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UNP No.65
Título : La alternativa de Estados Unidos: ¿desigualdad o democracia?
Autor : Godfrey Hodgson
Sección: Coyuntura
Fecha : Octubre 24 2004

La alternativa de Estados Unidos: ¿desigualdad o democracia?

Un informe de respetados miembros de la American Political Science Association sostiene que la desigualdad social está minando la democracia estadounidense. Godfrey Hodgson percibe sus implicaciones políticas en este año electoral en los Estados Unidos.

El superávit que heredó de Clinton el actual gobierno republicano, se ha transformado en cuatro años en un problema fiscal que deberá resolver el próximo huésped de la Casa Blanca.

Godfrey Hodgson*

"Entre los numerosos temas que atrajeron mi atención durante mi permanencia en Estados Unidos", escribió Alexis de Tocqueville en la primera página de su obra clásica La democracia en América, "nada me impresionó más que la general igualdad de condición entre las personas". Esa era entonces. Ahora las cosas son distintas. Durante muchos años, estadísticas reunidas por cuerpos internacionales como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) han mostrado que entre los países desarrollados, los Estados Unidos es el que tiene mayor desigualdad, tanto en términos de ingresos como de riqueza.

Un grupo de trabajo de destacados especialistas reunido por la American Political Science Association (Apsa) encuentra que el flagelo de la patente discriminación contra los afroamericanos y las mujeres ha sido reemplazado por una amenaza más sutil pero más potente: la creciente concentración de la riqueza en manos de unos pocos y los ingresos del país.

Los Estados Unidos promueven vigorosamente la democracia en el exterior, anotan los eminentes politólogos. "¿Pero qué está pasando -se preguntan- con la democracia interna?". Los ideales estadounidenses de igualdad ciudadana y gobierno receptivo, sugieren ellos, pueden estar bajo la amenaza de una era de crecientes y persistentes desigualdades. "Las disparidades en ingresos, riqueza y acceso a las oportunidades están aumentando en forma más aguda en los Estados Unidos que en muchos otros países, y persisten las brechas entre las razas y los grupos étnicos".

Los datos escuetos sobre la creciente desigualdad están bien documentados por muchos estudiosos, no menos en la serie semestral The State of Working America , que publican desde 1998 Lawrence Mishel, Jared Bernstein y John Schmitt del Economic Policy Institute . Pero la cualidad innovadora del informe, American Democracy in an Age of Rising Inequality (La democracia estadounidense en una época de creciente desigualdad), realizado por Apsa, es que se concentra en la forma como la desigualdad está menoscabando la democracia política estadounidense.

Los quince autores del informe hablan en nombre propio y no representan oficialmente a la asociación. Pero en general son especialistas muy respetados y su decisión colectiva de hablar claro sobre las implicaciones políticas de la creciente desigualdad puede dar mucha importancia al tema en la agenda política -sobre todo la de los demócratas- en lo que queda de este año de elecciones presidenciales.

Los autores ven severas consecuencias para la democracia estadounidense en el hecho de que las voces de los ciudadanos tienen distinto volumen: "Los privilegiados participan más que otros y están cada vez mejor organizados para presionar al gobierno a su favor. Los funcionarios públicos atienden mejor a los privilegiados que al ciudadano promedio. Los ciudadanos de ingresos bajos o medios hablan en susurros que no llegan a los oídos de los desatentos funcionarios públicos, mientras que los favorecidos hablan a gritos con una claridad y consistencia que los altos empleados públicos oyen fácilmente y siguen prontamente".

Al mismo tiempo que se integraban más en las áreas de raza, etnicidad, género y otras formas de exclusión social, los Estados Unidos se dividían más agudamente en cuanto a los ingresos y la riqueza. Además es aleccionadora la comparación entre las tendencias de la sociedad estadounidense con las de otras democracias industriales avanzadas como Gran Bretaña, Canadá, Francia e Italia.

Un gráfico en el informe de la Apsa muestra que la proporción del ingreso nacional que recibían los muy ricos (el 0,1 del 1% más rico) era de un 12% en Gran Bretaña, menos del 9% en los Estados Unidos, y 8% en Francia, hasta que se estableció a finales de la década del 40 en un 3% en estos tres países.

