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UNP No.62
Título : De Washington a Tolemaida, 50 años
Autor : Yino Castellanos, Periodista Unimedios
Sección: Sociedad
Fecha : Agosto 22 de 2004

Hoy es innegable una fuerte influencia estadounidense en el ejército nacional. Detalle del desfile del pasado 20 de julio.
Fotografía Guillermo Flórez

De Washington a Tolemaida, 50 años

Una mirada atenta a la historia del ejército colombiano en los años cincuenta, producto del trabajo de tesis de Saúl Mauricio Rodríguez, historiador de la Universidad Nacional, deja ver la nítida influencia estadounidense en la conformación del cuerpo militar del país, así como algunas implicaciones posteriores de esta relación para la vida nacional.

Yino Castellanos
Periodista Unimedios

Abordar una investigación sobre las fuerzas militares colombianas no es fácil. Un cierto sigilo y la dispersión de las fuentes obligan al investigador a dotarse de variados recursos para llegar al corazón de una institución algo parca en su ser interno, más aún si se trata de un trabajo sistemático que indaga aspectos prácticamente inéditos de la vida del ejército nacional, como la influencia estadounidense en su historia y las implicaciones que en términos de política exterior y soberanía tuvo esta para el país.

Consciente de esa situación, pero igualmente convencido de la importancia que para la historiografía colombiana tiene examinar el problema, así como de la escasez de textos que lo plantean, Saúl Mauricio Rodríguez, historiador de la Universidad Nacional, hizo una minuciosa investigación que presentó en su trabajo de tesis "La influencia estadounidense en el Ejército de Colombia 1951-1959". El tesista, bajo la dirección Mauricio Archila, profesor del departamento de Historia, adelantó un riguroso trabajo de compilación de fuentes primarias como documentos oficiales, archivos de la nación, revistas militares y entrevistas, que complementó con una juiciosa lectura de libros y artículos sobre las fuerzas armadas.

El autor eligió ese período de tiempo porque en él se da la adhesión definitiva del ejército criollo al modelo militar norteamericano, aunque desde la década anterior las élites políticas colombianas ya miraban con buenos ojos a la soldadesca del norte. Explica Rodríguez: "tanto el entorno internacional y los inicios de la Guerra Fría, cuyo referente ideológico para América Latina era promover un anticomunismo exacerbado, como la situación local, con los gobiernos de la década alineados con la política exterior de Washington, sirvieron para concretar la reorganización del ejército colombiano según la imagen de su similar estadounidense".

Si bien este giro en la doctrina militar colombiana tomó forma en el gobierno de Laureano Gómez, es claro que la brújula de las élites del país en materia de política exterior siempre apuntó al norte, favoreciendo así la imitación del modelo militar norteamericano. De esta manera, y ante la disyuntiva ideológica que planteaba la Guerra Fría, los valores del "mundo libre" promovidos por Estados Unidos aparecían en el discurso político criollo como los más cercanos a los nuestros.

En efecto, la firma de tres pactos reflejó la postura del país en materia de política exterior: la inclusión de Colombia como miembro fundador de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1945; el tratado de asistencia recíproca de 1947, que alineó a los ejércitos del hemisferio bajo la égida estadounidense en contra de la denominada "agresión extra continental", y la adhesión del país a la Organización de Estados Americanos (OEA) en 1948.

De manera que para los primeros años de la década del cincuenta el sentimiento de admiración hacia los militares norteamericanos por parte de los miembros del ejército nacional, influenciados por la relativa victoria de su par estadounidense sobre los países del eje en la Segunda Guerra Mundial, se complementaba con una gran afinidad ideológica anticomunista, promovida ferozmente desde el gobierno del otrora antiyanqui Laureano Gómez.

Cabe recordar que para la primera mitad del siglo XX los militares colombianos se hallaban organizados bajo el llamado "modelo chileno de segunda mano", gracias a la misión del país austral que en 1907 inició en sus métodos prusianos a los cuerpos castrenses nacionales. Uno de ellos era el de la no participación en política de los militares, mandato que, en opinión de distintos analistas, influyó en el país contra la fiebre dictatorial que se extendió de camuflado en el resto del continente.

La experiencia coreana

La instrucción militar dada al ejército por misiones estadounidenses ha sido constante desde hace cerca de cincuenta años.

Era claro que el sentimiento de admiración y la profunda afinidad ideológica que profesaba el gobierno nacional hacia Estados Unidos no era suficiente para transformar definitivamente las estructuras de un ejército como el colombiano, cuya profesionalización fue la última en darse en América Latina. Hacía falta una prueba real en el campo de batalla. La oportunidad para demostrar que la retórica anticomunista era mucho más que eso llegó de Corea.

