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UNP No.66
Título : Lo que la violencia no destruye
Autor : Diana Manrique Horta
Sección: Universidad
Fecha : Noviembre 14 2004

Lo que la violencia no destruye

Un homenaje al estudiante de Agronomía Javier Oswaldo Peña, muerto hace seis meses en un atentado terrorista en Apartadó, fue la excusa para reunir a sus tres amigos sobrevivientes y reflexionar sobre cómo la violencia amenaza la investigación agropecuaria en zonas de conflicto.

Juan David, Andrea y Javier (de izquierda a derecha en la foto), y Miguel Ángel fueron los primeros estudiantes de la Facultad de Agronomía en conseguir sus prácticas académicas en empresas bananeras.
Foto : Cortesía de Juan David Castillo

Diana Manrique Horta, Unimedios

"¡Tómenme una foto para mandarle a mi mamá!", fue lo único que atinó a decirles Javier Oswaldo Peña a su amigos frente a la imponente belleza de las playas de Tolú, en Sucre. No quería que se le esfumara un solo instante de sus vacaciones de Semana Santa, por eso deseaba tener las "pruebas" de aquella experiencia para compartirlas con su familia tan pronto regresara a casa.

Sin embargo ésa, una de sus últimas fotografías, y varios de los relatos de aquellas vacaciones, no alcanzaron a ser descritos ni contados por el inquieto estudiante de la Facultad de Agronomía sede Bogotá, pues una bomba le arrebató la vida en una discoteca en San José de Apartadó, Urabá, el pasado 22 de mayo.

Así mismo, a sus compañeros sobrevivientes Andrea Carolina Díaz, Juan David Castillo y Miguel Ángel Daza, con quienes Peña se encontraba realizando las pasantías en algunas empresas bananeras de la región, la explosión de un maletín-bomba, les provocó heridas tan profundas que su cicatrización sobrepasan la piel misma.

Hoy, a los primeros "rolos" de la Facultad que hacían prácticas en Urabá en enfermedades y fisiología vegetales y fertilización, les da vueltas en la memoria el recuerdo de los atardeceres en Arboletes y Tolú y el reconocimiento a su labor en torno al cultivo del banano por parte de las empresas que los acogieron. Prometían un excelente futuro profesional.

Ellos, decidieron romper el silencio de cinco meses el pasado 4 de noviembre con el "Homenaje a la memoria de un amigo", el de la sonrisa inquebrantable, apasionado por su carrera y la biología molecular, y gran admirador del vallenato. "Queremos que si el país ya olvidó este hecho, la comunidad universitaria no, no solo por la muerte de Javier sino porque ésta es una prueba más de cómo no es necesario ser malo para que la violencia nos toque", afirma la estudiante que se enfrenta a una sordera parcial pues la explosión perforó sus oídos.

Después de la celebración eucarística en la que participaron los padres de Javier, así como los "mil y un amigos" que el carisma del muchacho capturó durante su permanencia en la Universidad, Andrea, gestora del evento, mostró en 47 diapositivas algunos de los últimos momentos de vida compartidos junto al estudiante, en las que además aparecen frases que resumen los sueños y las expectativas de estos jóvenes no mayores de 26 años, quienes desde entonces se debaten entre la incertidumbre y la rabia.

Sueños intactos

El 22 de mayo no era día de pago por lo que la idea de "ir a rumbear" aquella noche no había sido considerada previamente. "Entramos al lugar cinco minutos antes de que estallara la bomba, ni siquiera nos habíamos acomodado", recuerda Andrea, quien también sufrió quemaduras en el 55% de su cuerpo y durante las primeras semanas, tras el atentado, permaneció inconsciente.

Lo que sucedió allí, en pleno centro de la capital bananera, es algo indescriptible, dicen las tres víctimas. "Se derrumbó el techo, había gente llorando y tantas perso-nas heridas que el espacio visual era insuficiente para apreciar una situación de estas dimensiones", cuenta por su parte Miguel Ángel. "Al darme cuenta que no me podía parar, todo para mí entró en caos". El bogotano de 24 años había sufrido una fractura abierta de tibia y peroné, con pérdida de tejido blando, que además comprometía su pie derecho.

Cuando apenas intentaba entender un poco lo que había pasado, la noticia de una posible amputación lo hizo pensar en la muerte. Tenía perforaciones en uno de sus oídos, a lo que se añadió la angustia de quedarse sin piernas como la única salida que le ofrecían los médicos para "controlar" la infección. "¿Qué más me podía pasar?"

De no ser por la ingente labor realizada por la Universidad Nacional de Colombia hoy el joven Daza sería otra de las personas discapacitadas por causa de la violencia. "Mi caso podía solucionarse con una microcirugía, solo que esta alternativa es más costosa (oscila entre los $20 millones y $25 millones) y dispendiosa (no existen mucha oferta de especialistas en esta área), por lo que el Sistema de Salud ofrece "soluciones" como la amputación (apenas cuesta entre $4 millones y $8 millones)", explica el muchacho, a quien el propio médico le contó después de la cirugía que éste era el procedimiento aplicado frecuentemente.

Andrea fue una de las 96 personas heridas de gravedad y de las 21 remitidas a Medellín para atención urgente. "La situación era muy crítica, me tenían que hacer transfusiones de sangre todo el tiempo". En este caso el apoyo de la sede Medellín se convirtió en una verdadera cruzada humana de estudiantes, administrativos y docentes, quienes hacían largas filas todos los días para realizar sus donaciones.

"Ahora que esto ha pasado me pregun-to si nuestra recuperación hubiera sido tan positiva si nosotros hiciéramos parte de esas víctimas anónimas que el país nunca conoce".

Juan David ya finalizó su tesis de grado y espera obtener el título en marzo. Su trabajo lo desarrolló simultáneamente con las prácticas y se enfocó en el estudio de nemátodos, unos microscópicos "bichos" que afectan el cultivo de banano.

Detrás de la apariencia de hombre fuerte, Miguel Ángel no deja de pensar en su futuro incierto. Ya había conseguido excelentes resultados en la optimización del fruto, probando diferentes colores de bolsa para empacar, pero su situación física le ha impedido concluir la redacción del trabajo de grado.

"El grado me afana menos que pensar qué voy hacer después de recibir mi título. Debo estar en recuperación cerca de dos años y, ¿cómo voy a trabajar?". Por eso piensa que lo mejor es continuar estudiando en el campo de la fisiología vegetal, mientras pasa el tiempo conveniente para la recuperación.

Para Andrea, su tesis relacionada con la fertilización del banano está por concluir, aunque volver a Apartadó para completar los resultados deberá esperar, pues su cirugía de tímpano le exige además de quietud, no cambiar de altura.

Por ahora los "rolapos", como los llamaron tan pronto llegaron a sus sitios de práctica en la capital bananera, quieren recuperarse junto a sus familias y seguir construyendo país en el campo. A pesar de los recuerdos de violencia, anhelan volver al Urabá antioqueño.