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UNP No.65
Título : Reliquias para exorcizar el conflicto
Autor : Nelly Mendivelso R., Unimedios
Sección: Sociedad
Fecha : Octubre 24 2004

Reliquias para exorcizar el conflicto

En medio de la pobreza y los avatares del conflicto armado, una vereda apartada en la región de Sumapaz le apuesta a la cultura para hacerse visible. Vestigios aborígenes encontrados en sus alrededores erigen una galería arqueológica, quimera de los pobladores de Santa Ana para convertirse en un "San Agustín chiquito".

Foto de Gilberto Roncancio.

Nelly Mendivelso R., Unimedios

Casi era media noche cuando don Eulogio tuvo que salir despavorido del rancho con su mujer y sus cuatro hijos ante la arremetida "chulavita". El destierro violento sólo le permitió llevar consigo una peinilla "para defender a su familia de la muerte ", y la pena de abandonar "por culpa de otros" su tierra llanera. En medio de idas y vueltas, y de buscar oportunidades, siempre negadas, llegó a Santa Ana, un lugar no menos cercado por la violencia, pero que resguarda un legado arqueológico, por muchos años inédito, sobre el cual él y los demás pobladores intentan hoy reconstruir identidad.

El arribo del campesino a la recóndita vereda ubicada en el municipio Colombia, al norte del Huila, coincidió con el de otros que huían del mismo mal, pero también con acontecimientos históricos: la región de Sumapaz fue declarada república independiente durante un debate en el Senado de la República; se consolidó en la zona el frente primero de las Farc como uno de los más fuertes del país; y hubo gran afluencia de guaqueros improvisados quienes, ante el hallazgo de vestigios de una sociedad presuntamente precolombina, comenzaron a traficar con las piezas.

Mientras don Eulogio se las arreglaba para subsistir vendiendo cachivaches, la amapola florecía en la región con aparente prosperidad. A la par de la planta, brotaba "billete pulpo" seguido por la ambición de forasteros, recuerda este tendero, "quienes vinieron a sembrar muerte y desolación". El auge de cultivos ilícitos no tardó en provocar la reacción estatal de fumigar "a diestra y siniestra". La bonanza terminó y los pobladores quedaron peor que al comienzo, sin tierra fértil, y señalados como "guerrilleros y amapoleros", aun cuando quienes engrosaron las filas insurgentes fueron los foráneos, persuadidos por la fortuna.

Sumergidos en la pobreza, los campesinos reavivaron la ilusión cuando su territorio fue incluido dentro de la zona de amortiguación del Páramo de Sumapaz. "Ahora sí podremos construir carreteras, acueducto y hasta una escuela", planearon antes de advertir que se trataba solo de "un paso en falso al desarrollo". Lejos de frustrarse recordaron los tiestos y las estatuas que por años habían trancado la puerta o servían de candelabro, para buscarle valor cultural. Con dichas piezas y otras atesoradas por la cordillera en sus entrañas, los pobladores vislumbraron un gran museo en Santa Ana como un "San Agustín chiquito" motor de progreso (fomento de turismo) en medio de la guerra, según se lo hicieron saber a un grupo de antropólogos de la Universidad Nacional, comisionados por la propia comunidad para adelantar investigaciones en la zona.

Piezas claves

¿Patrimonio, identidad o desarrollo cultural? Cualquiera fuese la intención, el objetivo de los antropólogos partió de descifrar ese repentino interés de la comunidad hacia la cultura, pero interpretando sus "obvias necesidades". Por medio de talleres didácticos dejaron en claro que por esta vía difícilmente darían solución a todas sus demandas, comenta la investigadora Ángela Osorio, a cambio "les mostramos la posibilidad de recomponer problemas como el identitario y el social, igualmente importantes en la resolución de conflictos, no solo armados sino los que se generan entre las comunidades, sean indígenas, campesinos o colonos, cuando sus intereses y territorios se ven enfrentados".

