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UNP No.62
Título : Salón Nacional de Artistas
Autor : Sylvia Juliana Suárez
Sección: Cultura
Fecha : Agosto 22 de 2004

Matrimonio y mortaja, obra ganadora del Salón Centro Oriente, es una performancia de Adolfo Enrique Cifuentes basada en los gestos cotidianos.
Fotografías de Sandra Gómez

Salón Nacional de Artistas

Sylvia Juliana Suárez*

Con la serie de tres inauguraciones realizadas entre el 5 y el 7 de agosto de 2004, se abrió al público el circuito de exposiciones del Salón Nacional de Artistas en su edición número 39. En esta versión, el salón cuenta con cuatro espacios privilegiados para su despliegue: El Museo de Arte Moderno de Bogotá; la Galería Santa Fe, en el Planetario; el Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia, y finalmente el Museo de Arte Colonial; a estos se suman otros escenarios en los que se realizarán las propuestas del Grupo Nómada, Pedro Gómez Egaña, María Teresa Hincapié y el colectivo Mapa Teatro. También se desarrollarán múltiples actividades de soporte como visitas guiadas, un ciclo de conferencias, conciertos y la presentación en el canal Señal Colombia de la serie Plástica: diálogos con el arte contemporáneo en Colombia.

Durante más de seis décadas de permanencia en el ámbito nacional, el salón ha sido a la vez testigo y expresión de la historia del arte colombiano en la segunda mitad del siglo XX: desde la precariedad y mojigatería de las instituciones artísticas durante la década del cuarenta, pasando por el fortalecimiento del campo y su apertura a tendencias internacionales en la transición entre los años cincuenta y sesenta, con los fuertes altibajos de las décadas setenta y ochenta y su desarrollo, frágil pero permanente, durante los noventa, el salón ha sido un escenario clave para leer los fenómenos del panorama artístico de las diferentes épocas y abrir la discusión.

Los salones de arte son una estrategia para la construcción de dinámicas de incursión de trabajos contemporáneos en el circuito de lo público. Desde el siglo XVIII, en Francia, cuando se definieran las primeras caracterizaciones de los salones de arte, estos se convirtieron en el principal escenario para la confrontación de los artistas de una misma época, revelando así las estructuras generacionales que impulsan el desarrollo de las artes; del mismo modo, los salones ofrecieron un espacio ideal para el contacto entre los artistas y los públicos de su tiempo (más o menos amplios, más o menos controlados) y suscitaron el desarrollo de actividades invaluables para el fortalecimiento del campo artístico, como el ejercicio público del juicio expresado en los esquemas de selección y en el despliegue posterior de la actividad crítica generada en torno a ellos.

Por su parte, además de constituirse como una de las muestras más extensas que periódicamente capitaliza una fracción de la actividad artística en nuestro país, el Salón Nacional de Artistas posee una serie de atributos que le dan preponderancia y a la vez incrementan la responsabilidad de sus organizadores.

Huellas vegetales, 2003. Despojando de su fragilidad a las hojas hasta inmortalizarlas, la artista Helena Vargas crea ambientes susceptibles de ser recorridos.

En primer lugar, es una de las principales expresiones de las políticas del Estado en relación con el desarrollo del campo artístico y en general con el (vulgarmente denominado) sector cultural. En segunda instancia, a partir de la década del setenta, uno de los principales propósitos del salón ha sido la implementación de dinámicas de descentralización que lo conviertan en un espacio cada vez más amplio en su comprensión de lo nacional. Finalmente, el salón, como bien lo catalogara la artista e historiadora Beatriz González, es un "termómetro infalible" para conocer el estado actual del arte en Colombia.

La presente edición del Salón Nacional deja clara una tendencia generalizada entre los exponentes a emplear como base de su actividad artística el análisis de diversas problemáticas sociales de Colombia (¿percepción generada por la perspectiva de los jurados?); esta posición resulta evidente de manera especial en la facción del Museo de Arte Moderno. También es un hecho que la mayoría de propuestas de este corte son víctimas de una bidimensionalidad semejante a la del espejo: aunque la imagen proyectada pueda ser reflejo de su entorno, su efecto concluye en el mismo instante en que la mirada se retira.

Resulta patente, también, la asunción cada vez mayor de una noción expandida de los medios expresivos, aunque todavía se sienta en muchos casos falta de reflexión en torno a sus características intrínsecas. Pero ¿se debe esta apreciación al trabajo propuesto por cada uno de los exponentes? Es posible que el carácter efímero o "eventual" del salón cause, en buena medida, esta impresión. En él hallamos un conjunto de gran magnitud en el que cada uno de sus elementos se desarrolla de manera limitada y establece vínculos temporales y débiles con el resto. Esta lógica de la exhibición (fragmentada y efímera) no resulta apta para dar cuenta de la complejidad de los procesos artísticos de creación, pues desvía la concentración de los esfuerzos en la concreción de un despliegue expositivo abrumador e instantáneo, dejando aplazadas preguntas esenciales acerca de nuestro caudal artístico.

Como hace más de una década expresara el historiador Camilo Calderón "el arte hoy es un hecho vivo, de rapidísimas transformaciones, a las que es necesario adaptar las estructuras de confrontación tan pronto como ellas se van produciendo. Quizás la conmocionada existencia de los salones colombianos -no muy distinta de la de otros salones nacionales en diversas latitudes- no sea otra cosa que ese permanente esfuerzo de adaptación a un arte que en solo medio siglo ha recorrido distancias impensables, que ha llegado a actualizarse y a participar de la corriente internacional, después de siglos de aislamiento y retraso, incomprensión e indiferencia".

Ciertamente, el Salón Nacional de Artistas no ha detenido durante décadas el complejo troquelado de sus sistemas y criterios de funcionamiento. Las prácticas artísticas actuales suceden en una especie de continuo del que resulta difícil realizar cortes que permitan una comprensión profunda de sus procesos. Las "estructuras de confrontación", entonces, requieren procesos de investigación de largo aliento para poder dar cuenta de la complejidad de las manifestaciones artísticas. María Belén Sáenz de Ibarra procuró comprender estos cambios en su recientemente frustrado Programa Salón Nacional de Artistas, sobre el cual expresó, en medio del debate desarrollado recientemente en E sferapública : "e s un programa pensado para permitir la autorreflexión y la flexibilidad en el transcurso de sus etapas trazadas hacia el largo plazo, para que hagan posibles cambios estructurales del sector artístico consecuentes con los cambios consabidos en la práctica artística colombiana. Se diseña en relación directa con las necesidades regionales y se ocupa más de generar procesos regionales que de resultados inmediatos en eventos de exhibición ".

Inaugurado en medio de una fuerte polémica por las últimas decisiones tomadas en su seno, y conservando su carácter contingente, el 39 Salón Nacional de Artistas constituye un capítulo más en la frágil conformación y consolidación de un campo artístico opulento en nuestro país. Queda latente la pregunta sobre la coherencia de las políticas estatales en materia cultural, oscilantes, hasta el momento, en el vaivén de voluntades personales que prevalecen sobre los programas de largo plazo.

Como sea, con casi un centenar de propuestas, el salón ofrece una plataforma para el encuentro entre las diversas poéticas y posturas contemporáneas y la sociedad que las sustenta. Tanto los elementos presentes como los ausentes en él se abren al público para ser leídos, interpretados y debatidos. De ma nera que al salón hay que ir y alimentar las argumentaciones, especialmente con el fin de hacer cada vez menos ficticias las instancias de lo público en nuestra sociedad.

*Estudiante de la Maestría en Bellas Artes