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UNP No.65
Título : ¿Pararán los "paras"? Una intrincada negociación. "y el gringo ahí"
Autor : Fernando Cubides Cipagauta
Sección: Nacional
Fecha : Octubre 24 2004

¿Pararán los "paras"?
Una intrincada negociación. "y el gringo ahí"

Tras las declaraciones del presidente Álvaro Uribe, la paramilitarización del país, que tomó pista en la discusión nacional, rápidamente dio el timonazo hacia el otro extremo: el de la izquierda. Sin embargo, el sociólogo Fernando Cubides, autor de Desplazados , migraciones internas y reestructuraciones territoriales, retoma serenamente ese debate, señalando cómo, aún con la intimidación del fusil, este fenómeno ha adquirido bases sociales, que aunque segmentarias, le permite arañar su legitimidad.

El paramilitarismo parece encontrarse en una fase de pleno empoderamiento político, que inquieta a los más disímiles sectores de opinión del país.

Fernando Cubides Cipagauta*

Una de las cosas que saca a la luz el actual conato de negociación con los paramilitares es su ansia de poder. Y queda presente que durante demasiado tiempo los analistas e investigadores sociales anduvieron despistados y subestimaron el fenómeno, por referirlo de manera exclusiva a la propiedad agraria. Como si la clave del asunto hubiera de ser tan solo superponer, al mapa de la propiedad agraria adquirida con recursos de la droga, el mapa de la presencia de los distintos grupos de autodefensa. El ejercicio, elemental, es indispensable; necesario pero no suficiente resulta saber cuánta tierra han acumulado los integrantes de la cúpula paramilitar, pero siempre que no se pretenda que todo lo que han buscado con "su" guerra es acumular tierra, y proteger con sentido de grupo sus patrimonios individuales.

Sería tomar el efecto por la causa, y desconocer la metamorfosis que se ha estado produciendo. Esa pudo ser la mejor de las pistas en un comienzo, pero ya no es la explicación por antonomasia. Las palabras claves hoy son territorio y poder; es decir, el control territorial en función de una definida vocación por los poderes locales y regionales, y aquello que los mantiene cohesionados después de que salieran a la luz todas sus fisuras y tensiones y tras la desaparición, real o virtual, de Castaño, es la expectativa de una negociación que los favorezca, como la consolidación del dominio alcanzado y el logro de la impunidad para algunas de sus acciones; esto es como un problema de poder.

Decir, como afirma Darío Fajardo: "la guerra ha precipitado una alta concentración de la tierra", es formular un enunciado a primera vista incontrovertible, constatar uno de los efectos de esta guerra singular. Sin embargo, "la guerra" es una enunciación tan genérica como en su momento lo fue "la violencia", y de lo puro genérica tiende a soslayar a sus protagonistas y a encubrir con un manto responsabilidades concretas. En cuanto a la génesis del engendro paramilitar, las responsabilidades son múltiples y a la guerrilla le cabe su cuota. En un asunto tan intrincado, las atribuciones unilaterales o las simplificaciones oscurecen el panorama. Por lo demás quienes más deciden, quienes más poder demuestran en la cúpula de los paramilitares, dejaron atrás hace tiempo su etapa de latifundistas, ya no miden su importancia en hectáreas de tierra: basta oír a "Don Berna" - que de seguro no ha oído nada de Mao, ni siquiera su aforismo: "el poder nace del fusil" - hablar de los 20.000 fusiles, y de las zonas que les permiten controlar. Se pudieron dar el lujo, como Fidel y Carlos Castaño en su momento, de renunciar a parte de ese patrimonio a cambio del prestigio que da el aparecer como benefactores. Lo que se está presenciando es el efecto de un largo aprendizaje en el curso de una guerra singular, los dividendos que produce copiar unas orientaciones estratégicas de la guerrilla, aprendidas sobre el terreno.

Creo que hoy y a la luz de las evidencias y los hechos acumulados, es posible ponerse de acuerdo en que la intensidad y la diversidad de las violencias están creando una nueva concepción de territorio. Algunos teóricos de la estrategia militar llegan a formular como principio, y de una manera axiomática, la importancia del conocimiento geográfico: combatiente que no conozca bien el territorio en el que actúa, está condenado a perderlo. La discusión clausewitziana y postclausewitiziana ha reformulado los términos de ésta, y subraya la primacía de la población sobre el territorio en su importancia estratégica, pero sin que llegue a minimizar al segundo de los componentes. Clausewitz sigue siendo un autor estudiado en todas las escuelas de los estados mayores, regulares e irregulares. No obstante, en la situación colombiana de las dos últimas décadas como un rasgo sobresaliente parece haber obrado una inversión de dicho postulado: nos encontramos con que en un momento dado los actores armados y ante todo los paramilitares, parecen guiarse por la máxima: "si no cuentas con el apoyo de la población, busca dominar el territorio, que lo otro vendrá por añadidura"; así es que el nuestro resulta ser un territorio fragmentado y la nuestra una sociedad segmentada.

