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UNP No.64
Título : Célebres desconocidos
Autor : UN Periódico
Sección: Cultura
Fecha : Octubre 3 2004

Célebres desconocidos
 

UN Periódico presenta los protagonistas de los tres documentales hasta el momento producidos por Interdis, un trabajo creativo que los ha llevado a ser invitados por la Sexta Muestra Internacional de Video, con Claroscuro , sobre la vida del vallecaucano Antonio María Valencia. Estas son sus historias.

Viajero de mí mismo

El arte fue el hábitat natural de Adolfo Mejía, que pintó, escribió poesía, cantó en corales, habló varios idiomas, con tanta maestría como compuso música. Era capaz de tomar su guitarra y cultivar las tertulias más célebres que se recuerden en la Cartagena de los años 30 y 40 y plasmar en un pentagrama obras llenas de lirismo, como las bachianas (baquianas), elegidas para ser tocadas por la orquesta de la BBC de Londres. Este doble talento refleja su ingenio de hombre mestizo y creador de un discurso refinado, por lo que según el historiador de la música colombiana, Egberto Bermúdez, "significó negociar si pertenecía a la música clásica o a la popular". Algo que, por demás, no le importó sino a la rancia sociedad cartagenera de su momento, que subvaloró la grandeza de Mejía por su condición de músico mestizo venido del campo. Nacido en San Luis de Sincé (Sucre) en 1905, hijo de un orfebre, malabarista y tiplista, entre 1923 y 1929 perteneció a la Jazz Band Lourdy, la Estudiantina Revollo y la Orquesta Eureka. La destreza con que interpretaba la guitarra, lo puso en Nueva York como integrante del Trío Albéniz, conjunto de planta de la National Broadcasting Company, que grabó para Columbia y RCA Victor. Terig Tucci, mandolinista argentino, y Antonio Francés, laudista catalán, fueron sus correligionarios en esta experiencia que hizo famoso el tango Tiene caché .

Poco a poco lo clásico le fue ganando espacio y La pequeña suit sorprende en 1936 porque por primera vez en la música clásica colombiana se incluyen aires de cumbia. "Mejía logró lo que por muchas razones no alcanzaron otros compositores más académicos que él hasta ese momento. No hay que ser puristas para saber que lo que hizo está bien hecho", dice Eduardo Carrizosa, director de orquesta. La madurez creciente como compositor se tradujo en piezas como Acuarela, Danza Pincho , dedicada a su amigo Augusto de la Espriella o Luminosidad de aguas, estrenada en 1949 por el director español Nicanor Zabaleta, quien quedó sorprendido por los acordes de arpa que se conjugan con el piano.

Pero la dualidad de su personalidad musical, al mismo tiempo complacía su bohemia profunda. El patio de Candita Rojas, testigo de innumerables improvisaciones y rodeado de sus amigos, le permitió expresar a plenitud su otra forma artística, contestataria de los anacronismos y prejuicios culturales de esa aldea caribeña. Sus corrillos con los libaneses migrantes, los crucigramas, el ajedrez y el estudio del sánscrito, no parecían guardar coherencia con aquellos divertimentos; mucho menos con su discreta dimensión mística y panteísta, para la cual pareciera haber reservado la poesía. Imprompu, compuesta para chelo y piano, también devela su conocimiento de las ciencias ocultas y "su creencia en la estética armónica musical basada en la matemática", comenta Galina Likosova. De todas estas cosas estaba compuesto el carácter de Adolfo Mejía y su música: lo popular y lo clásico; las raíces folclóricas y los sonidos foráneos; lo profano y lo sagrado. Todo se cruza sin excesos.

Claroscuro

 

Signado por la tragedia, para muchos Antonio María Valencia es el compositor académico colombiano más importante de la primera mitad del siglo XX. Luego de que el maestro muriera en 1952, pasaron casi 40 años antes de que públicamente alguien osara romper el silencio que escondió compasión y vergüenza a su infortunada memoria. A finales de los 80, el compositor Mario Gómez-Vignes y el director de cine Luis Ospina decidieron rescatar la vida y obra de Valencia, en contravía al desprecio y el señalamiento que su homosexualidad y adicción a la morfina habían dejado por décadas. Un precio demasiado alto para el hombre que comenzó la cultura en Cali, a cambio de sacrificar una segura carrera como concertista en Francia: fundó la Coral Palestrina, la Escuela de Bellas Artes y el Conservatorio de Cali, la Orquesta Sinfónica y la Escuela de Escultura.

El calificativo de pianista lo describe en justa medida, pues dicen que sus manos estuvieron hechas para el teclado. El dominio de su ejecución saltaba a la vista mucho antes de que llegara a la Schola Catorum de París, donde su maestro Paul Breau no pudo menos que enviar una correspondencia de elogio a su padre, quien a pesar de ser chelista había forjado en el niño cualidades excepcionales para la interpretación del instrumento. Allí, compuso Emociones caucanas , escrita para violín, chelo, piano y fagot, una evocación nostálgica de su tierra, y cuyo segundo movimiento exhibe con maestría aires de pasillo.