No es ocioso preguntarse por qué un ejército pequeño, sin experiencia, fue ofrecido por el gobierno de Laureano Gómez para pelear en la península coreana, en 1952. La respuesta debe entenderse a la luz de la geopolítica en los primeros años de la década del cincuenta, como parte de una estrategia que pretendía hacer visible, ante Estados Unidos, el compromiso colombiano contra el "enemigo exterior". Apareció entonces el primer Batallón Colombia, y su nombre está indefectiblemente unido a la experiencia coreana.

Creado mediante el Decreto 3927 del 26 de diciembre de 1950, el batallón estaba compuesto por soldados que habían recibido asesoría directa de la misión militar estadounidense, y fue el primer cuerpo castrense que compartió responsabilidades de combate con su par norteamericano. Esta experiencia en el terreno sirvió para afianzar los sentimientos de admiración de los miembros del Batallón Colombia, al sentirse integrados al VIII ejército estadounidense y a los regimientos a los que fueron asignados. Expresiones de agradecimiento y reconocimiento por la tremenda organización de los americanos abundan en las memorias de los ex combatientes de Corea.

Puede decirse sin ambages que este conflicto se constituyó en el pacto de sangre esperado por la dirigencia colombiana para modernizar el ejército colombiano, siguiendo los preceptos filosóficos y organizacionales del país del norte. De ahora en adelante, en aras de la seguridad, se hacía aún más evidente tal adhesión político-militar.

Quedaba sellada así la alianza, bajo un precepto claro de desequilibrio real de poder, que el tesista llama de subordinación activa, puesto que la iniciativa del gobierno colombiano de participar en conflictos foráneos con tropa así lo sugiere. Movilizaciones como la de 1956, con el segundo Batallón Colombia, para participar en el conflicto por el Canal del Suez, también se debían a la necesidad de mostrarse en los distintos foros internacionales y ante la opinión pública nacional como un ejército de vanguardia capaz de asimilar la estructura de las poderosas fuerzas norteamericanas.

Obviamente, el modelo no podía ser incorporado en su totalidad, pues las diferencias de recursos en todo sentido eran notorias. Las cuatro secciones especializadas en las que estaba organizado el ejército estadounidense: Personal (S-1), Informaciones (S-2), Operaciones (S-3) y Servicios (S-4), presentaban un alto grado de desarrollo y una división militar del trabajo en la que oficiales especializados eran los encargados de cumplir labores puntuales. Agrega el historiador en su tesis que, "en este sentido, los oficiales de la plana mayor obtenían y suministraban al comandante de la unidad elementos de juicio respecto a la conducción de las operaciones, lo cual les permitía tener una perspectiva más amplia de las posibilidades reales de combate". Existía una sincronización de las tareas favorecida por una delegación apropiada de las funciones.

Sin embargo, el ejército colombiano implementó las cuatro secciones, e incluso se pensó en una quinta que sería de propaganda, pero el proyecto no cuajó. En el aspecto táctico, es decir, en la conducción operativa de la tropa, la experiencia de Corea sirvió para imitar modelos de entrenamiento norteamericanos basados en la respuesta física y en la disciplina, y así preparar al soldado para largas caminatas, la pelea cuerpo a cuerpo (especialmente en la noche) y en el manejo de armamento portátil como bazukas, morteros y lanzacohetes. No sobra recordar la importancia que se le daba a la infantería, como lo señala en su libro Enseñanzas de la campaña de Corea Alberto Ruiz Novoa, primer militar que escribió sobre la experiencia en la península, quien sugería en su texto lo que debía copiarse del modelo militar estadounidense para aplicarlo a nuestra realidad. Llama la atención que desde entonces Ruiz Novoa recomendara no usar asiduamente armas blindadas (tanques de guerra), dadas las condiciones geográficas del territorio colombiano.

Otros aspectos que tienen la impronta norteamericana, que según Novoa debían ser adaptados a las fuerzas militares, eran: el uso de helicóptero para transporte y evacuación de tropas; las transmisiones de campaña (comunicaciones); la planificación logística y el servicio de intendencia, especialmente la buena alimentación y el vestuario del soldado, entre otros. Es destacable que buena parte de este entrenamiento se hacía pensando más en el "enemigo interno" (subversivos y bandoleros) que en la confrontación contra otra fuerza regular.