Una mirada simple al mapa de su presencia territorial nos comprueba que el parámetro que ha registrado una variación más drástica entre 1987, cuando el entonces joven ministro de Gobierno de la administración Barco, César Gaviria, hacía el primer reconocimiento oficial de la existencia del fenómeno, y registraba la existencia de al menos 140 organizaciones ilegales de autodefensa dispersas en el territorio, y el panorama que se ofrece hoy a los negociadores gubernamentales en Santa Fe de Ralito, es que las que han subsistido consiguieron expandirse y, junto con el territorio, han adquirido bases sociales por segmentarias que sean.

Una cierta recapitulación

En tiempos lejanos, en los cuales se daba una confrontación directa con el Cartel de Medellín, el general Maza al frente del DAS dio a conocer (o mejor: se produjo una filtración, pues esto del manejo velado o indirecto de la información sí que ha sido una constante tratándose del paramilitarismo) un diagnóstico completo para la fecha, algo así como todo lo que usted quisiera saber sobre el paramilitarismo y no se había atrevido a preguntar ( véase "El dossier paramilitar. Semana revela documentos secretos del gobierno sobre cómo son, cómo actúan y quiénes financian a los paramilitares", edición 362, abril 17 de 1989). Allí aparecían reflejados como en un espejo cóncavo, para el caso Puerto Boyacá, los factores recurrentes junto a principales protagonistas y, siguiendo la metáfora teatral, a los actores que apenas se insinúan tras la escena, además de un cierto coro.

De ahí en adelante, con leves retrocesos, la evolución ha sido continua. En el dossier aparecen de bulto, debidamente documentados y en una secuencia cronológica que es a la vez lógica: a) el dinero de los narcotraficantes que organizan los primeros grupos con la motivación exclusiva por defender la tierra adquirida; b) la participación de oficiales de alto rango -coroneles, comandantes de batallón- proveyendo logística, información de inteligencia, asesoría en el entrenamiento a los grupos ya formados; c) la connivencia de las autoridades locales quienes ya sea por acción o por omisión favorecen la consolidación de los grupos una vez formados; d) el tácito avenimiento de autoridades departamentales y de funcionarios del orden nacional; e) ramas o capítulos locales de gremios nacionales, o nuevas organizaciones gremiales que se convierten en piezas de una estrategia de expansión; f) por último y lo más importante en la implantación del engendro, un sector de la población que los apoya explícitamente y como reacción a una campaña de exacciones indiscriminadas y a los diversos excesos cometidos por las Farc en un municipio como Puerto Boyacá en donde el Partido Comunista dominaba la escena política legal ("el Teletón del Magdalena Medio").

Tiene mucho valor que haya sido un investigador con sensibilidad de izquierda como Carlos Medina Gallego quien después de un trabajo de campo detallado, que llevó a cabo justo en el momento en que todos esos componentes se estaban aglutinando, haya mostrado su dinámica, las consecuencias perdurables de esa interacción. De ahí que su libro de 1990 Autodefensas, paramilitares y narcotráfico en Colombia siga siendo antológico, la referencia obligada para entender la génesis del "modelo Puerto Boyacá" que luego se replicaría en otras regiones. Nos muestra en detalle, con sobra de evidencias, las consecuencias inesperadas y perversas de "la lógica combinatoria" o "la combinación de todas las formas de lucha", practicada desde los dos extremos del espectro ideológico; como por una suerte de fatalismo, si recurres a la legalidad como mero instrumento táctico y tu propósito genuino es abolirla, tenderás a hallar alguien que se te oponga con los mismos recursos. En un contexto tan intrincado, más tarde o más temprano surgirán partidarios del sistema que adoptarán como orientación estratégica y a favor de él, la "combinación de todas las formas de lucha".