Hasta los años sesenta, la desigualdad según ésta y otras mediciones tuvo una disminución constante, pero a partir de los años setenta, los Estados Unidos se desviaron abruptamente de sus dos aliados europeos y se volvieron bastante más desiguales. Para 1998, la proporción del ingreso que recibían los muy ricos era dos o tres veces mayor en los Estados Unidos que en Gran Bretaña (incluso después de su experiencia con Margaret Thatcher) y Francia.

Los autores atribuyen esta persistente y creciente desigualdad económica a unas cuantas causas, que incluyen los cambios de la tecnología y las fuerzas del mercado. Pero estos factores afectan a todos los países. Son las políticas del gobierno -las que sigue y también las que rechaza- las que explican las desigualdades más agudas en los Estados Unidos. La regulación, la política impositiva y los programas del gobierno se pueden usar para moderar o aumentar la desigualdad; y en los Estados Unidos, la política y las exenciones de impuestos y las medidas contra los sindicatos han contribuido a la desigualdad.

Los autores de la Apsa admiten que los estadounidenses -que ven la desigualdad como un reflejo de las diferencias entre los individuos y no como fallas del sistema económico- están más dispuestos a aceptar diferencias de ingresos y riqueza mucho mayores que sus contrapartes europeos. Pero anotan que los estadounidenses aceptan las desigualdades económicas cuando están seguros de que todo el mundo tiene iguales oportunidades de éxito. Esperan que el gobierno asegure la igualdad de oportunidades, y que no favorezca a quienes ya tienen riqueza y poder. Sobre este punto, citan los datos de una encuesta según la cual el 76% de los estadounidenses -el doble que hace treinta años- piensa que el gobierno lo manejan unos pocos grandes intereses que solo cuidan de sí mismos.

Sobre este punto, y basándose en las evidencias de los informes, no es difícil suponer una conexión de causa entre el crecimiento de la desigualdad en los Estados Unidos y el predominio de las ideas conservadoras (y, después de 1980, de los republicanos conservadores) en la política estadounidense.

Aspecto de la "pesadilla americana". Cuarenta millones de pobres estadounidenses, jugarán su papel el próximo 2 de noviembre.

La política de la desigualdad

La desigualdad no significa simplemente vidas empobrecidas, oportunidades de éxito restringidas o ambiciones truncadas; también tiene consecuencias en la calidad de la democracia estadounidense.

Un factor clave aquí es el número de votantes. El informe de la Apsa encuentra que solo un tercio de aquellos aptos para votar acuden a las elecciones para el congreso de mitad de periodo y solo más o menos la mitad a las presidenciales. Además, es más probable que los ricos voten; el 90% de las personas de las familias con ingresos anuales de más de US$75.000 votan en las elecciones presidenciales, pero solo la mitad con ingresos menores a US$15.000 participan. El resultado es que los políticos se interesan más en los asuntos que afectan a los ricos, lo que a su turno reduce el círculo de preocupación social y de responsabilidad política.

Esta correlación entre los ingresos y la participación política es aún más marcada en el área de la financiación política, un factor crucial en Estados Unidos a causa de su dependencia de la propaganda política por televisión, que es ilegal o estrechamente reglamentada en otras democracias prósperas. En 2000, el 95% de las donaciones políticas provino de los hogares con ingresos de más de US$100.000 -solo el 12% del total-; y más del 50% de los hogares con ingresos de más de US$75.000 hizo alguna donación política, contra el 6% con ingresos de menos de US$15.000.

La correlación es aplicable a otras formas de activismo político. Casi el 75% de los ricos (definidos como aquellos con ingresos de mínimo US$75.000) están afiliados a organizaciones de cabildeo como la Asociación Americana de Retirados o a grupos ambientalistas, pero menos del 30% de los de menores ingresos. Es dos veces más probable, por ejemplo, que los ricos participen en protestas por asuntos del medio ambiente o del derecho al aborto que los pobres.

El resultado es que la influencia de los gerentes y profesionales, y sus empresas, ha florecido mientras ha disminuido la de los sindicatos. Según el informe, "dicho simplemente, los ya privilegiados están mejor organizados a través de asociaciones de profesionales que los menos privilegiados". Las contribuciones a las campañas políticas "le dan a los ricos un medio de hacer oír su voz del que carecen la mayor parte de los ciudadanos".