"La obra de Antonio María Valencia es rigurosa desde el punto de vista técnico pero de una sensibilidad extraordinariamente delicada; refleja los contenidos de la escuela francesa", anota Gómez-Vignes. Pese a su brillante carrera como estudiante y sus dotes de pianista, que impulsaron la propuesta de quedarse en Francia, la inmensa dependencia de su madre, "terminó bordándolo a la almohada de ella" y regresó a Colombia.

El maestro se radicó en Bogotá, en una decisión que duraría pocos años, pues las rivalidades con algunos músicos bogotanos, especialmente con Guillermo Uribe Holguín, acabaron por expulsarlo de la capital y por estigmatizar su obra. Su refugio fue la labor pedagógica en el Conservatorio de Cali, que hacia la década del 40 se hizo famoso en todo el país por la calidad de su formación y el triunfo de la Coral Palestrina, para la cual el maestro componía la mayoría de la música. Vinieron además los conciertos radiodifundidos, del que Valencia fue pionero: "llevó a todos los artistas de cámara que pasaban por la ciudad", cuenta el cineasta Luis Ospina.

Iremos a los astros, escrita con la poesía de Otto de Greiff, Égloga incaica, Sonatina boyacense, Triste indígena , Canción de la nostalgia, Coplas populares colombianas refieren una creación rica en aires andinos que supo fundir con los sonidos clásicos, en lo que fue su propio intento hacia un movimiento supranacional. "Desde el punto de vista armónico, Valencia introduce en su música toda la complejidad de la época romántica, pero con las reelaboraciones particulares del impresionismo en la escuela francesa, influenciada por Wagner. Sin decir que su música sea impresionista, sí se encuentran esos elementos que le dan una tonalidad singular", señala Alberto Guzmán, director de Coro.

Aunque su obra no sobrepasa las 80 piezas, "está construida por un artista que sabe lo que hace, y que todo lo que escribió después de sus estudios en París, no arroja partes débiles", anota su biógrafo, el maestro Gómez-Vignes. En ella, los temas compuestos para coro no son menos importantes que los de cámara y de piano. Construida sobre los principios de la música litúrgica, Misa breve de Santa Cecilia , dedicada al poeta Guillermo León Valencia, así lo demuestra.

Cuentan que su obra pudo ser mucho más extensa, pero su carácter siempre inseguro y opaco, haría que sus partituras fueran con frecuencia a la hoguera en el patio de su casa. Una muestra de su mundo interno, en el que pesó el desdén de una sociedad tradicionalista y de mirada corta, que no supo extender el horizonte para hallar su desbordante capacidad como músico.

Es la música una claridad inefable

 

"Es como un atardecer en las playas de Puerto Colombia". Con este recuerdo visual asoció la poeta Meira Delmar a su amigo y compositor Hans Federico Neuman, por la tranquilidad interior que irradiaba y la serenidad de su inmenso saber. La poesía y la música compitieron por los afectos y las capacidades del artista que nació en Barranquilla en 1917; quizá por eso en sus composiciones junta estas dos expresiones, cuando pone música al poema Tarde maravillosa , de Otto de Greiff, y a Madrigal de Julio Flórez. Hijo de padre holandés y madre magangueña, sus primeros años se movían entre la lectura de Los miserables y el piano.

Según el director del Museo Romántico de Barranquilla, Alfredo de la Espriella, en los años 20 la creación de la primera emisora con licencia comercial en Colombia, La voz de Barranquilla , fue el vehículo propicio para que los muchachos con virtudes artísticas tuvieran un "solar del espíritu" dónde cultivar sus dotes. Por supuesto allí estuvo Neuman con su piano para conducir el programa "La hora exquisita", donde su preferencia por Chopin, Rachmaninoff y Tchaikovsky, sugería su inclinación por los románticos. Pero fue Pedro Biava quien lo llevó por los terrenos de la creación. La mayor parte de su obra fue escrita entre 1940 y 1970, en la que predominó el género de "canción artística", como él la llamaba: "en sus canciones, Neuman crea un lenguaje más cercano a la palabra que al canto, estrechamente vinculado a la reflexión del poema", afirma Luis Carlos Rodríguez, investigador musical.

Sus traducciones de autores italianos, en especial de D'Annnunzio, enriquecieron su inspiración, considerada "ecléctica tanto técnica como estéticamente", lo que permite afirmar, según su biógrafo Andrés Pardo Tovar, "que se aproximó a un nacionalismo refinado". Rapsodia, Rondo, Serenata, Minuettino y una colección de casi 80 obras así lo demuestran.

En Bogotá, su trabajo en la Radio Difusora Nacional, donde produjo los programas "Vocabulario musical", "Orientación musical" y "Calendario musical"; y en la Escuela de Música de la Universidad Nacional, como profesor de Historia de la Música y de Apreciación, lo consagraron como pedagogo, no sólo para la academia formal, sino para los grandes públicos que escucharon durante 12 años sus emisiones. Regresó a Barranquilla a reunirse de nuevo con la palabra. En el ocaso de su vida se refugió en versos que cantaban serenamente a la muerte: "Iniciaré una tarde la última jornada/ habrán pasado numerosas lunas/ y llevaremos ambos la cabeza muy blanca/ la cabeza y el alma.".