En gracia a discusión se puede aceptar la hipótesis más pesimista: la denuncia que en su momento hizo José Miguel Vivanco de Human Rights Watch según la cual en 9 de las 18 brigadas en las que estaba organizado el ejército colombiano se encontraron denuncias o evidencias de vínculos de oficiales con mando de tropa y grupos irregulares, núcleos o embriones de lo que serían más tarde frentes ya organizados. Un dato que ningún investigador podría pasar por alto, desconocer en la gravedad que implica, pero que por sí solo no explicaría la rapidez en el crecimiento, la expansión territorial del fenómeno paramilitar, su cobertura, su grado de implantación.

Una de las cosas que podría sorprender al lector del autorreportaje de Castaño, pareciéndole una impostura, son las múltiples referencias elogiosas a la Constitución de 1991, los guiños de corte santanderista a la norma de normas, alegatos interesados para consumo externo. Pero no eran del todo impostados, y reexaminar ese capítulo contribuye a mostrar cómo llevaron a cabo su aprendizaje de la política y de sus encrucijadas determinantes. A propósito un acertijo: ¿alguien recuerda hoy con cuáles alianzas regionales y de la mano de cuáles grupos políticos llegaron los paramiltiares a tener "su" representación en la Constituyente del 91? Una cierta relectura de la Gazeta Constituyente no estaría de más.

Y el otro dato fundamental que ha variado desde aquel balance que presentara César Gaviria como ministro, es el grado de ingerencia internacional. La omnipresencia de Mr. William Wood en cada una de las instancias de este incipiente proceso ha sido marcada. Por todo ello es que tiene mucho de fariseo el tono sensacionalista, de novedad absoluta o de hallazgo de última hora que le han dado varios medios al tema de "la paramilitarización del país": no sin cierta perplejidad en un comienzo y tras derrochar una buena cantidad de energías en una actitud nominalista, en una suerte de orgía semántica ("¿Qué nombre le pondremos?"). A partir de las evidencias accesibles, la investigación social la ha venido registrando, las bases de datos que se han venido construyendo la señalan con nitidez; así mismo la propia investigación social encendió las alertas acerca de los diversos nexos locales, regionales y nacionales y las redes más o menos tácitas con las que los paramilitares han contado, y sobre el papel fundamental del narcotráfico en su expansión. Aun cuando hay analistas que le encuentran sentido todavía a la disquisición semántica, al registro de todas las variantes de denominación que los propios grupos se dan (caricaturescos algunos a fuerza de ostentosos), a la vez se ha comprobado lo indispensable de pensar el problema con categorías universales en procura de una genuina explicación: comparar con casos afines, discernir las similitudes, la confluencia en cuanto a las lógicas de acción con los "irregulares de estado" de otras latitudes. Si es que hay una lógica en la guerra irregular, intentar dilucidarla para el caso es un insumo clave del tratamiento. Hay que reiterarlo, y una mirada al panorama de la producción intelectual sobre el problema lo comprueba, la investigación social ha hecho lo suyo y para hacerlo ha asumido los riesgos correspondientes: afrontando amenazas más o menos veladas, formas varias de intimidación, no tan acusadas como las que afrontan los periodistas, pero no menos reales y ominosas, sobre todo en la provincia y cuando el investigador se atreve a hablar con nombres propios.

Por cierto que esos mismos medios que hoy se rasgan las vestiduras, en su momento contribuyeron a la magnificación del fenómeno paramilitar mediante entrevistas descontextualizadas a sus líderes en las que se les daba el trato de estadistas o en el modo en que difundieron en su momento (finales del gobierno Samper) el flamante "Acuerdo del Nudo de Paramillo", para no hablar de ciertos editoriales. Y habrá que decirlo aunque suene hereje a oídos castos, de todos los actores armados colombianos han sido los paramilitares los más mediáticos, quienes mejor han entendido los dividendos que pueden obtener del uso de los medios electrónicos e impresos. Hay que dudar que hayan sido lectores de Umberto Eco (por aquello de "la guerrilla semiológica" en La estrategia de la ilusión ) u observadores, menos aún seguidores, del subcomandante Marcos y su guerrilla mediática. En ese aspecto el suyo ha sido un aprendizaje intuitivo, vernáculo, pero que se pone de presente desde sus primeros balbuceos ideológicos.