Ha habido repetidos intentos, como la ley McCain-Feingold, para limitar la recolección de fondos de las campañas y la influencia del dinero en la política. Pero cada intento tiende a ver más lagunas legales por cada una que cierra. Entretanto, la financiación política privada está protegida por una decisión de 1974 de la corte suprema sobre una acción presentada por el adinerado senador de Nueva York, James Buckley (hermano del escritor y periodista conservador William F. Buckley), quien sostenía en efecto que las donaciones a las campañas eran una forma de libertad de expresión y por tanto protegidas por la primera enmienda de la constitución de los Estados Unidos.

El retorno de la política de clase

Escenas de hunger hoy abundan en las calles de New York.

El informe de la Apsa también sostiene que la desigualdad reduce el interés político en el nivel de la organización y atractivo de los partidos. Estos, que antes canalizaban las opiniones y los intereses del público en general en el terreno político, ahora tratan de satisfacer a los mismos grupos relativamente privilegiados que emplean a su favor y en forma desproporcionada a los grupos de presión. Tanto los demócratas como los republicanos buscan trabajadores y contribuyentes a la campaña entre los más ricos.

"La inclinación en la participación política hacia los privilegiados -concluye el informe- genera políticas favorables al mantenimiento del statu quo y a seguir recompensando a los organizados y pudientes. No se trata de una cuestión de soborno directo de los políticos, sino de que 'el dinero compra atención'".

Los grandes contribuyentes financieros se ganan el privilegio de reunirse periódicamente con los legisladores en sus oficinas, y hasta el de dormir como huéspedes de la Casa Blanca. Pueden construir relaciones con los altos funcionarios que les pueden hacer favores: "insertar un mico en un grupo de proyectos de ley, acelerar el trámite de un proyecto que se ha estancado en un comité, o asegurarse de que alguna amenazante ley regulatoria reciba financiación mínima para su implementación". En cada etapa del proceso, los legisladores le dan prioridad a los intereses de los grandes contribuyentes.

Siempre ha habido legislación de pork-barrel (que usa el presupuesto para patronazgo político) en el congreso, dirigiendo dineros hacia los distritos de sus miembros; pero ahora esta práctica ha adquirido un matiz ideológico. Este proceso ha sido reforzado por la búsqueda de unidad ideológica entre los demócratas y los republicanos como resultado de sus imperativos de recolección de fondos, aunque los republicanos han tenido mucho más éxito en la adopción de un dogma conservador que los demócratas en la defensa de las ideas liberales.

Algunos miembros del congreso han canalizado contratos de defensa y otros fondos hacia distritos representados por sus aliados políticos. Investigaciones recientes sobre el senado revelan que los votantes más ricos tienen casi tres veces más influencia en los votos de sus senadores que aquellos en el nivel más bajo de la escala de ingresos; las preferencias de los votantes en la quinta parte inferior de la distribución del ingreso tienen "poco o ningún efecto" en la forma como votan los senadores.

El informe de la Apsa está muy consciente del embarazoso contraste entre las campañas "neowilsonianas" para extender los beneficios de la democracia estadounidense en el extranjero y las realidades de su política interna: "Las campañas actuales de la nación para expandir la democracia en el extranjero deben ser un fuerte llamado para hacer que los derechos esenciales de todo estadounidense -igual voz e influencia en los asuntos del gobierno- sean más una realidad de lo que lo son hoy".

Aunque puede tener solo una débil referencia a la "guerra de clases" en el Congreso, el informe La democracia americana en una época de creciente desigualdad implica claramente que las desigualdades económicas -y en el acceso a la influencia que compra la riqueza- dentro del sistema estadounidense, están convirtiendo la política, como no le había sucedido a muchas generaciones, en una política de clases.

* Ex director del Programa de la Fundación Reuter en la Universidad de Oxford, fue corresponsal de Observer en los Estados Unidos, y editor extranjero de Independent . Su último libro es More Equal than Others: America from Nixon to the New Century .
Publicado por la Universidad Nacional de Colombia con propósitos pedagógicos y bajo licencia académica de openDemocracy . Traducción de Nicolás Suescún.