originales en la primera región y seis mil en la segunda, dan cuenta de la riqueza musical del periodo de La Colonia", dice la maestra Carmen Barbosa, para contextualizar la importancia del convenio de intercambio. "Conocer y estudiar el archivo musical de las misio-nes es de un interés único, para conocer los procesos culturales de la América misional", añade.

En el perfeccionamiento de la técnica vocal e instrumental y la gramática musical, y destrezas pedagógicas está la respuesta al valor de los cuatro niños y sus familias, para llegar tan lejos, y confían en fortalecer el renacimiento de sus tradiciones, devaluadas por la discriminación, don-de la música tiene una función de dignificación y cohesión altísima.

A diferencia de casi todo el resto de América, la disminución de su cultura no les vino por la línea de los conquistadores ni los colonizadores, como sí por la cre-ción de la República.

"La experiencia misional en el caso de San Ignacio de Moxos y Chiquitos fue la ex-cepción a esa colonización tan cruel y despiadada que buscaba riqueza, y por el contrario respetó la identidad de los pueblos", aclara Herman Antelo Laughlin, embajador de Bolivia en Colombia. Algo que corrobora el historiador Alcides Pareja Moreno, cuando afirma que allí se dio el primer encuentro del conquistador español con el indígena, y "donde la Compañía de Jesús estableció uno de los más interesantes e importantes experimentos socio-culturales de la historia americana".

Por el contrario, en 1767, con la expul-sión de los jesuitas, llegaron épocas de abuso y explotación. "Fueron momentos difíciles: obligados a trabajar para otros en un estado de semiesclavitud y sacados de su medio, sus opresores se aprovecharon de su organización y manera de ser, provocando en ellos el sentimiento de ser personas de segunda categoría... Las consecuencias no se dejaron esperar: subestimación de todos los valores propios de la cultura, costumbres e idioma", agrega Raúl Arrázola, uno de los autores del libro Chi-quitos, la utopía perdura .

Cuando la Unesco declaró en 1991 su arquitectura y manuscritos musicales como Patrimonio de la Humanidad, una segunda colonización se puso en marcha: la de sí mismos, a partir de lo que mejor saben hacer, alabar a Dios a través de la música. La revitalización de las orquestas, y los coros heredados de las misiones jesuíticas, ha permitido reclutar niños desde muy tem-prana edad, de tal forma que a los ocho años ya cantan y tocan algún instrumento. "La música está cambiando la autoestima de estos chicos y chicas", dice Karina Carillo, pues veían como único futuro emplearse como peones o empleadas domésticas en las haciendas de los karayanas (hombre blanco), quienes tienen el poder económi-co de la región, pese a que los nativos con-forman el 75% de la población.

Percy de 14 de años, Yuly de 15, y Glen-da y Ángela de 16 ratifican la tenacidad de sus pueblos por rescatar y revaluar su cultura. Reciben clases de violín los martes y viernes de dos a tres de la tarde; de gramática, los mismos días de cinco a seis; de coro, los miércoles de cinco a siete de la noche y los sábados de once a una de la tarde; de preorquesta los sábados de nue-ve a once de la mañana; y de flauta, los martes de cuatro a cinco y los miércoles de cinco a seis de la tarde. Horario que el Conservatorio les ajustó a sus obligacio-nes académicas en el Instituto Pedagógico "Arturo Ramírez Montúfar" (Iparm), el colegio de la Universidad Nacional. Eso quiere decir que su día comienza a las cinco de la mañana y puede terminar a las diez de la noche, luego de hacer tareas, preparar exposiciones, cumplir con el horario en el conservatorio y ensayar todos los días, sin falta, porque su compromiso es llegar a ser instructores de los más chicos, en la escuela de música de sus poblaciones; "debemos rescatar lo que se está perdiendo", anota con seguridad Percy.

Sentimiento místico

Foto Guillermo Flórez P.

Haendel, Zipoli o Bach; suite , cantata o adagio; crescendo , ligaduras o fraseo musical forman parte de su vocabulario cotidiano, que bien les permite relacionarse con los demás estudiantes del conservatorio. Al fin y al cabo no están partiendo de cero y las enseñanzas de la tradición oral, aunque resquebrajadas, sirvieron para aprender la música barroca universal.

El sentimiento místico atraviesa todo el repertorio misional, ya sea por sus costumbres aborígenes más genuinas, al provenir de cazadores nómadas, o por su singular conjunción con los misioneros jesuitas y su catequesis en los valores cristianos más auténticos. Todas las composiciones son eminentemente religiosas. Los distintos géneros fueron cultivados -himnos, sinfonías, sonatas y hasta una ópera-, con el único sentido de alabar a Dios. Pero en sus expresiones quedaron plasmados con la misma relevancia, sus creencias sobre los espíritus amos de toda la naturaleza, los cantos en su lengua y el estilo festivo que caracteriza el temperamento de chiquitanos y moxeños. Los predicadores admitían que los indígenas mantuvieran el cabildo, hablaran su idioma y danzaran en los templos. Ellos en-tendieron perfectamente que la mejor forma de catequizar era a través de la música. "Desde otra perspectiva, los sacerdotes intentaban adaptar los templos a la nueva liturgia del Vaticano Segundo: comunión antes que espectáculo; cristianismo horizontal antes que púlpito alejado", afirma Raúl Arrázola.