Amplificar su mensaje y tratar de sintonizarlo con ciertas motivaciones colectivas subyacentes ha sido un propósito sistemático en su caso, en contraste con Alfonso Cano quien hace suya la afirmación del marxista francés "la opinión pública no existe", para desestimar manifestaciones coyunturales en aras del largo plazo, e insiste en la cuadratura del círculo: un partido político de masas. Pero en la clandestinidad, profeta milenarista en busca de la tierra prometida, los paramilitares han obrado con la presunción de que sí existe una especie de magma primario al que se puede llamar opinión pública, que se halla muy estratificado, y que es menester adaptar el mensaje según las circunstancias a las inclinaciones de uno u otro estrato, principalmente al del más amorfo: una cierta clase media de provincia, y su percepción de la seguridad y junto con los abogados penalistas que los asesoran en sus declaraciones y comunicados, es lícito deducir, que en el entorno de cualquiera de los jefes paramilitares uno de los cargos fijos ha de ser el de asesor de imagen.

Ralito I, Ralito II y lo por venir

"Matan niños a media noche" decía Jesús Antonio Bejarano, alma bendita, en una expresión muy suya, y por desgracia con fundamento en los hechos, para subrayar los dilemas de cualquier negociación con los paras, el carácter patológico de la mayoría de lo que ellos mismos llaman sus "acciones de guerra", lo éticamente inadmisible de que en el curso de cualquier negociación se llegare a pactar la impunidad. Y a la vez, en su formidable intento de objetivar, de fundamentar con el máximo raciocinio los temas ineludibles de una "Agenda para la paz", establecía la secuencia: el paramilitarismo ha surgido y se ha logrado expandir en función de la expansión guerrillera, ergo su erradicación definitiva depende de que se logre llegar a una negociación productiva, genuinamente política, con la insurrección. No se puede invertir la secuencia histórica en la que han surgido los términos reales en los que se ha planteado el problema, pues advertía admonitorio, se llegará a un punto de estancamiento. Pero aún si se tratara de meros "escarceos preliminares para llegar más tarde a una paz verdadera" (o, si se mira con un sentido de largo plazo, solo de un plante en tanto es propicia "la otra" negociación ) y excluyendo el nudo gordiano de la extradición que gravita de tal modo sobre las cabezas de muchos de quienes integran la cúpula, y que por razones crudamente geopolíticas (Respice Polum ; ¡Manes de Don Marco Fidel Suárez!) no es negociable, las sinuosas tratativas que se llevan a cabo en Santa Fe de Ralito y que si se suman a "amenazas creíbles del uso de la fuerza" servirían al menos para desmovilizar a parte de sus efectivos, y para sacar de una vez por todas a la luz pública, y más allá del círculo de analistas, la magnitud real del fenómeno, sus dimensiones territoriales.

Y han servido para constatar también las fisuras, las tendencias centrífugas, los innegables signos de descomposición, en abierto contraste con la guerrilla, la endeblez del aparato que han construido, el escaso grado de convicción de quienes se hallan encuadrados en él. Vehementes, vociferantes y cada vez más coléricos, es cierto que entre el primer conato de acuerdo (Ralito I ) y el segundo (Ralito II) han aumentado sus exigencias de impunidad y se muestran prepotentes, pero a la vez se hacen patentes las discordias internas, lo endeble del flamante organigrama, la inveterada tendencia a resolver sus disputas acudiendo al gatillo. Una vez más se pone de presente que su organización es una precaria amalgama de componentes disímiles, que a su contingente, un auténtico vertedero, han ido a parar toda clase de tránsfugas: ex militares que huyen de la justicia, ex guerrilleros, narcotraficantes activos o en receso, víctimas de la guerrilla y del secuestro extorsivo en plan de vindicta personal, funcionarios corruptos huyendo de investigaciones preliminares -incluyendo a aquellos que han drenado el régimen subsidiado de salud-, reclutados por la fuerza así como soldados criollos de fortuna, combatientes cuya profesión, o incluso cuya vocación es la guerra. Y si los conatos fallidos de negociación -que en sus temas sustantivos no va, no puede ir, a parte alguna- inducen una desmovilización de al menos parte de ese contingente, ya de por sí ese sería un efecto valioso. Todo lo que sea restarle combatientes a esta guerra no puede ser sino positivo.

El paramilitarismo es un engendro con muchos padres y, digamos para aprovechar la imagen clásica, una hidra de muchas cabezas. Degradación evidente, y a la vez aprendizaje, los problemas de la negociación se han planteado como problemas de poder. Al menos sirven para volver a la vieja pregunta : ¿qué es pues lo político?

* Profesor Titular de la Universidad Nacional, Departamento de Sociología, ha sido investigador asociado al Iepri.