"Lealtad, valor y sacrificio"

La asesoría en el manejo de armamento y tecnología militar ha sido otra forma de penetración.
Fotografía de Archivo.

El 23 de noviembre de 1955 se dictó el primer curso en la Escuela de Lanceros, una versión colombiana de la escuela de rangers del ejército norteamericano. La idea era preparar combatientes en pequeñas unidades para la lucha antisubversiva, siguiendo el riguroso entrenamiento que servía al personal estadounidense para preparar emboscadas, realizar operaciones de infiltración tras las líneas enemigas y acciones de sabotaje.

La adopción del modelo ranger fue tan explícita que incluso el espíritu de cuerpo, esto es, los valores que deben regir la convivencia en la unidad militar, la mística, en el argot castrense, se basó en los términos norteamericanos. De esta manera, "el lanza" , un compañero con el que se establecen relaciones especiales de cooperación mutua, es una herencia de los ejércitos anglosajones, incorporada a la organización de la escuela. Aunque desapareció entre los norteamericanos, esta forma de cohesión social aún se mantiene en Colombia.

Otra unidad que surgió a la sombra de la cooperación estadounidense fue el Batallón Número 1 de la Policía Militar (P.M.), en el año 1954, a raíz de los hechos trágicos de aquél 9 de junio, cuando fueron asesinados diez estudiantes universitarios a manos de la última compañía de reemplazos del Batallón Colombia.

El hecho, que precipitó la caída del general Rojas Pinilla, sirvió además para adelantar la conformación de la P.M. a partir de la instrucción, la organización logística y los parámetros estadounidenses. No es gratuito que en el cuadro de sus fundadores aparezca el capitán Robert N. Brenner, instructor perteneciente a la U.S. Army, Military Police Corps.

La función de la Policía Militar era disuadir a "elementos perturbadores de la tranquilidad ciudadana", y también controlar disturbios y revueltas estudiantiles, usando la disuasión antes que el choque, para evitar un segundo 9 de junio. La Misión Militar estadounidense una vez más asesoró al ejército colombiano, a pesar de que su policía apenas en 1950 había sido declarada cuerpo permanente de la U.S. Army .

Cambio de enfoque

Las nociones generales de la organización interna, el espíritu de cuerpo, fueron un puntal de la influencia norteamericana en el país.

Al finalizar la década del cincuenta, el gobierno estadounidense que se había arrogado el derecho de mantener bajo su égida a los ejércitos latinoamericanos y reorientar su política exterior. Estos ahora han de servir para controlar el "enemigo interno", y Washington se encargará de la defensa exterior del hemisferio. No obstante, experiencias como la nuestra, con un ejército que ha preparado desde 1955 unidades élites antisubversivas con esa asesoría, señalan el interés de norteamericano por mantener su presencia, así sea indirecta, en la institución militar, y de paso, discretamente, en la política interna del país.

Al revisar la naturaleza de estas relaciones, el profesor Roch Little, jurado de la tesis, señalaba el poco esfuerzo con el cual Estados Unidos influía en el país, pues quienes más deseaban la subordinación eran los propios gobiernos colombianos. "El interés norteamericano por dominar los destinos de Colombia no es tan intenso como se cree, la iniciativa por establecer alianzas es más de acá que de allá".

En cuanto a la industria militar, la tesis explica el reiterado interés de los militares estadounidenses por ganar el monopolio de la venta de armamento al ejército nacional y marginar del negocio a proveedores europeos. "La inquietud fundamental de Washington era que la adquisición de material europeo acarreara la contratación de misiones de asesoramiento militar del viejo continente", precisa Rodríguez.

Otro frente de influencia importante fueron las publicaciones y manuales militares, que jugaron un papel destacado en la consolidación de una doctrina militar pro estadounidense en el ejército del país. La más relevante fue edición de la Revista Militar , en 1955, que pronto se convirtió en un órgano de difusión de lo último en el ámbito militar del país del norte.

Traducciones, reglamentos adoptados y documentos que señalan la escasa resistencia a la implantación del modelo militar americano muestran la naturaleza de unas relaciones signadas por la profunda admiración que los militares colombianos aún mantienen por el ejército de Estados Unidos, y que son un correlato de la percepción histórica que de la tierra del tío Sam han tenido las élites criollas.

Así, pues, una alianza más deseada por los gobiernos locales que por Estados Unidos aparece como conclusión explícita de este trabajo sobre una institución que, cincuenta años después, aún mantiene expresiones de admiración para su lejano par del norte.