"Los misioneros agruparon pueblos con diversas manifestaciones, pero no tendieron ni mucho menos a aniquilarlas, sino que se dio un sincretismo muy especial entre la liturgia cristiana y sus tradiciones propias", agrega el embajador Herman Antelo Laughlin. El barroco mestizo no solo se proclamó en la música como acervo indígena, también en la arquitectura de los templos, con materiales, formas y elementos que se integraron en una simbiosis original entre lo europeo y lo autóctono.

Ejemplo insigne es la ópera San Francisco Javier, escrita originalmente en idioma chiquitano sobre la épica de San Ignacio de Loyola y su lucha contra las tentaciones del mal. La obra alaba sus virtudes y sus nexos con la divinidad, "donde las construcciones en las formas más clásicas del barroco dan paso a fragmentos más dinámicos y alegres, propios de esas culturas", señala el diplomático.

Según los investigadores de las misiones, cuantitativamente el aporte de estas etnias también fue destacado. Por orden de la Corona, en La Colonia los indígenas no tenían derecho a firmar sus obras, por lo que se amparaban bajo el anonimato. Al escudriñar sobre los compositores de las nueve mil partituras, se encontró que el grueso de las piezas guardadas de Moxos y Chiquitos son anónimas, indican-do así que corresponden a autores na-tivos.

En el recientemente abierto archivo de San Ignacio de Moxos, reposan las partituras más nuevas. En ellas se descubrieron misas de primera y segunda clase, canciones de dos coros a cuatro voces, folias para dos violines y violonchelo y villancicos. "También encontramos varios juguetes , un estilo musical propio de la tradición navideña, piezas jocosas y canciones de cuna", explica Karina Carrillo, ex directora de la Orquesta de San Ignacio de Moxos, quien cuenta que en la Nochebuena pasada, cuando los niños cantaban Morenito niño , los ancianos se quedaron sorprendidos al escuchar la introducción de nuevas notas. "Estábamos hablando en la música heredada hace más de 400 años. No la estábamos inventando, pero al interpretarla sentíamos el cordón umbilical. Los ancianos y la nueva generación no estaban confrontados sino unidos en un solo cuerpo".

Alma de chiquitos

La dinámica de estudio ha implicado para los cuatro jóvenes bolivianos interpretar obras que jamás habían escuchado y una exigencia que les implica de tres a cuatro horas diarias de dedicación, aparte de las clases establecidas por horario.

"He mejorado en los cambios de posición con mi violín", reconoce Percy, mientras Glenda admite haber progresado con la respiración y la ubicación de los dedos en su flauta. Los matices de la voz, especialmente cuando está acompañada de la orquesta, ha sido para July, una de las lec-ciones más costosas en la educación de su voz en tono soprano; al tiempo que Ángela se siente privilegiada de tener un tutor exclusivo para avanzar con su "traversera", como localmente llaman a la flauta.

Esa evolución quedó registrada hace una semana cuando mimetizados entre más de 100 músicos de 7 a 16 años, hicieron su debut en el Auditorio "León de Greiff", durante la ceremonia de premiación de las Olimpiadas Nacionales de Química. Percy con su violín y Ángela y Glenda con sus flautas, ocuparon su lugar en la orquesta infantil y juvenil para tocar la Suite # 2 de Bach, y July, con su voz en el coro para interpretar una de las cantatas de Buxtehude .

La práctica de conjunto es una de las que más les gusta, ya que deben guardar el justo equilibrio interpretativo de sus partituras, porque saben que si falla uno se desequilibra todo. Con seguridad, saben que estas herramientas influirán positivamente en la calidad de la sexta versión del Festival Internacional de Música Barroca Americana "Misiones de Chiquitos", que cada año par se realiza en siete pueblos de la provincia de Chiquitos y en dos de la de Moxos, donde los grupos nativos tienen un papel protagónico. Son diez días de gozo, en los que orquestas de todo el mundo envían su solicitud para tocar los repertorios misionales. En la última versión (abril de 2004), 40 orquestas participaron con 200 conciertos.

Más allá del espectáculo, tanto estos cuatro chicos como sus comunidades disciernen la celebridad y el aplauso de su búsqueda trascendental. Gracias al proceso de restauración del patrimonio arquitectónico y musical, "los indígenas han recuperado su noción de autenticidad, sin caer en el individualismo, un valor que perdura como la mejor herencia misional", asegura Raúl Arrázola. Y saben que en ese proceso la música ha sido fundamental porque "nos ha permitido crecer espiritualmente", complementa Karina Carrillo.

El regreso a sus valores más profundos está en mitad de camino. Al menos eso dice su creencia de que la música es el medio para encontrarse con Dios: cuando el hombre guarayo muere debe atravesar el río cantando en su canoa. Por herencia comprende que el caimán lo espera apostado en la orilla del paraíso para precisar si su melodía sale desde lo más profundo de su corazón. De no ser así, es devuelto al mundo de los mortales porque aún no está en armonía con la naturaleza. Eso dice su mito.