"Antes de ensillar la bestia", como reza el refrán popular, los antropólogos hicieron un reconocimiento arqueológico, sin precedentes en la zona. Excavaciones en las veredas San Rafael, San Emilio, La Florida, Palacio, Buenos Aires y Nueva Granada, al nororiente de Santa Ana, permitieron establecer que, posiblemente, hacia los siglos XVI o XVII existió allí un grupo humano tardío, posterior a la época de La Conquista, cuya característica fue la de una sociedad con muestras claras de diferenciación social.

Tal lectura fue posible gracias al hallazgo de 1.929 fragmentos, entre ellos material lítico y cerámico de uso doméstico como platos, copas, ollas sin cuello y con agarraderas, algunas con decoraciones antropomorfas o de animales como lagartos y serpientes. También se halló abundante estatuaria -con tallas burdas pero perceptibles- en las que se evidencian individuos con ojos y brazos únicamente, o con pintura facial, tocados, collares y narigueras. En el reconocimiento arqueológico hubo figuras que representan deformación craneal y aparecieron monumentos en piedra asociados a tumbas, "lo cual refuerza nuestra hipótesis", explica el antropólogo Gilberto Roncancio.

La otra cara de Santa Ana

El producto de este trabajo científico adelantado por los profesionales de la Universidad Nacional se convirtió en un museo arqueológico que exhibe, en tres salas, 180 piezas-las más representativas de la exploración, y aquellas desempolvadas de la trastienda- ubicado en la que hace 30 años fuera la inspección de policía de Santa Ana. Sitio surcado hoy por un pequeño parque arqueológico que convida al recién llegado, pero, también a los lugareños, testigos mudos de aquella historia de locura en la cual un policía, luego de matar a sus compañeros, se suicidó. "Así desapareció el cuerpo de policía, y pese a esfuerzos del municipio por restaurarlo, el reemplazo nunca llegó".

Santa Ana está oculta en la geografía colombiana, pero aun así no deja de ser legendaria. Sobre la existencia de un legado cultural se enteraron primero guaqueros improvisados y varios investigadores de la Universidad de Indiana encabezados por Thomas Myers quien, entre 1970 y 1972, adelantó trabajos en la zona, avalados por la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales (Fian), de Colombia. Según confirmaron los antropólogos de la Nacional, después de adelantar conversaciones con la universidad norteamericana, "de la investigación del arqueólogo no se conocen sino dos artículos breves publicados en la revista colombiana de antropología, pues el propio Myers argumentó problemas de orden público que le impidieron continuar". Los campesinos, por su parte, no avalan tal excusa; "el gringo y otra investigadora se instalaron en una casa cercana a la vereda desde donde nos acosaban para que les lleváramos todas las cositas (piezas arqueológicas) que niños y adultos encontrábamos. En cambio nos pagaban, incluso con dólares", menciona un viejo, sin olvidar: "a veces hallábamos ranitas de oro, pero él decía que eso tan ordinario no podía ser. Se las llevó a los Estados Unidos para estudiarlas en un laboratorio y nunca regresó. Así nos tumbó".

Los antropólogos de la Universidad Nacional también intentaron ubicar los 50 sitios arqueológicos descubiertos por Myers, según reseña la literatura, pero "no hallamos ninguno, pues las características y la toponimia de los lugares registrados no coinciden con la realidad", aclara Ángela Osorio.

Guaquería indiscriminada y un periodo de apatía frente a los arqueólogos fueron las consecuencias de semejante antecedente. Que los pobladores volvieran a creer en investigadores implicó hacer talleres comunitarios para enseñarles el sentido general de la cultura y congregarlos frente a la idea del museo comunitario. Una iniciativa retomada de experiencias culturales desarrolladas en México y Guatemala, que cobró vida, al igual que lo harán seis museos veredales, también portadores de información sobre ocupaciones humanas del pasado. Con la puesta en marcha de los museos se impulsará la zona como sitio de importancia arqueológica y, "como caso pionero en el país, de una comunidad reunida en torno a su historia y al valor de su patrimonio cultural", concluye Catherin Mejía, otra de las antropólogas del proyecto. Que llegue a ser un "San Agustín chiquito" será cuestión del azar. Lo cierto es que la estigmatizada vereda de Santa Ana hoy tiene otra cara para mostrar: la cultura.